Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J. K. Rowling y a la Warner (Bros). La trama es mía, no robes, no publiques en ningún otro sitio sin mi permiso expreso. No escribo con ánimo de lucro.
N/A: Lo de siempre, si encontrais algún error de tipeo dadme un toque : Por cierto, no tengo ni puta idea de cual es "el lado correcto", pero imaginaros que es el otro.
EN EL LADO EQUIVOCADO
Cuando abre la puerta suena un tintineo desagradable, como el de una de esas tiendas antiguas que regentan ancianas casi podridas dentro de esos vestidos que parecen no quitarse nunca. Echa un vistazo a su alrededor y sólo ve estantes casi vacíos, algún bote aislado entre cantidades ingentes de polvo, una araña que se pasea a sus anchas a lo largo del mostrador.
-Buenas tardes -susurra esa mujer salida de quién sabe dónde. Arrugada como una pasa, oliendo a naftalina.
Ella no habla, sólo asiente con la cabeza, secamente. Supone que la gente que viene allí no es un dechado de simpatía y amabilidad, y ella no pretende ser la excepción.
-¿Venía por algo en particular? -le pregunta, con mirada inquisitiva.
Y aquí, justo aquí, es dónde Tonks se arma de serenidad y empieza la función.
Se lleva la mano enguantada a uno de los muchos bolsillos de la túnica -la mitad de ellos ocultos-, y saca una carta para entregársela a la mujer. Antes de hacerlo, pero, le echa un vistazo rápido del que tiene que obligarse a eliminar la pena. Nota el sobre manchado de sangre pese a que sabe que está más limpio que nada, pero es que es incapaz de olvidar la mirada vacía de McGregor, y la flor de color rojo sangre que este tenía en la camisa cuando le encontraron.
Demasiadas muertes ha costado conseguir esto, se recuerda, al acabar de alargar la mano y dejarlo en la arrugada y llena de manchas provocadas por la edad de la anciana. No puede fallar.
Ella abre el sobre cuidadosamente y deja caer los ojos encima de la caligrafia puntiaguda que Tonks conoce tan bien, resultado de leer y releer el pergamino durante tres días, sin pausa alguna. Las erres puntiagudas, las jotas con un giro complicado y una mancha diminuta que hace de punto. Las comas, que asesinan el pergamino por la violencia con la que fueron escritas.
La anciana levanta la cabeza después de deslizar la mirada por encima de las líneas, en horizontal y en diagonal durante un buen rato, y la mira.
-Te imaginaba menos niña -aprieta los labios, se arrebuja en el chal de puntilla gris.
Y ella decide no responderle. Se limita a mirarla con desinterés, curvea los labios hacia abajo, levanta una ceja. Repiquetea con el pie en el suelo.
-Sígueme -le ordena, seca, y desaparece detrás de una puerta que parece imposible que se aguante en sus goznes, dejándola entreabierta.
Atraviesa el pasillo estrecho siguiendo las pisadas de la abuela, aprieta la varita antes de entrar, infundiéndose ánimos. Fuerza. Promete que si consigue salir de allí con todos sus miembros intactos (y viva, por supuesto), invitará al cuerpo de aurores entero a una cerveza. Bueno, a todo no, que no le alcanza, pero a Alastor, Kingsley y Hestia, seguro.
La habitación es pequeña y algo oscura. Lumos, susurra la vieja con voz cascada, y se iluminan otro seguido de estantes, esta vez llenos. Más botes rellenos de líquidos de un color que es, por lo menos desagradable, collares varios, objetos de forma irreconocible.
La sigue, y al final en cuentran una mesa ajada por el tiempo. La anciana se acerca a ella, se saca una cadenita diminuta del cuello -un eslabón detrás de otro, del tamaño de la uña de un recién nacido- y entonces descubre que de ella pende una llave. La acerca a la parte anterior de la mesa y, después de frotar un poco con la manga, encuentra un burdo agujero en el que introduce la llave.
Da dos giros a trancas y barrancas, y luego tira. Se abre, y de él saca un sobre que se dispone a entregarle con mano temblorosa.
Y justo cuando ella también estira el brazo, la vieja aparta la carta y le aferra la muñeca con unos dedos que son más fuertes de lo que parecían. Ahora no tiembla.
Ella se echa para atrá sun segundo, abre los ojos y le pregunta, casi gritando.
-¿Qué hace?
-¿No creerás que te lo iba a dar así por las buenas, no? -le muestra una sonrisa desdentada-. Levántate la manga, para que vea que eres de confianza.
A Tonks empieza a correrle un sudor frío por la espalda cuando oye la frase que tantas veces ha oído pronunciar entre los aurores. En otra situación lo habría hecho de buen grado, con una sonrisa algo sobrada en los labios, pero ahora sólo puede gruñir y soltarse. Pensar rápido.
Y entonces, se le ocurre. Cierra los ojos un segundo y sabe que la vieja estará levantando una ceja, alcanzando la varita. Ambas saben que no se puede desaparecer, aquí, así que no se mueve.
A los dos segundos se calma, abre los ojos y la mira. La sigu mirando hasta que se levanta la manga y le muestra la marca, oscura y poco nítida, grabada en el antebrazo. La abuela la mira desde lejos, como embargada por un temor reverencial, y a partir de allí todo sale a pedir de boca.
Cuando Tonks sale de la tienda, con los dientes castañeteando, sólo puede dar gracias a las mil y una estrellas que les han dado nombre a sus ancestros, de que la vieja fuera eso mismo, vieja y algo ciega.
Ningún mortífago verdadero llevaría la serpiente mirando hacia la derecha.
