Buenas nuevas! Quiero agradecer por la aceptación tan buena que ha tenido esta historia.

Capítulo beteado por Eve Runner

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Capítulo 3: Nueva rutina.


Al día siguiente mis padres firmaron el acuerdo de custodia temporal de Ojitos.

Nos habíamos organizado, mientras ellos estaban en la institución terminando los trámites, yo me mudaba a su casa.

Y mientras trasladaba mi ropa, objetos personales que ocuparía relacionados a mi trabajo, la loca duendecillo, que me tocó por hermana, se encargaba de instalar las cosas de la bebé en la habitación que estaba frente a la que me correspondía.

Protesté en desacuerdo ante esa idea, pero mamá y Alice terminaron convenciéndome de que sería lo mejor para Ojitos, ella tenía derecho a tener su propia habitación decorada, llena de cosas lindas que pudiera admirar cuando empezara a crecer. Así que terminé aceptando, sin embargo nada, ni nadie me quitaba la felicidad que en estos momentos me consumía: mi princesa estaría conmigo.

—Es la última —murmuré acomodando la ropa en el closet.

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Salí de mi habitación justo cuando mis padres llegaban con una muy inquieta bebé.

—Tómala, cariño. —Mamá me la tendió—. Creo que te extraña —murmuró con una sonrisa.

Agarré a la bebé, quien se refugió en mi cuello, reposando su cabecita en mi hombro.

—Hola, cariño —susurré—, yo también te extrañé. —Rocé con suaves caricias su espalda, mientras ella caía en un relajante sueño.

— ¿Cómo les fue? —pregunte sentándome en una de las sillas de la cocina.

—Muy bien… Ahora esperemos que su madre despierte. —Mamá suspiró—. Aunque aquí estará rodeada de amor, el cariño de su madre es fundamental. —Papá asintió—. Así que pensamos que es de vital importancia que sigas llevándola a visitar a su madre.

—Sí —acepté—. Yo también lo había pensado. —Ojitos parecía saber quién era ella, cuando la visitábamos se quedaba en total calma, se relajaba ante el calor de su cuerpo.

—Bueno, ya que todavía tienes turnos en la mañana podrás llevarla tú —acordó papa—, cuando entres en la tarde tu madre y tu hermana se ocuparan. —Asentí.

—Voy hacer de comer —comentó mamá—. ¡Fuera de mi cocina! —Ambos rodamos los ojos obedeciéndola, solía corrernos desde que nos cachó metiendo las manos antes de que estuviera listo lo que preparaba.

—Vamos, Ojitos —susurré—. Te mostraré tu habitación. —Acuné a la bebé en mis brazos, para subir a su cuarto.

Entramos. Quedé sorprendido, Alice tenía talento para hacer cosas fantásticas en corto tiempo.

Las paredes estaban pintadas de un rosa claro, una franja blanca dividía la pared y podía diferenciarse un rosa más fuerte en la parte baja. La parte superior estaba llena con varias mariposas que decoraban la habitación.

Las cortinas eran del mismo tono y con franjas verdes, adornadas por flores. La cuna era blanca y en ella un edredón de color rosa con mariposas, sobre esta había un adorno giratorio de pequeños osos de diferentes colores.

Un cambiador en tono rosa con pañales y todo lo necesario para el uso de Ojitos.

Una mecedora adornaba la esquina frente al ventanal.

Una cajonera blanca que hacía juego con la cuna, seguida de una mesita, donde reposaba una lámpara adornada por una flor.

Un columpio mecedor rosa, que además tenía mariposas giratorias y reproducía canciones.

En la pared, un estante con peluches, juguetes y libros.

Era una habitación para soñar. Sonreí imaginando a mi princesa despertando todas las mañanas.

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Después de haber comido con mis padres mientras Ojitos dormía en el columpio, a la vista de nosotros, mamá me dijo que tendríamos que bañarla y arreglarla para salir.

Un nuevo reto que enfrentar, me dije a mí mismo.

Subí con mi madre, quien tomó a ojitos entre sus brazos. Me la tendió y la tomé, en lo que ella preparaba en el cuarto de baño la temperatura adecuada del agua para bañarla.

