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WATTPAD: MILAERYN
Capítulo 3: Dioses y Reyes
Cuando Persefone despertó, el dios de la muerte la estaba observando con fascinación, acariciando una de sus mejillas.
"Persefone, debo marcharme." – le comunicó – "Tengo una pequeña sorpresa para ti." – le dijo, en un tono de intriga.
Ella se desperezó, el dios sonrió con aquel gesto, y posteriormente silbó, al instante, dos lobos entraron en la habitación, ladrando amistosamente a Persefone. Ella se acercó para acariciar a ambos animales, que aparentaban tratarla con afecto y protección.
"Son Pena y Pánico." – mencionó el nombre de ambos – "Debo asegurarme de que cuiden de ti mientras no me encuentro a tu lado." – se dispuso a marcharse.
"Hades..." – el dios detuvo sus pasos – "Ten cuidado."
"Descuida." – se fue.
La diosa se aprovechó de la protección de los fieles lobos, que la acompañaban en todo momento, y fue a visitar los campos elíseos. Quedó sorprendida cuando comprobó el esplendor de éstos, y que al final, el inframundo no le parecía un lugar tan terrible. Aunque añoraba el Olimpo, los campos elíseos de ese monótono verde, pronto fueron adornados por las flores que esparcía la diosa por toda la tierra. Adornándolo a su antojo con la feliz compañía de Pena y Pánico. Entonces, ella misma se percató de que solo las tierras florecían a su alrededor cuando sentía lo siguiente: felicidad.
Olimpo
Aquel día, Hades no sólo iba a ejercer como el verdugo de los muertos, sino iba a visitar el Olimpo con un solo fin en concreto. Anunciaría a Zeus su compromiso y prontas nupcias con Persefone. Él mismo pensaba que aquello sería una doble estocada para el dios, no sólo se quedaría con su hija, sino que ésta también le amaría, y eso llenaría de envidia a su hermano. Hades encontró el momento perfecto para anunciar la noticia que iba a horrorizar a los padres de Persefone, y fue cuando todos los dioses se encontraban reunidos en la sala del trono de Zeus.
"¿Es que nadie me da la bienvenida?" – la voz de Hades desde el exterior del lugar, interrumpió la conversación de los dioses.
Hades entró en la sala airosamente, y Démeter quedó hecha una furia casi al instante.
"¡Hades! ¡Maldito! ¿¡Es que acaso yo te he herido de alguna forma para que me hagas esto!?" – sollozó.
"Pobre hermana." – se compadeció de ella – "No es por ti por lo que hago esto."
"Tu venganza contra mí te resultará inútil." – amenazó Zeus – "Hagas lo que hagas, siempre quedarás encerrado en el inframundo."
"Lo sé, hermano." – rió en voz baja – "Pero, no estaré solo."
Hades esparció por la sala unas ascuas que brotaron de sus manos, y entre ellas surgió la imagen de Persefone, y aquello que estaría haciendo ahora mismo en el inframundo. El plan del dios resultó mejor de lo que él mismo esperaba. Hades creía que en la imagen, los dioses verían a una Persefone desconsolada en sus aposentos, añorando su hogar y a sus padres. Pero, la imagen que se reproducía era la de una risueña y feliz Persefone, corriendo descalza por los Campos Elíseos del Inframundo, rodeada de sus flores, y protegida por sus custodios Pena y Pánico. Aquella imagen causó aún más horror en los dioses, puesto que Persefone era feliz en el inframundo.
Afrodita miró a Hades con una pequeña sonrisa, y él pareció devolvérsela con una lenta mirada seria. Ella creía que él sólo iba a retener a la muchacha en el inframundo, pero desconocía lo que el dios iba a anunciar a continuación.
"¿Ves, hermano? Mira a tu hija. Observa cómo es feliz a mi lado."
"Hades." – dijo entre dientes – "Tu castigo no tendrá límites, será tan severo que ni el inframundo pueden compararse con lo que sufrirás… ¡maldito!"
"No, Zeus. Tu castigo será aún peor."
Todos los dioses observaron a Hades con expectación.
"Cuando sea la luna llena, dentro de dos días, Persefone se convertirá en mi esposa, mi diosa… y mi reina del inframundo."
"¡No!" – exclamó Démeter entre sollozos.
"¡Recibirás tu castigo!" – le señaló Zeus.
"Debo irme, mi querido hermano. Tengo una boda a la que asistir…" – se dispuso a marcharse – "Sólo quería que fueses el primero en saberlo."
"¡Endemoniado Hades!" – Zeus lanzó uno de sus rayos en la espalda de su hermano.
El dios se quejó ante el dolor, y la sangre comenzó a brotar por su espalda y su hombro, atravesados por el rayo. Hades estalló en furia, y en su brazo surgió un halo de fuego que lanzó contra Zeus, dejándole tan moribundo como él.
