Quid pro quo

-En serio, tía, realmente no veo porqué…

-Draco –la mujer de cabello negro se paró en seco y cortó a su sobrino con una voz fría y dura como el hielo –Creía que lo había dicho bien claro antes, pero lo repetiré por última vez: cierra-la-boca.

Las palabras que ya se formaban en la garganta del joven se desvanecieron rápidamente.

-Quiero que los sigas, quiero que me digas exactamente qué hacen, cómo lo hacen, cuándo lo hacen y el número de zapatos que calzan si hace falta. Y sobretodo, quiero que mueran.

Bellatrix no alteró ni lo más mínimo su mortífero tono de voz. Se enfundó unos elegantes guantes de piel de unicornio y ambos salieron a la concurrida calle londinense. A pesar de que hacía un frío terrible, el pálido sol otorgaba cierta luz al día que hizo refulgir la blanquísima piel de la mujer, resaltando aún más su pelo negro y sus ojos despiadados.

-Ahora se dirigen a Stirling, un pueblucho escocés. Creen que allí fue visto por última vez el Cáliz, y el Lord Oscuro está muy interesado en esa reliquia –lo miró fijamente, intimidándolo. –No me decepciones, sobrino, o me encargaré personalmente de tu castigo. Ya sabes lo que tienes que hacer, Draco.

Bellatrix Lestrange dio media vuelta y su figura esbelta enfundada en negro se perdió calle arriba junto con el eco de sus pasos.

Draco Malfoy la observó bajo su flequillo rubio casi blanco y suspiró.

-Sí tía, ya sé lo que tengo que hacer. El trabajo sucio, como siempre.

-·-

Los labios de Hermione Granger formaron un oh perfecto cuando bajó del tren y contempló el paisaje. Verde. Verde por todas partes hasta donde alcanzaba la vista y tan intenso y de tantas tonalidades diferentes que llenaba al espectador de una inexplicable felicidad momentánea.

Y en medio de aquel lírico espectáculo, un castillo medieval tan grande y tan bien conservado que trasladaba al pasado con sólo mirarlo, rodeado de bruma crepuscular

-Vamos, Hermione, no hemos venido aquí para ver árboles.

Ronald Weasley tan dulce y sensible como siempre. Rodó los ojos y, con un suspiro, cogió su maleta y siguió a sus dos mejores amigos.

-Lo primero que debemos hacer es buscarnos un alojamiento –oyó como decía Harry sensatamente, –dejar todas nuestras cosas y dormir un poco. Mañana nos dirigiremos a las granjas cercanas para intentar localizar a algún familiar de Gil Boy.

Ron miró a su alrededor. La estación de tren consistía en una simple plataforma y una pequeñísima cabina expendedora de billetes en la que ni siquiera había vendedor. Y el pueblo parecía ajustarse a la austeridad de la estación.

-¿De verdad crees que podremos encontrar algún hostal, amigo? Este pueblo parece la ciudad fantasma: ni un solo coche, ni una sola persona, ni siquiera parece haber tiendas. ¡Ni un maldito perro, por los calzones de Merlín!

Hermione volvió la cabeza al escuchar una risita hosca y ronca. Sentado en un banco descolorido estaba un hombre viejo que parecía mimetizado con el paisaje. Debía de llevar tantos años allí sentado que había conseguido parecerse al resto de paisaje árido y gris. La joven lo observó con curiosidad y se acercó a él. Delante, Harry y Ron ni siquiera parecían haber oído al anciano y continuaban lanzando pestes.

-Disculpe –el hombre volvió los ojos hacia ella y la observó asombrado –Acabamos de llegar ¿podría ayudarnos? Buscamos alojamiento.

-¿Es a mí? -preguntó el anciano con los ojos como platos.

-Sí, claro ¿A quien si no? –Hermione frunció el ceño: el hombre pasó del más completo de los asombros a sonreír como un loco.

