Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen. Este fic participa del reto: "Una pareja para...", del foro El diente de león.
.
.
Capítulo Cuatro
Enamorado
.
oOo
Hago un nudo y tiro de la soga para atar el otro extremo a la rama de un árbol, sacando mi cuchillo para empezar a cortar algunas ramas; puedo colocar ésta trampa con los ojos cerrados, pues hacerlo es prácticamente una rutina de todos los domingos, igual que venir a la Pradera, pero a pesar de eso pongo mi máxima concentración en la tarea, asegurándome de que nada salga mal
Algunas cosas nunca cambian, como los hábitos de caza, pero hay otras cosas que inevitablemente sí lo hacen. Demasiado. Esos son, por lo general, los cambios más difíciles.
Cada vez que miro a lo profundo del bosque me parece imposible que ya hayan pasado casi dos años de la muerte de Katniss, aunque las cosas han cambiado mucho en éste tiempo. Yo entré a trabajar en las minas, Peeta Mellark se ha vuelto uno de los Vencedores más famosos de la historia, y mis hermanos han crecido una barbaridad en sólo dos años. Ahora Posy ya está en la escuela, y Rory y Vick tienen más confianza con el arco, pero como no les gusta mucho la idea de dispararle a un animal prefieren dedicarse a las trampas, y los dos son en verdad muy buenos, pero Vick es mucho más ingenioso. Incluso mejor que yo, lo que me da mucho gusto.
El Vasallaje de los Veinticinco tuvo a su vencedor más joven el año pasado, y es que para conmemorar el 75° aniversario del fin de la guerra los tributos (para hacer el asunto aún más horrible), para recordarnos que la mayoría de los asesinados en el Capitolio fueron niños pequeños, debían ser seleccionados entre los niños en edad cosechable más jóvenes de Panem. Y así, veinticuatro niños de 12 años de repente convertidos en asesinos pelearon a muerte durante dos semanas, hasta que un niño del Distrito 2 salió vencedor. Ése fue el primer año como mentor de Peeta Mellark, y de verdad lo sentí por él, porque todo el asunto fue especialmente cruel. Mucha gente se lamentaba cuando escogían a un niño tan joven en cualquier distrito; ver morir a 23 fue lo peor que nos han entregado los Juego del Hambre.
A veces todavía pienso en huir, pero el tiempo, el cansancio y la resignación nos vuelve peligrosamente sumisos. El Gale combativo tuvo que calmarse hace tiempo para empezar a llevar comida a casa, y poco a poco se ha ido resignando a la vida que le tocó vivir. La mía.
Y así fue como definitivamente murió la esperanza.
Sin embargo, por extraño que parezca, no siento más rabia ni rencores. Los Juegos ya me han dañado todo lo que han podido, y aunque podrían dañarme aún más, pues mis tres hermanos todavía pueden ser cosechados, siento que ahora podría enfrentar lo que fuera, y que ellos podrán hacerlo también. O eso me gusta pensar, porque sé que somos fuertes, y que si estamos juntos ni siquiera el Capitolio podrá quebrarnos.
Termino de afilar la punta de la última rama y una vez más tiro de la soga para terminar la trampa, que escondo bien bajo un montículo de hojas. Mañana Vick y Rory se encargarán de pasar por las presas, así que empiezo a prepararme para irme. En ése momento escucho el sonido de algo quebrándose, y por puro reflejo sujeto mi arco y me giro bruscamente hacia la fuente del sonido, con una flecha ya lista para disparar, y Madge da un respingo detrás mío, levantando las manos por instinto, asustada.
Yo la observo fijamente por un segundo y de inmediato bajo mi arco, soltando una maldición debido al susto que acaba de darme.
— ¡Diablos, Madge! ¡Me asustaste!— grito, molesto. Ella da un respingo y rápidamente frunce sus cejas delgadas y rubias.
— ¿Yo te asusté? Tú acabas de darme el susto de mi vida— dice, escéptica. Y no puedo evitar sonreír, olvidándome de lo molesto que me sentía hace sólo un momento.