—Está lista —anunció mi madre—. Vamos, hijo, desvístela. —Miré a Ojitos unos segundos—. Vamos, Edward, no se romperá. —Rio.

Con cuidado la desvestí hasta que quedó completamente desnuda, sus ojitos se abrieron y empezó a llorar.

— ¿Qué le pasa? —pregunté mirando a mi madre.

—Tiene frío, hijo. Dámela para que sienta el agua. —Obedecí entregándosela, pero a Ojitos no pareció agradarle la idea porque empezó a llorar más fuerte, de sus ojitos escurrían pequeñas lágrimas y se removía inquieta mientras mi madre trataba de tallarla—. Vamos, nena, está calientita —mamá susurró—. No llores, cariño —pidió.

No pude soportarlo más, mi corazón se oprimía con cada segundo que ella lloraba.

—Dámela, mamá —pedí.

—Pero Edward… —protestó—. No he terminado.

—Dámela —insistí. Ella suspiró, pasándomela.

Besé su frente.

—Vamos, Ojitos, ya no llores —le pedí. Me quité los zapatos y me metí con todo y ropa a la bañera. Su llanto cesó—. Ahora, mamá, enséñame a bañarla —solicité.

—¡Oh, Edward! —Mamá tenía los ojos llorosos—. Hubieras sido un gran padre —murmuró sin detenerse a pensar en las palabras que acababa de soltar.

—Mamá… —advertí.

—Lo siento, hijo. Es que no es justo lo que pasó. —Acarició mi cabello—. Tú no te merecías eso.

—Hay muchas cosas que no deberían pasar y pasan —respondí—. Solo queda seguir adelante. —La bebé se removió—. Ahora… hay que bañar a esta señorita. —Mi madre sonrió y me ayudó a bañarla.

Estar con ella en el agua ayudó a que no llorara más, así que terminamos los dos mojados, pero al menos ella estaba limpia.

—Aquí estás. —Papá entró, se nos quedó viendo y luego empezó a reírse. Gruñí fulminándolo—. Lo siento —se disculpó—. Es que jamás pensé verte en esta situación. —Contempló a Ojitos—. ¡Qué bebé más audaz! Tan atrapado te tiene que has caído en un baño a jugar con patitos —se burló.

—¡Mira quién habla! —interrumpió mamá. Papá la miró horrorizado—. Tu padre… —Le sonrió—, hizo lo mismo que tú en tu primer baño. —Las mejillas de mi padre se sonrojaron por la vergüenza—. Solo hay una diferencia… —Papá pedía que se callase con una súplica, pero mi madre lo ignoró—. Él terminó llorando contigo en la bañera mientras yo terminaba de bañarte. —Se rio.

Comencé a reír imaginando la escena, la verdad es que si Ojitos no hubiera dejado de llorar probablemente habría terminado igual que papá.

—Bueno —Papa tosió—, uno no nace sabiendo —murmuró besando la cabeza de mi madre—. Edward, te estaba llamando pero no contestas tu teléfono —me informó.

Entonces un gemido salió de mis labios. Cerré los ojos y a tientas comencé a buscar en mi bolsillo. Suspiré a modo de derrota.

Saqué mi celular, el cual se había auto invitado a un baño también.

Mis padres comenzaron a reír y de pronto una luz nos cegó. ¡¿Pero qué jodidos…?!

—Lo siento, pero esto es una primicia. —La voz de Alice se coló en la ducha.

—Borra eso, Alice —gruñí.

—No… son buenas fotos. —Se encogió de hombros—. Es tan adorable el amor que tienes hacia Ojitos. —Pellizcó mi mejilla—. Un osito cariñosito.

—Alice… —protesté.

—Edward, cariño, termina de bañarte —aconsejó mamá—. Dame a la pequeña para cambiarla. —Se la entregué y luego ella la envolvió en una toalla.

Todos salieron de la habitación, dejándome para tomar un relajante baño, nótese el sarcasmo.

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Ojitos y yo nos despedimos de la familia y partimos rumbo al hospital.

