Capítulo 2: Sólo abraza tus sueños. Parte II


Descendió casi de un salto el corto tramo de escaleras que llevaban al primer piso y, cuando se dirigía a la cocina para preparar la mesa y el desayuno, se encontró con su madre, quién estaba ayudando a su padre a caminar hacia la diminuta sala/comedor de la desgastada casa tal y como eventualmente debía hacer pues a su progenitor se le dificultaba hacerlo por sí mismo.

Su madre, que hablaba con su esposo distraídamente y con jovialidad, chocó contra su hombro al no notar ni por asomo su evidente presencia.

— Oh. Lo siento, cariño— rió levemente por su descuido cubriendo un poco su boca con una mano y posando su mirada azul cielo en su hija—. Buenos días, cie...— no fue capaz de seguir hablando cuando sus ojos terminaron de enfocar el rostro de la menor entre la penumbra de la casa. Lo primero que notó patidifusa antes que cualquier cosa, como era obvio que ocurriría, fue la ausencia del precioso cabello de su primogénita cubriendo sus hombros y parte de su cara como de costumbre—. ¡Por Dios santo!— gritó escandalosamente cubriendo, ahora completamente, sus labios con ambas manos; de la impresión trastrabilló alejándose unos cuantos pasos de la joven con los ojos muy abiertos. Se dedicó a observarla sin decir nada durante algunos minutos, desde que era una niña nunca la había visto con el pelo tan corto—. ¡¿Pero qué demonios le hiciste a tu cabello, Sedit?!— cuestionó horrorizada olvidándose por completo de su marido, el cual sólo pudo sonreír y negar silenciosamente la cabeza ante la escena que, sabía perfectamente, estaba a punto de presenciar. Realmente esas dos nunca cambiarían.

La mujer se acercó de un paso largo a su hija, agarró entre sus temblorosos y delgados dedos algunos de los mechones extremadamente cortos situados en la parte superior de la cabeza de su descendencia y los examinó con ojos crítico.

Ella, al igual que su hija, adoraba esa hermosa melena castaña, la cual aún en ese entonces disfrutaba de peinar y trenzar de todas las maneras habidas y por haber siempre que tuviera tiempo y la menor se lo permitiera o, simplemente, cuando no era ella misma quien se encargaba de hacer aquello en lugar de dejárselo a su ansiosa progenitora que estaba dispuesta a realizarlo con mucho gusto.

Bajó lentamente los brazos aún algo paralizada. Sinceramente jamás creyó que su hija fuera capaz de hacer algo así o si quiera similar pues cada vez que le pedía, de buena forma, que se cortara un poco el pelo porque lo tenía demasiado largo ésta siempre se negaba rotundamente y, por si fuera poco y sólo para gozar del placer que le provocaba molestarla, se lo dejaba crecer entonces aún más hasta que llegara al largo que aproximadamente debía de tener la sedosa cabellera del General Sephiroth. Sin embargo, a ella no le molestaba que hiciera aquello pues las cosas siempre terminaban de la misma manera: Sedit terminaba recurriendo a ella meses después para que le realizara un corte a causa del sofocante calor de las dos de la tarde.

Y ahora, habiendo portado y lucido orgullosamente el pelo a la altura de la retaguardia el día anterior, se aparecía con el mismo corte y trasquilado, si no es que era incluso más corto, que el de su mismísimo marido. Quién, por supuesto, era un hombre.

¡Qué horror!

— Lo corté— respondió la pequeña con simplicidad encogiéndose de hombros mientras que en sus labios se formaba una sonrisa, un tanto traviesa, al notar que su madre parecía estar a punto de comenzar a hiperventilar—. Tranquila, mamá. No te alteres, no es la gran cosa— aseguró con tranquilidad pero sin dejar de sonar un poco burlona y, riendo levemente, sujetó con cariño las manos de su madre algo arrugadas y maltratadas de tanto trabajo entre las suyas—. Pronto volverá a crecer, ya lo verás.

Pensó en que quizás exageraba un poco con su respuesta tan "condescendiente" teniendo en cuenta que la situación no lo ameritaba y que no era para tanto, pero en realidad no era así. Su madre, desde que tenía memoria, era muy paranoica y delicada, y montaba un escándalo por cualquier cosa por más pequeña que fuese, simplemente se exasperaba con facilidad, como si le tuviera miedo o pavor a todo lo existente y ella la entendía a la perfección, muy a su manera claro, pero la entendía.

