Tormenta de nieve

Fuente:

Fuente:Collins, Suzanne. "Los Juegos del Hambre". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)

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Pasadas las vacaciones de invierno y con los días todavía cortos, los momentos que tengo a solas con Peeta son contados. Aunque nos vemos a diario en la escuela, el único momento en el que intercambiamos alguna palabra es durante el almuerzo.

Al principio, Madge estaba confundida. Creo que algo sabía. Peeta me dijo que cuando eran más chicos le había contado que tenía sentimientos hacia mí. Pero para que nuestra coartada funcionara, la tuve que convencer de que él estaba interesado en ella, pero que, al ser la hija del alcalde, le daba mucha vergüenza hacer un movimiento.

Pero Madge no era tonta y la confundía las miradas que cruzábamos entre Peeta y yo. Por eso, últimamente, mientras comíamos ni siquiera nos mirábamos. Cuando ella estaba distraída, un simple roce de dedos de la mano o un toque en el hombro bastaban para mandarnos señales entre nosotros.

Sin embargo, siempre me acompañaba a casa a la salida de la escuela. El camino escondido que habíamos encontrado nos ocultaba bastante bien. Prim siempre iba adelante correteando. Gale dejó de preguntar por qué no volvía con él. Creo que le alcanzaba con que siguiéramos saliendo a cazar bien temprano por la mañana. Al fin y al cabo, nuestras familias siempre seguían mejor alimentadas que el resto de La Veta.

A mi madre le llamaba la atención de que siempre hubiera algún producto de panadería nuevo en casa, pero a mi hermana no. Ella guardaba mi secreto. Siempre que llegábamos a casa, ella entraba primero para avisarme si mi madre estaba o no.

Si mi madre no está en casa, Peeta entra por la puerta trasera y nos quedamos merendando media hora con algún rollo de canela o bollo de queso viejo que haya traído. Últimamente, la única que se queda merendando es Prim mientras nosotros nos escapamos al sofá de la sala a besarnos durante los veinte minutos que tiene hasta la hora de partir a la panadería para hacer su turno. Ya no vuelve a la casa a cambiarse y llega siempre transpirado por haber corrido todo el camino de mi casa en La Veta hasta la puerta trasera de la panadería.

Estoy segura que Naan, su hermano del medio y su padre Lahoh saben que Peeta no vuelve del colegio a su casa. Su padre sabe de mi existencia y su hermano me ha guiñado el ojo un par de veces en el colegio. Peeta dice que entre ellos tres con muy compinches y que su hermano menor haría cualquier cosa por protegerlo. En cambio Bannock, su hermano mayor, es más cercano a su madre y hace siempre lo que ella dice.

Los domingos seguimos reuniéndonos en nuestro claro del bosque, aunque nos hemos concentrado más en practicar tiro al blanco y algunas técnicas de defensa personal. Peeta siempre se las ingenia para tumbarme y dejarme de espaldas a la manta, que ahora es mucho más gruesa para no generarnos moretones.

Él no volvió a tocarme como aquella vez, pero cada vez que estamos recostados sus manos y mis manos recorren todos nuestros cuerpos, siempre sobre la ropa. A veces creo que nos vamos a salir de control. Debo admitir que Peeta siempre se detiene cuando le pido. Creo que hasta que no sepamos bien cómo prevenir un embarazo, no daremos el siguiente paso. Y yo no me animo a preguntarle a mi mamá.

En mi casa, cuando estoy sola en la cama que comparto con Prim o logro tener un rato de privacidad en la tina, pienso en Peeta y me toco. No es lo mismo que con sus dedos, pero me ayuda a conocer a mi cuerpo y también a relajarme.

Hoy sábado anunciaron una tormenta de nieva para después del mediodía. Cuando estuve en el bosque con Gale, pudimos ver las nubes negras que venían desde el norte. Siempre a fin de febrero pasa lo mismo.

Estamos las tres sentadas terminando el almuerzo cuando un fuerte golpe en nuestra puerta nos sobresalta.

- ¿Quién será?- pregunta Prim.

- Iré a ver- contesta mi madre mientras se levanta de la silla y se dirige a la puerta principal de nuestra pequeña casa.

- ¿Señora Everdeen?- pregunta un joven de unos veinte años que está muy agitado por haber corrido.

- Soy yo. ¿Qué necesitas?

- Soy Joe Cartwright, hermano mayor de Delly, compañera de escuela de Katniss- me llama la atención que me conozcan, dado que jamás he intercambiado palabra con ninguno de ellos.

- Si, te recuerdo- le dice mi madre.

- Mi esposa comenzó el trabajo de parto y en el pueblo me dijeron que usted es la mejor sanadora que hay. Ella está con mucho dolor y en vista de que viene la tormenta de nieve, quería preguntarle si podía venir ahora. Tengo lugar en casa por si necesitan quedarse hasta que pase a tormenta.

- Espérame un momento que busco a mi hija menor que es mi ayudante y hablo con Katniss- mi madre cierra la puerta y se dirige hacia mí.

- Katniss, éste hombre tiene razón. Si es trabajo de parto se demora y comienza la tormenta, no podremos volver a casa. ¿Te molestaría quedarte sola?

-Madre, no te preocupes. Vayan que esa chica las necesita- le digo mientras Prim por la espalda me guiña un ojo. A veces me sorprende lo lista que es para sus once años.

Mi madre junta su maletín, una muda de ropa para ella y otra para Prim, sus abrigos y sale junto al hermano mayor de Delly. Los Cartwright tiene una zapatería en el pueblo y Delly, que va conmigo a la escuela, es muy amiga de Peeta.

En el proceso, yo vuelvo a la cocina y comienzo a levantar los cacharros del almuerzo. Será una tarde muy tranquila, así que después de limpiar, creo que me voy a poner el camisón y me tiraré en la cama a leer y a pensar en él.

No han pasado veinte minutos de la partida de mi madre y Prim cuando siento un golpe en la puerta de atrás. Con Gale ya me había visto en el bosque por la mañana, así que no tengo ni idea de quién puede ser.

- ¿Si?¿Quién es?-pregunto sin abrir.

- Soy yo- me dice susurrando Peeta.

Abro la puerta y lo veo tapado con una capa y restos de nieve. Lo hago pasar inmediatamente. - ¿Qué haces aquí?- le pregunto asombrada.

- Delly y su hermano vinieron a panadería preguntando por una buena partera. La esposa de Joe había empezado el trabajo de parto y la comadrona que tenían les dijo que parecía complicado y salió corriendo. Encima, con el prospecto de la tormenta, estaba desesperado por encontrar a alguien bueno. Con mi padre nos miramos y lo mandamos para acá- me dice apurado y casi sin aliento.

- ¿Y qué te trae a ti por acá?

- Después que se fueron, me di cuenta de que tu madre se iba a ir con Prim y que tu te ibas a quedar sola durante la tormenta. Lo miré a mi padre con cara preocupada y directamente me hizo una seña de aprobación. Me preparó un bolso con comida, agarré la capa y me vine. Cuando salí, ya había empezado a nevar en el pueblo. ¿Ves?, ni siquiera me pude sacar el uniforme de la panadería- me muestra abriéndose la capa. Se desata los zapatos y los deja en la entrada para que no ensucien el piso.

- Bueno, creo que estás con suerte, porque mi madre no volverá hasta mañana! Ven que te preparo un té caliente.- le doy la mano y lo llevo a la sala.

Salvo en la panadería, nunca había estado tan cerca de Peeta con uniforme. Es una camisa blanca con un pantalón blanco con elástico en la cintura. Ellos lo llaman ambo. La tela no es muy gruesa y, aunque traía una gruesa capa de lana, sospecho que está helado.

