Hola! Perdón por la demora! lo sientoooo (se inclina para disculparse) pero entre el termino del semestre me colapso y ya después he andado en otra... Para los que no me conocen soy Ghia y normalmente escribo historias de Rurouni Kenshin pero esta vez quise traerles una adaptación de una novela de Gardwood Julie…

LOS PERSONAJES DE ESTA HISTORIA NO ME PERTENECEN (AUNQUE YA LO QUISIERA) SON PROPIEDAD DE CLAMP, Y LA HISTORIA COMO DIJE ESTA BASADA EN UNA NOVELA DE GARWOOD JULIE.

CON LOS CREDITOS YA DICHOS… LEAN Y DISFRUTEEEN!

PD: esta historia contendrá lemon más adelante, asi que los menores de edad que decidan leer es bajo su responsabilidad yo cumplo con avisar…


CAPITULO 4

Tras haber pasado una larga semana con lady Sakura, Shaoran decidió que, después de todo, no era un hombre tan paciente como pensaba. Para cuando llegaron a destino, estaba tan saturado que deseaba estrangularla.

Esa diablilla le había hecho el viaje lo más desagradable posible y, rayos, había tratado de escapar en varias ocasiones.

Simplemente, se negaba a aceptar la futilidad de la huida. Era inaguantablemente terca. Pero bueno, para el caso, él también. Le había exigido que admitiera la derrota cada vez que la atrapaba. Hasta había tenido el coraje de decirle "jaque mate", pues obviamente, la expresión la ponía furiosa. Claro que, en rigor a la verdad, Shaoran sólo quería humillarla. En el fondo de su corazón, sólo deseaba lo mejor para ella. Si Sakura iba a sobrevivir con el espíritu intacto bajo la dictadura normanda, sería mejor que aprendiera a ser más dócil. No todos serían tan considerados y amables como él.

Shaoran no quería que la joven fuera lastimada. Con sólo pensar que alguien podría tratarla mal su humor se ennegrecía como la noche más si niestra.

La necesidad de protegerla le remordía la conciencia. Cuando llega ron a Londres, se dio cuenta de que estaba sentando cátedra de cómo debía comportarse. No obstante, Sakura no estaba de humor para prestar aten ción a sus clases. Cuando le sugirió que fuera dócil, ella le mordió. El no la reprendió, porque consideró que estaba muy malhumorada por las pocas horas de sueño que había tenido en los últimos y penosos siete días compar tidos.

Llegaron a Londres a media tarde. El palacio estaba casi desierto cuando Shaoran entró, llevando a Sakura prácticamente a la rastra. Ordenó a dos de los guardias que informaran a William de que su premio por fin había llegado. Shaoran se encargó personalmente de instalar a Sakura en su recámara.

Ella trató de ponerle la zancadilla, pero él siguió arrastrándola una distancia considerable hasta que por fin la dejó recuperar su equilibrio.

Qué feliz estaría cuando por fin pudiera quitársela de encima. Shaoran se repitió tantas veces esa mentira que casi la creyó.

Casi.

El subcomandante, un caballero que le llevaba varios años, se topó con ambos justo en el momento en que Shaoran abría la puerta de la habitación de Sakura. El soldado se llamaba Yue. Se le veía muy saludable, con su cabellera platinada y sus ojos color azules. Era casi tan alto como su señor feudal, pero no tenía su robustez ni su musculatura en los hombros.

Yue había luchado junto a Shaoran en innumerables batallas. Era un avezado guerrero, digno de confianza y fiel hasta los huesos. También era muy buen amigo de Shaoran.

-Qué bueno volver a verle, milord -le saludó Yue.

Por su entusiasmo, dio una palmada en el hombro de Shaoran. El polvo salió volando por el aire entre ambos gigantes. Yue rió-. Parece que necesita un buen baño, barón.

-Sí, claro -contestó é bueno es estar aquí. -Miró a Sakura, imitó su expresión ceñuda y luego agregó.- Por fin.

A ella no se le escapó la insinuación. Sabía que el viaje se había retra sado por su culpa. Alzó el mentón, con altivez.

Yue sintió una profunda curiosidad por la mujer. Cuando la miró, el corazón se le detuvo por un instante. Vaya, era una auténtica belleza. Sus ojos le cautivaron. Eran del color verde más extraño que había visto en la vida. Y no era tímida. Tenía la mirada muy directa, franca.

A Shaoran le hizo gracia la reacción de su vasallo. Actuó exactamente de la misma manera que Kerberos cuando conoció a la dama. Yue parecía pasmado.

-Ella es lady Sakura -anunció Shaoran.

Yue hizo una reverencia exagerada. -Es un placer conocerla.

Ella hizo una reverencia para responder a su cortesía.

-Estoy ansioso por escuchar todas las aventuras que han vivido-dijo Yue.

-¿Qué aventuras? -preguntó ella.

-Para empezar, quisiera saber cómo se ha hecho todos esos araña zos. Realmente parece que hubiera estado en plena batalla -agregó, con una sonrisa muy delicada-. Seguramente debe de haber alguna historia detrás de todo esto.

-Es muy propensa a los accidentes -refunfuñó Shaoran.

Ella frunció el entrecejo y procuró que Shaoran lo advirtiera. Luego siguió mirando a Yue.

-No me quedaré en Londres el tiempo sufi ciente como para ilustrarle con anécdotas.

Recordó que Shaoran aún la tenía tomada de la muñeca cuando sintió que él la apretaba. Yue se dio cuenta de la mirada ceñuda de su barón, pero no pudo determinar la causa.

-¿Va a partir a alguna parte, milady? -preguntó.

-No -contestó Shaoran.

-Sí -respondió ella en el mismo instante.

Yue sonrió.

-Se ha corrido el rumor, barón, de que partiremos rumbo a Normandía antes de que la semana llegue a su fin.