Para una mujer como ella, que vivía constantemente bajo una intensa presión tanto económica como laboral y que tenía que soportar a diario el miedo constante y angustioso que le ocasionaba el estado de salud de su marido, era común tener a todo momento los nervios a flor de piel y convertir un problema pequeño, por más estúpido que fuera, en toda una odisea.

La menor le sonrió con algo de tristeza al percatarse inconscientemente, como hacía todos los días, de lo desgastada y envejecida que estaba su madre aún sin ser tan mayor como de seguro parecía serlo. Cerró los ojos y llevó las manos de su progenitora a sus labios para besarlas con suavidad, buscando demostrarle lo mucho que la quería y la admiraba sin importar qué.

— P-pero eso no...— balbuceó sin saber que decir observando con el pecho fuertemente oprimido la conmovedora acción de su hija y quedándose sin aire.

Suspiró levemente y de forma casi imperceptible, sabía estaba siendo muy dramática por una tontería como lo era aquella, un simple corte de cabello. Pero sabía también que, además del horror que le había ocasionado verla con el peinado más común en un hombre, su actitud dramática era originada en realidad por el simple hecho de saber que ese mismo día, dentro de menos de una hora, partiría lejos de su hogar su única y adorada hija. Le partía el alma saber que se marcharía completamente sola a un lugar en el cual, sabía perfectamente sin que nadie se lo confirmara, podía llegar a perder la vida tan rápido como hubiera arribado al sitio y se alistara en su primera misión.

Sin embargo, ese era el deseo de su hija y ella, lamentablemente y muy a su pesar, no podía prohibírselo. Se forzó a sí misma a sonreír levemente pues sabía que eso era lo que deseaba su hija que hiciera, sabía que Sedit quería que se mostrara feliz y ella estaba dispuesta a hacerlo lo mejor que le fuese posible porque ella también opinaba que no estaba para nada bien hacer que la despedida y separación familiar resultara más triste de lo que ya era por sí misma.

— Bueno..., supongo que es verdad— terminó por aceptar con una mueca buscando que la menor se animara un poco y disfrutara del desayuno. Regalándole una sonrisa soltó lentamente sus manos—. Tienes razón, pero al menos debiste cortarlo de una manera más decente. Realmente pareces un vagabundo, en todo el sentido de la palabra— le recriminó poniendo sus brazos en jarra notando todas las irregularidades y malos trazos que tenía la cabellera por todas partes, la chiquilla sólo rió ante las palabras de su madre sabiendo que eran ciertas—. Como sea, lo hecho está hecho y no hay vuelta atrás. Así que ahora, ¡vamos comer!

Dio por finalizado el tema emitiendo un fuerte aplauso tratando de simular euforia aunque por dentro sintiera como si estuvieran aplastando su corazón y, recordando finalmente a su olvidado esposo que seguía tras ella, lo ayudó a llegar a la mesa de madera hecha a mano y, junto con su hija, comenzó a buscar las cosas necesarias para hacer rápidamente el desayuno.

Pusieron la mesa en un santiamén y sirvieron los alimentos para luego tomar asiento en sus respectivos puestos. Su padre, como siempre, estaba situado en la cabecera de la mesa y su madre y ella a ambos lado de él. Rezaron, como tenían acostumbrado hacer, y agradecieron infinitamente por los alimentos que no siempre tenían y que aquella vez habían preparado por ser una ocasión "especial". Una vez todos hubieron terminado se dispusieron a comer.

Sedit, al igual que sus progenitores, al no estar acostumbrada a comer tanto optó simplemente por un pequeño bol de cereales y unas tostadas caseras junto con una tacita de café con leche, propia de ellos también. Desayunaron tranquilamente, con lentitud y entre pequeñas conversaciones amenas, como tenían acostumbrado hacerlo siempre que comían juntos, hasta que su padre, un hombre de cabello negro bastante desgastado por la enfermedad y el clima abrasador de su pueblo, habló:

— Sedit.

Al escuchar que la llamaba alzó la vista de su pequeño plato de comida y la fijó en él, ciertamente con curiosidad por el cambio repentino de actitud que había tomado y de ambiente serio que había caído sobre ellos como una pesada manta oscura.

— ¿Si?

