Disclaimer: Todo lo que reconozcan como propiedad de Stephenie Meyer, lo es. La trama es en mayoría mía, la otra parte es basada en una película algo retorcida que les tendré que ocultar hasta nuevo aviso para no arruinar el misterio de la historia.


Capítulo 3

Bella

Sabía que no estaba en casa. Aunque oliera a casa. No estaba en casa porque ya no había casa.

Abrí los ojos y no pude ver nada, estaba oscuro. Traté de sentarme, estaba débil y quería seguir durmiendo. No había tenido pesadillas, aunque si había soñado, pero lo olvidé en cuanto desperté.

Estaba en la habitación de Edward. Había sucumbido a las lágrimas y me había quedado dormida sobre su cama. Si estaba tan oscuro, quiere decir que anocheció, y Edward debió de haber llegado ya a casa. Creo que se dio cuenta que estaba en su cama, porque tenía una manta encima. Fue lindo de su parte.

Debería ir y continuar con la ducha que tenía pensado tomar al mediodía, así que me puse de pie y caminé a ciegas hacia el baño. Cuando encendí la luz, me di cuenta que mi pantalón del pijama seguía allí. Olvidado. Lo recogí del suelo y lo puse sobre la encimera del lavabo antes de quitarme la blusa y la ropa interior para entrar a la ducha. El cuerpo me dolía. No tenía idea de por qué, pero el agua caliente ayudó.

Cuando terminé con la ducha y fui a vestirme a mi habitación, me di cuenta que eran las tres y treinta y dos de la madrugada. Dormí quince horas. Nunca en mi vida había dormido quince horas seguidas. Mamá no me dejaría hacerlo.

Al parecer, dormir quince horas seguidas da apetito, tenía hambre. Mucha. Así que, después de ponerme mi camisón blanco, salí hacia la sala de estar para ir a la cocina y vi a Edward acostado en el sofá. Dormido. La televisión estaba encendida en un volumen bajo. Me sentí mal por él, yo había tomado su cama sin previo aviso y él había sido amable al no echarme de ahí, en cambio, me puso una manta encima para que no tomara frío.

Decidí devolver el favor. Busqué la manta que él había usado para cubrirme e hice lo mismo con él, considerando que no llevaba camiseta. Otra vez. Ni siquiera se movió. Debía estar cansado, esperando toda la noche a que yo desocupara su cama.

Apagué el televisor antes de irme a la cocina por algo de comer. Sobre la mesa había comida china en un envase con mi nombre, así que la calenté en el microondas y luego me senté a devorar el arroz frito, fideos y rollitos primavera mientras miraba a Edward dormir.

El sábado al anochecer, la puerta de mi habitación se abrió repentinamente y no tuve que voltearme para saber quién era. Emmett siempre tuvo problemas con mamá y papá por eso. Nunca supo tocar una puerta antes de entrar.

- ¿Bella? – preguntó un poco asustado y escuché sus pasos acercarse rápidamente.

Sé que pensaba que estaba allí en el suelo desmayada. Él no sabía que mi nuevo pasatiempo consistía en estar tirada en el suelo frente a la pared de vidrio, así que me volteé hacia él cuando llegó a donde estaba. Su rostro estaba ensombrecido de preocupación y sentí una punzada de culpa. Estaba lastimándolo a él también.

Se puso de cuclillas frente a mí – ¿Estás bien? – me miró entera, desde las puntas de mis pies hasta donde terminaba mi demasiado largo cabello derramado en el suelo de baldosas. Sus labios se torcieron hacia abajo.

- Estoy bien – dije con voz baja y ronca, no la había usado en un tiempo.

- ¿Qué estás haciendo en el suelo?

Me encogí de hombros – Estaba viendo hacia afuera.

Emmett miró hacia afuera a través de la pared de vidrio y luego volvió a bajar la mirada hacia mí – Deberías cambiarte de ropa. Saldremos a cenar.

Fruncí el ceño - ¿Por qué?

- Porque es sábado en la noche, y Edward y yo tenemos los más lamentables traseros universitarios que alguna vez veras, así que no tenemos planes – tomó cada uno de mis brazos y me puso de pie sin esfuerzo, dijo que tenía diez minutos y luego se fue cerrando la puerta tras él.

