Disclaimer: Ya quisiera que Jasper fuera mío. Pero ni si quiera es de Alice, sino de Stephanie
Capítulo 3
Veía con gran aburrimiento como toda la aglomeración de personas se ubicaba en los asientos para la ceremonia. Me había sentado en el mismo asiento que solía hacerlo; no tan cerca del sacrificio, pero no lo suficientemente lejos para dormirme. Por lo general no empezaba a observar con detalle hasta que todo estuviera organizado. Bufé internamente. Años de universidad en una carrera de periodismo para esto. Era mi típico reproche cada vez que tenía que redactar un artículo.
De alguna manera había acabado en la sección dominical de bodas de uno de los periódicos más reconocidos de Nueva York, y era definitivamente miserable. Amaba escribir, no me sentía una persona social pero cuando me sentaba en frente de un ordenador, la vida entera tomaba sentido. No había mejor manera de expresarme a mí mismo mis anhelos, miedos y enojos. Siempre creí que tendría futuro como escritor, nunca lo dudé, ni si quiera por un minuto; no me había dejado intimidar ni si quiera por la dura mirada de mi padre al contarle a qué me quería dedicar por el resto de mi vida.
Pero aquí estaba, en mi trabajo de siempre: exprimiendo los jugosos detalles de la boda de alguna pareja rica en la ciudad, con suficiente presupuesto para pagarle a uno de los más prestigiosos periódicos para inspirar al resto del mundo con su vida privada. Bastardos. Por personas así es que el mundo seguía igual; toda la parsimonia para consumar la decisión de dos personas de estar juntos era más que prueba de ello. Pero tenía que sobrevivir de alguna manera, si quería ser la voz que intentara cambiar el mundo no podía vivir debajo de un puente. Lo que no entendía es cómo la entropía se había ensañado precisamente para que mi destino dependiera de la sección matrimonial del periódico. Por más de que el tiempo había pasado, las cicatrices de mis pasado oscuro con las bodas me picaban cada vez que tenía que asistir a una insufrible ceremonia donde todos eran unos hipócritas que decían creer en el amor verdadero. Siempre miraba al tumulto de personas y me preguntaba cuántas de ellas realmente serían amadas; o si la pareja de ilusos seguirían teniendo la misma cantidad de amor si no derrocharan su dinero en su boda.
Suspiré largamente y saqué la pequeña cámara que traía en el bolsillo de mi saco. El registro visual siempre era importante; así probaban el capital que poseían a la gran ciudad de Nueva York. Miré de reojo la solapa de mi saco, sólo esperaba que no estuviera sucio. No tenía por qué alquilar un esmoquin para estos eventos, ¿y aumentar la demanda de la renta de vestidos? Jamás. Así que siempre tenía a la mano la parte superior de un traje de paño, era el mismo que llevaba a todas las bodas de las que escribía cada semana; la prenda suficiente para hacer pasar unos jeans desgastados y cualquier camisa como vestimenta formal.
De repente todo quedó en silencio, a excepción de pequeñas toses y murmullos por aquí y por allá. No pude evitar sonreír de medio lado, el show estaba por empezar. Cuando finalmente la música comenzó no tuve que mirar encima de mi hombro para comprobar que la novia se encontraba en la entrada del pasillo. De hecho, nunca volteaba a mirarla, ésa era la parte más dolorosa de cada ritual; así que simplemente me conformaba con burlarme del idiota en el altar. Oh sí, esto hacía valer la pena de tener que sentarme por horas a contemplar la supuesta felicidad de alguien más; el imbécil ese siempre se veía tan feliz, no tenía ni idea de lo que le esperaba.
Durante la ceremonia, cansado de mirar hacia otro lado, reparé en el altar donde se hallaba la afortunada pareja, junto a su ejército de padrinos y damas de honor; rodeados de flores y dinero malgastado. Con el rabillo de ojo pude notar que alguien allí se movía rítmicamente, y tuve que mirar dos veces para notar que en efecto lucía desesperada; no lo disimulaba mucho, mirando su reloj de pulsera cada quince segundos. Era la cosa más interesante que había visto en mucho tiempo en alguna de estas cosas; la dama de honor más pequeña, pálida y rara que había visto nunca. Se le notaba que quería salir corriendo de allí, entrecerré los ojos, divertido, y me grabé instantáneamente su rostro delicado de elfo; no le quitaría el ojo por el resto de la noche, ella se traía definitivamente algo entre manos.
