No sabes muy bien cómo consigues dormirte. Cuando vuelves a abrir los ojos, te escuecen y lagrimean, además de que la luz del sol te da directamente en la cara. Reniegas un poco y te das la vuelta en la cama. Es ahí cuando ves que sigues vestida con el traje de la Cosecha, y que además has dormido destapada.
- ¿Qué hora debe ser? –preguntas con la voz tomada por el sueño y el cansancio. Pese a haber conseguido dormir quizás un par o tres de horas, no te sientes nada descansada.
- ¿Estás despierta? –pregunta Jake, entrando tímidamente con una bandeja con un vaso de leche y dos rebanadas de pan. ¿Tan mal estás? Jake sólo te había traído dos veces el desayuno a la cama: cuando tenías 4 años y habías pillado esa gripe tan fuerte con fiebre muy alta, y cuando la muerte de mamá.
- Sí, pasa –le respondes, sentándote en la cama y tapándote las piernas con la sábana.
El chico entra con una sonrisa, aunque puedes ver la lástima dibujada en su mirada. Él se había salvado, pero no podía dejar de sentirse culpable por haber sido Peeta y no él el elegido, igual que por no haberse presentado voluntario.
- No te habría dejado hacerlo –comentas, con voz triste. Él te mira sin entender, pero lo cierto es que le has leído el pensamiento–. Ni yo ni Peeta hubiéramos dejado que te presentaras voluntario para salvarle.
- Pero si…
- Pero nada, Jake. No le des más vueltas. –Es extraño. Tal como estás en ese momento, y eres tú la que ha de consolarle a él. Finalmente, él también parece que te lea el pensamiento.
- Bueno, no hablemos tanto de mí –dice–. ¿Tú cómo estás?
- Pues… un poco mejor. Está algo más asumido –mientes. Pero no quieres preocuparle más.
- Ya he avisado en la escuela que hoy no vas a ir a clase, que estás enferma –te informa Jake.
Supuestamente después de la cosecha, todo vuelve a la normalidad: los chicos a la escuela, los hombres a las minas,…
- ¿Papá ha bajado ya?
- Sí, ya sabes que no puede perder un día –dice con voz triste.
- ¿Y tú también estás enfermo y no puedes ir a la escuela? –preguntas, esta vez un poco más sonriente.
- Yo he de quedarme a cuidar de mi hermanita –responde con una sonrisa de medio lado.
- ¿En serio? Ya no soy una niña, Jake, no necesito que me cuiden –recriminas, dándole un golpe con la almohada.
- Sí que sigues siendo una niña, bonita. Así que he de quedarme contigo. –Los dos sonreís. Una sonrisa vacía y triste. Luego Jake dice que va a salir, pero le pides que se quede contigo un rato más. Rato que se convierte en el resto de la mañana.
Esa noche, pese a la mentira de la enfermedad, tu padre te obliga a bajar al salón y ver el desfile de los tributos en el viejo televisor de plasma que aún funciona con mando a distancia y conexión por cable.
Algunos tributos están radiantes con esos disfraces que simulan el oficio de su distrito. Como los chicos del 1, vestidos de un blanco plateado, recordando su obligación de proveer de objetos de lujo al Capitolio. Pero otros son realmente patéticos, como los del 7, vestidos de árboles, con sus hojas y todo.
Los últimos en salir, en una carroza negro carbón para el oficio minero del Distrito 12, son Katniss y Peeta. Están impresionantes. Hasta los mismos locutores Caesar Flickerman y Claudius Templeship se quedan fascinados de la puesta en escena de vuestro distrito. Ellos se ven radiantes, espléndidos.
- ¿Están ardiendo?
- ¡Es increíble! –dices impresionada. Y es cierto, están vestidos con un traje de llamas.
La cámara les enfoca la cara y los ojos de Peeta se ven impresionantes a la luz del fuego. ¡Es impresionante! Luego las cámaras se giran para enfocar a dos personas de entre el público, ciudadanos del Capitolio, indudablemente. Ella es más distinguible que él. Caesar Flickerman los presenta como Cinna y Portia, estilistas de Katniss y Peeta. Seguro que eso les ha hecho subir muchos escalones en el estatus social del Capitolio.