- Es de manzanilla- le digo mientras le alcanzo el té y me siento junto a él en el raído sillón de la sala.- ¿Quieres ver televisión?

- No, tengo otros planes- me dice dándome una mirada traviesa, mientras toma con las dos manos el tazón de té para calentarse.- ¿Qué ibas a hacer tú, solita, en casa?

- Pensaba ponerme el camisón y tirarme en la cama a leer o a pensar en alguien. Sabes, como comparto mi cama con Prim, no tengo muchos momentos de privacidad.

- Creo que podría sumarme a tus planes- agrega y me guiña un ojo.

Me acurruco un poco más a su lado y él deja la taza en la mesita de madera que está frente al sillón. Lentamente acerca la mano a mi mejilla como para alinear nuestras bocas. En un instante sus labios están sobre los míos. Puedo sentir la manzanilla del té y su típico gusto a canela. Suavemente acaricia mi cuello y su lengua empieza a pedir permiso para entrar a mi boca. No me puedo resistir.

Instintivamente subo una pierna sobre su falta y me ubico enfrentada a él, sentada sobre sus piernas. A medida que los besos son más apasionados, buscamos acercarnos más y sin darme cuenta estoy rozando mi pelvis contra la suya. Me separo de su boca tratando de tomar aire. Estamos agitados como si hubiéramos corrido una hora. Peeta me mira.

- ¿ Crees que deberíamos parar?

- No quiero- le contesto con una pequeña sonrisa.- ¿Peeta, tienen una erección?

- Katniss, últimamente me es imposible no tener una cuando estamos así.

- Oh- es lo único que sale de mi boca- ¿Qué haces normalmente cuando estas, uh, asi?- pregunto tímidamente.

- Oh, si estoy en la escuela normalmente pienso en Sae La Grasienta y se me va bastante rápido.

- No, ¿qué haces cuando no quieres que se te vaya, como … cuando estás solo?- le pregunto con voz tímida- Muéstrame, pero tienes que prometerme que no le dirás a tus hermanos, o a todo el equipo de lucha.

- Desde luego que no voy a decir nada- sacude su cabeza, tragando con fuerza.- Te lo prometo, nadie sabe nada de lo que pasas entre nosotros- repite mientras yo no puedo sacar la vista del frente de sus pantalones.

- Entonces, ¿qué es lo que haces?

- Normalmente uso lubricante cuando hago esto. A veces duele si no lo uso. – admite.

- No tengo lubricante, pero mi madre hace una aceite de almendras que creo que podría funcionar. Espera acá un momento.- le digo mientras me levanto para ir al botiquín.

Cuando vuelvo a la sala, Peeta está sentado en el suelo y ha corrido la mesita de café. Le alcanzo la botellita. – Tendrás que decidir tú cuánto necesitas, pero tienen rico olor.

Veo a Peeta empezar a maniobrar la cintura elastizada de sus pantalones, y realmente no sé si seguir mirando. No quiero avergonzarlo. Nuestras miradas se cruzan y doy un pequeño cabeceo de afirmación. Creo que el deseo en mis ojos es evidente.

Muy despacio baja sus pantalones, levantando un poco la cadera para poder pasarlos por debajo de su trasero, pero deja el frente en su lugar cubriendo su pene. Suspiro mientras mis ojos se posan en su trasero desnudo.

- ¿Estás mirando fijamente mi trasero?- me embroma

Elevo mi mirada hasta fijarla con sus ojos llenos de preguntas, pero no puedo de observarlo. Mis ojos van desde su rostro hasta sus manos que están sosteniendo sus pantalones. Peeta aleja su mirada y termina de sacar sus pantalones al tiempo que su pene sale expulsado por fuera de la tela y de su boca sale un fuerte suspiro de alivio.

- ¿ Se siente bien?- le pregunto sin dejar de mirarlo. Él también está tratando de leer mis pensamientos en éste momento.

- Sí.

- ¿ Por qué?

- La presión- me explica mirándome a los ojos- Esto comienza a doler al cabo de un rato.

- ¿Y ahora qué?- le pregunto girando mi cuerpo en su dirección.

Peeta abre la botellita de aceite y vierte unas gotas en su mano, fija su mirada en mí en el momento que agarra su pene con ella embebiéndolo en el aceite de la bae a ala punta. Un ligero gemido se escapa de su boca por la fricción y el sonido me hace cosquillas en la entrepierna. Instantáneamente mis ojos se agrandan y no puedo evitar mirar fijamente lo que está haciendo con su erección. El mueve su mano de arriba a abajo despacio. Me está mostrando cómo hacerlo, me acerco hasta quedar a sus pies e inclino la cabeza. No puedo cerrar la boca, está ligeramente abierta debido al asombro y me cuesta tragar. Mi respiración se acelera.

- ¿ En qué piensas tú cuándo lo haces?- le pregunto.

- En ti, Katniss. Pienso en ti- me contesta entre jadeos. - ¿ Y tu te tocas cuando estás sola, Katniss?- me retruca mientras sigue con su tarea. Creo que sé a dónde va ésta conversación.

- Antes no, pero después que lo hiciste en el bosque, lo he intentando sola. Aunque me gustan más tus dedos- le contesto casi sin pensar. Pero mi audacia es recompensada con un sonido gutural que sale de su garganta.

- ¿ Por qué no me muestras tu también, entonces?

Lo que acaba de pedirme Peeta no me ofende. Antes de pensarlo dos veces, me levanto y voy a poner la traba en la puerta delantera. No creo que nadie venga durante la tormenta, pero no quiero que nadie nos interrumpa. Los ojos de Peeta me miran tan intensamente que parece que me van a hacer un agujero.

- Yo te estoy mostrando, quiero que tú me muestres ahora- me dice con la voz entrecortada. Yo estoy como congelada viendo como él mueve la punta de sus dedos a lo largo de su pene. Con un leve cabeceo, me señala que me recueste junto a él.

Lentamente desabrocho la cintura de mis vaqueros y bajo la cremallera. Acto seguido, comienzo a tirar la tela hacia abajo suavemente junto con mis bragas. En menos de un minuto, estoy de pie frente a Peeta con nada sobre debajo de mi cintura. Con unas pataditas, termino de sacar los jeans por mis pies. Me extiende su mano libre y la tomo, y tira levemente para que me acerque a él. Termino de rodillas a su lado.

Luego comienza a mover mano por mi muslo desnudo, con suavidad. Yo cierro mis ojos e inhalo disfrutando su toque.

- Muéstrame que has aprendido- me dice con voz muy sensual.

Yo cabeceo y con mis ojos todavía cerrados llevo mi mano entre mis piernas, abriéndolas un poco para mejorar el acceso. Peeta vuelve a agarrar su pene y comienza con los movimientos ascendentes y descendentes nuevamente, mientras no deja de mirar los que estoy haciendo con mi mano.

En el momento en que un gemido sale por entre mis labios, Peeta pierde toda la concentración y trata de desviar su mirada a mis ojos.

- ¿ Estás … mojada?- me pregunta.

- Un poco- le contesto, mirando a su mano y a su erección. El parece estar en un

tipo del trance y comienza a gemir mientras me mira.

- ¿ En qué ella piensas ahora.

- En tus dedos- le contesto inmediatamente. - ¿Cómo se siente?- le pregunto de repente, rompiendo su trance.

- ¿ Qué?

- Ya sé que se siente bien- le aclaro- Es una pregunta estúpida … desde luego se siente bien, pero … qué se siente?

- ¿ Qué sientes tú?- retruca.

