Copyright a Masami Kurumada por sus personajes. Comparto este capítulo que escribí hace tiempo para celebrar el cumpleaños de InatZiggy-Stardust, y a ella está dedicado. Gracias a quienes todavía se asomen a este rincón, disfruten su lectura.
3.- El consejo de Buda
Bajan. Para Shion, el Patriarca, no importa que los escalones entre Tauro y Aries sean menos que los que unen Virgo con Tauro; pesan más. Lo intuye el narrador, lo saben los caballeros, la diosa y el aprendiz, porque el cosmos del antiguo caballero dorado empieza a quebrarse, porque de repente explota, se extingue y regresa como el oleaje fuera de Cabo Sunión.
–Viejo amigo–, Dokho se olvida por un segundo de la regla con la que comprueba que los acuerdos de la audiencia sean cumplidos con religiosidad. Shion se vuelve a verlo en silencio. –¿Qué tienes?
El Patriarca sigue sin responder, sólo aprieta la mano del segundo sobreviviente de la guerra santa del siglo XVIII.
–Vamos… Necesito… Mu…
Las tres solitarias palabras hacen que el grupo baje el último tramo de la escalera como si les hubieran anunciado que heredarían la fortuna de una tía lejana. El único que se queda atrás, muy atrás, es el narrador. Cuando alcanza al grupo de guerreros trae la lengua de corbata y debe soportar las burlas de Cáncer y Escorpión. A esa distancia está mejor, ¿no, maestro Dokho?, siento un cosmos muy, muy débil como para molestarme en hacerle frente, quizá ni siquiera sea capaz de regresar al coliseo, ¿usted qué cree?, dicen a gritos mientras el caballero dorado de Libra y el Fénix ríen a carcajadas.
De pronto Dokho vuelve a esgrimir su regla de madera.
–¡A un metro!–, exige. –Estás incumpliendo los acuerdos que firmaste sin que se te obligara.
–P-pero… el… Patriarca… Shion…
–Ya nosotros veremos qué es lo que le pasa, tú preocúpate de estar a un metro de cualquiera–, sobre todo de mí, agrega por lo bajo, alargando en brazo para apoyar la mano en el hombro de su amigo. –¿Shion?
El Patriarca está pálido. Se recarga en una de las columnas del templo que defiende su discípulo, resopla, avanza por el pasillo desde esa entrada trasera. Viéndolo, los caballeros se olvidan del cansancio del narrador; están preocupados.
–El único que lo había visto así antes es Saga–, dice Kanon, que ha salido de quién sabe dónde. Su hermano mayor voltea a verlo; si sus miradas fueran puñales…, piensa el narrador, imaginándose cómo se vería Kanon vestido de porta cuchillos.
–Óyeme…
La voz quebrada de Shion interrumpe el reclamo de Saga, un punto más en la eterna pelea con su gemelo por dejar en claro quién es el más guapo, porque ayer durmió en la cama de abajo y ahora le toca la de arriba en la litera, porque no quiere preparar el desayuno, pues le toca la comida o la cena, no recuerda, pero NO el desayuno…
Cuando los caballeros llegan junto al Patriarca, éste se encuentra inclinado frente a una de las armaduras en las que está trabajando Mu. Los alrededores parecen vacíos, ni rastro hay del actual guardián de Aries. En la soledad del primer templo se escuchan sólo los maltrechos susurros de Shion, las voces preocupadas de los recién llegados. La escena indica que sobra el narrador, que no hace falta su intervención para saber qué pasó en la casa del Carnero.
–Sí, eso estuvo mal, me disculpo por eso, Mu no debió comportarse así, yo me encargaré de llamarle la atención, no, no será necesario eso, los grilletes de Cabo Sunión me parecen exagerados, Unicornio… No debería moverte el sentimiento de venganza, es tan reprobable como las acciones del caballero de Aries–, oye el narrador intentando recuperar el ritmo de su respiración, sin mucha suerte y apoyado en las columnas de Aries, como antes hiciera el Patriarca, quien ahora acaricia la cabeza de esa armadura como si se tratara de un pequeño perro que agita la cola nada más verlo.
El narrador disimula sus risas con un acceso de tos y a través de unos ojos entrecerrados, ve cómo los caballeros se han dispuesto en una larga fila, cómo se voltean para mirar al de atrás en completo silencio. Deathmask a Milo, Milo a Aioria, Aioria a Shura, Shura a Marin, Marin a Saori, así hasta llegar a Afrodita, quien voltea hacia Dokho, quien se vuelve hacia el narrador.