—Viniste— digo, levantándome. Madge se encoge de hombros y se sujeta la falda del vestido para intentar avanzar entre los árboles caídos con bastante dificultad, así que doy un par de saltos hacia ella y la ayudo.
—Quizá no fue la mejor elección de vestuario para venir al bosque— dice, sonriendo, y no puedo evitar devolverle el gesto.
—Al menos luces muy bonita— le suelto sin pensar. Y es cierto. La tela azul marino de su vestido va en perfecta armonía con su piel pálida y su largo cabello rubio, que hoy lleva recogido en una coleta alta.
Ella me mira y sonríe con dulzura. Creo que sabe lo mucho que me gusta su sonrisa.
— ¿Ya terminaste ésta línea?— pregunta, haciéndome regresar a la realidad. Yo asiento, enseñándole las cuatro ardillas muertas que cuelgan de mi cinturón— ¿Tienes hambre?
—Bastante.
Madge sonríe y se saca la mochila que lleva en la espalda; rebusca en su interior y me sorprende sacando un trozo de pan dulce, del mismo que una vez dije que era mi preferido, cuando podía costeármelo.
—Ten. Es tu favorito— dice, sonriendo una vez más; después se da la vuelta y vuelve a ponerse su mochila— También traje un termo con té caliente, pero será mejor que nos demos prisa si quieres desayunar pronto— avisa, empezando a caminar mientras la miro, casi con fascinación. Si bien llevamos bastante tiempo siendo amigos todavía sigo descubriendo cosas en ella que me sorprenden, como lo mandona que puede ser a veces, o la increíble habilidad que tiene para recordar los pequeños detalles, como qué pan es mi preferido. Se siente un poco desconcertante al principio cuando alguien te demuestra tantos detalles, pero, con el tiempo, ése tipo de cosas me han hecho apreciar aún más nuestra amistad.
Termino de recoger mis cosas, mi bolsa llena de verduras y mi arco y flechas, y después Madge y yo caminamos hacia el interior del bosque, directamente al lago que descubrí hace meses. Por Prim supe que éste lugar existía, ya que Katniss nunca me lo mostró, pero su hermanita mencionó que su padre y ella amaban nadar en un lugar que nunca había conocido, e internándome aún más en la Pradera lo encontré. No fue demasiado difícil, aunque está bastante alejado del distrito, y rodeado por unas ruinas de lo que antes pudo ser alguna clase de punto turístico. Cuando hallé el lugar todavía había marcas visibles del paso de Katniss por aquí, como una jarra de latón y los restos de lo que antes fue una fogata. Me pregunto porqué nunca me enseñó éste lugar, pero supongo que murió antes de poder hacerlo.
Me siento sobre lo que hace siglos pudo ser un piso de concreto y desde mi posición ayudo a Madge a estirar la manta que siempre trae consigo. Después ella se sienta encima de la tela y empieza a sacar la comida: una bolsita de galletas de glaseado, dos hogazas de pan dulce, un par de tazas y un termo lo suficientemente grande para ambos. Con cuidado de no quemarse sirve la primera taza y me la da, después sirve la suya y saca un cuchillo para cortar el pan en varias elegantes rebanadas mientras yo me río de toda su ceremonia, porque aún estando en medio del bosque salvaje Madge parece estar sirviendo el desayuno para el presidente. Eso me hace gracia, porque ella puede hacer que cualquier cosa tan simple como servir una rodaja de pan se vea como el movimiento más elegante del mundo; y cuando come, con esos bocaditos tan medidos y elegantes que delatan que jamás ha pasado hambre en su vida, me hace sentir como una bestia sin modales, y por más que trato de controlarme nunca puedo hacer que mis movimientos se vean tan sofisticados como los de ella. Creo que nadie de los que conozco puede, y aunque antes no me hubiera importado masticar con la boca abierta frente a nadie ahora simplemente no puedo controlar ése afán de querer imitar a la hija del alcalde en todo.
¿Qué demonios pasa conmigo?