Llegamos justo a tiempo. Recorrí los pasillos del hospital camino al área de hospitalización.

Suspiré antes de entrar.

Cuando llegas a estar frente a una situación donde no queda más que esperar y esperar, es agónico tanto para el paciente como los familiares, en este caso era aun peor.

Venir a visitar a una persona a la que prácticamente no conoces, no obstante algo muy valioso e importante los une a ambos.

Salí de mis cavilaciones y mis ojos se posaron en Ojitos.

Solo eso bastó para seguir adelante. Giré el pomo de la puerta… allí estaba ella, en las mismas condiciones. Como en el cuento de Blanca nieves, quien fue dormida para despertarse con un beso del príncipe que la amaba.

Solo que aquí no había príncipes y ella no había sido dormida por morder de una manzana.

Dejé el portabebé en el sillón, saqué a Ojitos, quien estaba mostrándome esos caramelos achocolatados que me traían loco.

—Estamos con mamá —murmuré besando su frente.

Creí ver un intento de sonrisa en sus labios, aún era muy pequeña para sonreír, pero juro que sí lo había intentado.

La acomodé en el pecho de su madre, cerca de su corazón. Mi princesita se acurrucó, mientras sus ojitos empezaban a cerrarse.

Saqué de la pañalera un libro que había traído conmigo: "El principito". Mi madre solía leérmelo antes de ir a dormir.

Me acomodé cerca de ellas y empecé a leer el libro. Y todo se esfumó, solamente y en esos momentos… existíamos nosotros tres.

Con nuestros silencios que eran una puerta abierta a la tranquilidad, logrando la comodidad que nos permitía saber que este era el lugar donde queríamos estar.

Esto se volvió una rutina, una pacto silencioso, en el cual todos, sin saberlo… salíamos beneficiados.

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—Mamá —grité entrando a la cocina.

— ¿Qué pasó, cariño? —preguntó entrando.

Miré a Ojitos y suspiré. Tenía que marcharme a trabajar. Ya había pasado una semana y mis turnos ahora eran por las tardes.

—Se ha tomado su mamila hace media hora. —Deposité un beso en la frente antes de dársela.

—Tú y yo vamos hacer muchas cosas productivas, ¿verdad, princesa? —Acarició su naricita—. ¡Qué tengas buena suerte! —me deseó.

—Gracias. —Besé su mejilla—. Hasta luego —me despedí, tomando el maletín y la bata.

Llegué al Volvo y encontré el osito color rosa de Ojitos, no podría dormir sin él; fue un regalo de Jasper y parece que a Ojitos le había encantado porque cuando lo sentía cerca de ella se acurrucaba en él.

Corrí de vuelta a la casa.

—Edward… se te va a hacer tarde —me regañó mi madre.

Sonreí culpablemente.

—No puede dormir sin él. —Me encogí poniendo el osito en el columpio mecedor, donde se encontraba mi princesa —. Mamá, le gusta la canción número tres —murmuré presionando el botón, cambiando la música.

—Le gustan todas —comentó mi madre rodando los ojos.

—La velocidad en el número cinco. —Cambié de la tres a la cinco—. Y la manta de florecitas es su favorita. —Fulminé la de patitos, que parecía no gustarle—. El chupón está bien, pero prefiere el azul —aconsejé.

—Edward —gruñó mi madre—, ¡crié tres hijos! Deja de darme instrucciones, jovencito.

—Pero… —me calló con la mirada—. Lo siento —me disculpé. Estaba actuando sobre protectoramente.

Te quedaste corto, comentó mi consciencia, yo diría paranoico.

—Ahora, vete antes de que se te haga tarde —reprochó—. Ella estará bien. Entre más rápido te vayas más rápido regresarás —sugirió.

—Cierto —murmuré, besando a ambas nuevamente.

Salí corriendo hacia el Volvo y así marchar hacia mi trabajo.

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Hoy trece de octubre Ojitos cumplía un mes de estar con nosotros.

Cuando menos te lo esperas el tiempo pasa volando.

Volvía a tener turnos en la mañana.

Sentí a alguien removerse.

