Disclaimer: Ni Los Juegos del Hambre ni sus personajes me pertenecen; son propiedad de Suzanne Collins. Esta historia participa en el reto de los mini fics del foro El Diente de León. Personaje del mes de junio: Haymitch Abernathy.


4. Olvido

Algunas gotas del líquido color ámbar se escurren por su barbilla, y van a parar al pantalón del costoso traje que le han obligado a llevar. No se ha molestado en quitárselo; había cosas más urgentes. Como terminar aquella botella que parecía estar llamándolo desde hace horas atrás, invitándolo a sumergirse en ella, o más bien a sumergir cada gota de ella en su organismo.

El tren avanza más rápido de lo que le gustaría, pero después de algunos vasos de whiskey eso deja de molestarle. Los paisajes que ya se veían borrosos a causa de la velocidad del tren ahora se ven peor, apenas una mancha verde que Haymitch Abernathy no alcanza a distinguir, y a la que no puede darle forma. Tampoco es como si le interesara mucho; todos los años hace el mismo recorrido. Nada cambia en Panem, salvo las modas del Capitolio.

Sigue bebiendo. Un vaso tras otro, hasta vaciar una botella. Luego abre otra, con dedos temblorosos, sintiendo como la habitación y sus muebles se mueven de un lado a otro. Escucha la voz de la mujer horrible del Capitolio llamándolo a cenar, pero su voz suena lejana, como el eco de un pájaro chillón. Se dice a sí mismo que le falta beber si todavía puede escucharla.

Mientras tanto la noche cae. Se tambalea hasta un tablero y apaga las luces, luego se deja caer en el suelo con su preciada botella en la mano. A medida que el alcohol ingresa por completo a su sistema se empieza a sentir mejor, como si fuera otra persona. Ya no es Haymitch Abernathy, vencedor de los quincuagésimos Juegos del Hambre, ni mentor de dos críos cada año, destinados a morir.

En realidad no sabe quién es. El alcohol nubla todos sus sentidos y eso es bueno, porque hace que los monstruos que lo persiguen todas las noches parezcan menos reales. Los aleja, o quizás lo aleje a él de los monstruos. A veces podría jurar que ve como estos persiguen a Haymitch, mientras él permanece sentado alejado, observando todo desde la distancia. Probablemente sea la mejor parte, porque no lo persiguen a él.

Ya no se acuerda de los dos niños que van en algún vagón del tren, en simples ataúdes de madera, como una especie de regalo siniestro para sus familias. Él tenía trece años, ella diecisiete. Ambos eran de La Veta. Ambos murieron segundos después de que sonara el gong.

Lo dejan emborracharse hasta decir basta, pero no se salva de ver a las familias de los tributos cuando llega el tren. No importa cuánto alcohol haya ingerido, siempre está lo suficientemente lúcido para ver las miradas de resentimiento en los ojos de los familiares que nunca volverán a ver a sus hijos. Siempre lo suficientemente lúcido para ver sus miradas acusadoras, sus rostros abnegados en dolor. Siempre lo suficientemente lúcido para sentir sus miradas clavadas en él, para escuchar los reproches que nunca se atreven a decir.

Por tu culpa.

Es lo que nadie dice. Es lo que todos piensan.

.

Despierta tirado en el sofá de su casa, aunque ciertamente no sabe cómo llegó allí. Le toma unos segundos salir de su pesadilla, donde todos los chiquillos que han muerto hasta ahora lo atacaban con un cuchillo, igual que la chica del uno en sus juegos. Cada cuchillada dolía como el infierno, pero nunca moría. Por más que lo deseara fervientemente nunca lo hacía. Un juego macabro sin final. Justo como su vida.

Se incorpora bruscamente y patea algunas botellas en el camino hasta la despensa. Probablemente la casa estuviera limpia cuando llegó, pero como no recuerda a qué hora fue eso no puede dar fe de ello. Cada vez que despierta encuentra la casa hecha un desastre, tal y como él mismo. No le agrada, pero hay cosas más importantes, como llegar a la maldita despensa y sacar tantas botellas como le quepan en los brazos, así no tiene que moverse después. Duda que pueda hacerlo de todas formas.

El olvido lo recibe con los brazos abiertos después de la segunda o tercer botella. ¡Qué fácil, qué agradable sería poder perderse en su manto para siempre! Ríen a carcajadas juntos de algún estúpido chiste, mientras el mundo se prende fuego a su alrededor. Son los monstruos de Haymitch Abernathy seguramente, pero no es problema de ellos. Ellos solamente ríen, ambos presas del éxtasis del momento.

Así pasan los años. Han pasado uno, dos, diez, veinticuatro años. Su amigo el olvido lo recibe con los brazos abiertos cada vez que logra llegar a él, siempre acompañado de sus preciosas botellas.

Así la vida es más fácil, más llevadera.

Así es hasta que llegan ellos, dispuestos a luchar para que el olvido, o la muerte, como prefieran llamarla, no se los lleve.


¿Todavía es junio? Llegué con lo justo xD Esta es la historia que había empezado y no pude terminar. Finalmente las musas (o lo que sea) me dejaron terminarla y salió algo completamente diferente a lo que había pensado.

Acá hay un Haymitch curtido por el paso de los años, por todo lo que vivió.

Espero les guste. Muchas gracias por los reviews!

Ahora sí, hasta julio!