Por un minuto, no contesto, sólo saco mi mano de entre mis piernas. Con uno de mis dedos húmedos rozo levemente la mano libre de Peeta, luego la agarro y la llevo entre mis piernas.

- Sigue tú- le digo. Ahora casi no hay espacio entre nosotros dos. Presiono levemente su muñeca para guiarlo más abajo. Lo guío entre mis labios.- Tú ya sabes cómo hacerlo- le susurro en el oído.

Ahogo un gemido cuando siento cómo sus dedos empiezan a moverse, pero no puedo evitar gritar cuando llega a mi clítoris.

– Ahí, en círculos, … sí, justo así- jadeo.

- Ahora sí estás mojada- me dice con vos grave.

- Sí- gimo la respuesta al tiempo que comienzo a empujar mi cuerpo contra su mano. Siento como sus dedos resbalan por mis pliegues mientras muevo mis caderas.

- ¿ Quieres saber qué es lo que siento?- me susurra.

- Si- le contesto. Tengo los ojos cerrados. Me sigo moviendo sobre su mano. Es la única palabra que logra salir de mi boca.

De repente abro los ojos y para mis movimientos, pero Peeta sigue acariciando mi clítoris. Yo me inclino y saco una de mis manos en dirección a su pene, pero me detengo como pidiéndole instrucciones.

- Sólo tienes que envolverlo con tu mano, como yo lo hacía antes- me tranquiliza y para sus movimientos entre mis piernas hasta estoy situada.

- ¿ Necesito aceite también?- le pregunto.

- ¿ Quieres un poco?- me alcanza la botellita y pone unas gotas en mi mano.

Envuelvo su pene en mi mano, pero no la muevo, el lubricante comienza a gotear por debajo. Peeta jadea y yo me tenso.

- Tu mano está bien, sólo se siente diferente a la mía. Mejor. Mueve el puño de arriba a abajo, como yo hacía antes- me explica.

Cuando comienzo a deslizar mi mano por su pene es evidente que Peeta no puede contener los gemidos. No puedo evitar sonreír al sentir que estoy haciendo bien mi trabajo. Al mismo tiempo, el reanuda el movimiento circular contra mi centro y, pronto, mis gemidos comienzan a llenar el espacio de la sala.

- Roza más rápido- le pido.

Tengo que concentrarme para no soltarlo, pero quiero que lleguemos juntos. Creo que Peeta se da cuenta, porque trata de sostener en el lugar su mano y tratando de insertar sus dedos cada vez más adentro. Yo estoy empapada y mi respiración es cada vez más pesada.- Peeta- jadeo y me mira fijamente a los ojos. El sigue acariciando mi clítoris mientras mi cuerpo se tensa de repente, mi boca se relaja y un gemido de al menos tres octavas más alto que mi voz escapa por ella. Sólo puedo decir su nombre, una y otra vez. Me caigo hacia delante sosteniéndome con mi mano en su hombro. Entierro mi cara en su pelo y lo beso levemente.

- Perdón- le digo cuando recupero un poco la respiración.

- No tienes que pedir perdón. Eso fue … imponente- y comienza a rozar su pene con la mano llena de mis fluidos.

- ¿ Me dejas seguir?- le digo- ¿ Me ayudas?- sigo tímidamente.

- Sostenlo nuevamente, como lo hiciste antes, pero más cerca a la punta- me instruye- No te muevas, yo haré el resto.

Yo asiento y él apoya sus manos en el suelo a cada lado y usa la fuerza de sus brazos para subir y bajar sus caderas, de esa forma, su pene comienza a deslizarse dentro de mi mano.

- No voy a durar mucho tiempo así- me dice casi como un susurro y no puedo evitar gemir.

Uso mi dedo gordo para esparcir la humedad que se ha juntado en la cabeza de su pene.

– Esto es muy sensual y tu pene es muy suave- le digo con una voz desconocida para mí. Creo que mis palabras fueron lo que le faltaba para llegar al climax, porque enseguida Peeta me dice.

- Me estoy viniendo

Instintivamente saco mi mano, pero el la agarra nuevamente como rogándome. Él mantiene sus dos manos sobre la mía y comienza a moverlas de arriba abajo.

- Está bien- me tranquiliza al tiempo que siento su pene pulsar y cómo comienza su orgasmo. Grita, manteniendo mi mano atrapada y siento como el líquido se descarga entre nuestras manos y entre los dedos.

- Lo siento- le digo- Me puse nerviosa.

- Está bien- ríe liberando mi mano- Ahora tenemos que limpiarnos.

- ¿ Me acompañas al baño?

- Bueno. Tu mano se siente realmente bien y diferente- me dice con una voz más tranquila.

Con la mitad de nuestros cuerpos desnudos, nos dirigimos al pequeño baño de mi casa. Lo más llamativo es que no siento vergüenza de mi desnudez, y parece que Peeta tampoco. Después de lavarnos, volvemos a la sala y nos ponemos la ropa interior, pero no nuestros pantalones.

- ¿ Dormirías una siesta conmigo? Ahora estoy un poco cansada.

-¿En serio?

- ¡Sí!, lo único es que la cama es chica y es la que comparto con Prim. ¿Te molesta?

- No, en encanta la idea- me dice tomándome la mano- Yo comparto mi cuarto con Naan, pero tengo una cama toda para mí, somos muy grandotes para entrar los dos en una.

Hacemos el corto camino entre la sala y el pequeño estar que conecta con las habitaciones. Cierro bien la ventana de mi cuarto, para que no entre la nieve. Hace un poco de frio. Peeta se acerca y me abraza por detrás cuando me ve tiritar. Abro el primer cajón de mi cómoda y saco un camisón. Peeta se da la vuelta para no mirar mientras me cambio.

- ¿Tú cómo duermes?- le pregunto.

- En calzones.

- ¿ No tienes frío?

- Soy bastante caluroso, de hecho duermo con la ventana abierta- me mira- Pero cuando hay tormenta es más seguro dejarla cerrada- me aclara.

La cama es chica, pero tiene dos almohadas y dos cobertores de lana. La desarmo y me meto. Peeta entra por el otro lado y me acomoda para que mi espalda quede apoyada sobre su pecho, los dos acostados sobre un lado. Después coloca un brazo por debajo de mi cuello y el otro rodeando mi cintura, de manera de quedar entre su brazos.

- ¿Estás bien así?

- Si, creo que en un rato no vamos a necesitar los cobertores. Es impresionante el calor que irradia tu cuerpo.

- Debe ser porque estoy a tu lado- me contesta y no puedo evitar ponerme colorada – El aroma a pino de tu pelo es intoxicante. Después de hoy, no sé cómo voy a poder dormir solo de nuevo.

- No creo que sea divertido, tengo pesadillas y me muevo mucho.

- Yo estoy aquí para cuidarte. ¿ Con qué sueñas?

- Con la explosión que mató a mi padre.

- Realmente lo siento mucho, vi cómo cambio tu cara desde que él se fue. Sé que es irremplazable, pero me gustaría devolverle la sonrisa a tu cara. Eres hermosa cuando sonríes.

- ¿Tú eres consciente que lo nuestro no tiene mucho futuro?

- ¿ Lo dices porque soy hijo de comerciantes y tu hija de un minero?

- Básicamente.

- El día que cumpla dieciocho años, voy a empezar a trabajar en las minas. Unos meses después haremos nuestro tostado y nos darán un casa como ésta. No te necesito más que a ti y a unos niños para ser feliz.

- Las minas no son lugar para ti. Además no sé si quiero tener hijos.- Peeta me mira de reojo, mientras siento su respiración en mi cuello.- No soportaría verlos morir en la Arena.

