CORAZONES A LA DISTANCIA

t.A.T.u Girl

CAPITULO 3: Dentro de un sentimiento muerto

El Sena reflejaba el rostro de una chica preocupada, sus hermosos ojos azules estaban perdidos en las ondas y en las diminutas olas que el curso del río formaba. Detrás de ella una chica de escasos diecisiete años había encontrado más interesantes las lozas del puente y tenía una expresión similar a su compañera de ojos azules. La primera le sonrió a su reflejo con la melancolía de quien decide no saltar al agua para vivir un día más. Se volvió hacia la más joven encontrándola perdida entre los tonos de gris de las lozas.

- ¿Qué te pareció Simone? - preguntó por fin Yulia.

- ¿Cómo? Perdona Yulia, ¿qué me decías?

- ¿Estás segura que tu y Simone nada mas hablaron sobre poesía? - dijo Yulia arqueando una ceja.

- ¿Q...q...qué dices? - balbució Monique sonrojándose violentamente. - ¡Sólo hablamos de poesía! Madmoiselle Bovie es una excelente escritora y mentora. Claro, nunca tan buena como tú.

- ¿Cómo yo? Pero si no he logrado que siquiera toques un Fa afinado.

- Eso no quita que seas la mejor maestra del mundo. - le sonrió Monique.

- Exageras. Vámonos, tengo que dejarte en tu casa.

Las jóvenes siguieron su camino, Monique hablaba mucho y Yulia escuchaba muy poco. La pequeña ex -t.A.T.u estaba inmersa en las palabras que Simone le había dirigido mientras Monique iba y venía por la extensa biblioteca de la escritora. Su vieja amiga sabía perfectamente dónde poner el dedo para despertar alguna inquietud en ella, sabía cómo jalar los hilos para que se sintiera culpable y pusiera manos a la obra con respecto a cualquier cosa. Al salir de su sesión con Monique sus años le ayudaron a percibir en la maestra de piano lo que la joven aprendiz no pudo ver, se dio cuenta inmediatamente de que Yulia había estado llorando.

- Los libros no son buenos compañeros de lágrimas, Volkova. ¿Por qué no puedes olvidarla? Eso le preguntas una y otra vez a esos amigos empastados, no te lo pueden responder. - Yulia le dirigió una mirada confundida - No todas las respuestas están en los libros, Yulia, la mayoría están en el corazón.

- No sabes lo que es perder a quien amas con todo tu ser. - le había respondido sin siquiera mirarla.

- Tal vez, pero tú al menos tienes la suerte de haber amado y de haber sido amada, algunas no podemos jactarnos de tales logros. Tienes dos opciones mon amie, regresas a Rusia y le dices todo lo que le tengas que decir a Madmoiselle Katina especialmente que llevas cuatro años muriéndote de amor por ser una estúpida orgullosa o la olvidas definitivamente y continúas con tu vida.

- Pides lo imposible... no puedo hacer ni lo uno ni lo otro.

Definitivamente no podía hacer nada de lo que le pedía Simone, no podía olvidara Lena y tampoco podía continuar con su vida. Sentía que había quedado atrapada en lo insólito de un sentimiento muerto. El amor latía en su pecho pero la persona a quien estaba dedicado se encontraba muy lejos y posiblemente hiciera mucho tiempo que ya se había olvidado de ella. Pasaron un teléfono público y Yulia se detuvo un segundo, ¿debía llamarla? ¿Quizá llamar a casa y preguntar por ella? Mejor no. Siguieron caminando sin que se pudiera decidir. ¿Por qué no podía arrancarse lo que sentía por Lena? ¿Por qué ese sentimiento seguía aferrándola al pasado? Yulia sacudió la cabeza tratando de alejar sus pensamientos, posponiéndolos para cuando estuviera sola en su departamento. No podía permitir que Monique la viera así, su alumna se preocupaba mucho por ella siempre y no había necesidad de agregarle preocupaciones.

- Ya llegamos. ¿Vendrás mañana? - preguntó la chica a su maestra que se hallaba demasiado lejos como para prestar atención al sentimiento en los ojos de su alumna.

- Claro. Guarda bien los libros que te prestó Simone, no queremos que tus padres descubran nuestro secreto. Hasta mañana, Monique.