— Cariño, me gustaría darte algo que quiero que lleves siempre contigo sin importar donde estés ni adónde te dirijas... ¿Puedes prometerme que lo harás?

Su rostro se tornó consternado al oírlo sin entender en lo absoluto a donde quería a llegar con aquello y para qué le ponía tanto suspenso al asunto.

La voz de su padre desde hacía menos de dos años se había transformado en un permanente susurro ronco, carrasposo como el papel de lija y tan profundo como un canto de ópera antigua. La verdad es que la tonalidad y la manera en la que hablaba siempre le daba a Sedit la impresión de que se desgarraba la garganta y los pulmones cada vez que cogía aire para hablar y lo hacía durante un tiempo extenso. Sus ojos grises, idénticos a los suyos, la observaban con un cariño inmenso y un cansancio inigualable que jamás había visto en ningún otro ser humano.

El dolor y la enfermedad lo estaban consumiendo poco a poco, con lentitud. El malestar lo iba haciendo más débil con cada día que pasaba muy a su gusto y, aunque él tratara de ocultarlo con su intacta actitud aún jovial, era imposible no darse cuenta de aquello con sólo hablar más de un par de minutos con él.

Sonrió levemente con amargura. Cada vez que lo veía era más evidente su cercana partida que la vez anterior, ya no le quedaban dudas y sólo le quedaba resignarse. Sabía de antemano, y en ese momento lo sabía con más certeza que nunca, que pronto partiría lejos de ese mundo y se uniría finalmente a la Corriente Vital y aquello estaba bien, porque ella sabía que vivía en un constante sufrimiento y que aquello era inevitable. Sin embargo, y aunque sonara muy egoísta de su parte, deseaba a pesar de todo qué su padre viviera lo más que le fuera posible y tenía pensado logar que así fuera a como diera lugar. Porque lo amaba y quería ayudarlo y porque quería que se sintiera orgulloso de ella al verla convertida en lo que él siempre deseo convertirse.

Estiró una de sus manos por encima de la mesa inclinando su torso hacia adelante y tomó una de las de su progenitor, que estaba arrugada como una pasa. En realidad, su padre no era tan viejo como parecía serlo y su madre tampoco y eso ella lo sabía porque recordaba que cuando era niña ambos eran muy jóvenes. Pero la enfermedad, el trabajo, las guerras, los viajes que parecían eternos, la mala alimentación, las noches de insomnio, el estrés, la preocupación y el ambiente desértico habían ido destrozado, disimuladamente y sin que nadie se diera cuenta, a su padre de una manera insólita así como a su madre que por obvias razones no estaba tan desgastada pero tampoco se encontraba en las mejores condiciones. Su rostro, aunque cansado, seguía luciendo joven y hermoso. Ambos parecían mayores de lo que en realidad eran y eso a Sedit la llenaba de impotencia y melancolía.

— Sí— asintió en voz baja tiempo después, algo insegura—. Lo prometo.

La verdad es que se sentía extrañamente nerviosa y con unas potentes ansias que nacían desde el fondo de sus entrañas. No quería recibir regalos, pues sabía que bien poco era lo que poseían como para que sus padres le dieran más de lo que se podían permitir pero claramente tampoco era capaz de rechazar los regalos que eventualmente deseaban hacerle sus padres pues no era una desagradecida. Sin embargo, cada vez que recibía regalos por parte de sus progenitores, les daba un severo sermón sobre el malgasto de dinero en cosas innecesarias como lo eran los obsequios a su persona.

Ante su respuesta el mayor sólo asintió con una diminuta sonrisa ladina. Con su mano libre que no era sostenida por su hija, sacó de uno de los bolsillos de su pantalón de algodón un pañuelo blanco algo desgastado y muy curtido. Sedit lo observó con curiosidad mientras él lo examinaba un poco como si quisiera grabarlo en su mente. Unos minutos después, en los que parecía completamente ido, se lo tendió con una sonrisa más amplia que dejaba entrever sus dientes blancos.

— Toma, es para ti.

Miró unos segundos el rostro de su padre para luego llevar sus ojos hasta su madre, quién observaba la escena sumida en un profundo silencio. Tenía una mano en su pecho y sus ojos brillaban con una ternura magistral dándole a entender a la chica que sabía perfectamente que era lo que estaba ocurriendo y que era lo que le estaba entregando su progenitor.

