Capítulo 3:
El aroma del chocolate inundó hasta el más pequeñito rincón del lugar. Sintió la habitación tibia y agradable. El crepitar incesante del fuego de la chimenea era el único ruido presente, a excepción de las respiraciones acompasadas y tranquilas de los únicos presentes.
Por primera vez, su mirada se despegó de las rojizas llamas del fuego para dar con la enorme taza azul que Ginny le extendió frente a sus ojos. Agradeció con un movimiento simple de cabeza, aceptó la bebida, y se perdió de nuevo entre las brasas del fuego.
- Has estado muy pensativo últimamente. – Ginny tomó asiento sobre la peluda alfombra, al lado de Harry, el cual, al parecer, no había escuchado palabra alguna. - ¡Harry! – elevó la voz. El joven pareció volver a la realidad.
- ¿Qué? – miró a la chica a su lado.
- Has estado muy pensativo hoy, ¿te pasa algo? – su voz salió con notable preocupación y nerviosismo. Harry lo notó, y por más que lo intentó, no evitó sonreír.
- Estoy bien, Ginny. – habló con voz calmada y apacible para luego beber un sorbo de su chocolate caliente. – Está delicioso. – Corroboró volviendo a prestar su atención al fuego.
- Excelente para una noche fría. – Ginny tomó de su taza. Un silencio, medio incomodo, hizo acto de presencia. La joven suspiró distraídamente, y Harry le prestó atención.
- ¿Tú estás bien? – sin darse cuenta, arrimó su cuerpo un poco más hacia la derecha, logrando estar más cerca de la figura femenina.
- Sí… sólo pensaba. – sonrió a Harry. – Tu cumpleaños. – Acotó en ese momento.
- Sabes ya que no tienes que darme nada. Tú y toda tu familia ya me han obsequiado más de lo que puedo pedir… Y no…
- Harry, ¿recuerdas los años anteriores?, siempre pides que no te demos nada….- Miró al joven. – Y dime, ¿acaso te hacemos caso? – El azabache rió sin contenerse.
El silencio llegó nuevamente. Harry escuchó el pequeño sorbo que dio Ginny a su chocolate.
Estar cerca de ella le resultaba, de cierta forma, agradable. Su presencia lo ayudaba a calmarse, a sentirse relajado… Y aunque lo negara, le exigía más cercanía.
Su trato con Ginny siempre fue en base a una muy sincera amistad. La etapa infantil te permite saber en quienes debes confiar, en quienes debes creer, y a quienes debes querer.
Pero esa etapa ya estaba traspasada. Harry ya no era aquel niño de diez año que jugaba feliz con una cometa mientras una nena de tan sólo nueve años corría feliz detrás de él. Ya no era el niño que pescaba un enorme pez en el pequeño río que se encontraba en el parque cerca de los Weasley mientras una nena pelirroja lo vitoreaba con aplausos y gritos de alegría… Ya no era un niño… y por supuesto, Ginny ya no era una niña.
La gente crece, y sus sentimientos cambian, éstos crecen con la persona y en algunas ocasiones pueden cambiar rotundamente sin uno darse cuenta.
Amistad hacia Ginny… esa era la verdad hace apenas seis años atrás. ¿Y ahora?, sin duda aquel sentimiento no era sólo de amistad.
- Harry…- escuchó el susurro de Ginny cerca de su oreja. Sin evitarlo, se estremeció. – Feliz cumpleaños. – Cerró los ojos al sentir los labios de la pelirroja posarse en su mejilla, obsequiándole un simple, pero tierno beso.
Volteó a mirarla, ella le sonrió y señaló el redondo reloj puesto en la pared sobre la chimenea. Doce en punto… ya era su cumpleaños, ya tenía Dieciséis años.
- Por ti…- Ginny levantó en alto su taza de chocolate, sonriendo radiante y felizmente. Harry la imitó, y mirándose fijamente a los ojos, chocaron las tazas de chocolate caliente.
El ladrido de Ceto resonó enérgico de entre los árboles, aquello provocó un brusco y poco agradable despertar.
Se levantó de la pequeña hamaca que guindaba segura entre los postes de la entrada de la cabaña. Bajó los tres descuidados peldaños de madera (los cuales podrían ceder en cualquier momento, no le extrañaría. Debía repararlos) y silbó fuertemente en dirección al bosque.
