Capítulo 3

Me quedé totalmente enmudecido y con el corazón en suspenso, mientras sentía el ardor en mi mejilla derecha expandiéndose lentamente. Definitivamente no era la primer bofetada que me propinada, y bien merecida, pero si la más fuerte desde que volviéramos del monte Fénix. Y luego veo sus ojos llenándose de lágrimas, otra vez yo y mi maldita boca. ¡¿Pero qué se supone que debía decir cuando me has clavado una estaca de hielo en el corazón? ¿Qué si me arrepiento de que estés viva? ¡Dios! Sólo pensarlo me da escalofríos y contrae mi corazón de dolor y pena. ¿Cómo puedes ser tan terca y necia y tonta?

La miré de nuevo, girando el rostro lentamente. Por un instante cerré los ojos tratando de olvidar el calor en mi mejilla, y luego los abrí para toparme con los suyos, tan endemoniadamente mágicos y atrayentes. Estaba furiosa, y había algo más. ¿Qué era?

-¡Eres un imbécil! ¡Nadie te pidió que me protegieras! ¡Yo nunca te lo pedí y no necesito que lo hagas! –me gritó y vi las primeras lágrimas rodando por sus mejillas.

No existía peor debilidad en mi que sus lágrimas. Si de por si no soporto que las mujeres lloren, que Akane llore me rebaza. ¿Qué debía hacer? Estaba anonadado, completamente paralizado por su llanto y sus suaves suspiros, sentía que mi corazón se desbocaría de un segundo al otro. Entonces ella se puso de pie rápidamente, si bien había perdido su fuerza, su agilidad seguía intocable. Corrió a la puerta corrediza que daba al pasillo y a las escaleras, pero yo me levanté de un salto, y mucho más alto y rápido, la rebasé y me coloqué entre la puerta y ella, estirando los brazos para que no tuviera ni una sola posibilidad de pasar.

-¡Quítate idiota!

-¡Si, soy un idiota de eso no tengo duda! –respondí, sintiendo las palabras escapar de mis labios sin que lo pensara. Allá iba otra vez, arrepentido de dañarla pero seguía haciéndolo como un completo imbécil-. ¡Soy un idiota por intentar mantenerte a salvo cuando no consigo mas que golpes e insultos a cambio! ¡Tal vez debería dejar de hacerlo!

Y para mi gran sorpresa, ella se secó las lágrimas furiosa y sonrió, pero no con el encanto inimaginable de siempre, sino que esta era una sonrisa distinta, retadora.

-Hazlo –murmuró.

-¿Qué?

-Hazlo. Deja de cuidar de mi, ya veré cómo me las arreglo yo cuando otro imbécil quiera propasarse conmigo –y dio media vuelta, si no podía pasar por las escaleras, se iría al jardín.

Pero en esa ocasión no corrí inmediatamente hacia ella, tarde por lo menos tres o cuatro segundos en asimilar lo que había dicho, mientras sentía que mi estomago se revolvía, poco a poco, en el más vívido coraje. ¿Propasarse con ella, había dicho? Aquello fue un duro golpe, incluso peor que muchos que me habían dado en carne propia a lo largo de mi vida. Por un segundo sentí que me tambaleaba. La había descuidado, ¿qué más si no? Había sido mi culpa, una vez más fui incapaz de protegerla, ¿¡cómo era posible que siguiera sucediendo! ¿Es que estaba destinado a verla perecer una y otra vez sin poder hacer algo? ¡No!

La alcancé justo cuando estaba corriendo las puertas que daban al estanque. La detuve de las manos y cerré la puerta con fuerza. Ella intentó escapar de mi cercanía, me dio la espalda y corrió hacia el otro lado pero la detuve en el acto, sujetándola de la cintura, pero no acabó ahí, ella forcejeó intentando desprenderse de mis manos, retorciéndose entre mis brazos.

-¡Suéltame, estúpido! ¡No quiero saber nada de ti! –se veía realmente furiosa, como antes cuando las prometidas invadían todo mi espacio y la despreciaban a ella.

Pero su coraje no era nada, NADA, comparado con el mío; y es que sentía como la sangre me hervía de una forma casi dolorosa, tenía la mandíbula tensa, tanto que más tarde me molestaría, y el pulso a todo lo que daba en una carrera que no hacía más que ponerme de peor humor. Quería saber, con una desesperación que pocas veces había sentido, a quién se refería con su comentario, cuándo había pasado, y por qué demonios no estaba yo ahí para detenerlo. Sin embargo, todavía no había terminado de asimilarlo.

No, todavía no.

Y ella forcejeando de esa manera tan decidida, lanzando insultos y golpes vanos a mi pecho, moviendo las piernas con fuerza para tratar de alejarse de mi, evitando verme a los ojos, y la maldita idea de que alguien se había aprovechado de eso precisamente, de su debilidad y su exquisita belleza, me desquiciaron por completo.

Haciendo uso de mi fuerza, por primera vez en mi vida, la asusté deliberadamente.