— ¿Pasa algo malo, Gale?— parpadeo, y de inmediato levanto la vista para mirarla, un poco sobresaltado.
—No, ¿por qué?
Madge se encoge de hombros.
—Es que no estás comiendo nada.
—Ah, sí. Estaba pensando, es todo— digo, dándole una mordida al último trozo de pan que Madge me dio antes de venir al lago.
— ¿En qué?
—En que hoy tardaste mucho en llegar— me río, desviando el tema— Casi haces que muera de hambre.
Madge chasquea la lengua, divertida, y me mira.
—No fue mi culpa. Cuando venía para aquí me encontré a la señora Nott, y hablamos sobre mi futuro.
— ¿Qué tiene que ver tu futuro con la directora de la escuela?— pregunto, entre sorprendido y curioso. Madge acomoda la falda de su vestido y limpia unas cuantas migas de pan de él.
—Bueno, me ofrecieron un puesto como profesora de música cuando termine la escuela, y la directora estaba muy interesada en saber mi opinión.
— ¿Vas a ser maestra?— pregunto, sorprendido. Ella sonríe.
—Pues esa es la idea. Me gustan los niños y la música. Creo que sería el trabajo perfecto para mí— dice, y tras pensarlo por unos segundos decido que tiene razón.
—Sí. Creo que se te daría muy bien— acepto, terminándome el té de un rápido sorbo para levantarme mientras observo al sol todavía elevándose por el este— ¿Quieres nadar?— propongo, quitándome la chaqueta. Madge me mira por el rabillo del ojo, algo desconfiada.
—Hace frío para eso— refuta, haciendo un mohín.
—Pues te hubieras abrigado más— le digo, y ella me lanza una piña de pino con aire juguetón.
—No hacia tanto frío en la Aldea de los Vencedores.
— ¿Vienes de casa de Peeta?— digo mientras me quito la camisa, fingiendo indiferencia.
Madge me mira, divertida.
—Fui a llevar un paquete al señor Abernathy. Peeta no estaba en su casa.
— ¿Ahora eres mensajera?
—Necesitaba una excusa para salir de casa— dice, quitándose los zapatos para meter los pies en el agua, ahogando un siseo— Está fría...
—Llorona— me río, quitándome los pantalones para tirarme al agua tan bruscamente como puedo para salpicarla, y Madge suelta un suspiro por la sorpresa.
— ¡¿Qué haces?!
— ¿Qué? Tenía que darme un baño— me río, salpicándola nuevamente. Ella vuelve a quejarse y se aleja unos pocos metros, pero no deja de sonreír. Mientras tanto yo me arrepiento de mi impulsividad, porque el agua está en verdad helada. El otoño por fin empieza a hacerse presente, así que sólo doy un par de brazadas un poco torpes (todavía no nado muy bien) y vuelvo a salir del agua para vestirme.
Recogemos nuestras cosas y empezamos a recorrer el camino de regreso, con tanta buena suerte que consigo dos patos en el trayecto, y por insistencia de Madge también echamos un rápido vistazo a las trampas.
Hace un año, la primera vez que ella vino a la Pradera conmigo, le enseñé a armar y revisar algunas sencillas, y resulté ser un buen maestro después de todo, o eso aseguró Madge cuando fuimos de regreso a la ciudad. Ella también es una buena alumna, y aunque no era ni es lo suyo, para el final del día había aprendido a armar al menos cinco trampas diferentes. Y ahora, después de un año, se ha vuelto casi una experta en todo lo relacionado con ellas.
El bosque, sin duda, no es lugar para alguien tan delicada como la hija de un alcalde, pero debo aceptar que Madge se las ha apañado muy bien hasta ahora. Al menos mucho mejor que yo en la música.
Con las presas al hombro cruzamos la valla directo al Quemador, y como todos los domingos ella viene conmigo.