-Querida –hubo una pausa en la que siguió sonriendo hasta que Hermione pudo comprobar que no tenía muelas del juicio y repitió –Querida. Oh, qué maravillosa coincidencia, querida.

-¿De qué está usted hablando? –preguntó Hermione, cada vez más confusa.

-Tengo el alojamiento más perfecto para ti y tus amigos, querida, oh sí. Es el único lugar del pueblo en el que podríais quedaros y te garantizo que estaréis a gusto -bajó la voz hasta que apenas fue un susurro, sin dejar de sonreír –…vosotros y vuestras varitas.

La joven dejó escapar una exclamación ahogada.

-¿Cómo… cómo…?

-El castillo, querida –el viejo alzó la vista y ella la siguió hasta darse de bruces con los muros de piedra –Hay allí una mujer que alquila las dependencias, pero casi nadie quiere pasar la noche entre sus muros. Claro que nunca lo ha intentado ningún mago.

-O bruja –murmuró ella con los ojos todavía fijos en la imponente construcción.

-Hermione –la voz de Harry retumbó con potencia en el andén vacío -¿Con quién hablas?

Ella se volvió para responder y se dio cuenta de que ambos hombres la observaban extrañados, y ninguno de los dos parecía haberse percatado de la presencia del anciano sonriente. Miró al hombre de nuevo y contuvo otra exclamación al ver cómo lo que ella había considerado un anciano iba desapareciendo como si estuviese hecho de humo, quedando tan sólo la sonrisa, brillante y amplia, hasta que finalmente incluso la enorme boca desapareció.

Tardó un par de segundos en volver la vista hacia sus amigos de nuevo.

-El castillo –señaló a su espalda –Es una hospedería. Allí podremos dormir –caminó con paso firme y decidido, adelantándolos, como guiada por un nuevo impulso.

Harry miró a Ron con la duda bailando en sus ojos. Ron se limitó a encogerse de hombros y a atornillarse la sien con el dedo índice.

-·-

Había un pequeño timbre en la recepción del castillo. Hermione llamó una vez y esperó educadamente, observando con curiosidad a su alrededor. Un antiquísimo reloj de pared marcaba con autoridad los segundos, con un ruido casi ensordecedor en el silencio de la amplia estancia.

Harry golpeteó con impaciencia con los dedos sobre la madera carcomida del mostrador cuando, pasados dos minutos, nadie apareció, y llamó de nuevo, con un poco más de insistencia.

Pasaron de nuevo dos minutos y Ron resopló.

Hermione cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra y empezó a desconfiar (sólo un poquito) de su normalmente infalible intuición femenina.

Diez segundos. Quince. Veintitrés. Treinta y uno. Cuarenta y siete.

Olvidando cualquier signo de educación recibida, Ronald Weasley aporreó el timbre con insistencia, dejando tanto tiempo el dedo en el llamador que estuvo a punto de agarrotársele, mientras golpeaba con la palma abierta sobre el viejo mostrador, con tanta fuerza que crujió débilmente.

-¡EH! ¿Hay alguien aquí o qué?

Harry tuvo que reprimir la risa porque la mirada de Hermione echaba chispas y temía por su vida.

Una mujer madura con un hermoso cabello canoso descendió por la escalera y los miró alarmada.

-¡Por los dioses! ¿Qué es lo que ocurre, jovencitos?

Ron enrojeció hasta las orejas y abrió la boca –Ehm… esto… eh…

-Disculpe nuestra intolerable falta de educación, señora –si las miradas mataran, Ron habría muerto en aquel mismo instante, Hermione había apretado tanto los labios de indignación que ahora los tenía blancos –Queríamos alquilar un par de habitaciones para pasar la noche, si no es molestia.

-¿Pasar la noche? ¿Aquí? –la indignación que había mostrado el rostro de la mujer dio paso a la incredulidad.

