Los personajes no son míos son de la maravillosa S.M la historia es una AD
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—¡Bienvenidos!
Bella sonrió al joven que los recibió a Edward y a ella a la entrada del restaurante.
—¿Dos?
—Cuatro. Estamos esperando a dos personas más.
—Muy bien. Si quieren acompañarme… Siguieron al camarero a través del comedor. Aquel restaurante era lo que había hecho que Bella se decidiera por Arenas Calientes. Estaba al aire libre, sobre una plataforma encima de las aguas del Caribe.
Al final, el maître les indicó una mesa al lado del agua.
—¿Qué les parece esta?
—Perfecta —respondió Bella, mientras se sentaba en una de las sillas.
—El camarero les atenderá dentro de un momento.
—Creo que esperaremos hasta que lleguen los otros dos —dijo Edward, mientras se sentaba al lado de ella.
Bella suspiró de puro placer y miró a su alrededor. Las vistas del mar y de la costa eran maravillosas desde aquel punto.
—¿No te parece maravilloso? —preguntó, agarrando a Edward impulsivamente de la mano—. Me alegro tanto de que estés aquí… —añadió. No creía que fuera lo mismo si no pudiera compartir aquel lugar con él.
Enredó sus dedos con los de él. Seguramente sus excitados sentidos la llevaron a imaginarse la sensación que sintió cuando Edward hizo lo mismo.
—Los folletos no le hacen justicia a este lugar. Todo es mucho más hermoso. Además, en los folletos no se puede sentir la brisa del mar, ¿verdad?
—Eso es exactamente lo que me parece a mí… Es más vivo y vibrante. Es un lugar perfecto para una luna de miel.
Una imagen se le pasó por el pensamiento. Se imaginó con un sencillo vestido blanco, con el velo volando al viendo y aquella arena tan fina entre los dedos de los pies, sintiendo la fuerte mano de su marido en la suya y viendo una apasionada promesa en sus ojos verdes… Oh, no… Su fantasía se detuvo en seco.
¿Qué estaba Edward haciendo en su fantasía? Debía ser Jasper el que apareciera. Respiró profundamente, tratando de tranquilizarse. No había pasado nada. Solo había sido un pequeño desliz, provocado por el hermoso paisaje y la proximidad de su amigo. Nada más.
Se soltó de él con el pretexto de ahuecarse el cabello. Era el momento perfecto para hablar de la pareja casi perfecta de Edward.
—¿Cuándo va a bajar Alice?
—Estaba hablando por teléfono, Comprobando cómo va un proyecto. No estaba muy segura de cuánto tardaría. ¿Qué te parece?
—Creo que has dado en el blanco —dijo, aunque algo a su pesar.
Siempre le había preocupado que Edward fuera de una relación a otra. ¿Por qué se sentía tan desconcertada con la perfección de Alice? Una voz insidiosa empezó a susurrarle al oído. Porque es la primera mujer por la que te sientes amenazada. Porque la ves ocupando tu lugar en la vida de Edward.
—Podría ser la elegida.
—¿La elegida? —preguntó Edward, mirándola completamente atónito.
—Ya sabes, a la que no te podrás resistir. La que te rompa el corazón. Es muy hermosa. Tiene un cuerpo estupendo. Una inteligencia superior, con una licenciatura en física cuántica. Habla cinco idiomas con fluidez, tres de los cuales son lenguas muertas. Creo que eso lo resume perfectamente.
—Me alegro de que te caiga bien.
Bella pensó que era mejor no corregir a Edward. Sabía que Alice debería caerle bien, porque no había razón alguna para que no fuera así. Una culpabilidad de dos tipos la corroía. La primera era que se había imaginado de luna de miel con Edward. La segunda que no podía evitar sentir una profunda antipatía por la otra mujer.
—A su lado —prosiguió—, me siento como una amazona de pecho plano. Me saca unos centímetros y tengo, por lo menos, una talla menos de sujetador que ella. Además, tiene unos dientes preciosos —añadió, pasándose la lengua por sus dos dientes delanteros, que tenía ligeramente más grandes que el resto. Desde el instituto le habían crecido algo los pechos, pero nada comparable con la magnitud de Alice.
—Tus dientes no tienen nada malo —dijo Edward, muy serio. Entonces, le miró los senos—. Ni el resto de tu cuerpo.
Bella sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. Algo peligroso y cercano a la atracción sexual pareció florecer dentro de ella, como ocurría cuando una mujer respondía a la mirada de apreciación de un hombre. Sin embargo, el problema era que había sido su mejor amigo el que le había dedicado aquellas palabras y no había lugar para miradas o reacciones como aquellas entre buenos amigos.