Todavía me causa gracia recordar la primera vez que me acompañó, la forma asustada en que miraba a todo el mundo y todo lo que la rodeaba; sin embargo, ahora Madge se desenvuelve con mucha soltura entre los puestos; mira cosas, saluda a los comerciantes por sus nombres de pila e incluso a veces compra algunos de sus productos. Creo que aquí todo el mundo se habituó también a su presencia, porque ya no la miran con incomodidad o hasta miedo por ser hija del alcalde. Es como si todos ya la hubieran aceptado entre nosotros, y su presencia ahora es lo más natural del mundo. Incluso es muy buena regateando con mis presas.
— ¡Hola, amigo de Katniss! Señorita Undersee— la molesta y estridente voz del Darius nos recibe al acercarnos al puesto se Sae la Grasienta. Él nos sonríe con burla mientras come un cuenco de caldo; contrario a lo usual ésta vez va solo, así que no hay chance de que se distraiga con otra cosa y nos deje a solas.
—Darius— saludo, indiferente, para que sepa que hoy no me interesa oír sus bromas tontas. Madge, por su parte, le sonríe de forma educada.
—Hola, Darius. ¿Cómo estás hoy?
—Oh, bastante bien en realidad. Sobre todo porque acabo de ver su sonrisa, lo que me alegrará por el resto del día— le sonríe, y Madge se sonroja mientras yo ruedo los ojos. Quizá si Darius no fuera Darius me molestaría su descaro, pero viniendo de él y su usualmente molesta forma de ser no le presto atención mientras me dedico a hacer negocios con Sae.
—Oye, Gale, creo que ya te lo había dicho, pero no tienes cara de minero— Darius me sorprende al volver a dirigirse a mí mientras recibo la paga de Sae por unas cebollas silvestres, un pato y una ardilla.
Lo miro de reojo y no puedo evitar levantar una ceja, incrédulo.
— ¿No?
Él niega con la cabeza, tomando el hueso de pata de perro salvaje de su caldo para quitarle lo que le queda de carne con los dedos.
—No. Eres fuerte, y todos aquí dicen que eres listo. Pareces tener el material perfecto para enlistarte en los cuerpos de agentes de la paz— dice como si nada, concentrándose en su hueso por unos segundos— Es un buen trabajo; conocerás otros distritos, a gente interesante, y la paga es buena. Lo suficiente para poder mantener bien a tu familia... ¿Qué dices?
— ¿Yo, un agente de la paz?— me río de lo ridículo que suena eso— Ni aunque me dieran todo el oro de Panem me pondría ése uniforme— digo, endureciendo mi voz para dar el tema por finalizado.
Sé que es una idea que debería ser tentadora para un chico de mi posición, pues en los distritos periféricos no cualquiera puede acceder a un puesto como agente de la paz, y no sólo porque muchos de nosotros hemos sufrido tanto a esa gente que no estaríamos dispuestos siquiera a considerarlo, sino que, además, las pruebas físicas y académicas excluirían a la gran mayoría de nuestros chicos mal nutridos y débiles. Mi contextura es fuerte porque me alimento bien gracias a la cacería y hago bastante ejercicio en el bosque, pero, como le dije a Darius, no aceptaría un puesto de agente ni siquiera por todas las piedras preciosas del Distrito 1.
—Sólo era una idea— Darius sonríe, fanfarrón— Casi nadie en los distritos más alejados se enlista. Creí que sería interesante. Pero allá tú si no quieres siquiera pensarlo.
—Ni siquiera haré de cuenta que te oí— le digo, terminando de contar mis monedas.
Entonces el cuerpo de Madge moviéndose a mi lado me distrae, y cuando la miro me sorprende encontrarla con la vista clavada en las enormes puertas del galpón.
— ¿Peeta?— murmura, y no tarda en correr hacia el chico de cabello rubio que sigue de pie junto a la entrada. Peeta sonríe al verla, Madge le sonríe de regreso y los dos empiezan a hablar animadamente mientras ella le da indicaciones que no llego a oír, ni mucho menos a entender. Sin embargo, en vez de acercarme a interrumpirlos me quedo junto al puesto de Sae, esperando a que Peeta se marche y Madge regrese, pero pasa un buen rato y ninguno parece dispuesto a moverse. Eso empieza a hacer que me sienta molesto.