"¡Pagarás por esto…! – gritó Démeter.
Los dioses gritaron horrorizados, y Hades abandonó el Olimpo entre tambaleos, su carruaje le esperaba en el exterior del palacio. Sintió la presencia de la desolada Afrodita justo tras él. Ella se abalanzó contra sus brazos, la sangre del dios fue vertida parcialmente sobre su vestido rosado. Afrodita intentó retener sus lágrimas.
"Me hechizaste aquella noche, Hades." – le recordó – "¿Qué tiene ella de lo que yo carezca, que ha hecho ella para ganarse tu corazón?" – intentó no llorar.
"Afrodita, no deberías haber esperado a que sintiera algo por vos." – se sinceró.
"¡Hades… por favor! ¡No lo hagas! ¡No te cases con Persefone!" – rogó la diosa.
"La amo, sólo a ella, Afrodita."
Esas palabras fueron las suficientes para que la diosa del amor maldijera el vínculo entre el dios con Persefone. Un amor con la oposición de Afrodita sería terrible, pero a Hades no le importaba aquello en absoluto, él era consciente de lo que sentía por Persefone, y de lo que ella comenzaba a sentir casi en secreto. Él sabía en lo más profundo de su alma, que el amor que ambos compartían era capaz de superar barreras infranqueables.
"¡Yo os maldigo! ¡A ti y a Persefone y me opongo a vuestro romance!" – le gritó.
"Calla, Afrodita." – el dios agarró su rostro con una voz amenazante – "Sólo te hallas así por celos, no soportas que Persefone sea mía."
Afrodita se lanzó a besar a Hades, colocando las manos del dios sobre su cintura, casi rogándole que acariciase su piel, que le hiciera recordar lo que sentía al hacerlo. Pero él la apartó al instante.
"Se acabó, Afrodita, me casaré con Persefone con o sin tu bendición."
Inframundo
Hades caminó hacia el castillo consumido por el dolor. Es cierto que los dioses son inmortales, pero eso no les hace carecer de la capacidad de herirse, heridas que sanarían, pero que mientras anduviesen abiertas, el dolor era inevitable. El dios sentía cómo el rayo metálico y aún con destellos eléctricos calcinaba su piel como si se tratase del infierno. Hades se desprendió de su pesada armadura, y quedó solo vestido por el manto que colgaba de su cadera. La sangre llegaba hasta su abdomen. Introdujo su cuerpo en el gran baño de sus aposentos, dónde el agua estaba mezclada con azufre y ciertos minerales del inframundo que sanarían sus heridas con mayor rapidez.
Las horas le parecieron minutos a Persefone en los campos rodeados de las flores que ella hacía florecer. Percibió que Pena y Pánico empezaron a ladrar, histéricos, casi intentando decirle algo.
"¿Qué ocurre, pequeño?" – le preguntó a Pena.
El lobo aulló, avanzando hacia el castillo. Pánico mordió levemente y con astucia, un cordón que colgaba de la cintura de la diosa y que sostenía la falda de su vestido, obligándola a caminar tras ellos. La diosa les siguió, sin saber qué querían sus guardianes o siquiera, a dónde la estaban conduciendo. Pero, lo que Pena y Pánico intentaban decirle, es que Hades se encontraba en peligro: ellos podían sentirlo, incluso olerlo, el olor de su sangre.
"¡Más despacio, Pánico!" – le exigió a uno de ellos.
Cuando llegaron a los aposentos del dios, Persefone escuchó sus alaridos de dolor en la habitación contigua.
"Quedaos aquí." – les dijo a los lobos, y la obedecieron.
Persefone buscó con la mirada al dios en la estancia, mayoritariamente ocupada por aquel enorme rectángulo ocupado por agua de un color casi añil. Comprobó que una parte de aquella agua estaba cubierta por sangre, y luego vio a Hades, moribundo, apoyando su espalda sobre una esquina del rectángulo.
"¡Hades…! ¿Qué ha pasado?" – preguntó la diosa.
Su propio instinto la guió hasta introducirse en el agua y colocarse frente al dios. Estaba casi sin conocimiento, gemía de dolor, y ella avistó la familiar arma de su padre clavada sobre él, atravesando su hombro.
"¡Hades! ¡Hades!" – zarandeó su cabeza para que reaccionase.
"Hmm… ¿Persefone?" – preguntó con la mirada perdida.
"Quédate quieto." – le ordenó.
La diosa se armó de valor para arrancar el arma de su piel. Consiguió apartarla de su carne lo más rápido que pudo, pero el dolor volvió a ocupar el semblante de Hades, acompañado de un grito desgarrador. Comenzó a brotar más cantidad de sangre, y el dios se hundió bajo el agua, desfallecido.