Sólo esperó unos cuantos segundos antes de ver el pequeño y muy peludo cuerpo del canino correr hacia su encuentro. El perro llegó hasta él y ladró nuevamente.
- ¿Dónde te metiste? – preguntó al ver el estado desastroso en el que Ceto se encontraba. – No… Ceto, ni se te ocu…- corrió hasta el perro y lo jaló de la cola justo antes de que éste ingresara a la cabaña. – ¡Asqueroso! – musitó tomando al perro en brazos y llevándolo directo hacia el pequeño riachuelo.
Ceto ladró, se retorció, trató de liberarse del agarre del joven sin tener éxito. El perro chilló molestamente al sentir el agua fría del pequeño río.
Harry se encargó de restregar el pelaje embarrado de lodo, dándole a Ceto, una imagen completamente diferente a la de hace unos instantes. Lo limpió de cabo a rabo.
- Listo...- Ceto salió con prisa del agua, sacudiendo su cuerpo vigorosamente y salpicando gotas a su alrededor. Ladró antes de coger trote hacia el interior de la cabaña.
Harry permaneció a la orilla del río unos cuantos segundos más. Lavó su rostro, sus manos y sus antebrazos. Se incorporó sobre si y sin tener nada más que hacer, fue sobre los pasos del perro.
Ceto ya estaba recostado sobre la pequeña durísima alfombra cuadrada que holgaba en el suelo al pie de la cama. El perro levantó la cabeza al sentir la presencia de su amo entrar, no le prestó mucha intención, puesto que al instante se echó de nuevo sobre su lecho y cerró los ojos con pesadez.
Harry suspiró sin saber qué hacer. Sus pies caminaron hasta uno de los bancos de madera que se encontraba junto a la diminuta mesa en el centro y tomó asiento en ella, sirviéndose un vaso del cartón de leche.
Silencio, vacío… soledad. Y esos sueños… esos malditos sueños que lo único que provocaban era el crecimiento de un sentimiento incomodo en su pecho, el deseo de regresar en el tiempo y borrar toda cosa mala que se presentó en su vida... de volver, y recrear los instantes más felices que hubiese vivido jamás.
¡Y no podía! era terrible, ¿verdad? Anhelar algo que nunca podrás tener. Era terrible.
Acabó su vaso de leche con tan sólo su primer sorbo. Se levantó con velocidad del banco y salió de nuevo hacia la montaña, deteniéndose en el pórtico. Sacó de sus bolcillos un pequeño y arrugado almanaque. Posó sus ojos en él y una vez más se dio por enterado de la fecha que se aproximaba, su cumpleaños.
O O O
Arrojó al interior de la maleta la última prenda que portaba entre sus manos, una delgada bufanda tejida por su madre. Cerró su equipaje en un rápido movimiento, notando ya que estaba lista para su viaje.
- ¿Cuándo sales? – Hermione tomó asiento al pie de la cama de la pelirroja mientras ésta acomodaba su equipaje junto a la puerta del pequeño cuarto.
- Pasado mañana. – suspiró
- La pasaras bien – acotó la castaña con una sonrisa.
- Iré por trabajo, Hermione, no para pasar unas vacaciones. Turistear no debería estar en mis planes.
- Eso es una tontería. ¡Aprovecha! – Ginny se echó en la cama junto a ella.
Ambas se mantuvieron calladas por varios minutos. El reloj de la mesita junto a la cama marcaba las siete de la noche. El ligero ruidito de gotitas de agua resbalando por la ventana y cayendo les indicó que estaba empezando a llover.
- ¡Estúpida lluvia! – musitó la pelirroja con irritación. – Si en Londres pasara algo más que sólo lluvias, mi trabajo se me haría más fácil.
- Da la impresión de que no quieres viajar – Hermione se tendió junto a su amiga, ambas con la mirada fija en el techo de la habitación.
- No es eso…Sólo… presiento algo – murmuró cerrando los ojos.
- Son ideas tuyas – apuntó la castaña. - ¿Qué tal Steven?
- Bien…- respondió la pelirroja con simpleza. – Es muy agradable, me gusta estar con él – farfulló aún con sus ojos cerrados.
- ¿Cuándo lo presentarás a la familia? – Ginny no respondió. – Ginny…
- Pronto.
- Van en serio ¿no?
- Sí.
- ¿Entonces?
- Es sólo que…- Se removió incomoda. – No sé.