-Discutiremos ese tema más tarde -anunció Shaoran, dirigiendo a Sakura una mirada significativa.

El vasallo asintió. Advirtió que en el bello rostro de la mujer se dibujaba una expresión sombría, que él atribuyó al cansancio del viaje.

-El rey le envia rá sirvientes para que la atiendan a su gusto, lady Sakura -anunció.

-¿Y también soldados para que vigilen que no me escape? -pre guntó ella.

Yue se sorprendió por la vehemencia de su voz.

-Usted no es una prisionera -señaló. Miró a Shaoran, confundido-. ¿O sí, barón?

Shaoran asintió.

-Lo es hasta que acepte su destino.

- William también es su rey -dijo Yue a Sakura.

Su voz era gentil.

-No, no lo es.

-Yue, no le servirá de nada discutir con ella.

Shaoran soltó la muñeca de Sakura y le dio un empujón para que empezara a caminar. Entró a la recámara, con Shaoran y Yue a la zaga.

-Voy a escapar -se jactó ella.

Se dirigió directamente hacia la ventana. Shaoran sabía lo que estaba pasándole por la mente.

-Va a romperse el cuello si trata de saltar, Sakura.

Ella se volvió y le sonrió.

-¿Y le importaría, barón?

Shaoran no le respondió directamente.

-A su Toma sí le importará, cuando sea lo suficientemente grande para entender. Tenga en cuenta al niño y a Touya también, Sakura, cada vez que piense en hacer alguna tontería. Dañaría a su familia tanto como a usted misma. -Comenzó a cerrar la puerta.

-Espere -le gritó ella, con desesperación.

Shaoran se detuvo y se volvió para mirarla a los ojos.

-¿Sí?

Ella avanzó un paso hacia él.

-¿Entonces eso es todo? ¿Se marcha?

-¿Quería algo más?

-No.

Shaoran empezó a marcharse otra vez. Pero se detuvo y suspiró profundamente.

-¿Qué más quiere que le diga?

Los ojos de Sakura se llenaron de lágrimas, mientras no dejaba de retorcerse las manos.

Shaoran no entendía qué le estaba sucediendo.

-¿Pero qué pasa con usted, por el amor de Dios? -le preguntó, auténticamente confundido por su actitud.

Sakura meneó la cabeza.

-Nada. No me pasa nada. Ya me he libe rado de usted, barón. Es grosero e insufrible. -Una lágrima rodó por su mejilla. Se la secó con el dorso de la mano.

Demonios. Sakura se comportaba como si Shaoran estuviera abando nándola y que Dios le ayudara, pero él se sentía igual.

-No partiré rumbo a Normandía -dijo él entonces-. Si me necesita, envíeme un mensaje por alguno de los soldados. El sabrá cómo encontrarme.

El alivio de la muchacha fue más que evidente. El pánico abandonó su expresión y su actitud se relajó. Sin embargo, al parecer no pudo controlar su llanto, por lo que volvió la espalda a Shaoran para que no la viera en esas condiciones.

-No enviaré a nadie para que vaya a buscarle, normando. Váyase. No me importa.

Shaoran no podía dejarla así. Sakura parecía estar tan sola... tan des graciada y tan vulnerable. Por todos los demonios. Prefería verla fuerte y enfadada con él, como durante todo el trayecto hasta Londres.

-¿Barón? -preguntó Yue, al ver que su superior se quedaba allí parado, por más tiempo del necesario, sin decir ni una sola palabra.

Shaoran meneó la cabeza.

-¿Sakura? -dijo, cuando llegó a la puerta.

-¿Sí?

- Tengo que decirle una última cosa.

Ella se volvió para mirarle. La ira, pensó Shaoran. La ira le haría olvi dar su temor.

-¿Qué? -preguntó ella.

El le sonrió.

-Jaque mate.

Cerró la puerta al ver la expresión de enfado de la joven. Luego soltó una carcajada.

Un estruendoso ruido retumbó contra la puerta.

-¿Qué es eso? -preguntó Yue.

-La jarra de agua, creo. Ella se siente mejor.

Y él también.

La ira de Sakura la mantuvo ocupada durante gran parte del día.

Horas después, esa misma tarde, dos criadas subieron a su cuarto. Ambas eran sajonas, un hecho que sorprendió a Sakura. Una de ellas traía ropa limpia; la otra, sábanas. Sakura se acercó a la ventana, cuando las mujeres trajeron una gran bañera de madera y la llenaron con agua caliente y humeante.

El baño le resultó demasiado tentador como para rechazarlo. Sakura se metió en la tina, disfrutando del agua de rosas y se lavó el cabello hasta que se sintió realmente limpia.

No habló con ninguna de las sirvientas sino hasta que una de ellas se ofreció a cepillarle el cabello para desenredárselo.

-¿Por qué sirve al rey normando? -le preguntó Sakura.

-Porque ahora es el rey de Inglaterra -contestó la criada de nombre Mary-. Todos le servimos.

Si bien Sakura no estaba de acuerdo con ella, sintió que habría sido una descortesía contradecirla. Mary debía obrar según sus opiniones, aun que fueran equivocadas.

Mary tenía la misma edad que Sakura, aproximadamente. Era bas tante regordeta, de cabellos muy rojizos y tenía casi todo el rostro cubierto por pecas. La otra criada, Heloise, era considerablemente mayor y sus mo dales, bruscos y antipáticos.

-Nunca serviré a William -anunció Sakura. Se sentó en el banco que Mary le había traído y colocó una mano sobre la otra, en el regazo.

Mary empezó a cepillarle el cabello.

-Si sigue hablando de ese modo, tendrá problemas, milady -murmuró, mientras asentía con amargura-. Los que no se arrodillan frente al rey William, pueden morir. En este mismo momento una docena de soldados están esperando la muerte.

-¿Y dónde están esos soldados sajones? -preguntó Sakura.