—¿Qué pasa, princesa? —Acaricié su espalda en círculos—. ¿Ansiosa por ir a ver a mamá? —susurré levantándola para cambiarla.

Puse a Ojitos en el cambiador. Quité su ropa con cuidado, despojándola después del pañal.

Sus ojitos se abrieron, sacándome una sonrisa.

La limpié con toallitas, apliqué pomada y coloqué el pañal nuevo… listo.

¡Operación cambio de pañales! ¡Terminada! Cero bajas. Ahora era un experto.

Dejé a la princesa un momento, abrochándola por su seguridad. Abrí el closet, contemplando la inmensidad de ropa y accesorios que Alice había comprando. En momentos como estos ella era de temer.

Tomé un conjunto azul de flores, que traía una pequeña diadema a juego y unos diminutos zapatitos.

—A cambiarte, ¡estarás más hermosa, Ojitos! —murmuré acariciando su mejilla. Ella hizo un torcidito con su boca.

¡Un intento de sonrisa! Salté como nena, internamente. Cada vez le salían mejor.

Terminé de cambiarla, tomando su cobija favorita y abrigándola bien. El clima empezaba a enfriar, para luego salir a visitar a esa persona que era tan especial para ella y en cierto modo, también para mí, por ella tenía a mi princesa.

Estacioné en mi lugar. Bajé a Ojitos en su porta bebé y tomé la pañalera. Pasé por recepción, donde la enfermera Clara se acercó a saludarnos.

— Buenas tardes, Edward. ¿Cómo está la princesa? —Acarició la mejilla de Ojitos, quien dormía tranquilamente.

—Muy bien, Clara. —Le sonreí. Ella y Benjamín eran los únicos que sabían de la situación. Mi padre creyó que era lo más convincente dada las circunstancias y yo lo secundé—. Ahora, si nos disculpa vamos a visitar a cierta persona —anuncié.

Ella nos sonrió tiernamente.

—Adelante… —Se hizo a un lado—. Cuida a esa preciosura. —Miró a Ojitos.

—Eso no hace falta pedirlo —respondí sonriente. Ella, ahora, es mi vida.

Ojitos, como ya era costumbre, se acurrucó en el cuerpo de su madre, quien ya no tenía las marcas de los moretones. Se veía tranquila, pero aun no despertaba.

—Buenas tardes, Edward —saludó Benjamín, el neurólogo de la mamá de Ojitos—. ¿Cómo va la princesita? —preguntó acercándose a checar los signos de la joven.

—Muy bien… Hoy cumple un mes —respondí orgulloso de mi princesa.

Sí, han leído bien, ella era mía.

—Pues felicitaciones a la preciosura —dijo acariciando su mejilla.

Sonreí ante sus sinceras palabras.

Una vez más me informó que todo seguía igual, la inflamación del cerebro ya había desaparecido, sus costillas estaban sanando perfectamente, solo esperaban a que despertara.

Benjamín creía que era ella la que no quería hacerlo, algo la detenía, inconscientemente era mejor permanecer en la oscuridad en la que se encontraba que enfrentarse a la realidad.

Después de unos minutos Benjamín se retiró porque tenía más pacientes que visitar.

Me acerqué hasta estar a escasos centímetros del oído de la mamá de mi princesa.

—¡Despierta, por favor! —supliqué sin saber si me escuchaba o no.

Si amas no dañas, gritó mi consciencia, si amas no hay egoísmo. Suspiré estando de acuerdo.

Ojitos, te necesita —susurré solo para ella. Mi lado egoísta quería salir a flote, pero lo até con cadenas de hierro—, ella te necesita tanto como yo la necesito a ella. —Sonreí acariciando su mejilla.

—Despídete de mamá… —Me incliné a besar la frente de esa joven sintiendo el cálido contacto de su piel—. Hasta mañana, bella durmiente —murmuré, saliendo con Ojitos entre mis brazos.

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Mi hermano Emmett junto con su esposa Rosalie y mi sobrina Lilian habían llegado de sus vacaciones, encontrándose a una bolita muy revoltosa.