Siete minutos después salí de mi habitación usando unos vaqueros, una camiseta y mis Converse, dejando mi cabello suelto. Emmett también se había cambiado la camiseta y Edward no tenía el pecho descubierto por primera vez desde que lo había conocido.

- Genial. Muero de hambre -dijo Emmett tomando sus llaves de la mesa de café y caminando hacia la puerta.

- Siempre estás muriendo de hambre, Emmett – dijo Edward acercándose a la puerta, pero se detuvo antes de salir y volteó a mirarme. Estaba sonriendo – Vamos, Bella. Emmett no tiene modales, pero yo si – hizo un gesto hacia la puerta – Las damas primero.

Nos fuimos en el jeep de Emmett. Edward se sentó adelante con Emmett y yo me senté en el asiento trasero. El camino estuvo lleno de conversación mientras decidíamos que íbamos a comer. Emmett quería comer mexicana, pero Edward dijo que yo debía decidir ya que era mi primera noche fuera. Yo dije que podíamos comer mexicana, que no había problema, pero Edward insistió en que no me dejara llevar por "el idiota de Emmett".

- Hay un restaurante italiano cerca. ¿Quieres ir? – dijo Emmett mirándome por el espejo retrovisor.

Sabía que era estúpido emocionarme solo porque mi hermano mayor recordara que la comida italiana era mi favorita, pero no pude evitarlo. Eso no quiere decir que sonreí, o di alguna señal de mi emoción.

Negué con la cabeza – Comamos mexicana.

Emmett sonrió ampliamente – Comamos mexicana, entonces.

Esta vez Edward no dijo nada, pero pude ver su rostro en el espejo retrovisor lateral. Parecía enojado.

Siendo sábado en la noche y cerca del área universitaria, en Carolina's había mucho ruido y mucha gente. Conseguimos una mesa cerca de los ventanales para los tres y una camarera sonriente y de pechos grandes se materializó en nuestra mesa.

- ¿Qué tal chicos? Mi nombre es Amber y seré su mesera esta noche – nos entregó a cada uno un menú rozando accidentalmente sus pechos en el hombro de Edward en el proceso - ¿Qué puedo ofrecerles para beber?

Mientras ella agitaba sus pestañas postizas hacia Emmett, Edward y yo pedimos Coca-Cola. Emmett ya sabía lo que quería comer, hizo a la camarera anotar tacos, burritos, quesadillas, enchiladas y nachos. Parecía un niño en una dulcería. Edward pidió unos tacos y yo quesadillas. No tenía demasiada hambre de todos modos.

Mientras esperamos por nuestra comida y después de que la entregaran, los chicos conversaron alegremente sobre la universidad, futbol y esas cosas. Yo me mantuve en silencio, y agradecí que ninguno tratara de incluirme en la conversación. Emmett devoraba un plato tras otro y una pareja en la mesa contigua miraban sorprendidos. Él tenía el apetito de papá. Mamá nunca fue una buena cocinera, pero eso nunca importó para papá o Emmett.

Eran las siete de la noche cuando mamá puso una cacerola de vidrio en medio de la mesa. Sonriendo ampliamente la destapó. Un olor entre agrio y amargo emanó del interior.

Seth arrugó la nariz - ¿Qué es ese olor?

- Es mi estofado especial, cariño – respondió sentándose a su lado.

- Especialmente horrible – susurré. Todos en la mesa rieron disimuladamente, a excepción de mamá, claro.

- ¿Has dicho algo, Bella? – preguntó ella entrecerrando los ojos.

Le sonreí brillantemente – He dicho "especialmente comible". Muy delicioso.

Todos volvieron a reír, las risotadas de Emmett se escuchaban en todo el comedor. Él fue el primer valiente en servirse un poco. Todos estábamos expectantes mientras él comía el primer bocado. Masticó lentamente.

- ¿Y? – preguntó mamá ansiosamente - ¿Qué tal está?

Emmett seguía masticando. Se encogió de hombros – Está bien.

Mientras ella se regodeaba de su creación culinaria, Seth y yo nos servimos una pequeña poción cada uno y probamos el estofado, confiando en la opinión de Emmett.

Seth alzó la mirada hacia mí, sus ojos llorosos, igual que los míos. Nos entendimos claramente: No íbamos a volver a confiar en el paladar de Emmett. Nunca más.

Luego de tratar con todas mis fuerzas de tragar para no herir los sentimientos de mamá, y tomar de dos tragos mi vaso de agua, me giré hacia Emmett sentado a mi lado.