Silencio. Ni un reclamo por la distancia corta, ni un amago de esgrimir su regla.
–Ah, se me olvidaba; tú no tienes cosmos.
El narrador acerca la nariz al rostro de Libra, le saca la lengua.
–Dokho no es veterinario–, dice Milo, sin soltar nada de lo que hablaban sus compañeros de armas a través de su cosmos.
El narrador se cruza de brazos y el viejo y ahora joven maestro recuerda su reclamo. Estás muy cerca, aléjate de mí o iremos a Creta, a buscar un juzgado de verdad que extienda una orden de restricción en contra tuya, grita, empuña la regla.
–¿Alguien pidió una restricción?–, pregunta el Escorpión dorado mostrando la uña roja de su índice derecho. El narrador obedece no por la regla de Dokho sino por la Aguja Escarlata Antares de Milo; no quiere acabar como un colador. Y en una esquina de Aries se cruza de brazos, ajeno a todos, pensando en que se ha quedado con la duda, ¿qué estarán secreteándose esos guerreros tan susceptibles? No se atreve a preguntar.
Pero como usted, apreciado lector, no puede ignorar lo que susurran entre sí los caballeros de Athena porque de lo contrario el capítulo terminaría aquí mismo, hemos hecho uso de un sofisticado aparato traductor de cosmos, el cual posee un mecanismo de poleas y engranes muy difícil de describir en un solo párrafo, pero que muy bien podría resumirse en: Shun, los lectores necesitan saber de qué están hablando tus compañeros, por favor, ¿sí?, por favor, ¿podrías decirme qué dicen? Esto, claro, acompañado de unas cejas descendentes que se juntan y forman un pliegue entre las dos, en un gesto triste como el que pone un espectador cuando muere la mamá de Bambi o cuando el pequeño Aioria, digo, Simba, trata de hacer que su muerto padre despierte después de la estampida.
El caballero no se opondrá. No el más amable, el poseedor del alma más pura. Shun, respinga el Fénix, con la sola mirada le ordena no decir nada.
–Trataré de ayudar un poco aunque sea–, susurra el joven Andrómeda en cuanto su hermano atiende al cosmos de Aioros.
Pasan unos instantes. Por un segundo todos pensamos que el hermano menor de Ikki no cumplirá su palabra. Pero entonces, justo cuando nuestra esperanza está acabándose, los tiernos susurros del joven guerrero se escuchan, apenas, trenzados con el resonar de las armaduras acumuladas en el templo de Mu.
Shun dice que Unicornio sigue quejándose. Que Mu comenzó a golpearla con su martillo sin hacer uso del polvo estelar, como acostumbra y como debe ser, y que el resultado fueron unas grietas mucho más amplias.
Shun dice que Unicornio dice que eso seguro no habría pasado con la armadura de Pegaso.
Shun dice que a Unicornio sigue extrañándole que, antes de colocar los guanteletes en el sitio donde embonan, Mu intentara forzarlos en la cabeza, donde sin lugar a dudas va el solitario cuerno.
Shun dice que Unicornio dice que el caballero dorado de Aries aventó un libro de pastas blancas, con un par de vacas en la portada, junto a una tarjeta del guardián de Virgo.
Shun dice que Unicornio dice que antes de eso, el libro fue entregado en Aries por Kiki, que venía envuelto en papel de embalar y que el propio aprendiz le alargó a su maestro el sobre con la tarjeta de Shaka.
Shun dice que Unicornio dice que Mu leyó las pocas palabras de su amigo con una sonrisa, y que él también pudo escuchar lo que decía Virgo por los escasos susurros del discípulo del Patriarca.
No es tu cumpleaños, le dijo Shaka a Mu con una letra cuidada, o así se imagina Unicornio la caligrafía de un caballero dorado, tan diferente a las patas de araña que su poseedor garabatea cuando está pensando en la diosa que todos protegen y en su niño consentido, perdón, caballero.
Shun dice que Unicornio dice que Mu siguió leyendo. Shaka escribió que a Buda le parecía bien que se diera un obsequio sin razón alguna, sin atender a una fecha específica como un cumpleaños o el día de la amistad, pues una vida se celebra a cada momento, así que por qué no celebrarla con un regalo.