- Falta mucho para eso Katniss, ahora sólo quiero disfrutarte.

Acurrucada entre sus brazos y acunada por su respiración, siento como mis ojos se cierran. Hacía mucho tiempo que no sentía tanta paz.

_ . _

Me despiertan unos rasguños en la ventana. Todavía estoy entre sueños. No entiendo nada. Intento moverme en mi cama, pero estoy atrapa. Es ahí cuando lo huelo. Peeta, mi cuerpo está totalmente atrapado en sus brazos, presionada sobre su pecho. En la parte baja de mi espalda siento la evidencia de su presencia. Un cosquilleo se esparce por mi cuerpo. Scrach. Otra vez los rasguños. Tengo que levantarme para dejarlo entrar.

Despacio, trato de moverme entre sus brazos, no quiero despertarlo. No tengo idea de qué hora es, pero no se ve luz afuera y las ráfagas de viento dan escalofríos por su silbido. La temperatura fuera de la cama, indica que la tormenta ha entrado con toda su fuerza al Distrito 12. Peeta se estira por detrás de mí.

- ¿Qué pasa?- me dice con voz de dormido.

- Es Buttercup, el estúpido gato que Prim encontró hace un año. Está afuera y quiere entrar. Debo abrirle para que no se congele. Espérame acá.

- No me voy a ningún lado- contesta bostezando.

Me pongo mi campera de cazadora sobre mi camisón y me acerco a la puerta trasera. La destrabo y abro un poco. Hay mucho viento y si se abre, no creo que pueda cerrarla. Al sentir el ruido, Buttercup se acerca y se cuela entre mis piernas. Está frio y lleno de nieve. Va directo a la chimenea, espero que ni se le ocurra meterse en mi cuarto. Trabo nuevamente la puerta y apuro el paso a mi habitación. Me meto rápido en la cama. Peeta me mira.

- ¿ Por qué odias tanto a los gatos?- me pregunta escondiendo una risa.

- Odio al gato de Prim, no a todos los gatos- le recuerdo, sonriendo también.

- ¿Qué hora es?

- Son siete y media, pero está tan oscuro que parece medianoche. ¿Tienes hambre?

- No de comida- me susurra en el oído.

- Igual- le digo mientras presiono mi cuerpo contra el suyo y lo beso con fuerza. Peeta parece choqueado, pero me responde ardientemente. Balanceo mi pierna sobre sus caderas y me siento a horcajadas sobre él y agarro sus manos para mantenerme estable encima suyo. Poco a poco voy moviendo mi mano hasta que mi palma entera descansa sobre el frente de sus calzones.

Presiono una vez, y puedo ver cómo sus ojos se fijan en mi mirada. No puedo evitar mover mis labios en una tenue sonrisa. Con el segundo apretón, ya está rendido. Acomodo mi cuerpo sobre él y puedo ver por el rabillo de mis ojos como mi pelo, que se ha escapado de su usual trenza, cae como una cortina sobre su cuerpo. Nuestras manos se entrelazan con fuerza. Siento como nuestras respiraciones empiezan a acelerarse mientras nuestras caderas empiezan a moverse al unísono.

Me inclino hacia adelante y suelto su mano derecha, permitiéndole que la mueva hacia mi espalda hasta llegar a mis glúteos y me empuja hacia delante rozando con más presión nuestra entrepiernas. No puedo contener el jadeo al sentir su pene duro.

De repente, estoy cubriendo su boca con la mía, como amortiguando los gemidos que comienzan a escapar de nuestras bocas. Peeta sigue empujando sus caderas hacia arriba. Sólo puedo oír los pequeños ruidos que él hace contra mis labios, el jadeo breve cuando abre su boca para tomar aire y lamer mi labio inferior con la punta de su lengua. Mis pensamientos están sólo en él y en lo que me hace sentir. No puedo evitar abrir mi boca y dejar entrar su lengua, mientras enredo mis manos en su pelo y pellizco su labio inferior.

Estoy sin aliento cuando desenredo mis manos de su pelo. Él protesta. Lo miro fijamente y mi corazón golpea desordenadamente en mi pecho. Mis manos caen sobre sus hombros y lo empuja con fuerza sobre la cama y me siento sobre sus caderas.

- Tendrías que utilizar mucha más fuerza que esa para voltearme si tuviese ganas de pelear- me dice como en chiste, mientras reposa sus manos sobre mis caderas .

- ¿ Te estás quejando?- le pregunto levantando una ceja. Peeta sacude la cabeza rápidamente en respuesta. Es la primera vez que él está de espaldas sobre la cama y yo encima suyo. Aprovecho para darle pequeños besos a través de su cara mientras sigo moviendo de cadera aumentando la fricción.

Súbitamente, se mueve volteándome hacia la cama. Me fija de espaldas y comienza a besarme. Muy despacio, levanta mi camisón y comienza a besar mi abdomen. Sigue subiendo la tela hasta dejar expuestos mis pechos. Me besa sobre el sostén, me los toca. El espacio entre nuestros cuerpos en pequeño. Con cada movimiento de su cuerpo, me acerca más, presionando nuestros pechos.

- Tú has hecho esto antes.- sale casi como una acusación de mi boca.- Te mueves como si lo hubieras hecho esto antes.

Pero no se por qué me siento aliviada cuando él sacude su cabeza, su pelo que cosquillea mi piel y envía pequeñas ondas de placer por mi cuerpo. Él sonrie en silencio y me da otro beso.

- Tengo hermanos mayores, Katniss.- me explica. – Además de las fotos que ellos guardan ocultos bajo su colchón, los he oído hablar sobre qué le gusta a cada una de las muchachas en la escuela. Pero no, nunca he tenido ninguna experiencia … práctica.

Ahora su mano encuentra mi pecho derecho, me lo masajea levemente, luego lo hace más firme hasta finalmente darle un apretón. Un jadeo se cuela por mi boca. Recojo su mano izquierda con la mía y la coloco en mi otro pecho y presiono mi mano sobre la de él como indicándole que haga lo mismo. Mis ojos se cierran y mi cabeza se cae hacia atrás del placer. Pero cuando el saca las manos después de un momento, no puedo emitir un sonido de protesta.

Peeta no pierde el tiempo y comienza a sacar mi camisón por la cabeza. Estoy en ropa interior, pero no siento vergüenza. Con cuidado, comienza rozar sus dedos sobre la piel caliente de mi estómago que se contrae bajo su toque. A medida que sigue subiendo, para como para pedir permiso. Cuando fijamos las miradas, el deseo que puedo ver en sus ojos deber ser igual al que siento. Mi pecho sube y baja agitado cuando su mano vuelve a alcanzar la tela de mi sostén. Sus dedos encuentran el borde del sostén y los va metiendo hasta que la tela comienza a subir y su mano cubre mi pecho desnudo. Amasa con cuidado y siento como mi pezón se endurece contra su palma. Yo arquea mi espalda, presionando más fuerte contra su mano gimiendo con ligereza.

- ¿Te gusta así, Katniss?- me pregunta con voz ronca, casi inaudible.

- Ah, ah- es lo único que sale de mi boca. Me siento perdida en las sensaciones que burbujean por mi cuerpo. Peeta sostiene mi cadera con su mano libre mientras yo deslizo la mía por su pene, sólo nuestra ropa nos impide sentirnos el uno al otro. En un momento instintivo, llevo mis manos a mi espalda y desengancho mi sostén y lo tiro al suelo. –Son pequeños...- le digo tímidamente mientras siento como mis mejillas se enrojecen.