Algo dudosa soltó la mano de su padre y, estirando la otra, sujeto firmemente con ambas manos el pañuelo sin poder dejar de observar la sonrisa sincera de su padre que pocas veces lucía y que dejaba ver su perfecta dentadura bien conservada. Quería sonreírle de vuelta pero su rostro se negaba a cooperar por más que lo intentara.

Acarició con la yema de los dedos el pañuelo antes de abrirlo con lentitud y desenvolver el objeto que cubría. Sus ojos, ya abiertos de por sí por la incertidumbre y la emoción sin antecedentes, se abrieron aún más al ver el contenido del trozo de tela ligeramente amarillento. Elevó de golpe su vista a su padre observándolo estupefacta y sin saber que decirle.

— Papá...— susurró sintiendo sus ojos cristalizarse.

Era una daga pequeña pero filosa y mortal, delegada, alargada y con la punta en triángulo. Su empuñadura parecía estar hecha de madera de roble oscura y plata, lo que la hacía similar al mango de una espada antigua de la época medieval pero en una versión mucho más pequeña. La reconocía a la perfección, esa no era una daga cualquiera.

Jamás olvidaría las veces en que su progenitor solía contarle que aquel puñal había sido un regalo por parte de uno de sus mentores cuando aún pertenecía a SOLDADO y su salud y condición física comenzaron a recaer.

John Freeman, su padre, perteneció desde su juventud a las tropas de Shin-Ra, perteneció durante muchos años al Departamento de Seguridad desempeñándose como Capitán hasta que, años más tarde, finalmente se llenó de valor y alistó en la organización de militares de élite: SOLDADO.

Su aspiración era, como la de ella en esos instantes, llegar a ser un Primera Clase. Sin embargo, cuando los estragos de su cuerpo y el esfuerzo físico excesivo no hicieron más que empeorar su enfermedad y su condición, no le quedó más remedio que resignarse a abandonar SOLDADO dejando sus sueños sin cumplir.

Cuando le mencionó a su superior durante una misión que estaba considerando seriamente la opción de desertar el mes entrante, este le animó como nadie lo había hecho nunca hasta esos momentos. Hizo lo imposible para convencerlo de que no lo hiciera hasta que su salud fuera demasiado precaria como para seguir de turno y que luchara mientras aún el tiempo se lo permitiera, pues la vida era corta y sólo tenía unos pocos meses de haber llegado a Segunda Clase, su orador opinaba que sería verdaderamente lamentable que tuviera que retirarse a esas alturas sin haber podido demostrar de lo que estaba hecho.

Su mentor insistía en que podía llegar más lejos, hasta donde él quisiera y así lo hizo, siguió avanzando varios años más hasta que ya no pudo abandonar el lecho sin ayuda y no tuvo más opción que dejar las tropas de SOLDADO. Y desde el primer día en que Sedit tuvo total consciencia y conocimiento de todo aquello se dispuso, sin dejar lugar a dudas, a conseguir lo que él deseo y no pudo lograr por razones ajenas a su voluntad y a sus deseos.

Ella, dicho en palabras simples, quería seguir su legado y cumplir su sueño por ambos, por él y por ella, porqué desde pequeña siempre había anhelado ser como su padre, seguir los pasos sus pasos y enseñanzas. Y claramente llegar a pertenecer a SOLDADO estaba incluido en ellos, porque formaba parte de sus deseos compartidos, de sus sueños en común. No pensaba rendirse por nada en el mundo a pesar de todas las complicaciones que se pudieran presentar y mucho menos pensaba permitir que su "condición" como mujer interfiriera.

Sedit sabía que aquella daga era una de las posesiones más valiosas de su padre. Aún podía recordar que, cuando era pequeña y él aún seguía trabajando para Shin-Ra, eventualmente regresaba a casa y entonces la llenaba de regalos, se quedaba unos cuantos días con ella y su madre y cada vez que llegaba su hora de regresar al trabajo al finalizar su permiso, le pedía a la pequeña que besara la daga alegando que de esa manera ella permanecería siempre con él y que cuando viera el puñal pensaría automáticamente en ella. Quizás visto desde afuera pareciera muy raro de su parte pero Sedit de igual forma lo hacía, hacia lo que su padre le pedía con toda inocencia y júbilo sin saber la verdad que existía en las palabras de su progenitor.

