Los "bocadillos personalizados" de Akashi, como él los había llamado, eran, con toda probabilidad, lo más exquisito que había probado en toda mi vida.
Corrijo: lo más rico que comí fue el ramen instantáneo que devoré tras volver del "Campamento Infernal de Rakuzan", cuando aún estaba en primer año. El ramen en sí no es que fuera del otro mundo, pero en aquel momento de fatiga y sudores hasta en el corazón, me supo a gloria.
Me estoy yendo por las ramas.
Akashi nos había preparado unos bocadillos que, según él, estaban hechos acorde a nuestros gustos y necesidades. A día de hoy sigo sin saber a qué se refirió con eso y por qué mi bocadillo era vegetal, pero de lo que estoy seguro era de que estaba delicioso. ¿Qué llevaba? Ni idea. Preferí no saberlo.
Nebuya, entre eructos y halagos a nuestro capitán-chef, se estaba zampando sus bocadillos a dos manos, como si acabase de sobrevivir de un ayuno milenario. Mibuchi, en cambio, se contentó con darle mordiscos diminutos y sonreír satisfecho.
Sobre Hayama no tengo datos, porque comía con la boca abierta y eso es algo que me da demasiado asco. Cada uno tiene sus manías y esa es la mía. No lo puedo controlar.
Akashi, en el centro de la mesa, nos observaba con cuidado, prestando atención hasta al más mínimo detalle que pudiese delatar un resquicio de desagrado en nuestro gesto.
—Vamos, Sei-chan, no te preocupes —Mibuchi también se dio cuenta y le sonrió—. ¿No ves que nos estamos poniendo las botas? Todo está riquísimo.
Nebuya dijo algo que no voy a reproducir porque no le entendí.
—¡Creo que podría comer de esto toda mi vida sin cansarme! —exclamó Hayama con un chorro de mayonesa cayéndole por la barbilla.
Mibuchi lo regañó por comportarse de esa manera en "la distinguida mansión de los Akashi" y le limpió con un pañuelo. Ignoré a esos dos y posé la vista en Akashi, que hasta parecía conmovido por nuestras palabras alentadoras.
Bueno, pensándolo bien, yo no le dije nada. Quizás por eso se me quedó mirando con los ojos haciéndole chiribitas. Me recordó a esas mujeres de las películas de Hollywood de los años cincuenta que esperaban el visto bueno de su marido. Desde luego, el ojo rosa de Akashi me miraba con adoración y el otro, tal vez, con un poco de temor. Debía de pensarse que le iba a espetar que su bocadillo era una porquería. ¿Por quién me toma?
Chasqueé la lengua, en la que aún perduraba el sabor insuperable del bocadillo, y aparté la mirada con discreción.
—Chihiro-san, ¿podrías compartir conmigo tus impresiones? Considero que siempre hay cabida para mejoras.
Akashi utilizaba los mismos términos para hablar de bocadillos que de turbinas.
—Está bueno —confesé con sinceridad. No tenía ningún motivo para mentirle.
Por no mencionar que los otros tres me estaban perforando con la mirada, con una amenaza muda de acabar conmigo ahí mismo en caso de echar por tierra la felicidad de Akashi.
En aquel momento, Rakuzan era un equipo peculiar, dispar como el que más, pero aun así a nuestro modo nos lo estábamos pasando bien. Mibuchi y Akashi charlaban sobre todo tipo de asuntos, que Hayama interrumpía con preguntas o interjecciones desmesuradas ("¡Vaaaaaaaaya!"). Nebuya solo masticaba, tragaba y reía a carcajada limpia cuando Hayama se atragantaba.
Sería la última vez que verían a Akashi como un ser adorable y adalid de las buenas intenciones.
El primero en darse cuenta de que el Akashi del ojo rosa era un poco "pesadito de más" fue Nebuya. Supuso que este cambio comenzó cuando nos sentamos en el jardín a hacer la digestión.
Aquel jardín era impoluto, con un estilo tradicional que solo se conservaba como decorado de las películas más nostálgicas. En cierto modo, parecía el hábitat natural de Akashi, que durante unos minutos nos regaló su presencia más serena y refinada.
Entonces Nebuya tuvo que eructar y arruinar el buen ambiente.
—¡Eikichi, por favor! —protestó Mibuchi el Remilgado.
—No hay por qué enfadarse, Reo-san —Akashi despertó de su trance—. A decir verdad, considero que los flatos de nuestro camarada son, hasta cierto punto, hilarantes.
Además de cursi y ridículo, en algún punto de su transformación se volvió también comunista. ¿"Camarada"? ¿Quién seguía usando esa palabra? Por lo que se ve, fui el único al que le llamó la atención eso, porque los demás seguían enfrascados en la apasionante discusión sobre los eructos de Nebuya.
