Capitulo 4: La boda
Legolas admiraba a Éomer, la verdad es que si él hubiese sido Éomer abría mandado hacia mucho rato a su padre de Paseo, con toda esa locura de la boda y la ceremonia de compromiso. A ausencia de un padre y una madre, seria Eomer mismo quien regalara algo a Legolas y como indicaba la tradición, Tranduil regalaría algo a su yerno para demostrar que lo aceptaba en su familia. Luego seguiría la entrega de anillos de compromiso y una semana después la boda.
-Esto es toda una locura, hija de mi corazón. Que bueno que faltan muchos siglos para que tú te tengas que casar.
Le susurró Legolas a su bebé. Éomer que justo en ese momento entraba a la habitación sonrió.
-Si es tan hermosa como tú, tendremos que espantarle los pretendientes a flechazos.
Le sonrió Comer, arrodillándose frente a la mecedora donde estaba Legolas con la pequeña.
-Abra que encerrarla en la torre más alta de Edoras.
Bromeó Legolas.
-Eres hermoso.
No pudo evitar decir Éomer y quedar fascinado por el sonrojo del elfo, quien a pesar de ya ser padre, seguía siendo sorprendentemente inocente e inconsciente de su propia sensualidad. Justo eso lo había metido en semejante lió, la inocente sensualidad que poseía.
-Gra... gracias.
Tartamudeó Legolas apenado.
-Tengo que ir, con mis hombres, prometimos ayudar en la decoración. Te parece si cenamos juntos, con el pequeño pedacito de cielo.
Legolas asintió sonriendo. Le gustaba como Éomer llamaba a Eowyna, cielo. Sí, eso era su pequeñita, un pedacito de cielo.
***
Con su túnica verde menta, Legolas se paseaba nervioso en su habitación. Esa noche era la fiesta de compromiso. Firene el pelirrojo sanador amigo del elfito rubio sonrió ante los nervios de Legolas.
-Relájate, todo ira bien.
-Eso espero.
Susurró Legolas, nervioso.
-Tú, relájate y concéntrate en tu prometido que a la pequeña Eowyna la cuido yo.
Le dijo Firene, al nervioso elfito que sonrió.
***
Hama, el más viejo de su guardia y el hombre en quien más Eomer confiaba miraba sonriente a su rey. El sabía que la niña no podía ser de Eomer, él había trabajado para Theoden y cuidado de Eomer desde que este era un jovenzuelo travieso y terrible, pero le guardaría el secreto a su rey, Éomer nunca sabría que el sabía la verdad.
-Cálmate, Éomer harás un hueco en el suelo. Toma el regalo y sal ya al patio, no querrás que tu hija y tu prometido lleguen antes que tú. ¿Verdad?
Eomer suspiró.
-No, por supuesto que no. Pero, ¿me veo bien?¿Estoy presentable?
Hama se tuvo que contener para no reír.
-Si, muchacho ve que te vez muy bien.
***
Legolas miró con ojitos brillantes el medallón de mitril en forma del escudo de Rohan. Sabia que era de la madre de Eomer y su corazón se estremeció ante semejante detalle.
Eomer recibió agradecido el regalo de la familia de Legolas y quedó impresionado. Era un libro, pero uno maravilloso, tenía todo lo que los elfos sabían sobre la cura de caballos y en un país conocido por los caballos como lo era el suyo, ese era un regalo muy valioso.
La ceremonia de entrega de los anillos de compromisos, fue como la seda, para alivio de los novios, que daban gracias al cielo por no haber olvidado lo que debían de decir; y después de eso la boda llegó con rapidez para los novios.
Los elfos habían votado, literalmente, la casa por la ventana: La comida era excelente, el pastel de boda gigante, la decoración espectacular y la ceremonia hermosa. Los novios bailaron el tradicional baile elfico y en honor al esposo del elfito más querido del Bosque Negro, bailaron el tradicional vals de los Rohirrin. Luego de eso los desposados no dejaron de bailar y reír con los amigos e invitados. Y el nuevo príncipe Consorte de Rohan, notó Hama, ya había conquistado el corazón de hasta del ultimo de los caballeros que acompañaban al rey de Rohan.