•••
— ¿Qué hora es?
Había salido de la recepción a llamar a uno de mis compañeros de trabajo o, mejor dicho, mi mejor amigo. No había tenido mucha suerte con la impaciente dama de honor; por más de que había intentado seguirle el rastro el resto de la noche, parpadeaba un momento y de la nada, ya no estaba allí. Eso, obviamente sólo me hacía querer investigar más sobre ella.
—Más de medianoche —, escuché a Emmett fingir un bostezo, pero obviamente escuché una risita al fondo. Sólo esperaba que cuando llegara al departamento no hicieran tanto ruido. Ventajas de vivir con un mujeriego.
—Bueno, sólo tardaré como dos horas más, así que…
Alguien me golpeó fuertemente el hombro y no pude terminar la frase. Estaba a punto de gritarle algo pero la ráfaga de su pequeña silueta me detuvo. Observé atentamente con la boca abierta como subía a un taxi, que claramente la estaba esperando. Era imposible confundir su respingada nariz de otra, además de que el peculiar corte de cabello la hacía mucho más única a la vista. Me acerqué unos pasos más a la avenida, para distinguirla mejor, justo antes de que cerrara con afán la puerta del auto.
— ¡Jazz! —, gritó la voz de Emmett sacándome del ensueño.
—Te llamo más tarde.
No sabía qué era lo que presentía de aquella chica, pero siempre había sido bueno con las emociones de las personas, y mi sexto sentido me decía que ella no era normal. Me burlé de mi propio pensamiento y sonreí ligeramente mientras seguía contemplando el taxi que aún no arrancaba. A dónde huye. No se podía ser simplemente la dama de honor y escapar del lugar como si nada; ahora alcanzaba a entender un poco por qué razón no la había vuelto a ver el resto de la noche.
Junté mis cejas cuando vi que se paró dentro de la cabina trasera mientras el conductor al fin aceleraba, para… ¿bajarse la cremallera del vestido? Sin entender lo que pretendía hacer, los seguí con la mirada hasta que, el taxista frenó bruscamente y tuve una excelente vista del trasero de esa mujer, adornado apenas por un pedazo de tela de ropa interior.
—Oh mi… —, tragué saliva sonoramente. De verdad que ella era un espécimen totalmente único. Pasé la mano por mi boca, en un intento por salir del estado de shock y entré nuevamente a la fiesta; resignándome a trabajar.
•••
Fue enteramente difícil concentrarme después del espectáculo que había presenciado, y no verla por ningún lado de nuevo, no hacía que mi mente se tranquilizara. Durante la siguiente hora di vueltas por el gran salón. No me dejaba de impresionar la cantidad de basura que la gente usaba como decoración, ¿y así pretendían ayudar al medio ambiente? Caminaba sacudiendo mi cabeza todo el tiempo. Al menos la cara de amargado me servía como arma para alejar a la gente de mi radar; definitivamente no estaba en estado de socializar con desconocidos. Habiendo tomado los testimonios necesarios y con la memoria externa de mi cámara a reventar, decidí tomar un respiro y me senté en una de las mesas de los invitados.
La mayoría estaban totalmente vacías, a excepción de los caballeros, a los que se les leía el cansancio de lejos; agradecía intensamente no ser el único con ganas de escapar del lugar. Las mujeres estaban todas reunidas al frente de la novia, puse mis ojos en blanco sabiendo perfectamente por qué estaban allí. Pasé, exasperado, la mano por mi cabello, necesitaba con urgencia un corte de cabello, no me alcanzaba a los hombros pero sí sobrepasaba ligeramente el mentón; y de vez en cuando notaba ciertos cabellos rubios encima de mis ojos, y sólo podía soplarlos para quitarlos de ahí. Devolví mi atención a las mujeres, se suponía que mi deber era anotar los ínfimos detalles de la reunión y luego redactarlos poéticamente. Bufé por milésima vez en la noche, ya me inventaría algo empalagoso para saciar al ávido público que me había impuesto mi jefe.
Habían pasado ya varios minutos y la novia nada que aventaba el ramo, así que agudicé el oído y alcancé a oírla dando un pequeño discurso:
»… ayudó a aferrarme a mi amor propio mientras me probaba vestido tras vestido. De modo que, gracias, Alice.