- No- me dice con dificultad alejando su mano, que empieza a moverse hacia abojo nuevamente hasta posarse en mi muslo.- No digas eso. Ven aquí- y rodea con su mano mi cuello para acercarme y darme un beso para darme coraje.

- Tócame otra vez- le digo contra su boca. Logro sentarme y tomar sus manos para guiarlas a ambos pechos. Exprime sus manos, alentándolo para que los amase con más fuerza que antes.- Sí, asi.

Las puntas de sus dedos encuentran mi pezón utiliza su pulgar primero, para rozarlo, y luego para pellizcarlo con delicadeza.

- Con más fuerza- le digo instintivamente – Sí- gimo otra vez. Siento que Peeta no puede quitar sus ojos de mi cara. Mi mandíbula está floja, mi boca ligeramente abierta y mi lengua humedece continuamente mis labios.

Me agacho levente rozando nuestros pechos desnudos. Lo beso. Su cara está brillando, sus ojos están en llamas y es hermo. En éstos momentos, no puedo creer que él quiera estar conmigo. Cuando me separo, miro hacia abojo y no puedo contener el calor que se esparce por mi cuerpo al notar su erección.

Comienzo a moverme, deslizándome hacia abajo a lo largo de su cuerpo. Cuando llego al elástico de sus calzones, comienzo a tirarlos hacia abajo hasta sacarlos por sus pies y tirarlos al suelo junto a mi sostén. Un gemido escapa de sus labios.

Miro su pene y extiendo la mano para agarrar su erección. No siento nervios como hoy a la tarde, al contrario, me sorprende la suavidad de su piel, el brillo. No sé por qué, pero la necesidad de sentir esa suavidad me lleva a apoyarlo entre mis pechos, rozándolo.

- Se siente bien- gime.

Luego comienzo a frotar su pene sobre mi pezón. Siento cómo aspira aire entre sus dientes como respuesta. Ahora humedezco mis labios y rompo contacto visual con Peeta. Bajo la mirada hacia su pene, y luego lo miro a los ojos nuevamente. Siento que no puedo contener el deseo. Me acomodo entre sus piernas. Me inclino hacia delante hasta que mis labios entran en contacto con la cabeza de su pene. Primero le doy un beso muy suave. Luego otro, bajo un poco hasta que finalmente tengo el coraje como para envolverlo todo con mi boca.

Primero chupo rápidamente tratando de buscar una respuesta de Peeta. Gime. Ahora lo miro y me da una señal con la cabeza para que no pare. Está con la boca abierta y su respiración es desigual. Sigo bajando tratando de meter su pene más adentro, pero creo que algo está mal porque Peeta pega un salo. Lo miro preocupada.

- Dientes- me dice un poco avergonzado pero sonriendo un poco.

- Mierda. No quería….- le digo horrorizada

- Está bien, está bien. Por favor, hazlo otra vez.- me pide tratando de darme coraje.

- ¿ Te gustó?

- Se sintió increíble- me dice en un modo tranquilizador- Tu boca se sintió increíble.

Aunque nuestra díalogo es muy corto, la confianza que generó en mi hace que me excite aún más. Le doy un beso rápido sobre sus labios. Mirando hacia nuestros cuerpos, no me había percatado que nuca hemos estado completamente desnudos el uno delante del otro antes.

- Quitate tus calzones- me dice Peeta con voz entre cortada. Y sin protestar, le hago caso y los tiro junto al resto en el suelo.

Vuelvo a posicionarme entre sus piernas. Siento su mirada que observa cada curva de mi cuerpo desnudo. Con menos vacilación que antes, inserto la cabeza de su pene en mi boca otra vez y lo chupo, arremolinando mi lengua alrededor.

- Ah – masculla mientras se acomoda sobre sus codos como para poder observar mejor lo que estoy haciendo con mi boca.

Pongo una mano sobre su cadera y hago presión con fuerza como una tentativa para que se calme. Comienzo a arrastrar la otra a lo largo de su abdomen y pecho, tocando todo lo que puedo mientras sigo chupando. Arrastro mi lengua por el lado inferior de su pene hacia arriba hasta que mis labios encuentran la punta nuevamente y lo aspiro. Peeta jadea y por la forma en que se tuerce su cara, parece que ni puede hablar. Me asombra ver el efecto que puedo tener sobre él.

De a poco, trato de moverme más rápido, a medida que logro controlar la técnica y gano un buen ritmo. Peeta extiende una mano y la enreda por mi pelo. Saco mi mano de su estómago, voy bajando por sus piernas y encuentra sus pelotas, las tomo entre mi mano y comienzo a masajearlas. Siento como sus caderas suben involuntariamente, buscando mayor penetración.

- Katniss- gime pesadamente.- Estoy cerca- me advierte.

Lo miro con vacilación y decido seguir con mi tarea, ahora con más fervor que antes para que pueda acabar

- Katniss,- gime otra vez.

Siento como su pene se mueve en mi boca y siento que empieza a salir el semen. Instintivamente retiro mi boca al contacto y siento como se derrama sobre su cabeza y a lo largo de su erección. Tapo mi boca con la mano, trago un poco. No puedo evitar la vergüenza.

- Lo siento, lo siento tanto! Fue como mucho …- le digo avergonzada tratando de que me persona.

Peeta me mira burlonamente durante un momento mientras lucha por recobrar su aliento.

-¡Eh!- me dice con dulzura y con su brazo gesticula para que me acerque a él, presionando su cuerpo desnudo contra el mío, nuestras caras alineadas.- Está bien. No hay nada por qué pedir perdón por. Voy a ir a buscar la toalla que usamos antes para limpiarme.

- Voy yo- le digo y salgo disparada de la cama hacia el baño.

Cuando vuelvo, observo cómo él se limpia. Lo miro tiernamente, me inclino y lo beso profundamente. Su lengua entra en mi boca sin la vacilación. Sin cortar el beso, siento que empieza a moverse hasta quedar de rodillas sobre la cama y maniobrando mi cuerpo para quedar arrodillada junto a él. Pone sus manos a los lados de mi cabeza y sigue besándome, moviendo su lengua en mi boca y deslizándola dentro lánguidamente. El gemido que vibra en mi garganta es irreconocible. Lentamente me va recostando sobre mi espalda.

Su mano encuentra mi pecho otra vez. Lo amasa. Yo chupa su labio inferior y comienzo a retorcerme debajo de él, arqueando mi espalda tratando de acercarme aún más.

- Peeta- es un gemido que sale de mi boca y es la única palabra que puedo articular.

Después de todo éste tiempo que estuvimos estimulándonos ya no puedo contener mi deseo y es hasta vergonzante la humedad que se me ha juntado entre las piernas. Coloco mis manos alrededor de su cuello y lo empujo hacia abajo, dirigiendo su cabeza hacia mi pecho. Su boca lo encuentra fácilmente. Siento su boca caliente sobre la piel y de a poco suaves besos comienzan a cubrir toda la superficie.

Por mi parte, mis manos empiezan a acariciar su pelo y, de vez en cuando, arrastro mis uñas por su cuero cabelludo. El momento en que su boca alcanza mi pezón y empieza a chipar, no puedo evitar gemir y de a poco, empieza a chupar con más fuerza. La sensación entre mis piernas es incontrolable. Cuanto más fuerte chupa, más duro está el pezón y la sensación de placer es mayo.

Mis piernas se abre instintivamente y Peeta ve la oportunidad para colocarse entre ellas. En éste momento, no hay para ocultar el uno del otro. Cada centímetro de mi piel cobra vida debajo de sus labios y cada beso se mueve más abajo y más abajo. Mi respiración es errática, pero logro mantener mis manos enterradas en su pelo.