—Entonces...— la voz chillona de Darius vuelve a molestarme, y aunque procuro no hacerle caso lo que dice hace que me estremezca— ¿Ustedes son novios o algo?
— ¿Qué? ¡No!— me apresuro a exclamar, haciendo que varias personas se giren a verme; por suerte Madge está demasiado lejos para notar el alboroto.
Darius, por su parte, frunce el ceño, pensativo.
—Oye, no te enojes. Yo sólo digo que si son novios no deberías dejar que el niño consentido del Capitolio coqueteé con ella— dice, logrando que empiece a sentirme en verdad molesto.
—Madge y yo no somos novios.
— ¿Entonces es novia de Peeta?
— ¡No!— niego rotundamente, y no puedo detener mi mirada cuando viaja directamente hacia Madge y Peeta. Ellos se han vuelto buenos amigos también tras la muerte de Katniss, ya que, por insistencia de su madre, Madge prácticamente se vio obligada a invitar a Peeta a tomar el té casi todos los días, y así fueron aproximándose.
Eso no solía molestarme porque Peeta apenas aceptaba sus invitaciones, y siempre por pura obligación, y no parecía interesado en nada ni en nadie, pues la muerte de Katniss fue un golpe aún más duro para él. Sin embargo, conforme pasaban los meses empezó el cambio. Él y Madge empezaron a pasar más tiempo juntos; hacía largas visitas a la casa del alcalde, y Madge siempre tocaba la misma canción en el piano para él, o eso escuchaba cuando salía de las minas. Y así la tristeza en sus apagados ojos azules poco a poco ha ido menguado.
Y un día Peeta Mellark volvió a sonreír otra vez, y todo el mundo empezó a murmurar que había sido gracias a Madge.
No sé qué es exactamente lo que me provoca verlos juntos. Es una extraña mezcla de rabia y dolor. No me gusta.
No me gusta que Madge ría tanto con él, y ése es un sentimiento egoísta, porque en definitiva sólo somos amigos; pero, para ser sincero, la idea de que un día ella encuentre a alguien y se aleje de mí me aterra. Mucho más de que cualquier cosa me ha asustado antes.
Ya he perdido a Katniss, pero ni siquiera puedo imaginarme perdiendo a Madge.
—Si yo fuera tú haría algo, o el panadero se quedará con tu chica— sigue Darius, taimado. Yo lo miro, y después de nuevo a Peeta y Madge. Entonces me doy la vuelta y salgo por las puertas traseras del galpón sin mirar atrás, pero a los pocos metros me detengo, e intento volver a entrar, pero me detengo una vez más. Me sujeto la cabeza con ambas manos y de nuevo intento regresar, pero no lo hago, y bufido tras bufido escapan de mis labios. No sólo es la indecisión, sino que todo lo que ése estúpido agente de la paz dijo se repite una y otra vez en mi cabeza.
oOo
El resto de la semana después de aquella extraña conversación con Darius se convierte en un verdadero suplicio. No solo no puedo concentrarme en nada, sino que además hago todo mal en las minas. El lunes me olvidé de poner el freno a uno de los carros, y cuando alguien cargó rocas en él casi provocó una verdadera tragedia; el martes estaba tan metido en mis pensamientos que casi clavé la punta de mi pico en el brazo de mi amigo Thom, que por suerte no se molestó conmigo. Para el miércoles decidí que ya habían sido demasiados errores para una semana, y empecé a tomarme el asunto de Madge más seriamente. El jueves me enviaron a supervisar los faros de toda nuestra mina, así que tuve un buen tiempo a solas para ordenar mis penamientos y tratar de hallar una solución coherente antes de matar a alguien. El viernes pasé la jornada de la misma forma, y el sábado al fin lo entendí, y mi mundo entero se puso de cabeza.