Se abrieron paso y los aplausos se dirigieron a una cabecita azabache que apenas se asomaba entre la multitud. Esbocé una pequeña mueca de mofa al reconocer a la chica a la que tanto alababan. Así que ése era su nombre. Alice. Sonaba bien mientras lo pensaba. El silencio regresó y la novia giró sobre sí, finalmente allí estaba el momento. Un montón de fieras hambrientas a punto de sacar garras y colmillos para asegurarse un "final feliz". Fije mi mirada en la tal Alice, y tuve que reconocerle el hecho de que se resistiera al menos por unos segundos, muy valiente de su parte, hasta que por fin alzó los brazos esperanzada y se mezcló en el revuelto de cabelleras despeinadas.
Finalmente una chica de rizos largos y vestido ajustado negro se ganó el maltratado puñado de flores. Sin embargo, la multitud seguía reunida en el mismo lugar incluso después de que ella partiera con una sonrisa pretenciosa en sus labios. Me levanté para analizar la situación más de cerca y tuve que aguantar una risotada al ver que la pequeña elfo estaba tirada en el piso, totalmente inconsciente. Todas la rodeaban con expresiones de alarma y confusión, más no hacían nada para que reaccionara. Decidí devolverle el favor por la grandiosa vista de antes y corrí con paso firme a su encuentro; había visto millones de veces este tipo de escenas en las películas.
— ¡Atrás, por favor!
Por alguna extraña razón nadie se opuso o cuestionó qué hacía, simplemente abrieron el pequeño espacio para que pudiera arrodillarme junto a ella. Aproveché la cercanía para admirar su rostro en calma. Era bastante bonita, no podía negarlo, tenía una belleza un tanto extraña que entretenía a la vista. Con una mano tomé su muñeca con la excusa de sentir su pulso, y con la otra tomé su cuello cuidadosamente para que despertara mucho más cómoda. No sabía qué hacer la verdad, pero decidí esperar, en estos casos a las personas no les tomaba mucho tiempo volver en sí. Apenas el pensamiento cruzó mi cabeza la sentí removerse bajo mi tacto.
— ¿Se encuentra bien? —, pregunté esperanzado de que no tuviera algo peor mientras que yo me las daba de héroe inexperto. Lentamente, ella abrió sus ojos y pude ver que eran de un color verde indescriptible. Me asusté un poco al ver su expresión de confusión, pero me tranquilicé al recordar que era normal en situaciones así.
Al ver que estaba consciente de nuevo, las damas se iban abalanzando sobre nosotros, así que no pude evitar dirigirles una mirada un poco envenenada. Dirigí mi atención hacia abajo y vi que se tocaba la cabeza con una ligera mueca de dolor; pude distinguir que se sentía abrumada y no tardó en hacer el intento de pararse.
— Oh, oh. Calma, con calma. No te muevas mucho—, aproveché mi mano en su muñeca para evitar que se irguiera y miré al montón de mujeres que tenía encima de mí—. Es una lesión grave. Necesito que traigan hielo—, señalé a una especialmente irritante con la cabeza—: Tú, una botella de 35% de alcohol y algo para morder ¡Ya!
Chasqueé mis dedos y en un segundo habían desaparecido. Al fin. Le sonreí con sorna a la chica del suelo y con mi mano la atraje hacia mí para que se levantara con mayor facilidad. Sentí la mirada del público nuevamente y puse mi mejor expresión compradora.
— Ella está bien, amigos. Sólo fue un golpecito en la cabeza. Continúen en lo suyo—, dejé que ella se sentara para que no se volviera a marear,
— ¿Eres médico? —, preguntó aún algo confusa y aún con la mano en su cabeza.
— No. Pero la sobria y la ebria me molestaban, así que las saqué con alguna excusa—, respondí enteramente sincero y echando una mirada burlona a mis espaldas. Volví a mirarla, aliviado al fin de conocerla—. Bien, ¿sabes cómo te llamas?
— Alice—, respondió con un suspiro mirando al horizonte. Hice mi mayor esfuerzo en contener una sonrisa, obviamente ya sabía cómo se llamaba, sólo quería escucharlo de sus labios.