—¿Ves, Reo? Que te cabreas por nada —dijo Nebuya, orgulloso de sí mismo—. Además, prefiero quedarme sin amigos y no sin intestinos.
A Hayama se le escapó una risotada y hasta intentó explicarme a mí por qué lo que acababa de decir Nebuya era gracioso. Tal vez debería haberle soltado toda esa parrafada a Akashi, que había perdido la sonrisa del rostro y se había puesto serio.
Muy serio.
Creí que se le iba a volver a poner el ojo amarillo.
—Eikichi-san, ¿acaso nuestra amistad vale tan poco para ti?
No creo que Nebuya te considere un amigo, Akashi. Ni él ni nadie.
No es que yo vaya a defender a Nebuya, pero creo que la mayoría de la población agradecería el no tener que perder los intestinos. Por no mencionar siquiera que era un chiste. Con poca gracia, eso es evidente, pero un chiste al fin y al cabo. Es más, si hubiese un jurado que tuviese que dictaminar si era más gracioso el chiste de Nebuya o el de Akashi y su "mi propuesta sigue en pie", puedo asegurar y aseguro que nadie elegiría este último.
Yo rememoraba aquel chiste para mis adentros y Mibuchi, más asentado en la realidad que yo, le pedía a Akashi que se tranquilizase un poco, que "total, la situación no era para tanto".
—¿Que no es para tanto, Reo-san, que no es para tanto, osas decirme? —a Akashi se le empañaron los ojos con lágrimas. No me habría extrañado que le hubiesen salido con purpurina incorporada— He organizado esta fiesta en vuestro honor, con motivo de la estrecha amistad que une nuestros destinos —tomó una bocanada de aire, dispuesto a deslumbrarnos a todos con su argumento definitivo—. Recordad que he preparado bocadillos personalizados.
Eso era cierto. Yo vi cómo los hacía. Al principio las criadas —sí, no os lo perdáis, Akashi es tan pijo que hasta tiene gente que le hace la cama— insistieron en encargarse ellas de la merienda, pero Akashi, con una sonrisa impecable, les sugirió que se tomasen un día de descanso. Ellas, tras un buen rato, repararon en mi presencia y me sonrieron como si fuese el primer visitante que recibía esa casa en décadas. Tal vez lo fuese.
Eso sí, el empeño y amor que puso Akashi en su bocadillo solo lo sabe él, porque yo me quedé en un taburete leyendo una novela que traje conmigo. De vez en cuando le echaba un vistazo con el rabillo del ojo, imaginándome que se cortaría en algún momento, pero como con todo, Akashi era todo destreza y perfección.
Por eso el argumento de los bocadillos fue absoluto. Nos tocó el corazón.
—¡Y bien ricos que estaban, Seisei, que nadie te diga lo contrario! —intervino Hayama como si le fuese la vida en ello.
Mibuchi se mordió esos labios carnosos que tiene y negó con la cabeza. Era la viva imagen del despecho, y eso que no iba con él la cosa.
—Hay que ver, ¿cómo puedes soltarle semejantes barbaridades al pobre Sei-chan? ¿Acaso has empezado a comportarte como Mayuzumi?
—Oye, tú, un respeto —mascullé, pero nadie me hizo caso. Qué raro, ¿no?
—¡Que solo era una broma, una broma! —insistió Nebuya, que soltó un suspiro más largo que el espacio que separa sus dos neuronas— Lo siento, Sei, no quise ofenderte. ¿En paz?
Akashi infló las mejillas, como si fuese un hámster con la boca llena, y cruzó los brazos. Parecía un personaje sacado de un anime y cada vez me daba más grima. El príncipe Chupa Chups estaba enfurruñado y nadie sabía qué decir o hacer para estallar su burbuja particular de miseria.
—Vamos, Sei, perdóname —Nebuya se le acercó, frotándose la nuca.
—Di las palabras mágicas.
—¡¿Qué palabras mágicas?! —gritó Nebuya, que ya estaba empezando a desesperarse de verdad— ¡No seas ridículo!
Todo parecía apuntar a que estaba a punto de decir "no me toques los…", pero reculó en el último instante. Esa fue, con toda certeza, la única decisión sabia que tomó en su vida. Nebuya tenía muchos defectos, seguramente bastantes más de los que cualquier persona medianamente decente debiese tener, pero al menos consideró que aquella no era la situación idónea para volverse violento.
—"Por favor", di "por favor" —susurró Hayama como si hubiese inventado la pólvora.
—Por favor —repitió Nebuya entre dientes con una vergüenza más que comprensible.
Akashi era un hueso —o una piruleta, mejor dicho— duro de roer, pero aun así cedió y sonrió satisfecho.