- Ya lo sé. Tus papilas gustativas se fundieron – susurré con dientes apretados.

Emmett solo sonrió, sus dientes parecían estar manchados de petróleo. Supongo que los míos también lo estaban.

- Seth, cariño, ¿qué sucede? – preguntó mamá con voz preocupada.

Seth no había conseguido tragar. Estaba a punto de llorar.

- ¡Solo escúpelo! – grité sobre las carcajadas de Emmett.

Seth miró a mamá a modo de disculpa con las lágrimas corriendo por sus mejillas antes de levantarse de su silla y correr escaleras arriba.

Papá estaba riendo, pero se levantó un poco de la silla para servirse una cantidad obscenamente grande del "Estofado especial", y empezó a comer con entusiasmo sin torcer los labios o arrugar la nariz ni una sola vez.

- ¿Bella? - levanté la mirada de mi refresco para mirar al preocupado rostro de Edward - ¿Estás bien?

Tragué el nudo que había en mi garganta – Estoy bien – miré a Emmett quien había dejado de comer y me miraba con una expresión tan triste que tuve que apartar la mirada. Me levanté de la silla – Tengo que ir al baño.

Seguía lastimándolo. Él estaba tratando de que las cosas fueran bien y yo estaba arruinando todo su esfuerzo.

Bueno, ya has arruinado su vida.

Lo sé.

En el baño, me eché un montón de agua en la cara sin mirarme en el espejo. Solo necesitaba relajarme un poco, tomar un descanso por una noche. Por Emmett.

Suspiré profundo antes de secar mi rostro y salir del baño. En una mesa cercana, la camarera pechos grandes -había olvidado su nombre- estaba siendo fulminada con la mirada por la chica de la mesa a la que estaba sirviendo, mientras ella coqueteaba descaradamente con, el que supongo, era el novio de la chica. Justo cuando iba pasando por allí, la chica decidió ponerla en su lugar vaciando su Coca-Cola sobre ella. Pechos grandes soltó un chillido agudo y se echó hacia atrás bruscamente, golpeándome con su espalda y enviándome como un proyectil hacia un costado.

No aterricé en el suelo - ¿Ven? Les dije que esta noche mi suerte mejoraría – hubo unas cuantas risas y me di cuenta, con mortificación, que había aterrizado en el regazo de alguien. Un chico.

Levanté la vista hacia el dueño del regazo en el que había caído mientras pechos grandes y la chica celosa comenzaban a gritarse una a la otra. Era un chico más o menos de mi edad, tenía una piel sedosa y de color rojizo, ojos marrón oscuro y cabello negro azabache. Estaba sonriendo ampliamente y llegué a la conclusión de que era atractivo, aunque no supiera qué iba hacer con aquella información.

Me sonrojé de la cabeza a los pies de vergüenza y me levanté lo más rápido que pude de su regazo, golpeándome de paso en la cadera con la esquina de la mesa. Joder.

- ¿Estás bien? – preguntó una chica y alcé la cabeza para mirar el resto de la mesa. Había dos chicas y dos chicos aparte del chico en cual regazo caí. La chica que habló tenía una mirada risueña, pero amable.

Asentí con la cabeza, murmuré una disculpa y casi corrí hacia la mesa donde Edward y Emmett estaban partidos de risa. Me senté, gracias a Dios, de espaldas hacia donde estaban aquellos chicos, y me dispuse a terminar mi quesadilla como si estuviera muriendo de hambre.

- Bella ¿qué demonios? – dijo Emmett rojo de risa – ¿Cómo fue que terminaste envuelta en una pelea de gatas?

Me hundí en la silla – Solo pasaba – mascullé avergonzada.

- Bueno, ya veo que es costumbre para ti caer encima de desconocidos – dijo Edward, su rostro a juego con el de Emmett.

Su inocente comentario me provocó una enorme punzada de dolor en el pecho, él no tenía idea de que, de hecho, estaba en la cierto. Me había pasado antes. Antes del chico de hace un rato, y antes de Edward.

Mi torpeza innata me había llevado a conocerlo a él.

Jessica había faltado al instituto y el día sinceramente apestó. No porque no pudo darme mi acostumbrado aventón de ida y vuelta, sino porque ella era mi mejor amiga y siempre las cosas apestarán si tu mejor amiga falta un día de clases. Es universal.