Silencio. Hermione suspiró y Ginny abrió los ojos.
- Creo que ya deberíamos irnos…- ambas mujeres se levantaron de la cama. – La cena es a las ocho y ya son las siete y media.
Ginny sujetó su cabello en una coleta alta mientras se echaba una última mirada en el espejo al igual que Hermione.
- Vayamos en mi auto, de regreso puedo traerte de vuelta a tu departamento.
Llegaron a la planta baja del enorme edificio y salieron a la calle, abrigadas hasta el cuello con un grueso y cálido abrigo. Subieron al auto de la castaña, cogiendo marcha a los dos minutos.
- ¿Y cómo vas con Ron? – preguntó Ginny al mismo tiempo que se liberaba de sus guantes de lana.
- Muy bien. Puede que llegue un poco tarde a la cena de hoy. Está muy ocupado, la empresa le absorbe demasiado tiempo.
- Me lo imagino. ¡No! no me lo imagino. Es raro ver a un Ron responsable – rieron.
Se estacionaron frente al pequeño jardín correspondiente a la casa de la familia Weasley. Bajaron del auto y caminaron con cuidado a través de las flores y el césped húmedo. Tocaron la puerta de madera pintada de blanco e inmediatamente un alto hombre con escaso pelo gris en su cabeza, mirada cansada y arrugas marcadas, abrió la puerta de par en par. Una enorme sonrisa se dibujó sobre su boca al verlas. Las invitó a pasar con un movimiento de sus manos, entusiasmado.
- ¿Cómo estás, papá? – Ginny brindó a su padre un fuerte abrazo y un simple beso en la mejilla. El hombre rió con alegria al mismo tiempo que le devolvía el gesto a su hija para luego repetirlo con Hermione.
- Muy bien, preciosa – el señor Weasley tomó asiento en un enorme y cómodo sofá color arena, invitando a las jóvenes a unirse a él.
- Al parecer somos las primeras – dijo Hermione, liberándose de su abrigo.
- Percy debió quedarse en la universidad, al parecer, sus alumnos necesitan una ayuda intensiva, por lo que ofreció cursos para la mejora de éstos…- explicó el señor. – Bill debe estar por llegar, hace unos minutos llamó y dijo que ya venía en camino junto con Charley, y los gemelos cancelaron…al parecer, tenían una cita importante.
- ¡Hija! – la señora Weasley salió de la cocina. Portaba sobre su ancho y regordete cuerpo un blanco delantal ya con manchones de diversos tamaños al frente de éste. Se despojó de él, permitiéndose abrazar a su hija con notable frenesí. – Me alegro que vinieran. – saludó a Hermione con la misma efusión.
La cena transcurrió tranquila y sin ningún tipo de acontecimiento sorpresivo. El ruido de los cubiertos al dar con los platos y el sonido de las copas golpear contra si se mezclaba entre las risas y las conversaciones de los presentes. Ginny sonrió radiante durante toda la noche. Hace mucho que no disfrutaba de una cena estando en casa de la familia Weasley. ¡Lástima que no estaban todos sus hermanos!
- Tenemos que hacer esto más seguido – habló Ron junto a la pelirroja. Ambos de pie en el pequeño porche de la casa.
- Sí. Lástima que no pudieron venir los gemelos ni Percy – bebió de la copa de vino que traía en su mano derecha.
El silencio se presentó entre ambos. Ginny se perdió en sus pensamientos, absorta en un par de recuerdos a los cuales maldijo con ganas por su inesperada aparición, todo para fastidiarle la vida. ¿No había sido ya suficiente?
- ¿Te sientes bien? – preguntó el joven pelirrojo, captando la mirada acongojada de su hermana. A veces podía leerla, como un libro abierto.
- Sí, sólo pensaba.
- Ginny… ¿seguro estás bien?
- Estoy bien, Ron.
- Te conozco, esa mirada…
- ¡No es nada! – vociferó mirando en otra dirección.
- Déjalo, Ginny…- escuchó el susurro de Ron, justo antes de que éste diera la vuelta y se perdiera en el interior de la morada.
Déjalo, Ginny… ya lo había hecho ¿no? lo había dejado ir…Y se había prometido olvidarse de él.
- Ginny… - Hermione llegó a ella.
- ¿Qué pasa?
- ¿Quieres más pastel de chocolate?