—Edward… —susurró, algo confusa.
—Hola a los dos —dijo Alice, sentándose enfrente de Edward.
Bella parpadeó y sintió que la tensión desaparecía como el humo que se pierde por el fuerte viento. ¿Se habría imaginado lo ocurrido? Tendría que asegurarse de que no volvía a dejarse llevar por descabellados pensamientos hacia Edward.
—Siento haber tardado tanto tiempo —se disculpó la recién llegada, que estaba hermosísima con un vestido estampado que realzaba perfectamente sus curvas.
—No pasa nada. Solo estábamos admirando la espectacular vista —dijo Edward, indicando el mar y el cielo—. ¿Va todo bien en el trabajo?
—Se las arreglan sin mí —replicó ella, sin prestarle atención a lo que Edward le indicaba—. Más o menos. Es sorprendente el nivel de las personas que se contratan para los programas de investigación espacial últimamente. Tendré que llamar todas las tardes, antes de que cierre la delegación de la costa oeste. ¿Dónde está Jasper?
Jasper y Alice habían congeniado estupendamente durante las dos horas que habían tardado en llegar desde el aeropuerto al hotel. Los dos habían estudiado en Port Ángeles y, además, resultaba que Alice ocasionalmente iba a Seattle para dar conferencias.
—Quería deshacer sus maletas antes de bajar. Debería llegar enseguida —comentó Bella.
—Yo deshice las mías mientras estaba hablando por teléfono —dijo Alice, como si entendiera perfectamente la compulsión de Jasper—. Mira, aquí está —añadió, con una resplandeciente sonrisa—. Estábamos hablando sobre ti.
—Siento haber tardado tanto tiempo —observó Jasper, sentándose entre Bella y Alice.
—Ahora estás aquí y eso es lo que importa —comentó Bella, inclinándose sobre él para darle un beso en la mejilla, ansiosa por encender la magia que habían ido buscando. No hubo temblor. Ni magia. Ni nada. Se despegó de él, algo decepcionada.
—¿Ya has deshecho las maletas y te has instalado? —preguntó Edward, con un cierto sarcasmo.
—Casi. He pedido más toallas y almohadas al servicio de habitaciones —contestó Jasper, mientras entrelazaba sus dedos con los de Bella de un modo frío y aséptico—. ¿Qué os parece si tomamos una copa para celebrar que estamos aquí? —añadió, mirando a su alrededor.
Como por arte de magia, apareció un camarero.
—Hola, me llamo Emmett. Voy a ser su camarero. ¿Acaban de llegar a Jamaica?
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Edward riendo.
—Todavía no tienen el aspecto de relajación que uno adquiere con los baños de sol. ¿Les apetece algo de beber? La especialidad de la casa se prepara con nuestro ron, que es excelente.
—¿Y qué más hay aparte de ron? —quiso saber Jasper.
—Comenzamos con zumo de piña y lo mezclamos con leche de coco, un poco de ron y un toque de granadina. Es uno de los cócteles favoritos entre los huéspedes. Es algo fuerte.
Tanto Jasper como Alice pidieron uno. Como el ron solía darle dolor de cabeza, Bella optó por una cerveza de jengibre y Edward una cerveza normal.
—Muy bien. Regresaré enseguida con sus bebidas —dijo Emmett, antes de marcharse hacia la barra.
Bella tomó el menú.
—Estoy muerta de hambre.
Una conversación ligera estuvo flotando en el ambiente mientras todos consultaban el menú. A los pocos minutos, Emmett regresó, repartiendo las bebidas con ademán exagerado.
—Muy bien. Puedo sugerirles un boonoonoonoos para comer, que es un menú degustación de nuestros platos locales, una excelente presentación a la cocina jamaicana.
—Tomemos eso —sugirió Bella.
—No, gracias —replicó Jasper—. Yo tomaré un sándwich de pavo con pan integral, mayonesa y una ensalada de lechuga y tomate.
—Lo último que quiero hacer es venir a un país extranjero y ponerme enferma por comer la comida local. Yo también tomaré un sándwich de pavo —comentó Alice.
Bella se echó a temblar ante aquel comentario tan grosero. Estaban en un complejo hotelero de cinco estrellas, no en un puesto de la calle.
Edward notó la incomodidad de Bella y sacudió la cabeza, notando su indignación tan claramente como si ella hubiera hablado.
—Nosotros probaremos el menú degustación —le dijo al camarero, que se marchó enseguida.
Bella saboreó su bebida, disfrutando con el aroma del jengibre.
—Es deliciosa —dijo. Entonces, decidida a dejarse llevar por la sensualidad de la isla, acarició el antebrazo de Jasper—. ¿Cómo está el especial de la casa?
