CORRE

«Toma todo lo que quieras, pero vete ya…» Corre ~ Jesse&Joy


Capítulo 4


—¿Cómo has estado, Isabella?

—Bien —susurró ella y sonrió nerviosa—, y es Bella.

Llevaba cuatro sesiones con el doctor Thomson, a pedido de Alice. Después de gritos, insultos y miradas de asco, Alice terminó con llorar al lado de Bella. Le dijo que era una victima más de toda la situación y le aconsejó ir a un sicólogo para hablar con él sobre todo lo que estaba ocurriendo.

No le creyó nada de lo que le dijo, pero estaba tan agradecida con tener a alguien de su lado después del daño que había causado, que accedió a pesar de sus reticencias.

—De acuerdo, Bella —sonrió con calidez—. Dime qué ocurrió desde la última vez que nos vimos.

Ella se removió en su asiento y se mordió el labio inferior mientras ordenaba sus ideas.

Había pasado mucho desde su sesión anterior. Ella y el doctor se veían una vez a la semana, y dadas las circunstancias, su vida era más caótica de costumbre.

Especialmente la insistencia de Edward en verla.

Y cuando quería, Edward podía ser muy insistente.

. . .

Salió de su trabajo a las seis de la tarde, como siempre, y fue a los estacionamientos para irse a su casa.

Estaba agotada. Física y psicológicamente. Tuvo un día horrible solucionando los balances de la empresa que su compañera había hecho mal y luego recibió un regaño de su jefe por un error que no había cometido.

Y además de todo, no había podido dejar de pensar en Edward.

Se soltó su coleta y acarició sus hebras para relajar un poco el dolor de su cuero cabelludo.

Suspiró, cansada, y añoró un baño de sales y un vaso de vino tinto.

Cuando estaba planeando ir a comprar un buen Merlot antes de ir a casa, escuchó que la llamaban a su espalda.

Bella, por favor, espera.

Era tal su cansancio, que olvidó su regla de no mirarlo a los ojos.

Y ahí estaba. Mar verde musgo con toques dorados, arremolinando varias emociones.

Tristeza.

Arrepentimiento.

Deseo.

Edward… no. No puedo tratar con esto ahora…

No lo entiendes, Bella. No puedo dejarte ir —se quejó, y vio como Edward tenía una expresión cansada.

¿Podría ser que él la amaba tanto como ella a él?

Lo dudaba. Bella le dolía todo cuando pensaba en él. No había sentimiento tan fuerte como su amor por Edward.

Sin embargo, viendo sus ojos y sintiendo su propio deseo, quería creerle así.

Edward aprovechó su inseguridad y caminó hacia ella. Tocó su mejilla, el borde de su mandíbula y bajó por el borde de su cuello. Bella se estremeció y cerró sus ojos.

Sería tan fácil dejarse ir…

Te amo —susurró en su oído, respirando en su cuello y provocándole escalofríos. Movió su cabello a su hombro opuesto y besó su piel—. Te amo —volvió a repetir, siguiendo un riego de besos hasta el borde superior de su clavícula—. Te amo y no quiero dejarte ir. No puedo dejarte ir… —gimió Edward y Bella era gelatina en sus brazos.

Su espalda chocó con el costado de su carro y Edward mordió suavemente su cuello al mismo tiempo que metía su mano debajo de su blusa y acunaba uno de sus pechos. Ella tembló ante su toque y sintió como sus pezones se endurecían en su mano.

Lo deseaba tanto.

Lo amaba tanto.

Afortunadamente un ruido los interrumpió y Bella saltó lejos de él para abrocharse algunos botones de la blusa que él había logrado desprender.

Edward gruñó con frustración y metió la mano en su bolsillo trasero.

Cuando vio la pantalla, los colores de su cara de esfumaron.

Bella entendió de inmediato, sonriendo con tristeza.

Ve con tu esposa, Edward —susurró en la penumbra del estacionamiento, antes de subirse a su carro y conducir sin mirar atrás.

. . .

—¿Qué crees que hubiese ocurrido si no los interrumpen?

Bella enrojeció.

Había logrado desarrollar una confianza ciega en su psicólogo, pero ciertos temas seguían siendo muy difíciles de discutir.

—Uhm… probablemente yo… yo lo habría invitado a ir a casa.

—¿Y luego?

—Nosotros… habríamos intimado.

—¿Y lo deseabas?

¿Lo hacía?

Era cierto, Edward alborotaba sus hormonas como nunca nadie había logrado hacerlo. Era pasión inmediata, descontrolada y celestial. Nunca había deseado las manos de un hombre sobre ella más que las de Edward. Por todos lados. A toda hora.

No le afectó la primera vez que él estuviese de novio con Jessica, a pesar de amar a la última más que a ella misma. Tampoco fue impedimento cuando ellos se casaron y siguieron manteniendo un romance tórrido y pasional.

Pero ahora había un bebé. Una pequeña criatura que no tenía la culpa de nada.

Bella no podía ser culpable que aquel niño naciera en una familia disfuncional.

—No —se escuchó decir—, no lo deseaba. Quería escapar, pero no sabía cómo hacerlo.

—Entonces necesitamos crear una vía de escape si esto vuelve a ocurrir, ¿vale? Debes hacer un mapa mental de las razones por la cual no quieres continuar.

—¿Y si no puedo parar? ¿Y si… y si soy demasiado débil?

—Eres tan débil como creas serlo, Isabella.

—No quiero arruinarlo más de lo que ya está —cuchicheó—. Bastante daño ya he hecho.

El doctor levantó la mirada de su cuaderno en la cual estaba tomando notas.

Sus ojos azules eran tan claros y honestos.

—Eres muy dura contigo misma, Isabella. Si bien has cometido errores, no eres la única en participar en ello. Y estás arrepentida. ¿No crees que te mereces una tregua? No quiero decir que lo olvides, me refiero a que avances. La única forma de salir de esto es con fuerza de voluntad, y eres muy fuerte, Isabella. Nunca lo dudes.

—De acuerdo…

—Así que trabajaremos en la confianza —levantó su libreta y la dejó en su regazo, volviendo a tomar notas.

Bella respiró con fuerza y asintió.

Las palabras del doctor bailaron por su mente por un buen rato.

Eres muy fuerte, Isabella…

Y por el bien de todos los que la rodeaban, esperaba que fuese cierto.