Ojitos rápidamente se había colado en un lugar de sus corazones, era la bebé más mimada de la faz de la tierra al lado de Lilian, quien había aceptado gustosamente el tener a una sobrinita a la que cuidar.

Aún no teníamos un nombre para ella, no queríamos usurpar el derecho de su madre, por lo que los nombres de "bebé", "princesa", "Ojitos", eran usados cariñosamente para ella.

Carmen venía dos veces al mes de visita, para supervisar, eran ordenes que marcaba el reglamento.

Ojitos se encontraba en sus dos meses de edad, ambos adaptamos una rutina en donde éramos felices con la cercanía del otro.

Ella empezaba a mantenerse despierta más horas, atenta a cualquier movimiento que pasaba cerca de ella, pero para que nuestra felicidad fuera completa esperaba que su madre despertara pronto.

Con ella todo seguía igual, bueno, a excepción de sus costillas que estaban totalmente fijas y sanadas.

A veces la esperanza comenzaba a desaparecer, pero luego me aferraba a ella, sabiendo que los milagros suelen suceder.

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Había quedado con Jane después de varias e insistentes llamadas y de mensajes muy provocativos. Como todo hombre necesitaba desahogarme.

Mamá había aceptado encantada, asegurando que era bueno que ambos nos acostumbráramos a estar separados, para que con el tiempo no fuera tan difícil.

—Hola, guapo. —Jane abrió la puerta de su apartamento vistiendo nada más y nada menos que una muy corta bata de seda, anudada a su cintura que dejaba entrever sus piernas y un escote que me daba una muy buena visión de su pecho.

Mi amigo vibró en respuesta.

— Estás apetecible. —La felicité, dando paso a una sonrisa de satisfacción de su parte.

—Entra, la cena está servida —anunció tomándome de la mano, llevándome consigo a la sala, donde nos esperaban dos platos sencillos con espagueti, puré de papa y unas albóndigas bañadas en salsa y una botella de vino.

Comimos entre caricias por parte de ambos, incitando el ambiente que estaba cargado de lujuria.

Al terminar mi último sorbo de vino dejé la copa a un lado y capturé sus labios mordiéndolos, haciéndola gemir.

Sus manos fueron directo a mi camisa, despojándola ávidamente.

—Vamos a la cama —gimió agarrando mi miembro por encima de la tela.

Mordí el lóbulo de su oreja.

—Será todo un placer. —La tomé de las nalgas, elevándola mientras que ella envolvía sus piernas entorno a mi cadera.

Sus labios se adhirieron a mi cuello, dándole suaves mordiscos, que solamente hacían crecer más la tienda que se acumulaba en mi entrepierna.

Como un bólido llegué hasta su habitación, arrojándola en la cama. Retiré el nudo de su bata, revelándome ver un conjunto de lencería rojo, que no dejaba nada a la imaginación.

—Una chica mala merece un castigo —gruñí en dirección a mi amigo—. ¿Quieres que te folle, Jane? —Ella asintió en respuesta.

—Contesta. —Tomé entre mis manos sus pechos… amasándolos.

—Sí… sí —chilló—. ¡Fóllame, Edward!

Sonreí por la victoria, de lo que prometía ser una muy buena noche.

—Tus ordenes… —Bajé mi mano hasta su hinchado clítoris que pedía atención—, son para cumplir. —Colé mis dedos por debajo de la tela de su tanga para comprobar que tan húmeda estaba.

Ella desesperada empezó a tirar de mi cinturón hasta quitarlo del camino, continuó con mi pantalón, desabrochándolo, lo bajó de un tirón; mientras que yo me entretenía con sus pechos, pellizcándolos a mi antojo.

Bajó mi bóxer, se relamió los labios. Nuestras miradas estaban hambrientas. Un mes sin sexo… me estaba pasando la factura.

Me coloqué encima de ella, bajando mi cabeza, mordiendo y chupando sus erectos pezones.

De pronto el sonido de un timbre me hizo saber que se trataba de mi nuevo teléfono.

—No contestes —gimió Jane, acariciando con sus manos mis testículos.