Probablemente era algo estúpido solicitar algo como eso con una excusa "tan barata" como aquella, sin embargo, eso no hacía sus razones menos sinceras y reales. La realidad es que cada vez que John observaba la daga cuando estaba lejos de casa pensaba en su hogar, en su esposa e hija; porque el día en que su mentor se la entregó le dijo que siguiera luchando no por su honor como SOLDADO o por amor a su profesión, sino que simplemente lo hiciera por ellas, por aquello que amaba en el mundo más que a cualquier otra cosa: su familia.

Desde entonces cada vez que veía la daga recordaba el porqué de su lucha, recordaba a quién deseaba proteger en realidad, por quienes se arriesgaba día a día y resistía la agonía de la soledad y el dolor. Cuando se encontraba en el cuartel general de la Compañía Eléctrica, todas las noches, antes de dormir y sin excepción alguna, solía admirarla en silencio y entonces pensaba en ellas. Pensaba en que esa daga le traía suerte y que, si la llevaba siempre consigo, era como llevar a su familia con él, en su corazón.

La verdad es que en parte era porque ese pequeño puñal era lo único que poseía en ese sofisticado lugar y porque era lo único verdaderamente de su propiedad que llevaba a casa cuando estaba de permiso. Sus ropas pertenecían a la compañía, su móvil también, su dinero, sus armas, su Materia, el Mako que corría por sus venas, sus zapatos, todo. Aquello era lo único que en verdad tenía y era suyo. Completamente suyo, justo igual que su familia, porque su familia era suya y de nadie más, únicamente de él. Eran sólo su mujer y su hija.

Y aún en aquel entonces, varios años después, aquella daga seguía siendo como un transporte de recuerdos, un transporte de sus memorias. Porque al verla ya no pensaba en su familia como antes, pues estaba con ella siempre, sino que ahora recordaba sus años como SOLDADO: sus antiguos compañeros, superiores, sus más grandes misiones, mentores, retos...

Recordaba la época en la que combatía y derribaba enemigos con unas pocas y certeras estocadas; cuando gozaba de salud y a su familia no le faltaba absolutamente nada, pero desgraciadamente nada es eterno y todo llega a su final tarde o temprano. Sin embargo, confiaba en su hija y sabía que ella sí sería capaz de lograrlo, por eso le daba esa posesión tan valiosa para él. Quería que pensara en ellos al verla, que siempre que la tuviera con ella le trajera fuerza y buena fortuna.

La sonrisa nostálgica de Sedit se acrecentaba con cada minuto que pasaba observándola y recordando los no muy remotos días de su niñez en los que su padre le hablaba de su mentor y su regalo como si fuera algo sagrado, aunque, si se ponía a pensarlo bien, quizás sí lo fuera.

La acercó a su rostro y rozó con la punta de sus dedos la delgada hoja de plata, gracias al brillo que entraba por la ventana y que los iluminaba con intensidad logró notar como estaba grabada en la hojilla con letra elegante y cursiva la frase: "Abraza tus sueños"

— ¿Abraza tus sueños?— preguntó en un susurro para sí misma con ligera extrañeza.

La verdad es que había visto y admirado aquella daga innumerables veces a lo largo de los años y jamás en su vida había notado que tuviera alguna marca o inscripción hasta ese momento.

— Así es— asintió hacia su hija sin poder ocultar su orgullo, se inclinó un poco hacia ella para hablarle con más facilidad y sin tener que alzar tanto la voz—. Él solía decirlo— comentó refiriéndose a su mentor y la menor lo comprendió al instante—. Siempre decía que todo buen hombre necesitaba tener sueños y metas y, por supuesto, honor, para llegar a ser lo que quisiera ser... Para llegar a ser un héroe— explicó ante la intrigada e intensa mirada de la chiquilla que adoraba escucharlo hablar de aquello.

En realidad, él lo veía como algo muy simple. Ciertamente le traía melancolía hablar de su pasado pero no era algo tan maravilloso de escuchar o al menos opinaba que no era lo suficientemente increíble como para hacer que los ojos de su hija brillaran de esa manera tan poderosa cada vez que lo escuchaba sin importar la edad que tuviera.

— ¿Un héroe?— se reincorporó un poco luciendo sorprendida—. Tú… ¿querías ser uno?