-¿Es que esto no es una hospedería? –Harry miró a Hermione por el rabillo del ojo. Ella no solía equivocarse, pero claro, tampoco solía hablar con bancos de piedra vacíos, y desde que llegaron estaba comportándose de una forma un poco rara…

-Sí, sí. Lo es, claro. Pero normalmente la gente no suele venir a pasar la noche aquí, y bueno… sois los primeros huéspedes que llegan aquí desde hace casi tres años.

-¿En serio? –Ron se quitó el sombrero, interesado -¿Y por qué?

-Bueno –la mujer desvió la mirada, incómoda -… por los fantasmas, supongo.

-¿Fantasmas? –Harry no pudo evitar una sonrisa -¿Aquí hay fantasmas?

-Me temo que sí –su voz era apenas un susurro –Este castillo lleva maldito mucho tiempo.

-Bueno –Ron volvió a calarse el sombrero y se echó la mochila al hombro despreocupadamente –A nosotros nos van las emociones fuertes, no se preocupe usted por eso. ¿Dónde hay que firmar?

Después de registrarse en el polvoriento libro de visitas, la mujer les entregó las llaves de las dos habitaciones, pues Harry y Ron acordaron dormir juntos para rememorar viejo tiempos, y los tres se dirigieron a la planta alta del castillo. Para llegar a la escalera principal había que atravesar el antiguo patio de armas que, poblado de antiguos árboles y con el escudo de armas del señor de la villa, los dejó impactados con su belleza monumental.

-Ésta es la mía –Hermione abrió la cerradura y la puerta reveló una habitación amplia y sobriamente amueblada, con una impresionante cama con dosel en el centro. Ron silbó apreciativamente.

-Menuda cama tan grande –sonrió de lado, de forma encantadora –Si te sientes muy sola esta noche puedes llamarme a la hora que quieras.

Ella le cerró la puerta en las narices.

-La tienes en el bote, colega –Harry estalló en carcajadas. Ron le hizo un gesto con el dedo corazón que su madre no habría aprobado.

-·-

Era más de medianoche cuando Hermione sintió el frío. Primero se acurrucó un poco más entre las confortables mantas de su cama y siguió meciéndose entre las olas de la duermevela. Sin embargo, su cerebro se negaba a dormir completamente por culpa de aquella molesta corriente de aire, así que finalmente se impuso su parte racional y se decidió a levantarse y cerrar la ventana.

Abandonó el cálido refugio de la cama y se puso las zapatillas. Pero cuando alzó la mirada y observó la ventana, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad y a las formas insinuadas pajo la tenue luz de la luna, se dio cuenta de que la ventana ya estaba cerrada.

Y volvió a notar el frío.

Como si alguien le pasara una cuchara metálica por la espalda. Un frío que ya había notado antes. Volvió la cabeza lentamente y la vio.

-Buenas noches, querida.

-Hola.

Era joven, y también muy guapa. Su larga falda flotaba a su alrededor y su cabello se recogía en un gracioso moñete. Y a pesar de ser transparente, había a su alrededor una tenue luz rosada.

-Discúlpame por haberte sacado de la cama a estas horas, pero no sabía cómo llamar tu atención sin resultar grosera. Puedo llevar muerta cien años, pero no he perdido la educación.

-El anciano de la estación… ¿Lo conoce?

-El Viejo Ike, sí. Él me habló de ti.

-Él me envió aquí. –Hermione se anudó el batín al cuerpo, tratando de entrar en calor. Parecía como si la habitación hubiese bajado quince grados. -¿Porqué?

-Porque necesito ayuda. Llevo mucho tiempo esperando ayuda y al fin has llegado. Eres una bruja ¿verdad? –lo dijo como una cualidad y no como un insulto y Hermione sonrió.

-Me gustaría ayudarla. Me gustaría mucho, pero no puedo. Tengo que…

-Sí, lo sé. Tú y esos dos chicos buscáis la caja que abrió Gil Boy. Cuando aquel granjero murió trajeron la caja al castillo, una caja de madera enorme y muy pesada. No sé lo que había dentro, pero era de enorme valor, porque Padre mandó esconderla en las profundidades.