-Aquí, dos pisos más abajo -susurró Mary.- Que Dios se apiade de sus almas por ser tan tercos -murmuró Heloise-. A cada uno se le brindó la oportunidad de prestar su voto de lealtad y cada uno de ellos rechazó la posibilidad.

El fuego ardía en la chimenea e hizo un crujido tal, que Sakura y Mary se sobresaltaron.

-Todo es tan diferente ahora -dijo Sakura.

-Todo está en orden -interceptó Heloise-. Al rey sólo le ha lleva do dos meses reprimir casi toda la resistencia. Gobierna con mano de hierro. Ahora todos ocupan el lugar que les corresponde.

-Todos excepto los sajones -dijo Sakura.

-No, hasta los sajones tenemos nuestro lugar -respondió Mary-. Esta es la causa por la que usted va a convertirse en la esposa de un norman do, milady. Cuantas más bodas se celebren entre unos y otros, mejor será nuestra paz futura.

Sakura escuchó a las mujeres hablar de los cambios operados. No comió la cena que le trajeron y se acostó temprano. Pensó en los doce solda dos sajones que estaban aguardando para ser ejecutados. Su corazón sangra ba por ellos y por sus familias. Sabía que su hermano Clow podría ser uno de ellos y la idea le aterró. Rezó hasta que quedó agotada y después, hecha un mar de lágrimas, se quedó dormida.

Soñó con Shaoran.

Y Shaoran tuvo una pesadilla con ella. Decidió que debió de haber estado más cansado que de costumbre como para tener un sueño tan extraño. Después de todo, había sido una jornada muy larga. Había pasado más de tres horas conversando con el rey William y regresó a su alcoba a altas horas de la noche.

La pesadilla le despertó, bañado en un frío sudor. Había sido tan real. En su sueño, Sakura estaba perdida en el bosque. Corría un serio peligro y él no podía acudir en su auxilio.

Como después de la horrenda pesadilla, Shaoran no pudo volver a con ciliar el sueño, terminó por levantarse e ir a caminar por los jardines que estaban detrás del palacio. Había muchos aspectos que tener en cuenta. Su vida cambiaría por completo si se permitía entregar su corazón a esa mujer.

Pero, rayos. Era demasiado mayor para ella y tenía una vida demasia do estable como para dar cabida en ella a esa joven. Vaya, toda su existencia era como un mapa. Sí, eso era... un mapa. Las líneas ya estaban dibujadas y no podían alterarse. Y él tampoco podía cambiar, simplemente, porque era demasiado tarde.

Se sintió aliviado al llegar a esa conclusión. Había tomado la decisión correcta. Sin embargo, de vez en cuando, se sorprendía mirando en dirección a la ventana de lady Sakura, preguntándose si se encontraría bien. Y si eso no era una ridiculez, ¿entonces qué era?

Los caballeros normandos fueron citados ante su rey la noche siguien te. Yue entró en el gigantesco salón junto a Shaoran. El vasallo estaba bastante inquieto por su señor, que parecía muy preocupado. Yue pre sentía que algo andaba mal, pero no podía determinar de qué se trataba. Sin embargo, sabía que no le serviría de nada preguntar. Shaoran se lo diría espon táneamente, cuando estuviera dispuesto.

El rey William ocupó su sitio en la silla de respaldo alto, situada en el centro de una plataforma, que se elevaba cuatro peldaños del resto del audi torio. El rey era un hombre robusto, con un vientre bastante prominente. Su cabello castaño se pintaba con algunas canas, elocuentes delatoras de su verdadera edad. No obstante, cada vez que sonreía, parecía joven y saludable.

Matilda, la esposa del rey, era exactamente el polo opuesto. Tenía una contextura física muy pequeña, el busto y los muslos generosos, destellantes, ojos castaños y cabello rizado, del mismo tono.

El rey William le hizo un gesto, para que subiera a la plataforma con él, y cuando Matilda se paró junto a su marido, sólo le llegaba hasta la cintura. Hizo un ademán, pidiendo silencio. De inmediato, la audiencia obe deció. Entonces, William tomó la mano de su esposa y le sonrió.

-La mayoría de vosotros habrá oído hablar de lady Sakura y de cómo logró vencer a tres de mis nobles caballeros.

Un fuerte murmullo estalló en el grupo. Shaoran sonrió. Ya había expli cado al rey cómo un sajón llamado John había ayudado para defender la fortaleza contra los desafiantes normandos, pero William decidió no revelar esa información al resto de sus servidores. Los soldados necesitaban una recompensa, según le había manifestado a Shaoran, y él no quería amargarlos confesando que los lauros habían sido compartidos.

-Clayton, el heraldo, recitará todas las proezas, para que aquellos que aún no estén familiarizados con esa notable mujer puedan comprender, por qué nosotros estamos tan complacidos con ella -continuó William-. Pero primero deberán conocer mi premio. Deliberadamente he tenido bien escondida a lady Sakura hasta el último momento, para despertar la curio sidad de todos vosotros.

William hizo una pausa para besar el dorso de la mano de su esposa. Luego le guiñó el ojo para hacerle saber lo mucho que disfrutaba de esa situación y luego hizo un gesto a los dos soldados que estaban parados a la derecha de la plataforma. No bien los soldados abrieron las puertas que estaban detrás de ellos, William se volvió a su audiencia.

-Vosotros decidiréis si queréis participar en juegos de guerra para obtener su mano. El ganador la recibirá como esposa mañana por la noche.

Matilda susurró algo al oído de su esposo. El asintió y luego anunció a los presentes:

-Acaban de recordarme que, además de lady Sakura, el gana dor se quedará con su fuerte y con las fértiles tierras aledañas, hacia el este y el oeste. Es una generosa dote que ofrezco, además de esta valerosa mujer.

Se oyeron gritos de algarabía por parte de los hombres. William son rió satisfecho. Le causaba un gran placer ver el entusiasmo de sus hombres.