—¡Oh, cielos!— gemí al sentir sus caricias. Volví a poner mi atención en su cuerpo, alineando mi miembro a su entrada.

— ¡No! —chilló Jane cuando mi celular volvió a sonar.

—Debe ser importante. —Me separé de ella para buscar en mi pantalón el ruidoso teléfono, en la pantalla aparecía "Mamá". Inmediatamente pulsé el botón de aceptar.

—Bueno —contesté.

— ¡Oh, cielo! Siento interrumpirte. —La voz de mi madre sonó preocupada, haciendo que mi amigo muriera teatralmente.

— ¿Qué pasa, mamá? —Ojitos llegó a mi mente, formando un nudo en mi garganta.

—Es la bebé, se ha despertado hace una hora. —Su voz denotaba angustia—. No ha dejado de llorar, he intentado de todo para calmarla. —Suspiró—. Pero no ha funcionado, hace unos minutos empezó arder en fiebre y nos hemos venido directo al hospital. Jasper y tu padre la están atendiendo.

¡Oh, mierda! Gruñí enojado. Y yo aquí, a punto de follar en lugar de haberme quedado con ella.

Estúpido, me recriminé por dejarme llevar con la cabeza de abajo.

—Voy para allá, mamá. —Colgué sin darle tiempo a contestar—. Debo irme, la bebé se ha enfermado.

—No puedes irte y dejarme así —protestó Jane.

Mi ceño se frunció ante su tono.

—Es una emergencia —anuncié cogiendo mi ropa y vistiéndome en el acto.

—Vamos, Edward, tus padres lo solucionaran —gruñó—. No es tu hija. —Se cruzó de brazos—. Has estado posponiendo nuestros encuentros por su culpa.

¡Por la punta del Everest que no dijo eso! Mascullé.

—¡Vete a la mierda, Jane! No puedes estar diciendo esto en serio. —La fulminé con la mirada—. No eres quien para recriminarme, ¡no somos nada!

—Tenemos buen sexo… y eso me da derechos sobre ti. —Sus ojos se volvieron fríos—. Ahora, piénsalo bien, ¿o esa niña? ¿O yo? —Sus manos recorrieron su cuerpo—. ¿Piénsalo bien?

Sonreí. Cómo si necesitara hacerlo, pensé.

—Fue un gusto conocerte, Jane. —Me coloqué los zapatos—. Pero no hace falta hacerme elegir... porque nunca hubo tal elección.

—Eres un imbécil —gritó hecha una furia—. Te arrepentirás y vendrás a suplicarme por un poco de cariño —exclamó más fuerte.

Reí ante su ocurrencia.

—Te equivocas. —Volteé a verla—. En estos momentos mi corazón le pertenece a alguien más… y ella es la que me necesita ahora. —Cerré la puerta, dejando atrás a una muy enfadada y gritona Jane.

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Mi corazón martillaba fuertemente mientras corría hasta el área de pediatría, visualicé a mi madre, sentada en una banca con sus manos tapando sus ojos.

—¿Mamá, qué pasó? —Llegué a su lado—. ¿Cómo está? —pregunté desesperado al ver los ojos de mi madre, estaban rojos por el llanto.

—¡Oh, Edward! —Sollozó refugiándose entre mis brazos—. Ella estaba bien, cuando llegamos aquí tenía demasiada temperatura. —Mi pecho se oprimió ante las noticias—. Ni tu padre, ni Jasper han salido… —Hipó entre llantos—. Lo lamento tanto.

—No fue tu culpa, mamá. Ella estará bien —repetí aferrándome a mi madre.

—Voy a entrar, mamá —anuncié, dejándola sentada en la banca. Entré al área de urgencias para buscar a mi padre y a mi cuñado. Los vi junto a Ojitos, que se encontraba acostada en una camilla.

Mi padre giró y me miró.

—Ella está bien, hijo. —Jasper asintió—. Fue solo un susto. La fiebre cedió y ahora se encuentra perfectamente.

—Solo la mantenemos en observación por precaución —habló Jasper al notar que tenía mis dudas—, al parecer el cambio de clima le afectó. —Asentí acercándome hasta llegar a ella.