Ni siquiera puedo decir cómo me siento al respecto, y cómo me sentí después, cuando vi cómo me miraba… No puedo dar crédito a mis actos.

La solté, dejé que corriera y por un segundo tuve una idea grotesca que me hizo sentir desprecio por mi mismo: ella era la presa y yo el cazador. ¿Cuándo, en mi vida, me iba a imaginar que la vería de esa forma? ¡¿Cuándo, y por qué, por qué?

La vi correr, ligeramente confundida por mi repentino cambio, pues me quedé muy quieto, y de nuevo quería salir rumbo a las escaleras. ¡Cómo me habría gustado que fuera más rápida, que la furia no la hiciera más lenta y algo torpe, porque así se habría salvado de mi!

No había nadie en la casa porque desde hacía una semana se fueron todos a vacacionar y nos habían dicho que tardarían bastante, porque había infinidad de lugares que conocerían en el camino.

Perfecto, una razón más para verme como cazador. Ella ni siquiera estaba cerca de la puerta corrediza, ni ligeramente cerca. Fue en un parpadeo. Sentí que la piel me reventaba con el fuego de mi ira, sentí que nada en el mundo me había preparado para enfrentarme a mi mismo, convertido en eso, un monstruo. Vi la mesa, ahí estaba la taza de té de Akane y la mía, el pequeño florero de porcelana vacío, y la tetera. De un movimiento que no puedo decir que fuera rápido, sino más bien completamente enloquecido, volteé la mesa, la vi dar una vuelta en el aire y estrellarse estruendosamente contra el suelo.

La vi hacerse pedazos, las patas romperse, la madera crujir y soltar astillas.

Y vi a Akane detenerse, no asustada, aterrorizada, vi sus ojos agrandarse como platos y contener el aliento.

La vi encogerse de hombros.

Luego me miró, y ahí estaba, por primera vez, ese brillo que me decía que no me reconocía. ¿Quién eres? Me decían sus preciosos ojos, ¿qué eres? Pero no me detuve, porque la rabia me estaba nublando la razón y todas mis ideas. ¡Nada me importaba, sólo saber, saber quién era ese maldito desgraciado que se atrevió a tocarla bajo mi guardia!

Reduje el espacio que nos separaba en dos grandes pasos, ella abrió la boca para reclamar algo, alzó las manos como si eso fuera a defenderla de mi, pero antes de que soltara una sola palabra, la callé con una de mis manos mientras que con la otra la tomaba de la nuca, para que no pudiera moverse.

La silencié como un ladrón, ¡cómo un maldito criminal! Apretando fuerte contra sus labios, sintiendo su respiración en mis dedos, tan alterada. Hundí la más dura de todas las miradas en ella, y así la paralicé.

¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo me atrevía?

-Cállate –susurré, pero por más baja que fuera mi voz, el ácido ahí estaba, tanto como la advertencia. Pero advertencia de ¿qué? ¿Qué era lo que le estaba advirtiendo? ¿Cállate, o si no…? Mi corazón se quiebra con el dolor de mil músculos desgarrándose cada vez que lo recuerdo-. ¡No me obligues a hacer esto, Akane! Te voy a soltar pero sólo si prometes que no intentarás huir –ella asintió con la cabeza, sin dejar de mirarme, y entonces la solté.

Pero no porque aceptó mis condiciones, no, eso hubiera sido bueno. La solté porque de pronto noté cómo me miraba. Con miedo. Era eso, era miedo. Ese había sido mi plan desde un principio, ¿o no? Eso quería, y entonces cuando lo obtuve me pregunté: ¿por qué, en el nombre del cielo, quería eso?

La solté, porque ese miedo me quemó la piel y me robó el alma. No sabía lo que quería decir realmente, arrepentido, hasta ese momento. Y lo supe con la fuerza aplastante de una montaña desmoronándose sobre mi.

Se quedó quieta, como había prometido, esperando, y cuando vio que no hablaba y no me movía, entonces habló:

-Fue Kato –murmuró-. Me besó a la fuerza, intenté alejarme, de verdad que lo intenté, ¡pero ya no puedo! ¡Ahora soy débil y es como si todos se aprovecharan de eso! Y sentí horror, por sus labios que presionaban y…

Ya no escuché más. Ya no pude.

-Basta –le pedí, suplicante, y por fin el miedo se había ido de su mirada para verme ahora sorprendida por mi nuevo tono. Respiré profundo, muy profundo, y el cuarto pareció resonar con mi suspiro lleno de frustración.

¿Kato? No, había un error, tenía que haberlo. ¿La había besado? ¿Él y no yo?

-No vayas a hacer nada estúpido, Ranma –murmuró Akane, mirándome con recelo, y entonces volví a arder en celos, en rabia pura.