El ruido pronto fue ensordecedor... hasta que lady Sakura entró en el recinto. Entonces, reinó el silencio. Los hombres dejaron de gritar. Las mujeres, de reír. Cada uno miró, fascinado, a la hermosa mujer que estaba caminando hacia el rey William.

Sakura estaba vestida de blanco, con un ajustado cinturón dorado trenzado. Su cabello suelto caía en delicados rizos, que se mecían con cada paso que avanzaba.

Parecía una imagen irreal. Shaoran estaba de pie en la parte posterior del salón, con sus anchos hombros apoyados contra la pared. Como era el hombre más alto de todos, no tuvo problema alguno para ver a Sakura.

-Dios, es toda una beldad -suspiró Yue.

Shaoran estuvo totalmente de acuerdo, pero en realidad, lo que más le impresionaba de Sakura era su personalidad. Era tan orgullosa, tan digna en su actitud. Shaoran sabía que, en realidad, tenía que estar aterrada. Sin embargo, supo disimular muy bien sus sentimientos frente a la audiencia. La expresión de su rostro era apacible, serena.

Sin embargo, imaginaba que esa diablilla, en ese preciso instante, tal vez estuviera planeando matar al rey y a su esposa. Escuchó a alguien cali ficarla como un ángel y casi se echó a reír en voz alta.

Yue levantó la vista y sorprendió a Shaoran sonriendo.

-¿Va a pelear por ella? -preguntó.

Shaoran no le contestó.

Sakura siguió a los guardias hasta la chimenea. Cuando los hom bres se detuvieron, ella también. Luego, ellos se retiraron y Sakura quedó sola. Estaba a unos metros de la gigantesca chimenea y también a una dis tancia prudencial del rey y de sus súbditos.

En realidad, tenía la sensación de que la habían llevado a una jaula de leones hambrientos y ella, lógicamente, era su cena. Tuvo la esperanza de que su expresión no delatara el temor que sentía. El corazón le latía con tanta velocidad, que le producía dolor. El estómago le ardía como el fuego de la chimenea. Gracias a Dios, no había probado ni un solo bocado de todo lo que le habían llevado durante el día. De lo contrario, en ese momento estaría vomitando todo.

En poco tiempo, comenzó a sentirse como una extravagancia. Todos estaban observándola. Sentía sus miradas duras, como insectos caminándole por los brazos.

Tres niñitas escaparon de las faldas de su madre y se pararon justo frente a Sakura. La miraron, boquiabiertas y con los ojos cargados de curiosidad. Parecían tres pajarillos esperando su comida.

-¿Es usted una princesa? -susurró una.

Sakura miró a la niña. La pequeña morena no podía haber vivido más de tres o cuatro abriles. Se leyó una inocente curiosidad en su expresión.

Sakura no podía ser grosera con ella. Lentamente negó con la cabeza.

Luego, fijó la vista en la pared opuesta, decidida a ignorar a todos los pre sentes.

El barón Tsukishiro estaba en el centro de la sala, rodeado de todos sus súbditos. En el momento en que Sakura entró estaba contando una gracio sa anécdota, pero en ese instante perdió el hilo de la historia. También estaba convencido de haber perdido su corazón, pues si bien no era hombre con tenden cias a la sensiblería, sospechaba que acababa de enamorarse. Por supuesto que la vasta heredad que el rey William ofrecía al vencedor acentuaba el atractivo de la mujer, pero Yukito estaba impactado por la belleza de aquella joven.

Decidió que la haría suya.

Yukito dio un paso al frente y quebró el silencio reinante con su frase jactanciosa:

-Reto a quien se atreva a desafiarme para obtener su mano en matrimonio y resultaré vencedor.

-Así será siempre y cuando el barón Li no participe en la con tienda -contravino a gritos otro de los caballeros.

El comentario no pasó inadvertido. Las risas hicieron eco entre la multitud. Yukito permaneció inalterable. Volvió el rostro en dirección al rey, hizo una reverencia formal y luego se quedó de pie, con las piernas separa das y los brazos a los lados del cuerpo, esperando que los demás caballeros hicieran sus propuestas.

Yukito había peleado para William durante casi diez años. Las cicatri ces que tenía en los brazos eran un fehaciente testimonio de sus batallas. Por obra del destino y de la buena suerte, su rostro había permanecido intacto. Las damas de la corte le consideraban un hombre bastante apuesto. Tenía cabello gris y ojos café. Tenía casi la misma estatura del rey, aunque no su barrigota ni su avanzada edad.

Shaoran era el polo opuesto a Yukito. Su piel era tan morena como blanca la de Yukito y, además, le llevaba unos cuantos centímetros de estatura. Por otra parte, nadie le consideraba apuesto. En la mejilla derecha, tenía una extensa cicatriz que iba desde la parte superior de la oreja hasta la base del cuello. Se había ganado esa marca de hoz muchos años atrás, cuando, siendo todavía escudero, se pusiera delante de Matilda, la esposa de su jefe, para protegerla del ataque. Redunda aclarar que su acto de arrojo tuvo su recom pensa. En cuanto terminó su entrenamiento; con la supervisión personal del rey William, recibió su propio contingente de soldados.

Shaoran ya había demostrado su valor con anterioridad. Como se había convertido en un as en tácticas de guerra, William comenzó a enviarle caba lleros jóvenes e inexpertos para que él los entrenara. Shaoran siempre se había mostrado muy paciente, aunque no por eso menguaban sus exigencias. Se consideraba un privilegio recibir entrenamiento bajo su tutelaje. Sus tropas eran la elite, el invencible corazón de la poderosa armada de William.

