¡Buenas noches! ... o tardes, según donde estemos ^^
Siento mucho el haber tardado con la actualización, pero he andado bastante liadilla con el trabajo y bueno, saliendo y tal, lógico, no? Jeje. Haré una promesa conmigo misma para que el próximo capítulo no tarde tanto~ De hecho, este capi es muy cortito, es más que nada un intermedio, cosas que necesitan saberse pero que no se me ocurre dónde meterlas si no es de este modo.
Pues nada, espero que os guste y que no me queráis matar, jeje.
Reviews? Siempre suben la moral y dan ánimos para seguir escribiendo~ (además, es mu cumpleaños, jajaja)
O3. Secreto.
Iván comenzó a dar vueltas en la habitación. No podía creer que fuese cierto, que lo hubiesen conseguido. ¿Quizás ese Kiku no fuese tan mala persona como él pensaba? No, seguro que lo era, no podía equivocarse en eso. Su instinto nunca le había fallado, y ahora no iba a ser menos. Supervivencia. Ese Kiku no tramaba nada bueno, pero… al fin y al cabo… podría ver a Yao todos los días…. Hasta la hora del anochecer.
Escuchó pasos en el exterior, tacones. Tenía que ser Elizaveta. Sin embargo, fue Roderich quien abrió la puerta.
- La dama quiere ir de compras, - sonrió. – Me ha pedido que le pregunte si desearía usted pasarse por el mercado en una media hora…
Salió, con una pequeña sonrisa dibujada en el rostro sin darle tiempo a contestar, cerrando la puerta tras de sí. Iván sonrió de igual modo. No había otra respuesta posible. Encuentro casual, como si no se conocieran. ¿Hasta cuándo podrían mantenerlo oculto? No había muchos extranjeros por ahí… no sería tan raro que se acabasen conociendo… Estaba bien pensado.
Tuvo tiempo de darse un breve baño, elegir ropa poco llamativa, aunque allí todo el mundo llevaba colores llamativos, pero era mejor no tentar a la suerte: un hombre alto, rubio y de ojos claros no es que pasase muy desapercibido en el Tokyo de la época precisamente, como para encima ponerse colores atrayentes. Veinte minutos después de que Roderich entrase en la habitación se dispuso a salir. Su jefe no estaba. Aunque podría adivinar dónde estaría.
Al salir, le sorprendió una leve llovizna. El clima en Japón parecía ser demasiado caprichoso. Al menos en Rusia el clima era simple: frío y mucho frío. Ah, también muchísimo frío. Pero ni se molestó en coger un paraguas o algo parecido, sabía que la lluvia no tardaría mucho en desaparecer. Si algo había aprendido mientras vivía en el campo, era a leer las nubes. Posiblemente no era el término más adecuado, pero su padre lo llamaba así. Leer las nubes. Sonaba bonito.
- ¡Oh, disculpe!
Sonrió. Inesperadamente sus pasos lo habían llevado al mercado mientras su mente estaba absorta en sus pensamientos. Accidentalmente una chica de cabello más claro que oscuro, ondulado y largo se había tropezado con él. Vestía un precioso kimono de color rojizo con flores blancas, un obi rojo claro y una preciosa flor roja y blanca en el cabello. A su lado, un chico más alto que ella, con ropas occidentales y gafas, lo miraba con interés. Y, tras ellos…
- ¿Se encuentra bien, señor…? – preguntó ella.
- Ah… sí… Iván… - sonrió mirándola. - ¿Y usted es…?
- Elizaveta, - respondió. – dejemos el apellido, no estoy de negocios, - rió. – éste es mi marido, Roderich, y él es Yao, estará conmigo durante nuestra estancia aquí.
El asiático miró a Iván, por un instante, con… ¿alegría? ¿Sorpresa? No podía ser sorpresa. Elizaveta le había dicho que Yao sabía que ella lo conocía, y que pasarían tiempo juntos. Que básicamente pretendían sacarlo de aquel lugar. Yao lo miraba con una sensación indescriptible en la mirada. Roderich lo vio. Él pensó que era alegría. También pensó que posiblemente no le dejasen mostrar emociones. Bajó la vista.
- ¿Quiere acompañarnos? – preguntó Elizaveta, con una sonrisa en los labios.
- Oh, por supuesto, siempre es bueno no ser el único extranjero que anda por ahí.
Sus ojos se encontraron con los de Yao. El asiático inclinó la cabeza a modo de saludo. Iván le respondió con una leve sonrisa, prácticamente imperceptible. Imperceptible para aquellos que no fuesen Elizaveta y Roderich, claro está.
Estuvieron paseando por el mercado. La chica compró prácticamente todo lo que se le antojó, mientras que su marido daba gracias por ser de familia aristocrática y adinerada. Jamás les estuvo más agradecido. El asiático se limitaba a ayudarla a elegir ropa y a vestirla, puesto que, como toda occidental, Elizaveta no tenía ni la más remota idea de cómo ponerse un kimono.
Desde luego, el austriaco y la húngara actuaban como si lo hubiesen hecho toda la vida. Bueno, del chico se lo creía. Sabía que no era tan bueno e inocente como aparentaba. Yao los seguía sin pronunciar palabra, salvo cuando Elizaveta le preguntaba cualquier tontería.
Llegaron al hotel para descargar las compras del día. A Roderich le dolían los pies. No le gustaba ir de compras, pero la situación lo requería.
- Oh, vaya, si hasta estamos en el mismo hotel, - suspiró Elizaveta a la hora del almuerzo. - ¿Deberíamos almorzar aquí o hay algún otro sitio más… privado?