Después de dar un beso a mi estómago y empuja mis rodillas hasta que mis pies quedan planos sobre la cama. Sus manos vagan por mis muslos, seguidos de sus labios. Besa el interior de mis muslos cada vez más arriba esta quedar enfrentado a mi centro. Desde esa distancia es capaz de ver cuán mojada estoy.

Primero empuja un pulgar entre mis pliegues y frota mi clítoris, arrastrándolo por la humedad. Luego lo saca y, así empapado, se lo lleva a la boca y lo chupa. Me mira fijamente para asegurarse de que se consciente de lo que quiere hacer. Mi corazón se acelera. Sin pensarlo, abro mis piernas aún más, para invitarlo al lugar donde más deseo que esté.

Vuelve a mojar sus dedos un par de veces más, pero necesito más fricción y estoy poniéndome impaciente.

- ¿ Peeta?- le digo retorciéndome debajo de él pero sin poder formular una oración completa como para pedirle lo que quiero.

- Perdón- me contesta como con vergüenza. - Me gusta el modo que tú sabes- me dice y siento mis mejillas enrojecerse.

- Lo que estabas haciendo con tu pulgar se sintió bien, apuesto que se sentiría aún mejor si lo hicieras con tu lengua.- le digo tratando de imaginar esa sensación en mi mente.

Mis palabras parecen darle el coraje que le faltaba, porque de inmediato su cabeza está entre mis piernas y su lengua se aplasta por completo entre los labios hasta rozar mi clítoris. Pero no se detiene ésta vez, lo hace varias veces y cada vez que su lengua toca mi clítoris mi espalda se arquea. Mis jadeos son cada vez más fuertes.

Pero cuando Peeta empieza a chupar mi clítoris de la misma forma que había chupado mi pezón hace sólo un rato, usando toda su boca, pierdo toda la compostura-¡ Mierda, Peeta!- jadeo mientras me agarro de su pelo para que se quede en ese lugar. Su boca sigue trabajando y me deja sin aliento en el momento que empieza a besar el interior de mis muslos y chupa sobre la piel con tanta fuerza que sé que habrá una marca más tarde.

Ahora encuentra un nuevo ritmo de trabajo, alentado por la respuesta de mis gemidos. Chupa y lame mientras yo empiezo a mover mis caderas sobre su cara, como dirigiendo a dónde quiero que esté su boca. Luego inserta un dentro mío. Después otro. Ya no puedo hilar ningún pensamiento. Siento como todo mi cuerpo se tensa y el orgasmo me libera mientras gruto su nombre, como una plegaria. Pero Peeta no se detiene y sigue lamiendo mi centro mientras una catarata de sonidos guturales sale por mi boca.

Cuando recupero un poco la compostura, siento como repta por mi cuerpo hasta encontrar mi boca. Me besa profundamente.

- ¿ Puedes sentir tu gusto en mi boca?- me pregunta con voz ronca

- Nos siento a los dos- le contesto como en un suspiro. Ahora su boca sabe a mí y a Peeta, y el sabor me encanta.

Nos quedamos mirándonos durante un rato, abrazados, disfrutando la calma dentro de mi dormitorio, mientras escuchamos colarse el viento por las maderas de la persiana de la habitación. De repente, mi estómago hace ruido.

- ¿ Tienes hambre? Deben ser más de las ocho de la noche. ¿ Te parece si cocinamos algo?

- Creo que hay un poco de queso y carne de conejo salada.

- Yo traje pan y unos huevos, si me dejas, podemos preparar unos sándwiches, ¿te parece?

Me pongo la ropa interior y un pijama viejo de mi papá que es grueso, especial para éstas noches. Peeta se pone sus calzones. Puedo ver su cuerpo en toda su extensión: sus piernas musculosas, su abdomen con los abdominales marcados. Se nota que todavía no ha terminado de desarrollarse, porque aunque un bello dorado lo cubre, no tiene tanta cantidad como he visto en otros hombre. Lo miro. - ¿Tú cocinarás así? ¿ Necesitas ropa?

- ¿Tienes miedo de tentarte o que me queme?- me dice en broma.

- Para tentarme, tengo toda la noche, pero no sé qué haré si te quemas- le contesto siguiendo su tono.

- No te preocupes, no tengo frío y seré cuidadoso con el fuego. En mi casa no me dejan cocinar así, pero estoy practicando para cuando estemos casados.

- ¿ Casados?- le pregunto incrédula.

- Si, cuando trabaje en las minas y tengamos una casita similar a ésta.

- ¿ En las minas? No te veo ahí.

- Soy fuerte y trabajador. No creo que mi madre me permita quedarme en la panadería.

- Por mi culpa, obvio.

- Si, pero prefiero trabajar en las minas y casarme contigo a quedarme en la panadería casado con quién sabe quien.

- Faltan tres años Peeta, puede pasar cualquier cosa.

- Yo sé muy bien lo que quiero, sólo me detendrían los Juegos del Hambre.

- O que te aburras de mí.

- Nunca- me dice y me besa mientras prepara la comida.

Nos sentamos en la cocina con dos humeantes tazas de té de menta, rodajas de pan de centenos que trajo Peeta tostadas, un huevo hervido picado, unas fetas de conejo salado, hojas de rúcula que junté hace unos días en el bosque, queso de la cabra de Prim y algunas nueces. Con eso , preparamos un sándwich para cada uno, bastante abundante. Miro a Peeta.

- Muchas veces, nuestra cena es sólo té y una rodaja de pan.

- No fantasees que la mía sea muy diferente a veces. Sobre todo en invierno cuando hay escases de harina y bajan las ventas. Seguramente cuando mi madre se dé cuenta mañana que no estoy en casa y le faltan dos panes y unos huevos me dará una paliza.

- ¿ Paliza?- le pregunto con voz triste, aunque atando cabos, me doy cuenta cómo funciona la casa.

- Katniss, ¿ no me digas que nunca te diste cuenta? Mi madre tiene una forma poco cariñosa de mantener el orden interno de la familia y la casa. El único que me ha defendido es mi hermano Naan, pero mi padre jamás se ha interpuesto entre ella y mí. ¿ Te acuerdas cuando te dí el pan?

- Me acuerdo haber visto el moretón al día siguiente- le digo y le acaricio con mi pulgar el hueso del cachete. Él se apoya en mi mano cariñosamente. – Lamento mucho haber sido la culpable de eso.- le digo.

- Katniss, no sólo lo haría de nuevo o mil veces más. Todo me prueba que no importa dónde uno nace, sino qué tipo de persona es. Mi madre será muy comerciante y todo lo que ella diga, pero tú vales mil más veces más que ella. Jamás le pegarías a un hijo y eso es que lo que quiero para los míos. Ya sé que falta mucho, pero estoy seguro de lo que quiero.

Peeta baja la cabeza y sigue comiendo. Creo entender lo que debe sentir, de hecho, a veces siento que mi madre no se preocupa por mí. Sin embargo, me cuesta entender que vea tantas cualidades en mí como para arriesgar una paliza o la muerte en una mina con tal de estar conmigo. No lo valgo y sé que, tarde o temprano, se cansará de mí. Por eso, trato de no involucrarme tanto, aunque es difícil. Un Peeta Mellark amable es mucho más peligroso que uno desagradable. La gente amable consigue abrirse paso hasta mí y quedárseme dentro, y no puedo dejar que Peeta lo haga. Tengo miedo de que, en caso que lo nuestro no tenga futuro, termine como mi madre.

Estamos muy silenciosos y creo parece que Peeta estuviera leyendo mis pensamientos. Levanta la mirada. Sus ojos parecen tristes.