Yukito se consideraba un verdadero amigo de Shaoran; pero, de todas maneras, le carcomían los celos por lo que él pensaba que era sólo la buena suerte de Shaoran. El remanente se le enviaba a Yukito para su preparación militar, por lo que se le conocía como entrenador de hombres. Tsukishiro siempre había sido un apasionado competidor de Shaoran, aun desde la época en que ambos eran escuderos. Muy en el fondo de su corazón estaba convencido de que habría sido él el favorito de William de haber podido salvar a Matilda a riesgo de su propia vida, como lo había hecho Shaoran.

Y Shaoran reconocía la fiebre de los celos en la personalidad de Yukito, pero la achacaba a un defecto humano que algún día podría superar y, por ende, la descartó, restándole importancia.

-Yo también pelearé para conseguir su mano -gritó otro caballero, pavoneándose frente a su rey.

Y luego otro y otro avanzó para hacer su propuesta.

Sakura jamás se había sentido más humillada en la vida. Cuadró los hombros, mientras trataba de bloquear los gritos y de alimentar su ira al mismo tiempo. Necesitaba mantenerse furiosa, para no caer y romper en llanto. Pero la humillación y la degradación eran demasiado intensas como para poder concentrarse.

Las tres niñitas, vestidas como damas, con sus trajes largos y vaporo sos, corrían una detrás de la otra, en un juego espontáneo e infantil. Dibuja ban grandes círculos en tomo de Sakura.

¿Dónde estaba Shaoran? ¿Por qué permitía que le estuviera sucediendo todo esto?

Se obligó a borrarle de su mente y trató de remplazar, en cambio, su imagen por la del pequeño Toma. Shaoran le había dicho que recordara al bebé cada vez que tuviera deseos de hacer alguna tontería.

Pensó que le agradaría matar al rey de Inglaterra. ¿Tan tonta era? Sólo William era responsable por la desgracia que ella estaba padeciendo. Si hubiera dejado en paz a Inglaterra, nada de eso habría sucedido.

Era un plan tonto. No podía matar al rey. Nunca lo conseguiría. Ni siquiera tenía un arma para hacerlo. Estaba bastante lejos de donde él y su esposa estaban sentados y bastante lejos, también, de la horrenda multitud que se peleaba por poseerla.

Todavía no había escuchado la distintiva voz de Shaoran, clamando por participar en la contienda. ¿Estaría allí o ya habría partido para Normandía? A decir verdad, Sakura también quería matarle a él.

Un grito ensordecedor atrajo la atención de Sakura. Era una voz infantil; se volvió justo a tiempo para ver a una de las niñas, gritan do de dolor. Se le había prendido el vestido con el fuego de la chimenea. Las llamas estaban quemándole la parte posterior de las piernas.

Sakura se puso a la niña contra el cuerpo y usó las faldas de su vestido y sus manos para apagar las llamas.

El fuego se extinguió mucho antes de que los soldados pudieran pres tar su colaboración. Sakura se arrodilló en el suelo. Le arrancó lo que le quedaba del vestido y luego la abrazó, mientras le susurraba palabras de consuelo.

La niña se aferró a su salvadora, quejándose suavemente contra su cuello. Durante un rato, fue como si nadie hubiera podido moverse. Luego la madre de la niña gritó y atravesó el salón corriendo.

Sakura se puso de pie, con la niña aún aferrada a su cuello. La colocó en los brazos expectantes de su madre.

-Todavía está asustada –le dijo a la madre en voz baja-, pero no creo que haya sufrido quemaduras serias.

El rey William se había levantado de su silla en cuanto el grito de la pequeña llegó a sus oídos. Su esposa estaba junto a él, con las manos apre tadas sobre la boca.

Ambos contemplaron a la madre que tomaba a su pequeña. En el último segundo, la niña se volvió hacia Sakura para plantarle un beso en la mejilla.

-Usted sí es una princesa -le susurró - Me ha salvado.

La madre de la niña lloró aliviada.

-Claro, ella te ha salvado -coincidió. Abrazó a su hija y sonrió a Sakura-. Se lo agradezco profundamente. -Comenzó a hacer una reverencia cuando lanzó otro alari do.- ¡Por el amor de Dios! ¡Mírese las manos! Pero si ya están cubiertas de ampollas.

Sakura no quería mirárselas. Sabía que, si veía el daño, le dolería aun más. La izquierda le ardía mucho más que la derecha. La verdad era que tenía la sensación de tener una brasa al rojo vivo entre ambas manos.

Levantó la vista y vio que Shaoran se abría paso para llegar a ella. Le vio a pesar de las lágrimas que nublaban su visión.

Ya era hora, pensó. Claro que tenía que acudir en su ayuda. Todo eso era por su culpa... ¿o no?

Al parecer, Sakura no podía concentrarse. La multitud la rodeó. Sakura retrocedió y ocultó las manos detrás de sí. Deseaba desesperadamente que Shaoran se le acercara, para poder decirle que se fuera y la dejara en paz.

-Déjeme ver sus manos, Sakura.

Estaba tan cerca de ella, que con sólo inclinarse levemente hacia ade lante ya habría podido tocarle. Shaoran habría podido rodearle los hombros con el brazo, ofrecerle su apoyo.

Sakura juró que le daría una fuerte bofetada si la tocaba.

Por Dios, lo que pensaba no tenía ningún sentido. Meneó la cabeza y retrocedió otro paso.

-Abran paso, abran paso.

La escalofriante orden femenina obligó a la muchedumbre a obedecer.

Shaoran se apartó a un lado y Sakura se encontró de pronto frente a frente con la esposa del rey.

Dios, qué baja era. Sólo le llegaba a los hombros. Pero de todas maneras, la mujer tenía la presencia de un comandante.

-Dame tus manos. Ya.

Sakura no se opuso. Mostró las quemaduras a la mujer. Decidida a no mirar las lesiones, clavó los ojos en la cabeza de Matilda mientras la reina examinaba sus manos.

-Debes de tener unos dolores terribles, querida. Ven. Yo me encarga ré personalmente de atenderte. ¿William? -gritó.- No se hablará más de desafíos hasta que regresemos.