- No, gracias – sonrió, apaciguando la congojo, fingiendo estar feliz.
- ¿Te sientes bien?
- Sí, perfectamente. Mejor entremos, parece que volverá a llover.
Un par de horas más en compañía de su familia, riendo, conversando y evitando recordar. Aquello era prácticamente imposible, olvidar. Pero hacía el intento, y le valía.
Antes de dar por finalizada la velada subió al baño del segundo piso. Se disponía a entrar sin dar muchas vueltas, pero la imagen de la puerta marrón frente a ella, apostillada junto a la del baño, la descolocó.
No debería… por lo que trataba de hacer, lo más inteligente sería alejarse de ese lugar…mas no lo evitó, y en un abrir y cerrar de ojos, entró a la habitación.
Todo estaba muy bien aseado, sin duda su madre se encargaba de mantener el lugar en óptimas condiciones, como si esperase a que alguien llegase y ocupara el sitio. Una cama cubierta por suaves sábanas blancas se encontraba en el centro del cuarto, una pequeña mesita de luz justo a su lado, un escritorio de madera dispuesto bajo una ventana en la pared del frente, y un armario olvidado, lleno de aire y quizá con alguna que otra polilla.
Su interior trepidó ante la vista. Los recuerdos apalearon su cabeza, dejando en su mente imágenes del pasado… recuerdos felices, quizás los más felices de su vida, pero dañinos a la vez.
Sintió un par de lágrimas corriendo por sus mejillas. Dio vuelta y salió con paso rápido de esa habitación.
Esa bendita habitación.
Lavó su rostro, ansiando que el agua que la empapaba, además de enjuagar sus lágrimas, borrara todo recuerdo que la atormentaba. Secó su cara, se miró en el espejo y suspiró hondamente, llenando el pecho. ¡Ya había sido suficiente!
Abandonó el cuarto de baño no sin antes posar su vista en el diminuto calendario pegado en el espejo que se encontraba sobre el lavabo. Un par de lágrimas nuevas lograron escapar de su mirada castaña y las secó con rabia. De nuevo se repitió ¡ya había sido suficiente!
Al parecer, todos en su familia habían logrado superar, o al menos sobrellevar, la pérdida de uno de ellos (porque Harry había sido uno de ellos)… Pero, ¿por qué a ella le costaba tanto?
Es obvio, Ginevra. Lo amaste con locura... Lo amas con locura.
¿Se es débil al recordar siempre a la persona que más quisiste en tu vida, a pesar de dañarte y hacerte llorar como una martir?
La castaña la dejó en su departamento un poco después de medianoche. Deseó que Hermione se quedará al menos una hora para charlar y así evitar pensar. No obstante, la mujer tenía planes más importantes y sin duda más interesantes que hacer junto con su hermano, y Ginny no era quien para negarle a su amiga y a Ron el disfrute de estar juntos. Se lo merecían al amarse tanto.
Entró sin preocuparse en prender las luces. Ingresó directamente a su habitación, liberándose de su abrigo, sus guantes, su bufanda y sus botas negras. Se echó sobre su cama de un salto, en ropa interior, provocando que el colchón brincara con ella sobre él. Su vista se quedó fija en el techo blanco, luchando para dejar a su mente despejada, peleando para no pensar en absolutamente nada que la dañara o la hiciera gimotear como estúpida; quizá golpearse la cabeza hasta quedar amnésica fuera una buena idea.
El intento fue inútil, las imágenes llegaron de nuevo.
¿Por qué esa insistencia? ¿No podían dejarla en paz? Ya estaba decidida a olvidarlo, a anularlo de su mente, a borrarlo de su vida. ¿Por qué los recuerdos llegaban de manera tan insistente y se empeñaban en hacerla desear algo, que sabía, seria remotamente imposible de cumplir?
Eso lo sabía desde ya hace cinco años atrás, demasiado tiempo. ¿Cómo era posible que aún no lo hubiera superado?
Y ahí estaba, llorando de nuevo. Era sorprendente saber que sus ojos aún no habían quedado secos.
Se incorporó apresuradamente, fue hasta la mesita de luz y tomó el auricular del teléfono. Marcó el número con una velocidad increíble y escuchó la voz profunda de Steven al otro lado.
Quizás no era la forma más sana de evitar pensar en él… pero funcionaba.