- Ven acá- me dice abriendo el brazo, como para que me siente en su falda. – No te preocupes. Sé que en tres años muchas cosas pueden pasar, pero yo sé bien lo que siento por ti. También sé que no tienes tanta confianza en mí como la que yo quisiera. Lo único que sé es que siempre haré posible para estar a tu lado y defender mis sentimientos por ti. Lo único que quiero es que confíes en mí, no voy a hacerte daño.

Con su mano levanta mi barbilla y nuestros ojos se alinean y puedo ver en la profundidad azul de los suyos que es sincero. Eso es lo que más miedo me da. Yo siento que no sé si voy a sobrevivir mañana y él ya tiene planeada nuestras vidas. Somos diferentes, pero la seguridad que siento en sus brazos me relaja y me dejo llevar por sus palabras. Creo que puedo confiar en él, pero debo ser cuta.

Con cuidado, cierra sus brazos alrededor de mi cuerpo y se levanta de la silla conmigo en brazos. Camina el corto trayecto que separa mi pequeña cocina de mi habitación y me deposita en la cama. Yo estoy callada. Se da vuelta para cerrar la puerta y poner madera en la salamandra de mi cuarto. Luego me mira, se baja los calzones y completamente desnudo se dirige hacia la cama.

- Todavía no es momento para ir más lejos de lo que hemos ido hasta ahora, pero voy a aprovechar la noche. Planeo memorizar cada centímetro de tu piel y hacerte sentir amada.

Se acerca a la cama el agarra el borde de la camisa de mi viejo pijama, lo saca suavemente por mi cabeza. Luego se arrodilla frente a mí y, como si fuera una niña pequeña, me baja los pantalones y mi ropa interior. Ahora los dos estamos completamente desnudos. Saca el cobertor y las sábanas de la cama y me deposita en el centro, para luego colocarse a mi lado y cubrirnos. Ambos suspiramos al sentir el contacto de uno con el otro.

- Voy a hacer cosas, sólo necesito que me digas si te gusta o no. También me puedes avisar si necesitas que pare, no quiero hacer nada que tú no quieras.

No respondo, asiento con la cabeza. La excitación que corre en mi cuerpo anticipando lo que pueda pasar se ha llevado mi voz y, muy dentro mío, que será difícil ponerme un freno si las cosas se salen del camino que nos hemos marcado. Nos acomoda en la cama de costado, él apoyando su pecho contra mi espalda.

Su mano caliente comienza a vagar por mi cuerpo. Primero acaricia mi cuello, y su boca sigue el camino de la mano. Acaricia mis brazos, muy lentamente. Sigue por los costados de mi cuerpo, marcando mi flaca figura. Pasa a mi abdomen y su mano comienza a subir hasta tocar un pecho. Lo siento gruñir. Se detiene un rato ahí, masajeando como si fuera la masa que usa para hacer el pan, a cada movimiento, siento como se junta humedad entre mis piernas.

A continuación separa un poco su pecho de mi espalda y pasa su mano por toda la extensión de mi columna. Ahora entiendo por qué al gato de mi hermana le gusta que lo acaricien así. La sensación es deliciosa. Su mano se detiene en uno de mis glúteos, que es amasado como lo fueron mis pechos. Con cuidado separa los cachetes de mis glúteos y coloca su pene semi erecto entre ellos.

Empieza a frotarlo de arriba y abajo, despacio, entre mis cachetes. Con la mano que pasa por debajo de mi cuerpo, comienza a pellizcar mi pezón izquierdo y con la otra mano, comienza a acariciar mi abdomen llevándola cada vez más abajo. Siento como crece la excitación y no puedo evitar mover mis caderas, empujando contra su pene, que está firme entre los dos. Ambos gemimos al unísono.

Su mano se detiene un momento sobre los pelos de mi pubis, como probando cuánto puedo aguantar hasta sentir las ganas incontrolables de llevarlo a mi clítoris. Pero me contengo. Me muerde el lóbulo de la oreja y ríe un poco.

- Primero sólo voy a estimular tu clítoris- me dice con voz ronca.

Y lo hace. Su dedo rodea sobre mi clítoris con presión creciente. Hace círculos en él, pero a una velocidad tortuosamente lenta.

- No tengo ningún interés de que esto acabe rápido, eso lo dejamos para otro día. Tengo toda la noche- me aclara.

- Podría estar todo el día así- me sorprendo a mi misma diciéndolo, pero es la pura verdad. La sensación es embriagadora y no quiero que pare.

- Estas muy mojada y se siente muy bien. Hoy, cuando estaba dentro de tu boca, no podía dejar de imaginarme cómo sería estar dentro tuyo, acá- y en ese momento, introduce un dedo dentro mío al tiempo que presiona su pene en mi espalda.

Su voz caliente en mi oído, sus dedos rozando mi pezón, su otro dedo dentro mío y su pene erecto, son sensaciones combinadas que generan un placer que nunca he experimentado.

- Ahora, voy a acariciar tus labios. Se sienten carnosos y suaves. Hoy casi no resisto la necesidad de morderlos. La sensación que sentía con mi lengua era gloriosa, podría estar ahí toda la noche.

La voz de Peeta es cada vez más ronca, su respiración más entrecortada y cada vez me sorprende más éste aspecto de su personalidad. Sus palabras me excitan cada vez más y mi cuerpo responde buscando más fricción contra el suyo.

- Tu mano, quiero que lo hagamos juntos- me dice repentinamente mientras agarra mi mano suelta y la lleva para mi espalda. Siento su pene e instintivamente lo agarro.

Ahora, que lo tengo tomado, presiona aún más fuerte contra mis glúteos y retoma los movimientos ondulantes. Su dedo vuelve a mi clítoris y empieza a masajearlo con más rapidez. Con todas las sensaciones juntas, me encuentro alcanzando mi final rápidamente y pronto retrocedo contra él, haciendo girar mis caderas y gimiendo su nombre muchas veces hasta que mi orgasmo finalmente me golpea con fuerza y estoy temblando. Peeta, por su lado, está temblando detrás de mí y siento como su semen caliente empieza a expandirse por mi espalda. Sus brazos fuertes siguen a mi alrededor. Estoy en una neblina, mientras besa mi cuello. Doy vuelta mi cabeza y nuestras bocas se encuentran, es un beso tranquilo, largo. Finalmente vuelvo a mí.

- ¿Debería ser así?- le pregunto tímidamente.

- Creo que si.- me dice y me separa. Manotea la toalla de la mesita de luz y limpia el semen desparramado por nuestros cuerpos.

Luego nos acomodamos de la misma forma, abrazados, sobre un lado.

- Creo que deberíamos dormir- me susurra al oído- Hasta mañana mi amor.

- Hasta mañana Peeta.

Con el sonido de su respiración en mi oído, me duermo. Estoy exhausta, pero espero que las pesadillas que siempre plagan mi sueño no lo alteren.

_ . _

Despierto temprano por la mañana al sonido de un crujido. Por primera vez en mucho tiempo, no tuve pesadillas Abriendo mis ojos, solo puedo distinguir la silueta de Peeta inclinada sobre la salamandra de mi habitación, está colocando un leño dentro. Está oscuro todavía y el brillo débil de las llamas es la única fuente de luz. Cuando él termina, hace su camino a la cama y se mete con cuidado, lo más sigilosamente que pueda, a mí lado. No es hasta que está acurrucado junto a mí que se da cuenta que lo estoy mirando.

- No quería despertarte.

Sacudo mi cabeza y me río de él.- Está bien.

- Todavía está nevando afuera. Acabo de espiar por la ventana- me dice en voz baja.