El rey estuvo completamente de acuerdo. Matilda trató de asir a Sakura por el codo, pero terminó tratando desesperadamente de respirar un poco más de aire, pues la joven se movía con la velocidad de un relámpa go, para poder acercarse más a Shaoran. Se había arrimado a él antes que Matilda pudiera parpadear.

La actitud fue más que elocuente. Matilda miró a su leal vasallo, lue go a la mujer sajona y nuevamente a Shaoran.

- Usted puede venir con nosotras, barón -anunció.

Entonces sí, Sakura permitió que la reina la tomara por el codo. Matilda trató de no sonreír. Se dio cuenta de que, mientras la hacía atravesar la sala para marcharse y también mientras caminaban por el pasillo, Sakura se volvió en varias ocasiones, para comprobar que realmente Shaoran estuvie ra siguiéndolas.

Y él les cuidaba las espaldas. La encantadora jovencita se sintió inmensamente aliviada, aunque no pudo determinar por qué. Oh, sí, ahora lo recordaba. Porque todo eso era culpa de él y ella quería recordárselo.

El sólo había cumplido con su obligación al traerla a Londres por la fuerza. Esa idea lógica afloró a su mente repentinamente. Pero luego la des cartó. No era momento de ponerse a razonar.

-Eres una mujer muy valiente, lady Sakura -dijo Matilda-. La niña que salvaste es mi querida sobrina. Todos estamos en deuda contigo. -Hizo una pausa para dirigirle una mirada penetrante y luego agregó.- Es normanda, pero aparentemente, eso no ha sido un escollo para ti, ¿verdad?

Sakura meneó la cabeza. Ojalá Matilda no hubiera sido tan solícita. Se volvió y miro a Shaoran por encima del hombro, como diciéndole: "espera a que estemos solos y verás".

El le guiñó el ojo.

-Usted es el responsable de esto, Shaoran -murmuró.

Matilda la escuchó.

-No, querida, fue un accidente.

Hizo un gesto a los sirvientes para que abrieran la puerta del cuarto de Sakura y luego caminó hacia el interior. Shaoran tuvo que empujar a Sakura para que entrara. Los quince minutos siguientes fueron agónicos para Sakura.

Mientras la pechugona esposa del rey daba sus Órdenes, su curandero personal -un viejo arrugado, llamado Samuel, que parecía necesitar más de un curandero que nadie-, llegó con tres sirvientas. Las mujeres apoya ron las cosas que traían sobre un arcón de madera, hicieron la reverencia correspondiente a Matilda y volvieron a marcharse del cuarto.

Shaoran se quedó de pie junto a Sakura, con las manos entrelazadas en la espalda, cuando el curandero empezó con su trabajo. Matilda estaba junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre su voluptuoso busto, mi rando con ojos de águila a ambos.

Sakura se había negado a tumbarse. Estaba sentada en un banco. Tenía la espalda rígida, como si hubiera sido de madera y la vista perdida en el espacio, sin mostrar emoción alguna.

El barón Samuel estaba sentado en otro banco frente a su paciente. Limpió las heridas con agua fría y luego esparció una generosa capa de ungüento marrón desde los extremos de los dedos hasta los codos. La limpieza le había producido un dolor insoportable, pero el ungüen to fresco le alivió bastante la piel. Sakura no se dio cuenta de que había estado apoyada contra el muslo de Shaoran. Pero Matilda sí, por lo que no pudo contener una sonrisa.

-Le quedarán algunas cicatrices -dijo Samuel a Matilda cuando terminó de cubrir las heridas con suaves vendas blancas.

Shaoran ayudó al viejo a incorporarse. Las rodillas le crujieron más que los leños del fuego que ardía en la chimenea.

-Le enviaré una poción que le hará dormir -dijo a Sakura-. Con eso se le calmará el dolor y podrá descansar un rato.

-Gracias -susurró ella.

Fueron las primeras palabras que murmuró desde que había entrado al cuarto. Su sonrisa fue amplia. -Volveré mañana a cambiar los vendajes.

Sakura volvió a darle las gracias. La mirada penetrante de Matilda iba desde la serena expresión de Sakura a la preocupada de Shaoran.

-¿Le duele ahora, Sakura? -preguntó él.

La compasión de su voz fue el detonante.

-No se atreva a ser atento conmigo, cretino.

-Shaoran, ¿podría dejamos solas ahora? -solicitó Matilda.

No quería irse. Su intención fue obvia para Matilda. El barón cumplió la orden, claro, como era lógico; pero cuando llegó a la puerta, se detuvo, dirigió una larga mirada a Sakura y se retiró, haciendo previamente la reverencia correspondiente.

-¿Por qué esa mirada ceñuda? -preguntó Matilda.

-Es su modo de advertirme que es mejor que me porte bien -contes tó la joven.

Matilda se paró frente a Sakura. Echó su cabellera hacia atrás, en un gesto maternal.

-El barón Shaoran tenía obligación de traérnosla hasta aquí. ¿Por qué le culpa por eso?

Sakura se encogió de hombros.

-Porque se alegra mucho de su obra -confesó-. Y me siento mejor echándole la culpa a él.

Sakura levantó la mirada justo a tiempo para ver la sonrisa de Matilda.

-Sé que el barón Shaoran es su leal servidor, milady. Probablemente usted le aprecia mucho; pero a mí, me resulta insoportable.

-¿Te ha tratado mal?

-No.

-¿Entonces por qué te resulta insoportable.

-Porque es grosero, arrogante y... -Se detuvo al ver lo mucho que estaba divirtiéndose Matilda. Su reacción la confundió por completo. Estaba insultando a uno de los caballeros favoritos del rey, ¿no?

-Si Shaoran te hubiera dejado en la abadía en estos momentos mi que rida sobrina tendría varias quemaduras, porque mis valerosos caballeros habrían tardado mucho más que usted en socorrerla. Entonces, como verá, Sakura, fue Dios quien te nos ha enviado para salvar a la niña. ¿No te parece?