* * *

La noche había encendido sus estrellas en el cielo y recibía una respuesta hermosa desde las casas de Paris. La ciudad iluminada por diminutas faros y focos por todas las calles era un hermoso espectáculo desde las ventanas altas como la de la habitación de Monique. La joven soñaba despierta contemplando la ciudad, después de un largo suspiro se giró hacia el interior de su habitación. Por más que le desagradara el decorado seguía siendo su habitación y esa era la única razón por la que le gustaba estar ahí. No le agradaba la cama mullida como para una princesa, tampoco le gustaba el tono rosa pálido que tenían las paredes, por suerte ya había convencido a sus padres de pintarlas de color crema. Todo en su habitación parecía salido de un cuento de hadas y eso le desagradaba enormemente, pero el deseo de sus padres de volverla una dama con más habilidades que aditamentos en una navaja suiza no le había dejado otra opción en el decorado de su habitación. Sin embargo había un sitio que le pertenecía y en el que sus padres no habían tenido injerencia: una gaveta de su escritorio. En ese espacio que aún era virgen de la influencia de sus padres, Monique guardaba sus mas preciados tesoros.

La joven se sentó y abrió la gaveta. Lo primero que vio fue la portada de una revista donde Yulia ocupaba el espacio compartiéndolo solo por los varios titulos de notas en todos los formatos y colores. Su maestra de piano tenía los brazos cruzados frente al pecho y miraba al lector con sus ojos azul acero inundados de melancolia. El título del articulo principal decía "Yulia, una soltera muy cotizada". Había sido la última revista en la que Yulia había aceptado aparecer y se remitía a un año después de la separación de su grupo favorito. Mas alla de aquella portada había muchas otras cosas relacionadas con t.A.T.u: llaveros, tarjetas postales, bolígrafos, lápices y las cajas de los discos que habían grabado. Pero el mas grande tesoro que tenía en esa gaveta era una servilleta con la marca de una taza de café. Aquella invaluable joya pertenecía al día en que Monique conoció a Yulia.

Iba caminando de camino a su casa cuando en un café de Campos Elíseos vio a la ex integrante de t.A.T.u. Yulia miraba una taza de café que hacía mucho tiempo se había enfriado, cuando Monique se le acercó, le dedicó una hermosa sonrisa y la invitó a sentarse al notar la indecisión de la chica. No hubo charla y todo lo que Monique alcanzó a decir es que le daba mucho gusto conocerla pues había sido una gran admiradora de t.A.T.u. Yulia la miró gravemente, se levantó y se alejó sin decirle nada más. El mesero llegó para retirar la taza sucia y fue cuando Monique decidió llevarse algo de su encuentro con su ídolo, y vio la servilleta con la base de la taza marcada. Aquella misma tarde su madre le presentó a Yulia como su maestra de piano, y ella fue la adolescente mas feliz del mundo. Ya había pasado tiempo desde entonces y había aprendido a conocer a Yulia e incluso a amarla.

- Yulia... - suspiró la joven. - A veces me pregunto si me ves más que sólo como tu alumna y si ya has olvidado a Lena.

Siempre se regañaba a sí misma cuando pensaba en Yulia como un ente separado de Lena pues había sido fanática hasta el hueso del grupo impulsor de la libertad de ser y amar, pero desde que era su maestra no podía evitar quererla lejos de Lena. Al principio el piano no le había llamado la atención pero cuando conoció a su profesora se empeñó en ser la mejor, sus avances habían sido lentos y demasiado torpes pero no perdía la tenacidad pues estaba decidida a ser el orgullo de su ídolo y maestra. El tiempo transformó en toda aquella admiración en amistad primero y luego en amor. Ese último paso había sido increíblemente doloroso, sabía muy bien que Yulia no podía ser para ella, no por la diferencia de edades, sino porque Yulia no había olvidado a Lena.

- No sé si eso es verdad... tal vez ya la olvidó. - se dijo mientras sacaba una libreta y un bolígrafo de otra gaveta y comenzaba a rasgar el papel en silencio.

* * *

- ¿De nuevo?

- Lo siento, Madam Poulain, pero usted sabe que Monique no es exactamente Beethoveen. Necesita mucha práctica para que todo salga bien. - se excusó Yulia a la mañana siguiente cuando fue a buscar a su alumna para ir a sus lecciones secretas con Simone.

- Entiendo, Yulia pero... Tienes razón. Monique no debe ser el hazmerreír de tu recital. Pasa por favor. - la invitó Madam Sophie mientras se hacía a un lado para permitirle el paso.

- Oh no, esperaré aquí afuera. No se preocupe.

- Monique no ha despertado y yo tengo que atender la cocina, así que anda, sube a despertarla para que se vayan a ensayar. - sonrió la señora antes de dejar a Yulia en el vestíbulo.

