Cap 4: Enseñanzas y hermanos.

-Bien- prosiguió tía Millicent acomodándose en el sillón (en el que apenas entraba)-, sigamos con el tema del matrimonio, ¿Cuántos niños pensáis tener?-

-Los que vengan, tía- respondió Ciel, esperando que se diese por satisfecha y cambiase de tema.

Pero no se dio por satisfecha. Claro que no. En su lugar estuvo un buen rato monologueando sobre la maternidad. Y no se limitó solo a consejos sobre cómo llevar el embarazo o el parto, que va. Su discurso también abarcó los procesos anteriores a eso. Y de manera grafica.

-Es recomendable, querida, colocar una almohada bajo las caderas una vez terminado…"eso", para que no se pierda nada. Claro que las primeras veces el "ya sabes qué" puede que no entre, sobre todo si es demasiado grande. Claro que no podremos saber del tamaño de Edward hasta la noche de bodas; pero si llegado el momento tienes algún problema, en el hospital de Londres venden unas almohadillas que son muy buenas para eso…

Ciel cada vez estaba más sonrojado. No es que no supiese sobre sexo, pero una cosa eran las "lecciones practicas" que Sebastián le había dado alguna vez y otra era tener a una vieja loca hablándole del tema con su prometida delante. Menos mal que tía Frances (colorada como nunca la había visto) estaba tapándole los oídos a Lizzie. Tío Alexis, por otra parte, estaba perdido en sus pensamientos, tratando de no escuchar a su tía corromper a los jóvenes de la sala.

Edward, por otra parte, parecía absolutamente desesperado. Estaba aún más sonrojado que antes (si es que eso era posible) y se hundía en el sofá como si desease que el mueble se lo tragara. Ciel no era muy compasivo, pero comprendía a su primo. En una tarde había tenido que besar a otro hombre y escuchar a una vieja demente divagar sobre el tamaño de su miembro viril. Todo ello delante de sus padres y su hermana.

Bueno, al menos los consejos de la vieja repelente tal vez le servirían para su matrimonio con Lizzie. Solo esperaba no tener que usar las almohadillas.

En ese momento, la puerta se abrió dando paso a Sebastian, quien se había disfrazado convenientemente. Estaba casi irreconocible y, sin duda haría un buen papel de Richard Phantomhive ante la tía Millicent…

O eso es lo que debería haber pasado. En su lugar, Sebastian estaba exactamente igual que cuando se fue. Ciel no entendía nada ¿en serio pensaba que la vieja no se daría cuenta?

-Lady Harcourth- dijo Sebastián en tono teatral-, permítame presentarle al señor Richard Phantomhive.

-Jejeje, buenas tardes a todos- dijo una voz tras la puerta.

Ciel estaba pasmado. Aquella voz, aquella risa sibilante… no, no podía ser…

Mientras su mente iba a mil por hora, "Richard Phantomhive" entró en la habitación.

Si, era él. UNDERTAKER. Ciel sintió la tentación de arrojarle el servicio del té (con carrito y todo) a Sebastián. La única explicación que el conde podía encontrarle a la ocurrencia de su mayordomo, era que se hubiese fumado toda la mercancía de Lau. Y ni aún así. Definitivamente, el demonio se estaba esforzando para hundir su reputación varios metros bajo tierra.

Al menos Undertaker iba decente. Llevaba un traje caro y elegante que le sentaba inesperadamente bien. Además, llevaba su largo cabello gris pulcramente recogido en una coleta atada con un lazo y su flequillo estaba apartado, dejando ver sus ojos. Pero sus cicatrices seguían ahí y mantenía su habitual sonrisa espeluznante.

En ese momento, sintió la mano de Edward apretándole el hombro.

-¿Quién es ese tipo?- preguntó poniendo su mejor mirada de "si-algo-le-pasa-a-mi-hermana-te-mato". Sus padres en cambio parecían conocerle, aunque les sorprendiese su presencia allí. Lizzie, mientras tanto, examinaba al extraño con curiosidad.

Tía Millicent, por otra parte, había decidido demostrarle a "Richard" que no le perdonaba el no haber estado allí desde el minuto uno. Y vaya si lo hizo.

Agarró su bastón y empezó a golpearle con él, mientras gritaba tanto que Ciel podía sentir los cristales de las ventanas resquebrajándose. Menos mal que Undertaker era un shinigami y aquello no le dejaría secuelas.