Hermione se había ido acercando al fantasma mientras hablaba y ahora la observaba con interés.

-¿Aquí, en este castillo? –Ella asintió con su incorpórea cabeza -¿Y sabe donde está ahora?

-Sé donde estaba hace cien años, la última vez que lo vi. Y si me ayudas, te lo diré.

-Escuche, no puedo asegurarle que podré ayudarla, depende de lo que necesite usted que yo haga y de que…

-No es muy difícil, Hermione. Tan sólo se trata de mi medallón.

-¿Sabe mi nombre?

-Lo leí en el registro. Mi prima también se llamaba así, por cierto.

-Mis padres lo escogieron por Shakespeare. ¿Un medallón?

-Sí. Un medallón de plata, rubíes y zafiros que perteneció a mi padre y que me fue legado en herencia, como dote para el día de mi boda. Pero enfermé antes de casarme, y supliqué a mi prometido que me enterrara con aquel colgante.

-¿No lo hizo?

-No –los blanquecinos ojos refulgieron con algo parecido a la ira –se lo quedó como compensación por el dinero que había prestado a mi padre, y tuvo incluso la desfachatez de regalárselo a su siguiente esposa. Pero ella también enfermó y murió, así que él creyó que el medallón estaba maldito y lo enterró en el castillo.

-Entonces usted sabe donde está. ¿Para qué me necesita entonces? –el cerebro de Hermione reaccionaba con lógica al hecho de que estaba hablando con una mujer muerta hace cien años sobre recorrer el castillo a medianoche.

-No puedo cogerlo. Necesito llevarlo a mi tumba, necesito recuperarlo. Es mi único vínculo con mi padre y mi madre y lo único que me proporcionará el eterno descanso –la mujer trató de tomar las manos de Hermione con las suyas, y a ella volvió a invadirla el frío –Ayúdame, por favor.

Hermione suspiró y pronunció las dos palabras que sabía que no debía pronunciar.

-De acuerdo.

-·-

-¡¡AAAAAHHHH!!

Harry se levantó de un salto, varita en mano, y Ron reaccionó con rapidez, apuntando como su amigo hacia la puerta. Durante un par de segundos aguantaron la respiración, y nada sucedió. Y a los dos se les encendió la bombilla en el mismo instante.

-¡Hermione!

Corrieron como alma que lleva el diablo, y sin siquiera pensar en la varita, Ron echó la puerta debajo de una patada. Ambos entraron en la habitación al mismo tiempo, con la respiración entrecortada, despeinados y en pijama, para darse de bruces con un fantasma y un enorme boquete en una de las paredes.

-Buenas noches, caballeros.

La voz de Hermione les llegó desde dentro del agujero del muro.

-Buaj, esto está asqueroso.

-¿Hermione? –la llamó Harry, que se frotó los ojos dos veces para convencerse de todo aquello.

-¿Harry, Ron? Siento haberos despertado, es que tropecé y me caí de bruces por la escalerilla del pasadizo. ¿Podéis echarme una mano? Me he olvidado la varita.

-Yo no puedo dársela –se disculpó el fantasma.

-¿Quién es usted?

-Chicos, ella es la Dama Rosa, el fantasma de este castillo.

-¿Qué demonios está pasando aquí? –preguntó Ron sin salir de su asombro. Se escuchó un profundo suspiro y la voz de Hermione sonó cansada.

-Explíqueselo usted, por favor.

-·-

La Dama Rosa es una leyenda real del castillo de la localidad de Stirling, la historia me la he inventado yo completamente. Los chicos pasan al lado del fantasma y no le ven porque no se fijan, porque son unos cabecitas locas, y cuando le preguntan a Hermione el fantasma se está desapareciendo así que tampoco lo ven. Draco Malfoy hace su irrupción en escena como pseudomaligno y el título es latín. Significa (supongo que lo sabéis todas pero qué mas da) dar y recibir a cambio.

Y sí, lo siento, he tardado mil en actualizar. Pero me queréis igual ¿verdad?