O O O
- Vas hacer falta, pelirroja. – Steven terminó de introducir ambas maletas en la parte trasera del pequeño Taxi amarillo. - ¿Seguro no quieres que te acompañe al Aeropuerto?
- No, tranquilo – Ginny se acercó al joven gracialmente, y lo besó en la mejilla. – Nos vemos en una semana – sonrió, luego le guiñó un ojo divertida.
- Una semana…- repitió Steven. – Si no regresas para la fecha provista, me verás en la obligación de ir a buscarte.
- ¿Tanto será el entusiasmo de verme que serás capaz de ir a la otra mitad del mundo?
- No es tan lejos – la atrajo por la cintura y la pegó de forma apresurada contra su cuerpo.
No sentía estar cómoda ante ese beso candente que compartía con Steven. Los peatones pasaron junto a ellos, mirando de una forma nada disimulada a la joven pareja sin vergüenza. Delicadamente, separó su boca de los labios del joven, sonrió, y como de costumbre, se sonrojó.
- Será mejor que me vaya – un casto y simple roce que apenas sintió fue lo que le obsequió al chico como despedida. Giró sobre sí y se introdujo en el pequeño auto amarillo.
- Cuidado – murmuró Steven, la observó a través de la ventanilla del taxi. Ginny le sonrió una vez más, movió su mano en señal de despedida y le indicó al chofer,el camino que debía tomar a continuación.
- Ya, ¡basta Harry! – exclamó Ginny ante las cosquillas de su novio, el cual disfrutaba de cada nota de la risa de la joven como el canto maravilloso de los ángeles en navidad. - ¡Déjame! - La chica logró liberarse de los brazos de su compañero. Se levantó del césped con una sonrisa abierta sobre sus labios rosados, miró al muchacho aún sentado bajo el limonero y le tendió la mano. – Sabes que no soporto las cosquillas. – Entrelazó sus dedos con los de él.
- Me gusta escucharte reír.
- Puedes hacerme reír con diferentes maneras…- Inició una caminata por la pequeña extensión verde que se expandía a los alrededores de la pequeña casa de los Weasley. – Pero no con cosquillas.
- Eso es algo difícil. – Harry detuvo su andar, tomó a Ginny por la cintura y la pegó rápidamente a su cuerpo. – Estás llena de cosquillas, pecosita. – hundió su rostro en el cuello de su novia, pegó su nariz contra su tez blanca y acarició su piel con la punta de ella, una y otra vez… Como lo supuso, Ginny rió frescamente.
Dio fin al contacto de su nariz y le permitió a sus labios continuar con el roce contra la piel nacarada de la chica. Ginny suspiró, enredó sus finos y delicados dedos en la indomable y despeinada cabellera azabache, acariciándolo con delicadeza, y suavidad.
- Mmm… hueles a flores – Su boca trazó un caminito por su mandíbula hasta llegar a los delgados labios de su novia. La besó con ternura.
- A flores…- Repitió Ginny, al mismo tiempo que apoyaba su frente contra la del joven. Aquel aroma se debía a su agua de colonia.
- Jazmines, para ser más específico.
- ¿A qué hueles tú? – la pelirroja hundió su rostro en el cuello de Harry. Propició caricias lentas con la punta de su nariz. Apoyó su cabeza en el hombro de su novio, aun manteniendo el contacto de su nariz contra la piel del chico. – Hueles ah…
- ¿A qué? – preguntó acariciando la larga cabellera pelirroja, la cual se mecía libre sobre su menuda espalda, y deleitándose con la agradable sensación que provocaba el cálido y tibio aliento de la joven sobre su piel. Sólo con ella sentía tal relajación, nunca antes experimentada.
- Hierba buena…Y cuero – Ginny levantó el rostro, fijando sus castaños ojos en las esmeraldas de Harry. – Son olores muy agradables. – sonrió abiertamente.
Aún le costaba definir la gran cantidad de sentimientos que trasmitían los ojos de Harry cada vez que la observaba tan fijamente. Hace apenas unas semanas que se habían declarado mutuamente. Una relación totalmente diferente a la amistad que se desarrolló entre ellos después de aquellas simples palabras. Te quiero… Me gustas…
Te quiero… era poco para definir lo que en realidad sentía hacia el chico. Lo adoraba, y mucho más... Su corazón guardaba la esperanza, de que en algún momento Harry pronunciara esas palabras con la más pura sinceridad… palabras que ella repetiría, sin dudar ni un sólo momento.