Eran celos. Tenía celos de Peeta, y no sólo celos de amigo. Estaba celoso de su relación con Madge porque estaba enamorado de ella; sin darme cuenta, y para mi mala suerte, me había enamorado como un idiota de la hija del alcalde.
Eso hace que me sienta muy confundido. Ya una vez he estado enamorado, de Katniss, pero el amor que sentía por ella fue más bien un cariño fraternal que evolucionó a algo más. Con Madge es distinto; ahora me doy cuenta de que nunca la he visto como mi amiga realmente. Lo que siento por ella nunca tuvo que evolucionar en nada, porque empecé a amarla y ya, a quererla como nunca quise a nadie.
¡Diablos!
Es decir, es estupendo sentirme de ésta manera, y de verdad aprecio a Madge y me importa muy poco que ella sea la hija del alcalde y yo un sucio minero, pero al mismo tiempo me aterra enamorarme de ella y que Madge no sienta lo mismo. Me aterra su rechazo, pero me aterra mucho más que, como Darius insinuó, la pierda para siempre.
No sé cuáles sean los sentimientos de Madge, pero algo me dice que no puedo sentarme a esperar descubrirlos. Siempre me he considerado como alguien práctico y directo, y como sé que no podré concentrarme en nada hasta resolver éste asunto, decido cortar el problema de raíz.
Sean cuales sean los sentimientos de la hija del alcalde, yo ya no puedo ocultar los míos. No si quiero conservar mi cordura.
El domingo decido esperarla desde el amanecer en la entrada a la Pradera, comiéndome las uñas como un chiquillo mientras espero ver la cabeza rubia de Madge asomándose por la valla. Y ella llega cuando el alba ha despuntado por completo, y se me queda viendo un momento, sorprendida. Sin embargo después me sonríe igual que todos los días, asustándome con una mano, de forma casual.
—Hola, Gale. ¿Me estabas esperando?
La miro fijamente por unos segundos antes de asentir, y sin pensarlo avanzo hacia ella, la tomo por los hombros y la beso.
Es apenas un roce, un beso torpe y algo forzado, y al instante siento como Madge de inmediato tensa todo su cuerpo, pero no la suelto. Sin embargo, cuando veo que no responde la vergüenza me ataca, así que me alejo de ella rápidamente, y ahora el mundo me cae sobre los hombros ante su rechazo. Pero no puedo dejarlo así.
—Yo... Tú...— empiezo a decir, pero la lengua no deja de trabárseme debido a los nervios— Tú... Tú me... ¡Argh! ¡Se veía mucho más fácil en mi cabeza!— exclamo, y ella me mira, sorprendida, pero sobre todo confusa.
—Gale, ¿qué es...?
— ¡Quiero decir que me gustas!— le suelto, completamente frustrado ante su mirada de asombro, lo que hace que me sienta muy molesto conmigo mismo— ¡Ya, lo dije!— grito, dándome la vuelta, frustrado.
Bien... Estupendo, Gale. Vaya idiota que eres. Ahora Madge no sólo creerá que eres un acosador, sino que también sabrá que te has vuelto completamente loco. ¡Bravo!
Empiezo a pelear conmigo mismo, tan concentrado que ni siquiera siento cuando Madge se acerca lentamente, pero sí siento cuando toma mi rostro delicadamente y me hace mirarla.
— ¿Y por qué tardaste tanto?— sonríe, descolocándome un poco al mirarme como si siempre lo hubiera sabido; y entonces, sin que me lo espere, me besa de regreso.
oOo
.
Continuará...
oOo
oOo
N del A:
Hola!
¿Qué les pareció el capítulo?
Ya sólo falta un capítulo más y un pequeño epílogo. Sólo espero poder hacerlos a tiempo según la hora de Sudamérica, porque aquí ya son más de las 5 :/
Pero todavía tengo fe (? Jaja
Muchas gracias a marizpe, Anna y demás por sus review.
Ah, y disculpen todos los errores. Estoy trabajando al tope de mi capacidad neuronal para terminar el reto a tiempo, pero corregiré dichos errores en cuanto me sea posible xD
Saludos!
H.S.