El desfile sigue, donde los tributos del Distrito 12 se ven radiantes, recibiendo los halagos y muestras de cariño de todos los ciudadanos del Capitolio. Notas como algo te golpea dentro cuando ves que Katniss y Peeta van cogidos de la mano durante todo el trayecto. Cuando llegan al final, el presidente hace el mismo discurso de cada año, recordando la esencia de esos Juegos. Acabada la palabrería, los carruajes dan la vuelta y desaparecen en el mismo almacén de donde han aparecido al inicio.
Himno. Sello del Capitolio. Nieve. Tu padre apaga el televisor. Te vas a dormir sin mediar palabra con nadie.
Pasan un par de días más en los que te dejan descansar. Tu padre no te obliga a ir a la escuela, Jake se queda "cuidándote", pese a que tú has de cocinar porque a él se le da pésimamente, y parece que poco a poco lo vas… asimilando.
Pero al cuarto día después de la cosecha, decides salir, volver a la rutina. Piensas que es lo mejor para romper ya con todo. Pero resulta peor, mucho peor.
Mientras estás en clase echas de menos sus notas, sus risas, sus bromas,… Comes con algunas de tus amigas y amigos, pero realmente te parece que estés sola y no paras de echarle de menos.
- ¿Puedo sentarme contigo, profesora? –giras la cabeza y ves a Peeta, de ahora 7 años, delante de ti, con una radiante sonrisa y una bandeja en la mano.
- ¿No hay más sitio donde sentarse? –estáis en el comedor del colegio. Lo cierto es que siempre has sido algo solitaria y prefieres comer con tus dibujos que con otras personas.
- Vaya, ¿estás dibujando otra vez? –pregunta Peeta, ignorando tu comentario y sentándose a tu lado.
- Sí, ¿algún problema? –respondes secamente. Vale, puede que hayas sido demasiado borde…
- Ninguno –sonríe él–. Me gusta verte dibujar – ¿Se está burlando de ti? Algo en su mirada te dice que no–. Y, ¿cuál es la lección de hoy, profesora?
- ¿Qué?
- ¿Lo olvidaste? Ayer me prometiste que me enseñarías a dibujar –responde Peeta, algo molesto.
- Primero: yo no te prometí nada –aclaras– y segundo: ¿iba en serio?
- Pues claro que iba en serio, ¿qué te esperabas? –responde él, haciéndose la víctima.
- Vale, vale… Pues, ¿qué tal si nos vemos está tarde después de clase? –accedes finalmente.
- Claro, espérame a la salida –acepta él. Tú asientes, cerrando el trato. Después, uno de sus numerosos amigos le llama y se despide de ti con una agradable sonrisa. Lo cierto es que Peeta Mellark está lleno de sorpresas.
Ahora es odioso comer sola en el comedor de la escuela. Ojalá volvierais a tener 7 años, donde ni los Juegos ni los tributos, ni nada realmente importaba. Sólo queríais jugar, dibujar, reír y hacer amigos. Vale, algunos lo pasaron mal, les faltaba comida, familia u otras necesidades, pero ese es el pan vuestro de cada día en el Distrito.
- ¿Te importa si nos sentamos? –pregunta una voz. Levantas la cabeza y te sorprende ver a Gale, con una bandeja de comida, y a Prim, con menos comida en el plato.
- Aún queda algo de libertad en este país ¿no? –respondes, encogiéndote de hombros y bajando la mirada. Gale se sienta en frente a ti mientras que Prim se coloca a tu lado.
- ¿Cómo estás? No te hemos visto por aquí –pregunta Prim, sonriendo. Te das cuenta de que su sonrisa está vacía, como la tuya.
- Bueno ya estoy mejor. Sólo cogí una gripe –mientes.
- Sí, yo también cogí la gripe –dice Gale, con una sonrisa extraña. Deduces que él también está mintiendo–. Falté un par de días. Parece que la Cosecha no nos sentó muy bien –ríe. Ríes. Hasta Prim suelta alguna carcajada.
Te alegras de estar con ellos. Seguís hablando hasta que se acaba el descanso de la comida y te sorprende a ti misma ver que ellos dos han conseguido arrancarte más de una sonrisa. Pero esa noche, todo desaparece.