***
Legolas esperaba nervioso a su marido en la cama. Cuando al fin Eomer llegó, el elfito creyó que el corazón, se le saldría por la boca. El humano, ahora inmortal gracias al enlace con el elfo, se sentó en la cama.
-Eomer, yo....yo sólo he tenido relaciones con el padre biológico de mi hija y...y no sé que hacer.
Eomer le acarició la mejilla al elfito con ternura. Lo deseaba, era cierto, pero no lo presionaba, sentía algo demasiado de muy fuerte, algo muy parecido al amor, como para obligarlo a algo.
-Calma Legolas, no te obligaré a nada. Cuando estés preparado, sólo entonces lo haremos.
-No, Éomer yo quiero ser tuyo. No me rechaces, pues es lo único que puedo hacer por ti: pertenecerte en cuerpo y entregarte mi alma y a lo mejor algún día mi corazón y un hijo, más no puedo ofrecerte. No me niegues el corresponder a lo que has echo por mí.
Éomer asintió y le abrió lo brazos al asustado elfito, que se refugio dentro de ellos.
Éomer lo miraba a sus ojos, pero pronto fue atraído por los finos labios, que húmedos y suaves, estaban entreabiertos y los besó con suavidad, intentando con ese gesto ver si el elfo en verdad estaba dispuesto o sólo habían sido valientes palabras. Para su sorpresa la boca del elfo lo recibió gustoso y las lenguas lucharon sensualmente entre si, explorándose el uno al otro. Legolas pensó que él iba a desmayarse del dulzor de ese beso. Nadie lo había hecho sentir así desde Haldir y su corazón se alegro al comprender que podía enamorarse muy fácilmente de este humano, antes un amigo, y ahora su marido.
Éomer besó a Legolas con toda la creciente pasión y el amor que florecía ante la presencia del inocente elfo. Legotas, aunque con algo de mayor timidez, el contestaba con igual intensidad, aspirando su lengua, enredando sus dedos en el pelo de el hombre.
Las manos del Rohirrin recorrían la espalda del elfo, sosteniéndolo y apegándolo más hacia él. Sin darse cuenta Legolas se había acomodado en la posición adecuada para recibir a Éomer y había rodeado a este con sus piernas. Sintió como comer juntaba más las caderas contra las suyas y se hacía un lugar dentro de sí. Cerró los ojos, respiró su aliento, el olor de su piel, mordisqueó y saboreó cuanto tuvo a su alcance. Éomer lo besaba de nuevo, besaba sus labios, luego su mentón hasta llegar al cuello, Legolas se estremeció ante las caricias, ni siquiera Haldir había expresado tanto deseo, tanta avidez por él... quizás era por el carácter propio de los mortales, que siempre deseban hacer todo con prisa, que tomaban todo lo que podían de lo que la vida les ofrecía, siempre concientes de que al otro día podrían ya no tener la oportunidad. Pero aunque ávidas, las caricias de Éomer no eran desesperadas y le daban tiempo a Legolas para aspirar el olor de sus cabellos lacios, y de la piel de su nuevo marido, grabándolos en su memoria. La intensidad de los movimientos aumentó considerablemente y los quejidos de ambos también. Estaban llegando al límite, aferrando sus dedos en los hombros de Comer, legotas llegó al orgasmo al mismo tiempo que su esposo lo llenaba por dentro.
Legolas se dejó caer sobre la cama y sorprendido sintió como Comer se posaba sobre él y lo llenaba con breves besos su rostro y sus manos,. Legolas sonrió al ver la dulzura de su nuevo marido, hacía que el acto mereciera llamarse amor, porque sentía que realmente lo habían hecho.
-Hoy me has hecho el hombre más feliz del mundo, Legolas.
Le dijo Éomer, con voz ronca de pasión. Y si Legolas hubiese tenido las fuerzas para contestarle, le hubiese dicho lo mismo.
Continuara...