Esto último lo preguntó mirando a Yao de reojo, sonriéndole levemente. El chico asintió casi imperceptiblemente.
- Hay un par de sitios alejados de la multitud, señora, - musitó con una leve reverencia. Elizaveta puso los brazos en jarra.
- Pero bueno, ¡no quiero que me trates como si fuese alguien superior!
- Elizaveta, no lo hace queriendo, - intervino el austriaco. – Es a lo que le han obligado desde siempre, ¿me equivoco?
Yao asintió de nuevo, bajo la atenta mirada de Iván. Roderich se dio cuenta y cogió a la muchacha de la mano, comenzando a caminar. Ella lo miró sobresaltada, pero comprendió con un simple gesto. Se enganchó a su brazo, sonriendo como una colegiala mientras los otros dos los seguían.
El sitio al que ir era lo de menos. Tan solo había un requisito: debía estar lo suficientemente lejos para que nadie los viera, y lo suficientemente cerca para que Yao volviese sin levantar sospechas.
/
En su despacho no había nadie. Kiku se encontraba en el jardín, sentado sobre un enorme lienzo en el que lenta y parsimoniosamente trazaba palabras con un pincel. Tenía los ojos cerrados, relajado. Suspiró al escuchar de fondo las voces de los clientes y los grititos y risitas de las chicas. En el fondo, aquello no le gustaba. Jamás le había gustado. Pero no le quedaba más remedio.
Se levantó y se dirigió hacia una de las habitaciones de la planta superior. Abrió la puerta sin llamar, encontrando una bella joven tumbada, desnuda, sobre una colcha roja. Su negro cabello era largo y sedoso. Se detuvo a contemplarla, pero su mente poco tiempo se detuvo en ella. Mientras ella lo desnudaba, Kiku pensaba en Hyaku-go. Y en Alfred. Y sintió nauseas. Hizo una mueca de disgusto que hizo que la chica corriera a enmendar el error que creyó haber cometido.
Comenzó a dolerle la cabeza. Siempre le pasaba cuando pensaba en Alfred. Fue divertido mientras duró. A veces aún lo era. Pero cada vez menos.
La chica comenzó a lamer el torso ahora desnudo del nipón, mientras éste seguía con la misma expresión ausente. Ella lo atrajo hasta la cama, donde hizo que se sentara, colocándose ella sobre él.
- 私は、あなたが日本の随一の花魁になるようする必要がありますか? (Tengo que hacer de ti la mejor Oiran de todo Japón, ¿no?)
La chica lo miró con ojos como platos, casi con ojos esperanzados. Pero la mirada de Kiku la devolvió a la realidad. No se refería a ella. No sabía a quién se refería. Él posó una de sus manos en su mejilla.
- さぁ、遊びます… (Bueno, juguemos…)
/
- ¿Crees que lo hará? ¿Qué lo conseguirá?
Alfred se detuvo ante la ventana. Se asomó, respirando profundamente, para luego volverse y sonreír con suficiencia.
- Of course, Arthur, - dijo, encogiéndose de hombros. - ¿Por qué lo dudas?
- Por nada...
Arthur suspiró, dirigiéndose hacia la ventana que había frente a la que ocupaba Alfred. No tenía ni idea de por qué se había encaprichado de aquello, qué pretendía hacer. Pero había algo que no le gustaba, algo que le hacía estar reticente. Pero Alfred no se daba cuenta. Y si lo hacía, lo ignoraba por completo. Como siempre. Siempre era la voluntad del americano sobre todas las demás.
- Hyaku-go será la mejor oiran de todo Japón.
- Hyaku-go es un hombre… - suspiró Arthur.
- La mejor oiran, - prosiguió ignorándolo. – Y luego será mío.
/
Finalmente Yao los llevó hacia un pequeño establecimiento bastante acogedor. No disponía de mesas, para disgusto de los occidentales: todo lo que había eran manteles sobre el césped a modo de picnic. Elizaveta sonrió encantada con la idea, y no tardó en elegir el sitio que le pareció con mejores vistas.
Yao seguía sin acostumbrarse a que lo tratasen como a un igual. Le costaría mucho. Y tampoco quería. Sabía que, en cuanto se sintiera a gusto con ellos, como uno más, Kiku llegaría y le arrebataría el pequeño trozo de libertad que le había dado.
Roderich y Elizaveta se apresuraron en terminar su almuerzo. Se levantaron tranquilamente, decidiendo ir a dar un paseo por los alrededores. El recinto era precioso, ya que prácticamente comieron en un pequeño bosquecito. Iván suspiró. Los habían dejado a solas. El asiático pareció darse cuenta también. Fijó la vista nerviosamente en el suelo.
- Si miras siempre al suelo te perderás todo lo que te rodea…
Yao alzó la vista brevemente, lanzándole una mirada al rubio, antes de observar los árboles y el cielo.
- Debo obedecer… - susurró. – No puedo mirar a nadie a los ojos. No puedo disfrutar.
- Ahora no estás allí, - respondió el ruso. – Sino aquí. Sé que es difícil, pero…
Iván giró la cabeza, esperando encontrar al asiático con la mirada fija en el suelo, asintiendo fugazmente, como las dos veces que lo había visto. Bueno, tres. Pero se equivocó. Yao lo estaba mirando, tímidamente, con las mejillas encendidas, y una lve sonrisa dibujada en sus labios.
Leve, pero sincera. Iván sonrió también.