—Con un toque más de leche de coco, estaría estupendo —replicó él, frunciendo los labios que Bella había considerado tan atractivos la primera vez que lo vio.
En aquel momento, Martin llegó con la comida.
—¿Qué tal están las bebidas? ¿Está disfrutando todo el mundo? —preguntó, colocando un plato muy caliente y aromático entre Edward y bella y luego los dos sándwiches de pavo, preparados según las exactas indicaciones de Jasper—. ¿Desean algo más?
—Pimienta recién molida en el pavo, por favor —contestó Jasper.
Bella trató de no dejarse llevar por el enojo. Jasper sabía perfectamente lo que le gustaba y cómo le gustaba. Debería considerarlo como una virtud, una medida de su estabilidad.
Tras haber servido la pimienta sobre el sándwich de Jasper, Emmett se dispuso a irse.
—Que aproveche. Tal vez después de comer deseen echarse una siesta. En Jamaica decimos que los días son largos, pero que las noches lo son más aún.
Una siesta… Un par de horas en la fresca y tranquila intimidad de la habitación… Tal vez una relajante hora en la piscina o en el jacuzzi que tenían en el suntuoso cuarto de baño. La idea la dejó completamente chafada. Estaba en uno de los lugares más sensuales y románticos del mundo con un hombre guapo y lo más fuerte que sentía hacia él era enojo.
Edward se rebulló en el asiento a su lado, tocándole suavemente la pierna con la rodilla. El breve contacto le envió una vibrante sensación por el muslo. Rápidamente apartó la pierna y dio las gracias de que Edward no se hubiera dado cuenta de la extraña reacción de su cuerpo.
Algo iba terriblemente mal. Las caricias de Jasper la dejaban fría, mientras que Edward la había vibrar. Tal vez estaba sufriendo de las extrañas consecuencias del desfase horario, aunque Forks y Ocho Ríos estaban en la misma zona horaria. Tal vez necesitara desesperadamente aquella siesta para poner en orden sus pensamientos.
Decidida a olvidarse de unos pensamientos tan poco apropiados, Bella tomó un poco de cada uno de los platos. La boca se le hacía agua con los exóticos aromas.
—Me he pasado demasiadas horas detrás de un escritorio a lo largo de este mes. El tiempo es maravilloso. Hagamos un plan para esta tarde.
—¿Qué os parece si vamos a montar en moto acuática? —sugirió Alice.
Edward asintió. Siempre estaba listo para divertirse.
—Sería genial —dijo—. ¿Qué os parece a vosotros?
—A mí me parece bien —dijo Bella—. Era una de las cosas que quería probar mientras estuviéramos aquí.
—¿Nunca has montado en una moto acuática? —le preguntó Alice. Le pareció que lo hacía con una cierta condescendencia.
—Yo tampoco —confesó Jasper.
—Dios santo. Dos vírgenes en el mundo de la moto acuática —comentó Alice—. ¿Sabías tú que teníamos a dos vírgenes con nosotros? —añadió, dirigiéndose a Edward—. Tendremos que iniciarlos en los placeres de montar las olas, ¿no te parece?
—Bella, tú podrías montar conmigo… —sugirió Edward.
—Y a mí me parecería un honor iniciar a Jasper —lo interrumpió Alice.
—Solo si prometes tratarme con suavidad —replicó Jasper, con fingida inocencia.
¿Que Jasper tenía sentido del humor? Nunca había mostrado ni una pizca de coqueteo con Bella.
—Confía en mí, seré tan buena que me suplicarás que te vuelva a dejar —prometió Alice, acariciándole el brazo con una de sus largas uñas.
—¿Cómo puedo rechazar una oferta corno esa? —capituló Jasper.
—¿Qué te parece, Bella? —preguntó Alice. Bella los miró atónita. Alice había conseguido que Jasper se pusiera a babear encima de su bocadillo de pavo. Entonces, se volvió a Edward y dijo:
—No puedo pensar en nadie más con quien preferiría estar en mi primera vez.
—Te prometo que te gustará —dijo él, mirándola fijamente.
—¿No te parece que mi inexperiencia será un problema?
—Lo único que tienes que hacer es agarrarte y dejármelo todo a mí. Haré que lo pases bien. He practicado mucho.
Bella no lo dudó ni por un instante.
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Bella corrió las cortinas sobre la puerta de la terraza y dejó que la habitación se quedara sumida en frescas sombras. Entonces, se dirigió a la cama con dosel que ocupaba el centro de la habitación.