—Hola, princesa —susurré acariciando su mejilla—, me has asustado mucho. —Sus ojitos se abrieron, atrapando los míos. Toqué su naricita haciendo que sus labios se curvaran en una sonrisa.

—Así está mejor, sonríe para papá. —Las palabras salieron sin filtro de mi boca, sin ser consciente de las ganas que tenía de que fueran ciertas.

—Yo... —me volteé y miré a mi padre y a Jasper—. Lo que dije…

—No —me interrumpió mi padre—, no te retractes, Edward. —Puso su mano sobre mi espalda en señal de apoyo—. Es lo que eres sin importar nada más. —Sonrió—. Tú lo sientes y ella lo sabe… solo eso basta.

—Eres su padre —afirmó Jasper—, mereces serlo.

Sonreí al ver cuánto me apoyaban.

—Gracias.

—Ahora —anunció papá—, esperemos una hora más y podremos irnos a casa. Voy a ver a tu madre que debe estar desesperada. —Asentí porque era cierto, solo mi padre podía calmarla.

Estuvimos la hora que sugirió mi padre, esta transcurrió lentamente para mi gusto, pero sin alteraciones. Gracias a todos los dioses mi Ojitos estaba bien, sana y salva.

Jasper la dio de alta, la vestí con ropa calientita que trajo mi madre para ella y ambos salimos rumbo a la tranquilidad del hogar.

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Estábamos todos reunidos, en familia, celebrando acción de gracias.

Ojitos llevaba un hermoso vestido rojo que resaltaba su blanca piel. Estaba atenta a las caras que le hacía Lilian haciéndola gorjear de alegría.

El sonido del teléfono interrumpió nuestras pláticas.

—Sigan comiendo, yo contesto —anunció mamá levantándose a contestar.

Le sonreí, enfrascándome en una conversación con Jasper.

Un grito de mi madre nos hizo levantar asustados. Tomé a Ojitos entre mis brazos, caminando hasta llegar donde mamá se encontraba.

—Esme, ¡por Dios! —Corrió mi padre llegando a su lado—. ¿Qué te pasa? Querida, estás muy pálida. —El silencio de mi madre comenzaba a inquietarme—. Esme nos estás preocupando —comentó papá mirándonos a todos—. ¿Quién era? —preguntó mi padre.

—¡Ha despertado! —Y no hizo falta que aclarara de quien hablaba.

Ella había despertado.


¿Qué les pareció este capítulo?

Edward, el hombre frío ahora es un Osito Cariñosito =P

Y que me dicen de esa hermosa bebé "Ojitos"

Espero que la espera ¡haya valido la pena!

A las lectoras que pasan a dejarme un comentario, Gracias:

Alexandra Bellamy Pattinson, Rox93, DontEvenFight, .Cullen, Krisvampire, Twilightica, Ashleyswan, Sara, Rockergirl661, Chicaroberts, Tata XOXO, Robsten-Pattinson, Paola, Shley Lebrn, LicetSalvatore, , Brenda-Cullen-lvashcov, Catrina00, Eleaine Haruno de Uchiha, Karla Stew Pattz, BelenxiiiZzz, Janalez, Pao Stewart, MaeCllnWay, Liz PattStew, Dracullen, Nadiia16, Yessi-Cullen93, Jacke94, Yasmin-Cullen, Gretchen Cullen Masen, Yolabertay, SolecitoPucheta, Mvfap18, MiranCullen32, Rosaswan, Mary Cullen, Twilight-love1694, MelisaAZ, Cami fics, Wen liss, Pili, Annie Roberts, Manu Vulturi Lightwood, Camille Frost, Eletwihard, Beastyle, .7355, Maricoles, Karito CullenMasen, Danigoich, SuPattinsondeCullen, Yessenya, Johana Manzanares, Lunha 222, Lurix, Kells PTZ, Magus Cullen Nati Natu, Mel lutz L, Noe Mallen, Sheyla, Princesa Luthien, Laura Carrillo, Vero, Rubi, Connie Stew, Carelymh.

A esos anónimos que no dejan nombre, también muchísimas gracias!

Karina Castillo