Y entonces Mu sonrió. Y retiró con cuidado ese papel con una tonalidad semejante a la de su armadura, pero sin sus destellos. David Safier, susurró y agregó un ¡Muuu!, como si se tratara del animal sagrado de la India. Luego siguió leyendo: Lolle, una vaca del norte de Alemania, pasa por una etapa bastante mala: no sólo ha descubierto que su queridísimo toro Champion la engaña con esa vaca idiota de Susi…
Y Shun dice que Unicornio dice que no pudo escuchar nada más. Sólo sintió que el cosmos del caballero de Aries se elevaba mucho más allá del límite del undécimo sentido. Y lo vio fruncir el ceño y arrojar lejos de sí el obsequio de su amigo.
Y después, dice Unicornio, dice Shun, empezaron los martillazos, eso y las frases entrecortadas del primer guardián, las que tomaron el sitio del polvo estelar.
Remedo de Buda, dicen que empezó a quejarse Mu. Remedo de Buda, tenía que burlarse de mi nombre.
Y dio un golpe de martillo más fuerte que el anterior. Y Shun dice que Unicornio se quejó apenas, con un "por favor, señor Mu, ¿ocurre algo?…"
Pero Shun dice que no lo cree, porque hasta ese momento el cosmos de Mu sigue repitiendo: "Y además, por su culpa Unicornio me soltó un ¡ten cuidado con ese cincel, so bruto!"
Si una armadura pudiera sonrojarse y palidecer a un tiempo, Unicornio lo habría hecho, pero sigue tan metálica como si el caballero de bronce hubiera comentado algo acerca del clima y el calentamiento global.
Por Athena, yo nunca insultaría así a un superior, créame, Gran Patriarca Shion, dice Shun que dice Unicornio.
Y luego soy yo el mentiroso, interrumpe el hermano de Ikki, que vuelve a tomar su sitio en ese juego de teléfono descompuesto haciendo uso del cosmos.
Shun dice que el Patriarca pregunta dónde se encuentra Mu, que responde Unicornio: "en la zona privada de Aries, señor, dijo que iría por más polvo estelar, pero…"
–Vamos–, interrumpe Shion el lloriqueo de la armadura de Jabu.
Y los caballeros, en fila y en orden, avanzan detrás del antiguo guerrero de Aries, en silencio. Al final van Dokho y su regla, y detrás de ellos, a unos ciento tres centímetros con cuatro milímetros, el narrador, quien ha recuperado el aliento por completo y agradece a Shun el no dejarlo con la duda, ni a él ni a los lectores.
Un pasillo oscuro los lleva hasta la habitación de Kiki, donde el aprendiz intenta calmar el enojo de su maestro.
–Debe ser un malentendido, señor Mu, el señor Shaka nunca haría una broma de ese tipo… Bueno, pensándolo bien, no es de las personas que hagan ninguna broma–, escuchan todos, excepto Mu.
El caballero está distraído, tirando puñetazos al muro, del que se desprende un polvillo que parece extraído de una estrella a la luz de la ventana. Esta vez no es necesaria la ayuda de Shun, pues Aries, al tiempo de elevar su cosmos, molesto, habla tan alto como para que el narrador lo oiga.
Primero esos mal llamados escritores de fanfics que me convierten en árbol, que intentan conmoverme para que les preste mi armadura y así poder defenderse de algo causado por ellos mismos, ¡por ellos mismos!, ¿yo qué culpa?, dice Mu, y luego Shaka, burlarse de mi nombre de esa manera tan soez, como si él mismo se llamara Jean Valjean o Edmundo Dantes o José Arcadio Buendía o algo así de heroico, de rimbombante, como si no pudiera responderle que Shaka suena a la onomatopeya de una lavadora en mitad de un ciclo de enjuague, shaka-shaka, shaka-shaka, shaka-shaka… Mi nombre merece respeto, es de esa forma que el Patriarca Shion me llamó cuando quedé bajo su cuidado, y no debería ser una palabra que… que…
Kiki niega con la cabeza y sale. Cuando regresa, entre los dedos trae un libro no muy grueso, de tapas blancas, vacías casi, excepto por tres breves párrafos.
–No puede ser una broma del señor Shaka, es como si también se estuviera burlando de su lugar de origen, ¿no lo cree?
El aprendiz de Mu da vuelta al libro, el que había estado recorriendo con los ojos mientras hablaba. El narrador ve la portada y no puede evitar la risa, las carcajadas que obligan a los demás a ver también la imagen. Desde la tapa, un par de vacas los ven como si esperaran una segunda ración de pastura. Una de ellas ostenta por encima de la cornamenta una solitaria palabra, el título del libro: ¡Muuu!
–T-tienes razón, K-kiki–, apenas si puede contestar el narrador entre su propia risa, ahora más escandalosa, y entre la de los demás caballeros, incluidos Camus y Shura, siempre tan serios.