— Alice—, Dios, decirlo en voz alta se sentía tan bien—. Soy Jasper.
Extendí mi mano, con una mirada que consideraba bastante encantadora, ella correspondió el gesto desinteresada.
— Gracias por ayudarme.
— De nada, ¿puedes? —, hice referencia a que se pusiera de pie, y tomé delicadamente su codo por prevención.
— Ajám.
— Okay, ¿estás bien?
— Ajám—, respondió mientras se reponía rápidamente.
— Perfecto.
Me quedé observándola y no pasaron dos segundos antes de que se tambaleara sobre sí, en un intento por caerse de nuevo. Gracias a mis reflejos logré sostener su espalda antes de que pasara por lo mismo, y la ayudé a sostener su peso mientras se cogía la cabeza aullando un poco de dolor.
— ¿Por qué no te conseguimos un taxi? —, al ver que no estaba en condiciones de responder, hice presión en su costado levemente para que caminara ella sola—. Muy bien. Despacio y con cuidado, caminemos.
Justo antes de salir nos cruzamos con otra dama de honor que me entregó un inmenso arreglo floral para mesa. Escéptico, la di una mirada significativa que, afortunadamente, entendió rápido y ella misma entró las flores en el taxi en el que había visto a Alice anteriormente. Despacio, hice que se sentara en el lado izquierdo del auto, cerré la puerta y le di la vuelta al taxi para entrar también. El conductor arrancó y el silencio incómodo se esparció con eficacia en el ambiente. No podía ver su rostro, por culpa de las malditas flores entre nosotros; pero sabía con exactitud que miraba hacia la ventana con frustración, porque yo hacía exactamente lo mismo. Decidido a iniciar una conversación, chasqueé un poco la lengua y carraspeé para llamar su atención.
— Me encantó tu tanga, por cierto —, escupí apresuradamente. Por lo general no era tan imprudente y audaz, pero por alguna razón sentía que podía contarle cada cosa que se me pasaba por la mente a aquella mujer. Sentía que no se amedrentaría con nada de lo que le dijera. Sonreí burlón al ver su cara de espanto entre los pétalos—. Pasaste junto a mí hace rato. Te vi cambiarte el vestido.
Vi como algún recuerdo cruzaba por su rostro y como este se llenó de comprensión mientras que un pequeño rubor se extendía por su blanca tez. Volvió su mirada a la nada, ignorándome.
— Fuiste a dos bodas en una noche, ¿verdad? —, lo venía sospechando desde la ceremonia, así que me aventuré un poco, a pesar de su expresión de fastidio—: Inquietante, ¿no?
— Las dos son buenas amigas mías y sus bodas fueron la misma noche, ¿qué debía hacer? —, trató de explicarse atropelladamente a la vez que inclinaba sus hombros.
— Eso no es lo inquietante, ¿cómo lo soportas? —, no pude ocultar el tono ácido de mi pregunta.
— Me encantan las bodas. Desde siempre —, exclamó con un tono apasionado y sincero.
— ¿En serio?
— Si.
— ¿Qué parte? —, puse mis ojos en blanco, qué raro, otra mujer loca por las bodas—. ¿El júbilo forzado, la música horrible o la mala comida?
— En realidad, conocer a gente tan optimista como tú —, dijo con un sarcasmo mal disimulado.
— «El amor es paciente, bondadoso. El amor te hace perder la cabeza.» —, cité a algún desgraciado en el mismo tono, y sentí como posaba su mirada exasperada en mí.
— ¿A qué te dedicas?
— Soy escritor —, respondí con mi mejor sonrisa torcida.
— Claro que sí —, exclamó con sorna. A lo que no pude esconder una risita.
•••
— Yo pago —, afirmó ella con decisión mientras que el taxista aparcaba en la calle que le había indicado.
— No. Yo pago —, hice un ademán de sacar mi billetera pero ella me detuvo con una mirada.
— Déjame —, se notaba algo cansada, por lo que no insistí más. Aproveché el momento para abrir la puerta e ir extrayendo el adorno exagerado.
— Muy bien, Ziggy. Son 140. Sabes muy bien lo que hiciste —, escuché como le decía al conductor con tono sugerente. Volví a reír en silencio, esta mujer era increíblemente mandona.