- Es hora de volver – Ginny liberó su cuerpo de los brazos del adolescente y entrelazó sus manos nuevamente. – Ya es hora de la merienda, será mejor apurarnos.
- Lo más probable es que Ron haya acabado con todo ya.
- Más le vale que no – murmuró la pelirroja, ya cogiendo camino hacia la casa Weasley.
Justo antes de entrar por la puerta blanca de madera, Harry tomó ambos brazos de la chica rápidamente, la pegó a su cuerpo y la besó en los labios con ternura desbordada.
Será imposible hacer esto con Ron y los gemelos presentes – susurró contra la boca de la chica. Ginny sonrió radiante, dejando reposar sus delgados brazos sobre los hombros de su novio. Entrelazó sus finos dedos detrás de su nuca y lo besó de nuevo.
Un beso diferente, menos tímido y más de novios. Dejó a un lado el temor, los nervios, y con decisión, accedió a la boca de su chico con lentitud.
Sus piernas rehilaron, su corazón dio un salto… sentía demasiado y no sabía cómo era posible... Aquellas maripositas libres que se hallaban en su estomago parecieron declarar una competencia para ver quien aleteaba con más y más fuerza. Era la primera vez que se besaban de tal forma… tan intensa, tan apasionante y tan deliciosamente perfecta. Suspiró al sentir la presión de los fuertes brazos del muchacho alrededor de su cintura. Harry la hizo apoyarse más contra su cuerpo mientras se encargaba de profundizar el ya desesperado contacto de su boca contra la de ella. Los movimientos de su lengua eran divinos.
Se hallaban perdidos, recorriendo el paraíso de punta a punta, queriéndose adentrar más en aquel Edén prometido… hasta que un molesto y sonoro bramido provocó la explosión de aquella mágica burbuja dorada en la cual se encontraban atrapados, y felices...
Lo más inteligente era besarse fuera de la casa, lejos del resto de los Weasley… pero era tonto el hacerlo justo en la puerta de entrada del lugar.
- ¡No empieces, Ronald! – Ginny se alejó un poco de Harry. Tomó su mano e ingresaron a la casa rápidamente.
Harry se veía sonrojado, incapaz de dar de frente con la mirada azul de su pelirrojo amigo… no por temor, ni por vergüenza… simplemente estaba perdido, perdido en Ginny y en su preciosa boca.
- Deberíamos buscar un escondite sólo para nosotros. – le murmuró la pelirroja de manera disimulada, mirando ceñuda al trío pelirrojo frente a ellos.
Harry sonrió, como siempre hacia cuando ese delgado cuerpecito estaba junto a él. La necesitaba…
Su aroma era adictivo y su sabor una necesidad.
Una ligera turbulencia al avión provocó la finalización de su sueño. Se acomodó sobre su asiento y frotó sus ojos con ligereza con la intención de despertarse un poco más. Movió su cabeza de un lado a otro, aliviando un poco el ligero dolor que se presentó en su cuello debido a la posición incómoda con la que se durmió. Fijó su vista en su reloj de pulsera, aún faltaban tres horas para llegar, ¡un fastidio!. Suspiró, sin saber qué hacer para pasar el tiempo. Rebuscó dentro del pequeño bolso que se le permitió llevar junto con ella durante el viaje y sacó una revista, devolviéndola al instante al interior del maletín, pues las ganas de leer eran muy escasas. Después de unos segundos rebuscando y desordenando el contenido de su pequeño equipaje de mano, logró dar con sus audífonos; se los colocó, dejando que su mente se relajase gracias a las lentas melodías que escuchaba con atención.
Todo se veía mejor con música de fondo.
El avión aterrizó en el Aeropuerto principal de los Estados Unidos a las dos de la tarde. Agradeció estar en tierra nuevamente. Bajó del enorme transporte, buscó su respetivo equipaje, y se dispuso a continuar con su camino sin ningún tipo de distracción. Su jefe se encargó de alquilarle un pequeño y modesto auto el cual le serviría para su viaje por el nuevo país. Observó el mapa que adquirió en Londres antes de partir; debía cruzar tres olvidados pueblos para llegar al pequeño páramo que sería el escenario perfecto para captar de manera clara y pulcra el "muy interesante" evento que la madre naturaleza llevaría a cabo en sólo una semana.
- Ojala pase rápido. – murmuró por lo bajo.