Con eso todo volvió a la normalidad, más o menos. Akashi se acarameló a Nebuya, como muestra de que ya no quedaban rencillas que "obstruyesen su amistad", y siguió dándonos charlas sobre el amor y la comprensión. También nos contó sus aventuras durante Teikou, aunque creo no equivocarme al afirmar que eso era algo que no le importaba a nadie. Nos habló de su antiguo capitán, al que parecía respetar con cada fibra de su ser (tendría que ser todo un elemento, el tipo aquel) y de todos y cada uno de "los milagros". Hasta mencionó de pasada a las mánagers y a otros miembros de la primera división.
Sus ojillos, tanto el rojo como el rosa, emanaban un brillo tan sincero que me tuve que creer sí o sí que este Akashi y el del pasado, por muy diferentes que fueran, amaban con locura a aquel equipo. Se aferraba a un pasado glorioso, quizás incluso idealizado, y no lo dejaba marchar.
Será niñato. Está en Rakuzan, que no se olvide, y aún en primero. Tendría tiempo de sobra para vivir todo tipo de aventuras con sus amigos.
—Vaya, creo que tengo la imperiosa necesidad de miccionar —se levantó y nos dedicó una sonrisa rebosante de vitalidad, al más puro estilo Hayama. Cada vez era más siniestro—. ¿O debería decir "voy a hacer pipí"?
Soltó una risita.
No, no hacía falta usar esa frase tan infantil. Con eso solo hacía el ridículo y me recordaba que yo debería estar estudiando, no perdiendo el tiempo de esta manera. Tampoco es que me esperase que fuese tan basto como Nebuya y dijese que tenía que "irse a echar un meado".
Se fue poco menos que dando saltitos, dejándonos a los demás como unas colillas medio encendidas en medio del jardín.
Nebuya fue el primero en abrir la boca.
—Akashi está un poco raro de más, ¿no?
—Está adorable. Es tan encantador… un verdadero primor —Mibuchi se estaba derritiendo. Arcadas, arcadas me dieron—. Creo que es mi tipo.
—Pues qué queréis que os diga, yo ahora estoy un poco incómodo con él. Es como… Winnie the Pooh, pero en persona. ¿No crees, Mayuzumi? ¿A ti no te parece raro?
Lo único raro era que Nebuya Eikichi estuviese pidiendo mi opinión.
—Akashi nunca fue normal —respondí yo, sin ganas de involucrarme en su conversación.
—Al menos ahora se ríe y nos prepara la comida —comentó Hayama—. Vamos, Ei-chan, no me negarás que ahora Seisei es bastante simpático. ¡Como un hermano pequeño!
Porque a ti no te metió mano, listillo.
Fue cuestión de pensar en eso para que otro de mis compañeros abriese los ojos.
Sí, era el turno del despertar de Hayama. Fue al cuarto de baño, supongo que al mismo que Akashi, y no sé qué sucedió ahí —puedo crear todo tipo de conjeturas, ya que yo no estuve presente—, pero los dos volvieron al poco. Akashi sonriente, Hayama traumatizado de por vida.
—Kotarou, tienes mala cara.
—Eh, bueno… —dijo Hayama tartamudeando.
—¿Ha sucedido algo? —insistió Mibuchi, preocupado. Yo ya me estaba temiendo la respuesta de Hayama.
—Mi bienquerido Kotarou-san y yo hemos compartido un momento fraternal en el lugar más inesperado, el excusado —a duras penas pudo pasarle un brazo por el hombro, y eso que Hayama no era precisamente alto.
De mi memoria jamás se desvanecerá la cara de asco de Hayama. Creo que será lo último que recuerde antes de morir. Intentaba zafarse a toda costa de Akashi, pero su pegamento hecho a base de amor era más fuerte.
—Mmm. Akashi, esto… estoy un poco incómodo. ¿Puedes parar?
Akashi frunció el ceño al escuchar su apellido. Estaba emperrado en que lo llamásemos "Sei", al fin y al cabo.
—Incómodo estoy yo con tanta formalidad, Kotarou-san.
Se puso de puntillas y restregó sus mejillas contra las de Hayama, ronroneando como un gatito y susurrando frases inconexas sobre la amistad. Nebuya, sentado junto a mí, puso una mueca de desagrado. Creo que los dos estábamos rezando por el alma de Hayama.
Cabe mencionar que Hayama era un tipo que adoraba todo tipo de contacto físico y no era especialmente tímido con otros hombres. Ni siquiera, al contrario que otros compañeros, se sentía incómodo cambiándose de ropa delante de Mibuchi —que no es tan depravado como la gente se piensa, pero ese es otro tema—, así que lo que tuvo que sufrir ese chico en el baño fue inimaginable.
Este Akashi, cegado por el amor, era mucho más escalofriante que el don Absoluto de antaño. Ni punto de comparación. Hayama y Nebuya estarían de acuerdo conmigo —sus caras lo decían todo—, pero Mibuchi aún seguía bajo el hechizo del ojo rosa de Akashi.
Aunque no por mucho tiempo.