Saqué sus cosas del auto y cerré la puerta tras de mí, con la intención de no volver a usarlo. Estaba a punto de tomar rumbo hacia el edificio que tenía en frente cuando su voz aguda me detuvo.
— ¿Qué…? No, espera —, la vi salir del taxi apresurada, empeñada en detenerme.
— ¿No crees que es mucho ritual para algo que, enfrentémoslo, tendrá como el cincuenta porciento de probabilidades de tener éxito? —, dije con voz analítica refiriéndome al pequeño adorno floral que tenía en mis manos.
— Qué novedad. Un hombre que no cree en el matrimonio —, soltó rápido mientras intentaba tomar las flores, pero me quité sus manos en un segundo; indispuesto a que me rechazara el conocerla más.
— Sólo señalo la hipocresía del espectáculo.
— Oh, qué noble —, me miró con el ceño fruncido—. ¿También vas por las calles diciendo a los niños que Santa Claus no existe?
— Así que, reconoces que creer en el matrimonio es como creer en Santa Claus —, sonreí ágil, atrapando su error. Intentó formular una respuesta pero frustrada su rostro se empezó a poner rojo hasta las orejas, algo parecido a cuando Tinkerbell se enojaba. Le dediqué una sonrisa arrogante y ella sólo apretó sus pequeños puños al lado de su cuerpo.
— Ni si quiera sé por qué discuto esto con un desconocido. Pero sí, el matrimonio, como todo lo importante, no es fácil. —Alargó finalmente sus brazos hasta que consiguió sacarme el ramo de las manos y me miró con una mueca—. El cinismo, por otro lado, siempre lo es.
Sonreí enormemente divertido cuando vi que las flores eran más grandes que ella y que seguramente pesaban el doble. Asomó con dificultad una mano y la extendió hacia mí.
— Fue muy interesante conocerte. Adiós.
Susurré un adiós en respuesta. Sopesando la frase que acababa de escuchar. Al contrario, fue muy interesante conocerte. La vi irse a la puerta del edificio y no pude contener mi intriga.
— ¿Irás a más bodas el fin de semana? —, grité medio en broma.
— Me tengo que ir —, canturreó cansada de mí.
— ¿A cuántas has ido? Una cifra aproximada. —Alcé la voz lo más que pude, pero era muy difícil que me escuchara, con todo el barullo de la ciudad entre nosotros.
— ¡Buenas noches! —, respondió molesta, seguramente aliviada de librarse de mí.
Me mordí el labio y entré al taxi. Apoyé un codo en la ventanilla y me vi obligado a taparme la boca para ocultar la enorme sonrisa que me partía la cara; en definitiva no había sido una noche aburrida. De repente, algo me hizo mirar hacia abajo y tuve que entrecerrar mis ojos para distinguir un pequeño objeto de cuero en el suelo. Lo recogí y tenía algún tipo de parecido con una libreta muy deformada. Tenía que ser de Alice.
— Oiga, perdón, ¿podría…? —, dejé la frase a la mitad, con una idea recién salida en la cabeza.
— ¿Si? —, inquirió el taxista.
— No, nada. Olvídelo.
Él asintió y siguió con la vista en la avenida. Cuidadosamente desabroché la correa de la agenda, que se forzaba por contener el montón de papeles que tenía adentro. Hojeé la primera página y me sentí leyendo un cuento de terror: boda de los Kane. Segunda página, boda de los Miller. Tercera, boda de los Forbes. Y así, sucesivamente. Dios mío, la mujer estaba loca. Cerré de inmediato el pequeño libro, y de repente, me di cuenta de que tenía en mis manos una pequeña caja de pandora.
Tenía en mi poder el boleto de salida de la sección de bodas, de una vez y para siempre.
Hola, hola, hola. Lo sé, ni yo esperaba actualizar tan rápido pero es que sinceramente me sentí mal subiendo un capítulo tan corto después de semanas. Pero no importa, lo que importa es que al fin mi amado Jazz ha hecho presencia.
Por favor, por favor, déjenme saber cómo lo estoy haciendo, si les gusta o no. pero díganme algo. Cualquier review, lo acepto en cuatro idiomas diferentes y de una sola palabra xdddd. Pero el capítulo pasado no tuvo ni uno solo :'( y no quiero dejar de actualizar por falta de interés.
Ahora sí, nos leeremos la otra semana.
Besos, Nina.