Alzó una ceja anonadada hacia su padre, la verdad es jamás hubiera pensado que su progenitor aspirase convertirse en un héroe pues nunca lo escuchó insinuarlo o mencionar siquiera algo similar. Pero si resultaba ser cierto que su padre quiso convertirse en héroe y no tuvo oportunidad de hacerlo, entonces ella estaba más que dispuesta a convertirse en uno por él, para que se sintiera orgulloso de ella y para sentirse orgullosa de sí misma.

— No realmente— negó haciendo una mueca y dejándola aún más confundida—. Sin embargo, cuando cumplía exitosamente con mi trabajo, me sentía como uno— le sonrió con cariño al ver su expresión y acarició su cabeza con dulzura.

Se acercó a su rostro y removió un poco los cabellos que caían sobre su frente para poder plantar un suave beso en la misma, sólo porque sí, porque deseaba hacerlo. Porque sólo Dios sabía cuánto la echaría de menos.

— Ahhh— balbuceó creyendo erróneamente que lo había comprendido todo y tomando la acción de su padre como un gesto común—. Entonces escribiste esto en honor a tu mentor, ¿no?— comentó con voz lenta y pausada buscando confirmar su deducción mientras observaba fijamente el filoso objeto entre sus manos y acariciaba la inscripción—. Por cierto, ¿desde cuándo tiene la frase grabada? Debe ser reciente porque nunca se la había visto antes.

— No, pequeña— suspiró negando con la cabeza ante sus prontas deducciones—. No lo he escrito por él— colocó sus manos suavemente sobre los hombros de ella para que lo mirara a los ojos y lo escuchara con atención—. Escucha, Sedit. Le he pedido al señor White que grabara eso en la hoja porque es algo importante que no quiero que olvides nunca, sea cual sea la situación, ¿entiendes?— se sorprendió un poco al escucharlo y sus ojos se abrieron más de lo normal mientras su corazón latía con fuerza ante la que parecía ser una inminente despedida por parte de su padre.

No comprendía, en un primer lugar, como demonios no se había dado cuenta de que su jefe había estado trabajando en la daga de su padre sin que ella lo notara y, en segunda, no comprendía porque su padre hablaba como si esa fuera la última vez que iban a verse en toda su vida.

— Papá...

Deseaba decirle algo, realmente quería responderle pero no podía. Era incapaz. Las palabras se quedaban atoradas en su garganta y no era ni siquiera capaz de pronunciar un agradecimiento por más mínimo que fuese.

— Quiero que la conserves con orgullo. Como un recordatorio de nosotros, tus padres, y de lo que es verdaderamente importante en esta la vida— no quería llorar, no quería ser débil pero le resultó completamente imposible no serlo. Las lágrimas comenzaron a salir lentamente de sus ojos y descendieron por su cara bajando por sus mejillas. Su padre quitó las manos que tenía apoyadas sobre sus hombros y se dedicó a secar con cariño y lentitud las gotas de agua salada que bañaban el rostro de su hija para luego sujetarlo con firmeza—. Quiero que nunca pierdas las esperanzas y que nunca abandones tus sueños sin importar que, independientemente de lo que digan o si simplemente no consigues hacer las cosas como los demás. Jamás debes rendirte ante ninguna situación sin importar cuál sea su naturaleza.

Sedit sollozó con fuerza al escucharlo y puso sus manos sobre las de su padre, que seguían acunando sus mejillas, y las apretó con fuerza sin poder dejar de llorar a chorros e hipar como si fuera una niña pequeña.

— John…— murmuró Charlotte, su madre, quién tuvo que cubrirse la boca para no desatar en llanto como ella. Se sentía inmensamente conmovida por las acciones de su esposo. Si era sincera muy pocas veces había visto a su marido de aquella manera y solo con verlo sabía que estaba sufriendo mucho más de lo que ella se pudiera imaginar.

— Tú y yo sabemos que lograr lo que quieres no será para nada fácil, pero también sé que podrás hacerlo. Yo confío en ti tanto o más de lo que confié en las sabias y ciertas palabras de mi mentor— luego de toser levemente tomó las manos de su hija entre las suyas entrelazando sus dedos con cariño y, acercándolas a su rostro, las besó y apoyó en su pecho, justo sobre su corazón que latía igual de rápido que el de su primogénita que aún permanecía muda y con los labios entreabiertos—. No te rindas jamás— susurró ya empezándole a doler el pecho por el esfuerzo y apretando con fuerza las diminutas manos de su hija entre las arrugadas suyas—..., tan sólo abraza tus sueños hasta el final. Sólo así podrás ser capaz de conseguir todo lo que te propongas a lo largo de tu vida, ¿de acuerdo?