Se agarró a uno de los postes de madera y miró a Jasper. El presentaba un espécimen espectacular de hombre tumbado sobre la cama. Resultaba de lo más apropiado que enseñara literatura clásica griega y romana. Poseía una belleza clásica, con nariz aquilina y labios cincelados, con los ojos rodeados de pestañas oscuras. Era muy alto, más que ella, y tenía unas piernas largas y esbeltas.
—¿De verdad tienes que corregir esos exámenes?
—Sí. Terminaré dentro de un par de horas, justo a tiempo para la moto acuática.
En vez de desilusión, Bella sintió que el alivio se apoderaba de ella. En las últimas semanas se habían distanciado mucho, más de lo que se había dado cuenta. Necesitaban pasar un poco más de tiempo juntos antes de que ella estuviera lista para meterse con él en el jacuzzi.
Aquella noche, se tomarían unas copas de vino durante una romántica cena y las cosas serían diferentes entre ellos.
¿Y Edward y Alice? Se apostaba algo a que ella no estaba corrigiendo exámenes en su habitación. ¿Cuántas novias había tenido Edward en el curso de su amistad? Había perdido la cuenta hacía mucho tiempo. Entonces, ¿por qué le molestaba que Alice y Edward pudieran estar juntos?
Bella se apartó de la cama. Encontraría otra cosa que hacer mientras Jasper se sumergía en sus exámenes. Habían acordado encontrarse en el muelle. Allí estaría cuando llegara la hora. Mientras tanto, había lugares que visitar, cosas que hacer. Rápidamente, se puso un par de sandalias.
—Hasta las cuatro.
—Hmm —murmuró Jasper, sin prestarle mucha atención.
Salió de la habitación y se dirigió hacia el jardín. Entonces, se quedó transpuesta por el colorido del denso follaje.
—Son muy bonitas, ¿verdad? —le preguntó Emmett, de repente.
—Sí, son muy bonitas. Aquí todo es bonito. ¿Has terminado ya por hoy? —replicó ella.
—Ahora tengo descanso antes de que empiece la hora de la cena. Voy a mi casa para ver a mi esposa y a mis hijos. Solo está a nueve kilómetros del hotel.
—¿Cuántos hijos tienes?
—Un niño y una niña, de siete y cinco años. Son unos hijos estupendos, muy listos. Siempre se van a la cama temprano para poder ir al colegio. Cuando yo termino de trabajar aquí, ya están dormidos —comentó, mientras se sacaba una foto de la cartera.
—Son encantadores —observó Bella, tras admirar los rostros de los pequeños. Con ellos, había una mujer alta y esbelta, con el cabello lleno de trenzas—. Tus hijos se parecen a ti. ¿Es esta tu esposa?
—Sí. Se llama Rosee. Mis hijos se llaman Terrence y Lilian. Soy un hombre muy afortunado.
—Sí que lo eres. Gracias por mostrarme esa foto de tu familia.
—¿No quiere echarse una siesta?
—Creo que estoy demasiado nerviosa para dormir —dijo. Aquello sonaba mejor que «mi novio está corrigiendo exámenes».
—Tal vez haya un poco del nativo de estas tierras en usted. Espero que no me encuentre demasiado descarado, pero, ¿ha pensado alguna vez en hacerse trenzas en el cabello?
—¿Cómo las de Rose? No, nunca lo he pensado.
—Tiene usted una preciosa estructura ósea en la cara. Creo que le sentarían muy bien. Si decide probarlo, vaya al salón de belleza que hay aquí en el hotel. Pregunte por Zafrina. Ella es una amiga y es la mejor peluquera de Ocho Ríos. Dígale que la ha enviado Emmett. Le hará un trabajo excelente. Creo que le gustará.
Nadie le había dicho nunca que tenía una preciosa estructura ósea. Seguramente Emmett se llevaba una buena comisión por todos los clientes que le enviaba a su amiga Zafrina, pero a Bella no le importó. Le pareció que llenarse la cabeza de trenzas era lo mejor que podía hacer. Sería muy sexy. Tal vez su problema no era Jasper, sino su propia actitud. Las trenzas le darían un aspecto más sofisticado.
—Gracias, Emmett. Iré a buscar a Zafrina ahora mismo. Disfruta de tu familia.
—Lo haré. Tengo muchas ganas de servirla esta noche durante la cena.
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otro capitulo mas…que les pareció… a quien no le a pasado que no ve lo evidente aunque lo enga enfrente... pues a mi si al igual que estos 2 tortolos que no pueden ver que estan loquitos de amor, pero lo bueno es que les dura muy poco la ceguera jsahdjahjha
comenten como va la historia… empezará lo bueno en los siguientes capítulos