-¡Tu, maldito holgazán, irresponsable, roñoso! ¿¡Que clase de hombre eres, haciéndonos esperar horas hasta que te decidiste a aparecer!? ¿¡Y como se te ocurre dejar a tu hermana a solas con ese mayordomo truhan!? ¡Es un milagro que no la haya ensuciado con su degeneración! ¡Probablemente a estas alturas se habrían fugado y ella estaría prostituyéndose para pagarle las deudas…!

Sebastián estaba alucinando ¿Qué le había hecho a esa mujer para que pensase tan mal de él? La única persona a la que había "ensuciado" era su Joven Amo y porque él lo había pedido. Y no se habían fugado a ninguna parte, lo habían hecho en el despacho. Bueno, también estaba esa mujer del circo, pero eso era otra cosa.

A pesar de su estupefacción, no se le pasó por alto que Ciel no se estaba burlando de él como las otras veces. Por el contrario estaba casi acurrucado en el sillón, rojo como una cereza. ¿Qué burradas habría dicho la vieja en su ausencia?

Cuando tía Millicent se calmó y se dejó caer en la butaca, Undertaker consideró que era momento de pasar a la acción.

-Señora…yo…. De verdad lo siento. Pero desde que murieron nuestros padres siendo Celia una niña, yo… quise darle la mejor vida posible. Sé que paso mucho tiempo en mis negocios y debería dedicarle más tiempo a mi hermanita. Pero le juro que yo solo deseo su felicidad.

Había dicho aquello de rodillas, con una mano en el pecho y mirada de cachorrillo apaleado. Ciel estaba con la boca abierta. Joder, incluso él quería abrazarlo, a pesar de de saber que era un acto.

Y al parecer a tía Millicent también le había hecho efecto. Había sacado un pañuelo del bolsillo y se enjugaba los ojos con él mientras miraba a Undertaker con pena. Por una vez parecía una persona normal, agradable incluso.

-Dios mio, que vida tan dura- dijo con una voz sorprendentemente suave- Ve, hijo mío, y siéntate con tu prometida- señaló al sillón donde estaba Lizzie, mientras ahogaba un sollozo en el pañuelo.

-Gracias señora. Hola, querida- dijo dándole un suave beso en la mejilla a Lizzie.

En ese momento, Edward estuvo a punto de gritarle, pero una mirada asesina de su madre lo disuadió de inmediato. Con Frances Midford no se jugaba y menos cuando, por fin, habían conseguido calmar a tía Millicent.

La anciana, por otra parte, ya había recuperado la compostura y estaba dispuesta a seguir con el "curso prematrimonial"

-Bueno, querida Ceila, como te iba diciendo, otros problemas que podéis tener para tener hijos son la estrechez y la impotencia. Para lo primero, podéis usar la vaselina; se vende en las farmacias. Y para lo segundo, me han dicho que es bueno darse friegas "ahí" con vinagre de manzana…

Ciel tenía la sensación de que, si se hundía más en el sofá, acabaría llegando al infierno por su propio pie. Si escuchar a tía Millicent dando esos consejos ya era humillante, hacerlo con un demonio y un shinigami haciendo esfuerzos sobrehumanos para aguantar las carcajadas, era mil veces peor.

Edward, por su parte, estaba pensando seriamente en salir corriendo de allí, aunque fuera por la chimenea. Ya no podía aguantarlo más. Especialmente aquello de las friegas le había dejado con el corazón en la garganta ¿Hasta cuando pensaba seguir aquella vieja dejándolo en ridículo delante de todos? Porque no era ciego, era evidente que el mayordomo y aquel tío raro de las cicatrices se estaban partiendo el pecho a su costa.

-…aunque la primera vez todos los hombres suelen ser unos chapuzas que no saben usarla…-

Y en ese momento Edward llegó a su límite. Estaba tan cabreado que no le importaba nada más.

-¡Vamos a ver!- gritó como nunca en su vida- ¿¡No puedes decirnos esto en privado!? ¿¡No te das cuenta de que nos estás dejando en ridículo delante de todos!?

Se hizo el silencio total y absoluto. Ni tía Millicent se atrevió a responder. Al cabo de unos segundos, la anciana salió apresuradamente del salón, sin molestarse en esquivar las piezas de mobiliario a su paso y murmurando (aunque de manera bastante audible) sobre "esa horrible, desagradecida e irrespetuosa juventud".

Los demás suspiraron aliviados. No sabían en que acabaría aquello, pero al menos podrían relajarse un poco y pensar como seguirían con aquella farsa.