Sé por qué él me dice esto. Él piensa que estoy preocupado por mi madre y hermana, que puedan volver en cualquier momento luego de asistir el parto de los Cartwright. Pero estoy sorprendida por lo poco que estoy preocupada por ellas. Él me hizo entender ayer que ellas se quedarían allí, resguardadas en la casa de sus conocidos, hasta que el tiempo esté lo suficientemente claro como para que puedan hacer el camino de vuelta a casa.

Además, me siento tan en paz aquí, con Peeta, debajo de las frazadas y con el fuego de la salamandra rugiendo. Puedo sentir el calor que irradia de su cuerpo y busco acurrucarme contra él, apretándome más cerca de él como humanamente sea posible. Me siento caliente y segura en sus brazos.

- Está bien- le digo- Eventualmente parará. Por ahora, deja que nieve- agrego mientras empiezo a rozar mi cuerpo contra el suyo.

Él sonríe abiertamente y sus ojos azules brillan con la reflexión del fuego. Él me tma con un brazo y me tira sobre él, inmediatamente me muevo para descansar mi cabeza sobre su pecho. Me besa en la cabeza.

- Se siente bien estar así, ¿verdad?- me pregunta, y cabeceo al escuchar el sonido de su corazón, tranquilo y fuerte. Con una mano, acaricia mi pelo.

- Haré bizcochos para el desayuno- dice- ¿Cómo suena?

- Me parece bien- digo- pero no siento que tengas que apresurarte.

Él se ríe de mis respuesta y , con cuidado, sigue acariciando mi pelo.

- Ni sueño cn apresurarme- murmura él. Cabeceo, y, sintiéndome más contenta de lo que he estado en mucho tiempo, me vuelvo a dormir.

Cuando despierto otra vez, la luz suave de mañana fluye a través de la persiana. Juzgando por el ángulo, diría que es cerca de las ocho de la mañana. También puedo ver que la nieve finalmente ha dejado de caer. Peeta está todavía dormido debajo mío, todavía estamos abrazados uno alrededor del otro. No quiero molestarlo, y realmente, estoy absolutamente feliz así, sintiendo su respiración. Lentamente él comienza a estirarse. Sus ojos se abren y me mira sonriendo.

- Buen día- dice.

- Buen día- río- ¿ Cómo dormiste?

- Muy bien- me dice como entre sueño.

Con mi mano comienzo a acariciar su pecho, haciendo círculos con los pocos pelos que lo cubren. Mientras me muevo, noto su erección y lo miro.

- Todas las mañanas es igual- me dice tímidamente.

Yo sonrío y me muevo hacia el final de la cama, colocándome entre sus piernas. Comienzo lamiendo su pene despacio desde la base hasta la punta, arremolinando mi lengua en lo alto y probando el semen que gotea. En el momento que pongo mi boca sobre la punta puedo sentirlo poniéndose rígido en mi boca y lo oigo comenzar a gemir y jadear suavemente.

- Mírame- exhala Peeta con la lengua afuera.

Está agarrado de las sábanas de la cama como si su vida dependiera de ello, pero gime indiscriminadamente cuando retuerzo mi lengua alrededor de la cabeza de su miembro. Me encanta tenerlo sometido y no puedo contener mi excitación. Pequeños sonidos escapan de mi poca y reverberan en su pene. Parece que le gusta, porque lo siento estrujarse.

- Se siente bien- gruñe y yo gimo más fuerte contra él.

Él toma mi pelo en su mano y me acaricia. Alzo la vista y veo a sus ojos oscuros, los irises azules apenas visibles por el deseo. Siento como si me fuera a perder en las profundidades de su mirada, pero rompo el contacto visual y sigo con mi tarea, lamiendo y chupando en varios intervalos. Uso una mano para agarrar la base de su pene mientras aspiro la punta con mi boca. Uso mi otra mano para sostener sus caderas. Suspiro y lo tomo con toda mi boca, bajo mi garganta y comienzo a moverme de arriba a abajo enérgicamente.

Puedo sentir que su cuerpo entero se pone rígido tratando de no retorcerse demasiado. Él deja de acariciar mi pelo y ambas manos agarran mi cabeza. Tomo la mano que antes sostenía su pene y comienzo a jugar con sus testículos. Me inclino hacia adelante y le beso la cabeza antes de meterlo nuevamente en mi boca, sólo brevemente, arrastrando mi lengua a lo largo de la hendidura de la cabeza, para volver a soltarlo.

- ¿ Se siente bien?- le pregunto mientras froto con mi mano de arriba a abajo de su longitud.

- Muy bien- respiro – Sigue con eso- me responde sin inhibiciones.

- ¿Qué te parece esto?- le pregunto y añado mi lengua otra vez, despacio lamiendo la línea que está por debajo de su pene, desde la base hasta la punta hasta cerrar mi boca sobre él y tratando de tomarlo tan profundamente como puedo.

- Ah- refunfuño. Me siento orgullosa de haberlo dejado mudo.

Despacio, levanta sus caderas de la cama y empuja con cuidado en mi boca. Éste movimiento es nuevo, pero lo hace tan despacio, que no puedo resistirme. Sin darme cuenta, suelto un gemido sordo que vibra directamente abajo a mis dedos del pie. Peeta encuentra un ritmo de trabajo, procurando no empujar con demasiada fuerza. Nuestros gemidos se mezclan, llenando la habitación y resonando por mi mente. No estoy seguro que alguna vez hemos estado tan ruidosos. No estoy seguro que alguna vez quiera estar tranquila otra vez. Siento su pene ponerse más rígido aún.

- Estoy cerca, Katniss – me avisa.

Yo empujo una vez más antes de que sentir como derrama su semen en mi boca. Ésta vez, chupo con fuerza, tratando de tragar cada gota de ése líquido salado que me embriaga. Su sabor, aunque me sorprendió al principio, me hace sentir íntimamente relacionada con él. Me separo lamiendo mis labios otra vez, ésta vez río con orgullo. Lentamente, me voy enroscando contra su pecho, acariciando con mi mano a lo largo de su cuerpo, distraídamente frotando círculos suaves a través de su estómago. Sus dedos encuentran mi pelo y me acaricia.

- Si me dejaras, me quedaría todo el día así, sólo los dos, disfrutando de nuestra presencia- me dice como en un suspiro.

Mi mano encuentra su cara y durante un momento breve, froto mi pulgar sobre su pómulo.- A mí también me gustaría.

- Pero es mejor que vuelva a mi casa. Ya no está nevando tanto y cuando mi madre descubra que no estoy, es probable que me dé otra paliza.

- Peeta- digo con voz triste- Entonces deberías quedarte.

- No, no está bien. No quiero que nadie me vea salir. Sólo me queda la esperanza que cuando podamos casarnos, todas las mañanas serán así- me dice y me besa dulcemente.

Nos quedamos abrazados un rato más hasta que decidimos levantarnos y vestirnos. Mientras preparo un té, Peeta prepara unas torrejas con el pan viejo, un huevo y un poco de leche. El olor que inunda la casa es delicioso.

Cerca de las diez de la mañana, me mira y dice.

- Katniss, ya es hora de que vuelva al pueblo. Me gustaría poder dormir todas las noches contigo, pero tendremos que esperar. Te prometo que el día que cumplas dieciocho años te convertirás en mi esposa y no pasaremos una noche más separados.

Nos abrazamos fuertemente y lo beso antes de acompañarlo hasta la puerta trasera. Se pone su capa de lana y lo veo desaparecer entre la nieve. Aunque estoy triste por su partida, me deja promesas, que, aunque creo que serán difíciles de cumplir, me ayudarán a seguir adelante.