Su tono sugirió que Sakura tenía que estar de acuerdo.

- Sí, me parece -contestó.

Sin embargo, en el fondo de su corazón, sabía que Matilda estaba equivocada. Su llegada al palacio no había sido obra del Señor. En absoluto. Había sido decisión de William, nada más.-Dime qué ves cuando miras a Shaoran.

A Sakura le pareció una pregunta bastante peculiar. Ya no quería seguir hablando de él. No obstante, habría sido una descortesía no respon der.

-Veo a un hombre muy obstinado.

-¿Y?

-Vanidoso-agregó.

Matilda pareció sorprendida.

-¿Vanidoso, dijo?

Sakura asintió.

-Sé que no quiere que le hable de los defectos de su barón, pero Shaoran es vanidoso. Es consciente de su atractivo.

-Explícame exactamente qué te parece físicamente -insistió Matilda.

Por la mirada determinante de la reina, Sakura se dio cuenta de que no se daría por vencida hasta que no obtuviera las respuestas que quería. Pero ella no estaba dispuesta a disfrazar la verdad al responderle.

-Es un moreno muy apuesto y él lo sabe. Debo admitir que hasta yo admiré sus magníficos ojos ámbar. Tendría que ser ciega para no haber reparado en ellos, milady. También tiene un perfil muy marcado.

-¿De modo que también has advertido eso, no? -preguntó Matilda, sonriente.

-Sí -dijo Sakura, suspirando-. Pero después me da uno de esos sermones que me hacen olvidar lo guapo que es. Entonces sólo siento deseos de gritarle. Dígame por qué está sonriendo. Estoy insultando a uno de sus barones y me parece que tendría que sentirse ofendida por mis declaraciones.

Matilda meneó la cabeza.

-Tú sólo me estás diciendo lo que hay en tu corazón.

-Shaoran no significa nada para mí -declaró Sakura-. Es un bár baro. Tiene los modales de un... -Iba a decir que tenía los modales de un normando, pero sé detuvo justo a tiempo.- De un perro.

Matilda asintió. Se dirigió hacia la puerta.

-Pediré a las sirvientas que te ayuden a cambiarte de ropa. ¿Estás con ánimos para seguir con la contienda?

Sakura asintió. Quería que esa tortura terminara de una vez por todas.

-Voy a hacerle una advertencia, milady -gritó ella-. No seré una buena esposa. Al que se case conmigo le convertiré la vida en un infierno.

Quiso que esa frase sonara como una amenaza, pero Matilda la malinterpretó. Su sonrisa fue amable.

-No se subestime, mi querida. Estoy segura de que tiene cualidades para hacer feliz a su esposo durante el resto de sus días.

-Pero yo quise decir...

Sakura no tuvo la oportunidad de explicarse. Matilda ya se había marchado. Mary y Heloise entraron corriendo a la alcoba y Sakura debió concentrar toda su atención en tratar de quitarse de encima las manos de las mujeres. Estaba decidida a que la dejaran en paz y a no cambiarse de ropa.

Matilda regresó a toda prisa al salón. No se detuvo para hablar con nadie sino que se dirigió directamente a la plataforma, a ocupar el sitio junto a su esposo. William estaba repantigado en su silla. Tenía una jarra de plata llena de cerveza en la mano.

Su esposa le murmuró algo al oído. Fue un monólogo bastante largo. Matilda se paró en varias ocasiones para secarse los ojos con un pañuelito, y cuando terminó de hablar, William estaba sonriendo. Tomó la mano de su esposa y se la besó.

El rey entregó la jarra de plata a su escudero e hizo un gesto, pidiendo silencio. Con una voz muy alta y estridente ordenó que todos los caballeros casados se retiraran del salón, junto a sus esposas e hijos. Los solteros, debían permanecer allí.

A Shaoran le pareció bastante extraña la orden y, a juzgar por las expresiones de sus compañeros, advirtió que ellos también compartían su opinión. Sin embargo, nadie habría cuestionado los deseos del rey. Shaoran regresó a su sitio, contra la pared del fondo, pues era desde allí donde veía mejor las puertas dobles por las que Sakura volvería a entrar. Hizo un gesto a Yue y se apoyó contra el muro para esperar.

Por fin se abrieron las puertas. Todos, incluso el rey de Inglaterra y su esposa, se volvieron para ver a Sakura entrando en el salón.

Los que estaban sentados, se pusieron de pie inmediatamente. Alguien comenzó a aplaudir. Luego otro se le unió, y otro y otro más, hasta que todo el salón explotó en un solo aplauso.

El rey William no se puso de pie, pero sí aplaudió. Sakura no enten día qué estaba sucediendo. Se detuvo abruptamente y casi se dio la vuelta para ver si había alguien detrás de ella, merecedor de tan caluroso recibi miento.

Por su expresión, Shaoran notó que ignoraba que todos le rendían tribu to a ella. Sin embargo, el bullicio no pareció aturdirla. No, se la veía bastan te serena y encantadora. Se había puesto un vestido azul oscuro y un manto. Shaoran pensó que ese color le sentaba mucho mejor que el blanco, que había lucido hacía una hora, cuando entró por primera vez en el recinto.

El rey William hizo un gesto a Sakura para que se acercara. Ella vaciló una centésima de segundo, pero luego obedeció.

Shaoran reprobó en silencio las miradas lujuriosas que sus compañeros dirigieron a la mujer cuando la vieron pasar. Tuvo el incontenible impulso de golpear despiadadamente a esos malditos caballeros.

En ese ataque de posesión y celos, supo que debía hacer.

-¿Por qué está frunciendo el entrecejo, Shaoran? -preguntó Yue.