Bien, lo admito. Sí apestó a trasero de burro que no pudiera darme un aventón a casa, porque tuve que tomar el autobús. La ruta me deja a una cuadra de mi casa y como estamos en Forks, la lluvia no iba a dejar que fuera una caminata feliz.

La acera estaba mojada y mis pasos eran rápidos, a pesar de tener mi impermeable no me emocionaba caminar bajo la lluvia.

A unas cuantas casas de la mía, había un auto negro, donde se recargaba un chico adulto bajo un paraguas. Nunca lo había visto, así que no era del pueblo. Ya saben, pueblo pequeño y todo eso.

No me pareció raro que me estuviera mirando, yo era la única persona además de él en la calle, pero eso no impidió que me pusiera irracionalmente nerviosa y mis pies se volvieran gelatina, justo cuando pasaba frente a él.

El tipo soltó el paraguas para poder tomar mis brazos e impedir que me abriera la cabeza con la superficie dura del suelo. Me puso de pie con rapidez, pero no me soltó con la misma velocidad. Sus ojos marrones miraron los míos y sus labios se torcieron hacia arriba formando una sonrisa. Olía a esa hierba que usa la abuela para hacer té cuando no puede dormir. Manzanilla.

- Tu coordinación aun no consigue trabajar correctamente, ¿eh?

Su voz era suave y grave, sería ideal para narrar cuentos antes de dormir. Papá podría contratarlo para Seth.

- Y-yo… - tartamudeé como la idiota que soy, y salí bruscamente de sus brazos – ¡L-lo siento!

Corrí como una cría hasta mi casa sin mirar atrás y entré azotando la puerta de entrada. Tres… dos… uno…

- ¡Bella! – gritó mamá saliendo de la cocina – ¡Te he dicho que no ti… ¿Qué pasa con tu cara, tienes fiebre?

Caminó hacia mí con la mano en alto para tomar mi temperatura, pero la esquivé y caminé hacia las escaleras a grandes zancadas - ¡Quiero mi auto de vuelta!

Mamá se puso una mano en la cintura - Bueno, cuando aprendas a conducir hacia adelante, y no en reversa, podrás tenerlo de nuevo.

Suspiré frustrada y subí las escaleras hacia mi habitación.

El día siguiente no apestó tanto, Jessica fue a recogerme a casa y no estaba lloviendo a raudales. Las cosas iban bien.

A la hora de irse a casa, había un montón de chicas agrupadas en el estacionamiento murmurando sobre un chico apuesto, y esperaba que no estuvieran hablando sobre Mike Newton porque iba a vomitar. Jessica y yo las pasamos para ir hacia su auto, pero a medio camino me detuve en seco.

Era él.

Como ayer, estaba recargado de su auto. Sus brazos estaban cruzados en su pecho, pero en cuanto me vio, sus labios formaron una sonrisa ladeada y descruzó los brazos. Su mirada fija decía que estaba esperándome. A mí.

Y fue como si fuera una polilla hipnotizada por la luz. Mis pies empezaron a moverse en su dirección, y cuando su sonrisa se ensanchó, aumenté la velocidad.

- Hola – dije estúpidamente, mi voz ahogada.

Sus ojos se volvieron cálidos – Hola, Bella.

Parpadeé sorprendida – ¿Cómo sabes mi nombre?

Él se me quedó mirando un minuto completo, su sonrisa vacilando en sus labios - Se lo pregunté a un chico antes de que salieras.

Así que, sí estaba aquí por mí. Sonreí sintiéndome confiada – Vaya. No es aterrador ni nada que preguntes por mi nombre por ahí como un acosador.

Su sonrisa se desvaneció y me sentí una fracasada social – ¿Estás asustada de mí?

- ¡No! No, solo fue una… broma.

Me miró fijamente por un rato y luego tomó mi mano, su expresión era triste – No tienes que estar asustada de mí, Bella. Nunca voy a lastimarte.

Por Dios… ¿qué sucede conmigo? ¿No puedo mantener mi boca cerrada?

Sin ser capaz de apartar la mirada de su rostro, me volví un charco en el suelo frente a él.

Debería estar preguntándome qué tan raro era este chico para que me dijera una cosa como esa, pero no me importaba - Lo sé.

Eso fue lo que le dije, y de verdad así lo creí, pero era tan ingenua, yo no tenía idea.


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