Sedit asintió de forma inmediata y frenética al escucharlo y siguió haciéndolo varios segundos después aún con la frente arrugada por su ceño afligido. Sin poder contenerse por más tiempo, y permaneciendo aún muda e incapaz de hablar, se levantó de su silla a medias y se lanzó a los brazos de su padre para darle un efusivo y fuerte abrazo. Apretó sus cuerpos con excesiva firmeza, casi como si quisiera fundirse en él y permanecer a su lado para siempre.

— Sí... Muchas gracias, papá— hundió su rostro en el cuello masculino sollozando sin control y aspirando su tranquilizante y varonil aroma—. Prometo no decepcionante jamás— murmuró separándose ligeramente de él para mirarlo a la cara, clavando con determinación sus ojos en los suyos y quedando así de rodillas en el suelo frente al mayor—. Nunca renunciaré a mis sueños— decretó con firmeza y las lágrimas se detuvieron casi al instante—. ¡Siempre iré de la mano con ellos sin importar lo que me depare el destino!— exclamó segundos después como si quisiera tratar convencerse así misma de sus palabras y se puso de pie de golpe limpiando con el dorso de su mano los últimos rastros de lágrimas que quedaban en su rostro, su padre sólo pudo sonreír levemente al escucharla. Verla hablar y actuar de esa forma era como ver un reflejo, mucha más mejorado, de él mismo en su juventud—. Realmente les agradezco mucho todo lo que han hecho por mí a lo largo de los años y les prometo que se los compensaré con todo lo que mi vida me permita.

Ante su declaración final su madre no pudo resistirlo más, se puso de pie y patéticamente corrió hacia su hija, quien la recibió con los brazos abiertos. Cuando la mayor sintió como su primogénita la rodeaba con sus extremidades superiores cariñosamente, comenzó a llorar en su pecho en un llanto desgarrador y sin control como sabía que terminaría haciendo ese día tarde o temprano.

— Cariño— sollozó alejándose de su pecho para mirarla a los ojos—, sabes que te amo mucho, ¿verdad?— preguntó con voz temblorosa e insegura, al ver a su hija asentir sonriéndole con ternura se estiró un poco sobre sus pies le dio un beso en la mejilla mientras acariciaba su rostro con una de sus manos—. Prométeme que volverás a visitarnos pronto, ¿sí?

Así era Charlotte, sensible y preguntona ante situaciones dolorosas y emocionales; como cuando despedía a su padre antes de marchar años atrás, cuando su hija cumplía años, cuando John le traía regalos por su aniversario, cuando caía enfermo; todo, absolutamente todo para ella era símbolo de inseguridad y por lo tanto conllevaba consigo un mar de lágrimas tanto cálidas u alegres como amargas y menesterosas. Eso su hija lo sabía, por lo que le regaló una sonrisa que pretendía ser reconfortante y que probablemente, sólo probablemente, había cumplido con su cometido.

— No lo prometo, lo juro— se acercó nuevamente a su madre y esta vez fue ella la que acarició su rostro al de su progenitora y le dio un beso suave en la mejilla, la mayor sólo atinó a cerrar los ojos y sorber por la nariz con gesto infantil—. Vamos a terminar comer, que se me está haciendo tarde.

Su madre se mostró más que de acuerdo, tomó asiento al igual que ella y prosiguieron con sus desayunos un poco más calmados luego de que Sedit guardara la daga, envuelta aún por el pañuelo, en su bolsillo.

Luego de comer subió a su habitación para cepillarse y lavarse los dientes, guardar algunos objetos personales que se le habían olvidado y recoger su bolso de viaje. Cuando volvió a descender, minutos más tarde, sus padres ya estaban esperándola junto a la puerta cerrada, listos para despedirse.

— Los extrañaré muchísimo— les dijo una vez que llegó a ellos y los abrazó fuerza—. Prometo que les escribiré siempre que me sea posible y que lograré llegar lejos.

La verdad es que no sabía que más decirles además de eso. No se le ocurría nada más emotivo y sentía que las palabras sobraban, que todo lo que dijera estaba de más. Besó las mejillas de sus progenitores repetidas veces con cariño para luego separarse con lentitud del abrazo y observarlos con ojos brillantes y expresivos.