"¡Dichosa fortuna!" – maldijo Persefone, introduciéndose en el agua para evitar que Hades se ahogase, su cuerpo pesaba como si se tratase de cemento.
"Persefone, ¿sigues aquí?" – hizo una pregunta sin sentido por los efectos del dolor.
"Pues claro que sigo aquí." – respondió la diosa – "¿Quién crees que está sanando tus heridas?" – preguntó con ironía.
Hades seguía con los ojos medio cerrados, y ella revisó la herida. La extraña agua añil parecía tener efectos mágicos sobre su cuerpo, la herida desapareció. Persefone sonrió, calmada al comprobar su mejoría. El dios volvió en sí mismo, y lo primero que se encontró al salir de su letargo, fueron los intensos ojos verdes de Persefone.
"Gracias, ni siquiera me merezco que hagas esto."
"Lo sé." – afirmó ella – "Ahora quiero que me cuentes qué ha ocurrido… ¿Por qué has visitado el Olimpo?"
"Debía comunicar a tu padre que ibas a ser mi esposa con la próxima luna llena."
"¿¡Qué!? ¿¡Nuestra boda será dentro de dos días!?" – se sorprendió, incluso con temor.
Persefone tragó saliva con frustración al ver a Hades asentir, la triste música de Orfeo se escuchaba desde algún lejano lugar del palacio. La diosa no se creía preparada para casarse, y mucho menos con Hades.
"Mi padre te atacó, ¿no es así?" – preguntó ella dolorosamente.
"Ya conoces la furia de Zeus, y aún más cuando le he robado a su hija favorita." – rió y la diosa le miró con frialdad.
"Buenas noches, Hades." – se limitó a decirle, abandonando la gran bañera rectangular – "Mis ropas están empapadas." – se quejó, escurriendo la falda de su vestido – "¡Odio este sitio!" – protestó de nuevo.
"No tan deprisa." – Hades hizo que la diosa cayese de nuevo al agua junto a él.
"¿Qué estás haciendo?" – se enfureció.
"Dijiste que ibas a sanar mis heridas." – le dijo en una voz áspera – "Sánalas."
"No veo herida alguna en tu cuerpo."
"Eso es, mi diosa." – se aproximó hacia ella – "Te ordeno que cures las heridas que no aprecias a simple vista." – colocó la mano de Persefone sobre su esculpido pecho, ella apreció sus latidos – "Sé mi esposa… y conseguirás curar cada una de mis heridas."
"Seré tu esposa por la fuerza, no te amaré nunca. No seré capaz." – dijo casi en un lamento.
"Entonces... dime que me odias." – su tono de voz se volvió espeluznante – "Hazlo." – sostuvo la barbilla de la diosa para obligarla a mirarle directamente a los ojos.
"Te odio."
Persefone pronunció aquellas dos palabras, casi en un inaudible susurro. Hades sonrió satisfecho, porque pudo comprobar que algo pareció haberse quebrado dentro de ella, sabía que estaba mintiendo. La diosa tuvo que fingir para no perder su orgullo frente a él, para no caer rendida frente al dios de aquellos brillantes ojos plata.
"Si me odias, tendremos que hacer algo al respecto."
Hades atrajo el cuerpo de Persefone hacia su torso, acercando el rostro de ella hacia el suyo, y estrelló un poderoso beso sobre sus labios. Persefone creyó perder la razón por un instante, era la primera vez que alguien la besaba, y recibió ese beso ni más ni menos que del dios de los muertos, el dios temido por los dioses. Ella no era capaz de creer que un dios con tal despiadada fama, pudiese llegar a amar, pero, comprobó que su amor era tan cierto como la existencia del monte Olimpo.
"Ahora, vuelve a decir que me odias." – susurró contra la pálida piel de sus labios – "Repítelo…"
La diosa comprimió sus labios en una línea, no era capaz de pronunciar palabra. Miró a los ojos de Hades con un gesto valeroso, apreciando cómo las gotas de agua aún recorrían su rostro. El dios abandonó la sala con un gesto triunfante ante su silencio, y la diosa quedó petrificada como si hubiese recibido una mirada de Medusa, con la mitad de su cuerpo sumergido en el agua.
"Dioses y reyes." – se dijo a sí misma – "Qué mundo tan difícil de entender."
Persefone suspiró mientras escuchaba la apenada música de Orfeo, una lágrima se derramó por su ojo derecho.
"Hades… – susurró en sus pensamientos
convénceme de que no quiero estar aquí,
haz malos actos, haz que te odie,
dime que sólo me retienes por venganza,
di que la muerte te parece más bella que yo,
sólo quiero negar que tú eres la razón por la que deseo quedarme."
NOTA DE LA AUTORA: ¡Hola! Espero que os siga gustando esta historia, como podéis ver he "rescatado" a Pena y Pánico de la película de Hércules (Disney). ¡Gracias por leer! Dejad reviews.