Abordó el coche, ya la esperaba en las salidas del Aeropuerto. Un largo camino era lo que le esperaba a continuación. Suspiró, mirándose en el espejo del retrovisor. Prendió el motor del pequeño vehículo y dio marcha a los dos minutos.
Primera parada, el pueblo de Leystaum.
O O O
Necesitaba una caminata. Cierta ansiedad invadió su pecho en esos últimos días. La sensación de algo que le costaba definir se había apoderado de él. Un sentimiento que lo mantenía intranquilo.
Cubrió su torso desnudo con aquella camisa desgastada de color azul, la cual ya estaba cubierta por una pequeña cantidad de parches sobre las zonas que mostraban agujeros. Sabía que su aspecto no era presentable, más bien era descuidado, desgarbado… la apariencia típica de un ermitaño.
Abrió la puerta de aquella solitaria cabaña situada al pie de su montaña. Ceto salió veloz hacia el exterior, perdiéndose entre los enormes y tupidos árboles que se hallaban frente a la morada. No dio mucha importancia al canino. Bajó los tres peldaños de su frente y caminó con tranquilidad.
Aquel paisaje que se presentó frente a él se lo sabía perfectamente de memoria…Cada árbol, cada roca, cada nido, cada arbusto… todo, lo conocía de punta a punta. Podía distinguir el canto de un ruiseñor al canto de un colibrí, podía diferenciar el sonido de las pisadas de un conejo a las pisadas de un pequeño mapache, podía reconocer el sonido de las alas de diversas mariposas, el olor de las colmenas de abejas con la miel recién hecha… el aroma de la hierba y las flores después de un día de poca lluvia…
Bajó de la colina dejando su rastro sobre el polvoriento camino de tierra. No tardó mucho para verse en el pequeño y poco habitado pueblecito. Las calles estaban acompañadas por las pocas personas que salían a disfrutar del sol de plena tarde. Pequeños grupos de familias tomaban asiento sobre las bancas cerca de aquella fuente abandonada, viendo como los niños corrían y saltaban de allá para acá.
Tomó asiento en la banca mas fría y desolada del lugar, aquella que se hallaba apartada del resto, oculta en una esquina oscura, bajo un árbol de cerezos.
Un molesto tic se presentó en su pierna derecha. De nuevo aquel presentimiento, aquella incomodidad… ¿Señales de que algo iba a pasar?, era una sensación sumamente incomoda y desagradable.
Cerró sus ojos, respiró con hondura y agudizó el oído lo más que pudo. Se concentró en el ruido que provocaban las hojas del cerezo al ser movidas por el viento, el llanto molesto de un bebé sobre el regazo de su madre, el correr de los niños de un lado a otro. Trató de despejar su mente al cien por ciento, dejarla en blanco y evitar cavilar en lo de siempre… mas le resultó imposible. ¡Esa denigrada sensación! Su cerebro atajó recuerdos que, inesperadamente, llegaron, mientras su pierna aún temblaba incontrolablemente.
O O O
Maldijo el momento en el que decidió no detenerse en aquella estación de servicio. Su auto mostraba que pronto se quedaría sin gasolina.
- ¿Será que falta mucho? – miró el mapa sobre el asiento junto a ella. No era mucha la distancia que debía recorrer desde el punto donde se encontraba hasta el pequeño pueblo. Rezando por que el combustible no se acabase, aceleró la velocidad.
El camino consistía en pura tierra, polvo e insectos que manchaban de modo desagradable el parabrisas del auto. Luego de diez minutos de camino por fin divisó, a la orilla de la carretera cerca del bosque, un pequeño letrero de madera descuidado que rezaba con letras oscuras: Bienvenidos a Leystaum
Sin saber el por qué dio pie al freno precipitadamente, provocando que el auto se detuviera de manera brusca, casi le provocó un latigazo en la cervical. Su corazón dio un vuelco del susto y sus manos se sacudieron sobre el volante.
¿Por qué aquellos nervios tan repentinos?
Respiró hondo una, dos y hasta tres veces. Encendió el coche y continuó su camino con presteza. El vehículo quedó sin combustible a los dos minutos, quedándose varado justo en la entrada de aquel pueblo olvidado.
N/A: ¡Gracias miles por leer! Bienvenidos sean los comentarios. Me ayudarían mucho sus criticas constructivas.
Hasta el próximo capítulo.