Yulia se armó de valor y se desplazó escaleras arriba hacia la habitación de su alumna. No le agradaba tener que deambular en los dormitorios en caso de que Monsieur Poulain apareciera repentinamente, pero si Monique no había despertado aún era un riesgo que tenía que correr. La casa por dentro no parecía tan enorme, esa impresión daba pues largos pasillos revelaban incontables cantidades de puertas. La joven pensó que se extraviaría en aquél laberinto pero la alfombra color vino a sus pies no se lo permitió y de hecho la condujo hasta la habitación de Monique que se identificaba por el dibujo de un pony en la puerta. Con suavidad llamó a la puerta pero no hubo respuesta.

- ¿Monique? Despierta. - susurró demasiado bajo para que siquiera la puerta la escuchara. - Creo que tendré que entrar. ¡Ay con esta niña!

Yulia se introdujo en la habitación e inmediatamente sintió un estremecimiento de ver cómo la tenían sus padres en su propia habitación. No reparó en nada mas ni siquiera en el poema casi completo que yacía sobre el escritorio junto a la cama. Se detuvo a contemplar a Monique, durmiendo era incluso mas adorable que despierta. La observó con fraternal cariño y reparó por primera vez en dos años en las facciones de su alumna. Monique usaba el cabello lacio a la altura de media espalda, lo tenía de un tono castaño que recordaba mucho el color del otoño sin un tono marrón definido, y así dormida, su cabello caía desordenadamente velando su rostro. Era una chica muy blanca, demasiado blanca quizá, todo resultado de las raras veces que tomaba baños de sol. Yulia se percató de que su alumna tenía diminutas pecas difuminadas sobre su nariz. Era una chica bastante bonita y escondía unos ojos verde jade, mágicamente misteriosos. Se sentó en la orilla de la cama y sacudió levemente el cuerpo de su alumna.

- ¡Hey dormilona, despierta! Tenemos mucho que hacer hoy.

Monique abrió los ojos lentamente y para su sorpresa se dio cuenta de que su sueño se había hecho realidad: Yulia estaba ahí al momento de que despertara. Como movida por la somnolencia que no deseaba irse de su cuerpo se irguió en la cama y se abrazó a Yulia. La maestra no supo reaccionar y se quedó inmóvil, pendiente de los movimientos de la adolescente.

- Siempre había soñado con que fueras tu quien me despertara por las mañanas. - susurró al oído de Yulia.

Los segundos parecieron solidificarse y de alguna manera se negaron a fluir en todos los relojes de Paris permitiéndole a Monique más tiempo para disfrutar el espejismo que casi podía sentir disipándose entre sus dedos.

- ¿Estoy soñando todavía? - preguntó al mismo tiempo que descansaba su cabeza en el hombro de su maestra.

Yulia sacudió la cabeza respondiendo la pregunta de Monique, se sentía anormalmente torpe, la repentina actitud de su alumna la había hecho perder absolutamente toda razón. Se sentía como parte de un sueño pero sabía que todo aquello había sido provocado por la sorpresa. Tomó a Monique de los hombros y la alejó de ella lentamente sonriéndole.

- Vamos, a levantarse. - murmuró.

Monique meneó la cabeza asintiendo y sin mayor aviso que una sonrisa, se abrazó al cuello de Yulia uniendo sus labios. La adolescente jugó con los labios de su maestra con gran destreza. Algo en su interior comenzó a quemarse provocando que despertara poco a poco. No podía creer que estaba besando a Yulia, su maestra, su amiga, pero sobre todo la mujer a la que amaba más allá de cualquier amor. Apretó su boca contra la de Yulia recibiendo, por un solo segundo, respuesta a la llamada de cariño y amor que había iniciado con un abrazo. Monique acarició el rostro de Yulia y se separó de ella unos milímetros para luego volver a unirse a ella en un beso largo, donde le confesaba todo lo que sentía. Le confesaba su amor, su pasión, le confesaba que su interés por el piano había surgido para complacerla, le confesaba que desde los 12 años le había entregado su corazón de niña y ahora le entregaba su corazón de mujer. Yulia estaba paralizada, no podía apartarse de la boca de aquella adorada niña, no comprendía nada de lo que ocurría. ¿Qué había hecho ella para que Monique tomara ese paso? ¿Acaso Monsieur Poulain tenía razón y ella era una mala influencia para la adolescente? Por desgracia no tenía las respuestas y mientras sus labios seguían unidos a los de Monique empapándose de un amor que ella no deseaba tener ni podía corresponder, seguía empapándose de la nostalgia que un beso le significaba y Yulia no pudo contener sus emociones, se desbordó su corazón en la desdicha de saber que la joven a quien consideraba su amiga había terminado por sentir algo más hondo y doloroso que la amistad: el amor.