— Lo sabemos— aseguró su padre con firmeza, sonriéndole abiertamente—. Creemos plenamente en ti y en lo que eres capaz de hacer.

— Así es— secundó su madre con los ojos nuevamente cristalinos—. Confiamos en que podrás hacerlo.

— ¡Muchas gracias!— los abrazó brevemente una vez más y abrió la puerta sin dejar de sonreírles ampliamente—. Adiós— se despidió con la mano en un susurro sin saber que más decir y comenzó a alejarse de ellos a paso lento y calmado.

— Te amamos mucho. ¡Nunca lo olvides!— escuchó a su madre gritarle desde el umbral de la puerta abrazada a su esposo. Sedit solo se limitó a enviarles a ambos un beso con la mano y regalarles una sonrisa antes de girarse y seguir con su camino.

— Jamás lo haré— susurró para sí misma observando el suelo y apoyando una mano en su pecho—. Yo también los amo con todo mi corazón.

Antes de salir del pequeño pueblecito se detuvo a comprar, en la tienda de un amigo de su padre y con los pocos ahorros que tenía, una pequeña y barata funda de cuero color café para la daga que le habían obsequiado. Le quedaba un poco grande pero al menos la protegía bastante bien y podía engancharla en el cinturón de sus pantalones cortos y así llevarla con más comodidad.

Luego de tomar incontables transportes tanto marítimos como terrestres para llegar al otro continente que, además de ser poco económicos, iban más llenos que una lata de sardinas en promoción y, después de soportar casi sin probar bocado o bebida alguna muchas horas de agotador y continúo viaje; finalmente llegó a su destino, Midgar, varias horas más tarde de la caída de la noche sobre la luminosa cuidad y ya advirtiendo al acechante amanecer que parecía querer alcanzarla antes de que tuviera oportunidad de dormir aunque sea un poco.

A la mañana siguiente o unas cuantas horas más tarde, no lo sabía con exactitud pues ignoraba la hora, debía de presentar una prueba de admisión a las tropas de la Compañía Eléctrica Shin-Ra en el cuartel general de la misma. Sólo esperaba que, si llegase a aprobar la prueba, la aceptaran aun siendo una mujer.

Las iluminadas instalaciones de Shin-Ra estaban ubicadas sobre la plataforma, también conocida como Placa Superior, a más de cincuenta metros de altura de la superficie terrestre (50m), y en todo el centro de la moderna cuidad que se extendía a su alrededor formando, por medio de muros metálicos infranqueables, una circunferencia.

Se dirigió a la pequeña y económica posada situada en los Suburbios del Sector 5 ,en donde siempre solía instalarse junto con su madre cuando llevaban a su padre a sus citas médicas y, gracias al cielo y a su amistad con la propietaria, consiguió una habitación cómoda y con un precio aún más bajo que el que le ofrecía al resto del público aún a pesar de la hora.

Ya acostada en la tiesa cama, luego de haber tomado un refrescante y extenso baño que la ayudó a relajarse y de haber devorado lo poco que había quedado de sus escasas provisiones, se dedicó a observar fijamente la daga, jugando con ella entre sus dedos, acariciando el mortal filo y la empuñadura de madera de roble, y leyendo una y otra vez sin descanso aquella frase que había quedado impresa en su cerebro como un tatuaje. Suspiró con fuerza. Sólo esperaba que abrazando sus sueños realmente lograra alcanzarlos...

Guardando la pequeña daga en su funda y dejándola sobre de la mesita de noche que se encontraba a un lado de la cama, se dispuso a dormir tranquila lo que quedaba de noche.


N/A: Bueno, aquí está la segunda parte del primer capítulo que vendría siendo introductorio. Como podrán notar ya en el siguiente se pondrá algo más interesante pues ya Sedit llega a Shin-Ra y todo ese cuento jaja. En fin, quiero avisarles de ante mano que realizaré algunos cambios en la historia del juego a conciencia pues hay aspectos que necesito cambiar para poder desarrollar mi historia pero no se preocupen, los acontecimientos correspondientes al Crisis Core y a los juegos que le siguen no se verán alterados de ninguna manera pues las cosas solo pueden acabar de una manera. De cualquier forma espero que les haya gustado y nos vemos en el siguiente que no sé cuanto tarde en subir.

¡Saludos!