-Por nada -masculló Shaoran-. Maldita sea, Yue. Sakura debe de estar sufriendo un profundo dolor. Mire esas vendas. Le cubren la mayor parte de los brazos. Tendría que estar descansando.

-Eso debe decidido nuestro superior -señaló Yue-. Tal vez él crea que mejor es terminar con esta tortura de una vez por todas -agregó, antes de mirar a Sakura.

En realidad, Sakura no sentía ningún dolor. El barón Samuel le ha bía asegurado que el ungüento contenía un ingrediente especial que le ador mecería la zona afectada, por que no sentiría el ardor que provocaban las quemaduras. Y le dijo la verdad.

Se dirigió hacia los cuatro escalones que conducían a la plataforma. No habría podido arrodillarse aunque lo hubiera deseado; pues, por las ven das que tenía en las manos, no habría podido tomar el bajo del vestido para levantárselo.

William advirtió el detalle. Se inclinó hacia adelante, mientras seguía sentado en su silla.

-¿No se arrodilla frente a mí?

Su expresión comenzaba a adoptar una mirada ceñuda cuando su es posa dijo:

-Ella no puede arrodillarse, esposo. Tiene las manos vendadas y no puede tomarse las faldas para levantarlas. Si lo intentara, se iría de bru ces al suelo. Sakura, querida -dijo-, inclina la cabeza. Eso bastará para complacer al rey.

William asintió. Al parecer, la explicación de su esposa le había con vencido.

Sakura se dio cuenta de que, si quería, podía desafiar al rey en ese preciso instante.

¿Pero qué pasaría con Toma?

Inclinó la cabeza.

William rió.

-Ha demostrado tener un gran valor-anunció, prácti camente a gritos, para que todos pudieran escuchar el elogio-. Yo había pensado en organizar una competición entre mis caballeros, para que aquel que resultara vencedor tuviera derecho a obtener su mano en matrimonio. Pero ahora he cambiado de opinión. Será usted la que tenga el derecho de escoger.

Sakura alzó la cabeza inmediatamente. El rey sonrió por la sorpresa que acababa de dar a esa mujer.

-Sí, usted será quien escoja a su esposo. Dése la vuelta y haga su elección, mi querida. Ahora son ellos los premios, lady Sakura. Todos, sin excepción, son valerosos soldados. Examine a cada uno personalmente, si lo desea. Interróguelos individualmente, tam bién. Si le lleva toda la noche tomar una decisión, bien, que así sea. Espera remos. La boda tendrá lugar cuando usted haya elegido.

El barón Tsukishiro soltó una sonora carcajada. Se acomodó su túnica roja y dio un paso al frente. Uno de sus vasallos le codeó en las costillas y le dirigió una sonrisa cómplice.

Yukito no tenía duda alguna de que Sakura le escogería a él. Sabía que no podía equivocarse en su juicio, pues tenía plena conciencia de sus propios valores. Era un hombre apuesto. Tal vez, el más apuesto de todos los baro nes de William. Las mujeres se peleaban entre ellas sólo para poder acercar se más a él. ¿Y por qué no? Yukito tenía una espesa cabellera gris, unos perfectos ojos café, blanquísima dentadura y un carácter muy autorita rio. Era alto, delgado y musculoso y, además, tenía la fuerza de tres hombres juntos. ¿Qué más podía desear una mujer?

Sí, Sakura le escogería a él. Todo lo que necesitaba Yukito era llamar su atención. Luego, le sonreiría y con eso la conquistaría para siempre.

En cuanto lady Sakura se volvió para encaminarse hacia la multi tud, Yukito se interpuso en su camino. Le sonrió. Ella se detuvo, le miró a los ojos y le devolvió la sonrisa.

De inmediato, le esquivó y continuó su camino.

Yukito no podía creer que ella le hubiera rechazado. Extendió la mano para tocarle el brazo. Sakura se la quitó de encima.

Tsukishiro sentía que el rostro se le ponía colorado de vergüenza. Cerró fuertemente los puños a ambos lados del cuerpo y debió reunir todo el coraje que tenía para no tomarla por los hombros y zarandearla. Con un esfuerzo supremo, se obligó a fingir indiferencia.

Los dos vasallos predilectos de Yukito, Morgan y Henry, se colocaron uno a cada lado de su barón. Pero ellos ni siquiera se molestaron en disimu lar su irritación. Resoplaron abiertamente en dirección a la espalda de Sakura.

Pero la mujer no tenía ni idea de la ira que había provocado. Toda su atención se concentraba en un solo hombre: Shaoran. Estaba apoyado contra la pared del fondo. Parecía muy aburrido, a punto de quedarse dormido.

Pero estaba mirándola.

Cuanto más se le acercaba, más preocupado estaba. Sakura trató de no sonreír.

Sentía la tensión reinante en todo el salón. Pero la fuente principal de esta tensión era Shaoran.

No era posible que alguno de los barones estuviera satisfecho con ese giro que había dado la situación, pues uno de ellos acaba ba de convertirse en el preciado premio, en la posesión.

En realidad, debió haber sentido un poco de compasión por los caba lleros. Pero no. Estaba demasiado ocupada regodeándose con la situación.

Dios, qué momento tan emocionante.

Sakura siguió abriéndose paso entre la multitud hasta que llegó a Shaoran. Cuando estuvo a menos de medio centímetro de distancia de él, se detuvo. No dijo ni una sola palabra. Sólo le miró, durante unos eternos mi nutos.

Shaoran no podía creer que ella estuviera parada allí. Meneó la cabeza. Ella asintió.

-¿Shaoran? –Sakura apenas murmuró su nombre, pero él lo escuchó de todos modos.

-¿Sí, Sakura?

Su sonrisa le cautivó. Ella le hizo un gesto para que se le acercara. Luego se puso de puntillas y le susurró al oído:

-Jaque mate.


CONTINUARA...

Espero que les haya gustado el capitulo... espero sus comentarios! bye bye