-¡¿Cómo esperas que haga eso, eh? –grité a los cuatro vientos, las paredes retumbaron, mi propio pecho vibro ante mi voz potente. Ella se volvió a encoger de hombros. Akane, ¿desde hace cuánto me temes? ¿Desde hace cuanto soy tan monstruoso que ya no me miras airada para golpearme y exigirme que nunca te hable así? Pero no podía parar, sencillamente no podía. Eran los celos, nunca me había sentido tan increíblemente temeroso de perderla-. ¡¿Cómo esperas que no lo mate, que lo haga irreconocible, cuando te besó a la fuerza?

-Sólo no así…

-¡No quiero escucharte! –reclamé y la tomé de los hombros-. Por lo que sea que tu mente quiera, no me importa, pero ten en bien en cuenta esto Akane: tu eres mía, mía y de nadie más, así tenga que desobedecer mis propias reglas y matarlos a todos.

Haber golpeado un par de veces a Kato no disminuyó ni un poco mi coraje, pero al menos ya había dejado bien en claro lo que podía suceder si alguien más siquiera pensaba en tocar a Akane, así que no sólo eran miradas retadoras y letales, sino una clara amenaza que estaba dispuesto a cumplir.

Desgraciadamente, no podía interponerme entre todos los hombres que se acercaran a Akane, y ella, pues algunos no parecían querer abusar de su debilidad y su incomparable belleza, sin embargo eso no hacía más que enfurecerme más, porque sin importar que tan corteses fueran, o que tan sonrientes, caballerosos, o detallistas, todos querían lo mismo. Quitármela.

Y no es que estuviera paranoico, una tarde, mientras salía del entrenamiento en la Universidad y andaba a toda prisa hacia los jardines para encontrarme con mi prometida, me detuvo un grupo de hombres desde mi edad hasta del último año. Eran cerca de veinte, o treinta ¿qué más da? Me rodearon, adoptando sus más fríos gestos, incluso algunos me odiaban.

Por supuesto, ni un millón de ellos me habrían logrado tocar un solo pelo. No por nada había entrenado toda mi vida, y practicado cien veces en Furinkan cuando prácticamente la escuela entera se me abalanzaba. Ahora, claro, todos eran más grandes, algunos muy fuertes, pero seguían sin preocuparme.

Sólo una cosa logró alterarme en ese momento; todos estaban ahí por ella.

-Ranma Saotome –habló uno de ellos, el más musculoso del grupo de imbéciles, moreno y con aspecto de delincuente-. Has despertado un gran resentimiento en todos nosotros, ¿lo sabías? –algunos sonrieron, otros soltaron risitas tontas, yo me quedé imperturbable-. Verás, estamos hartos, ¿me entiendes? Sabemos que Akane Tendo es tu prometida, pero también sabemos que apenas tienen un trato cordial, es decir, no se quieren como novios… Al menos ella no te quiere así –golpe en el corazón-. No veo porqué te aferras tanto a que ninguno de nosotros pruebe oportunidades con ella. Tiene algo extraño, algo exótico, no sé como describirlo pero es diferente a todas las demás –si, y yo sabía muy bien porqué, no sólo era el hecho de que era demasiado especial, demasiado única, sino que ahora portaba la belleza de la muerte. No sé exactamente cómo, pero así era, lo sabía en el fondo de mi alma, era eso lo que volvía locos a todos-. Estamos cansados de ti, así que venimos a advertirte que la pró…

-Hazme perder mi tiempo una vez más –le interrumpí con la voz de hielo, frunciendo ligeramente el ceño y adoptando esa mirada de acero que tan bien había aprendido a hacer en los últimos dos años-, y te juro que no respondo. No sé si estés enterado –me moví con la velocidad que desde siempre me caracterizó, ahora mejorada, lo tomé del cuello sin que apenas me viera, y haciendo uso de mi fuerza, tensando todos mis músculos, lo derribe en medio del círculo que habían hecho a mi alrededor. El idiota parpadeó confundido, me miró como si de pronto no me reconociera, y antes de que pudiera comenzar a entender que estaba tendido en el suelo, humillado frente a su séquito de ovejas, hundí una de mis rodillas en su pecho, presionando-. Pero no ha nacido quien me pueda hacer frente. Así que ahórrate el discurso y tus amenazas, porque no vas a lograr nada más que hacerme enfadar, y tu no quieres eso, ¿verdad? –empezaba a tomar un tono púrpura en las mejillas mientras balbuceaba algo como "estoy de acuerdo", al menos eso quise entender.

Me levanté y el grandulón tomó una gran bocanada de aire como si fuera la primera vez que lo hiciera, entonces me alejé de ahí, el círculo se abrió conforme yo avanzaba, y nadie se volvió a atrever a decir algo.

Pero ahora ya sabía, no sólo sospechaba, sino sabía que tenía muchísima competencia, y el sólo pensarlo me hacía temblar. A eso sí que le tenía miedo, mucho miedo. Pensar en todo lo que habíamos pasado juntos, pensar en el día que estuvo entre mis brazos sin respirar, y en cada ocasión en la que casi le confesé cómo me sentía. ¿Cómo podía estar tranquilo entonces? ¿Cómo no estar aterrorizado ante la idea de que me dejara?