CAPÍTULO 4: DIFERENCIA DE OPINIONES

Remus había subido a su cuarto tras el desayuno a por los libros. La cama al lado de la suya seguía ocupada, y eso que ya eran ya casi las ocho y media. Entre preocupado y curioso, se acercó y movió un poco al chico de pelo oscuro que dormía de lado pulcramente.

- Oye... –no hubo respuesta. Otro pequeño zarandeo- Oye...

Entonces aquel niño frunció el ceño. Se podía decir que era algo.

- Oye...

- Muérete, Kreacher.

- Vas a llegar tarde a clase.

- Dile al señor Talbot que no pienso presentarme a su estúpida clase de Aritmética, porque hasta tú lo haces mejor que él –balbuceó el muchacho aún dormido, ahora bocabajo, escondiendo la cabeza en la almohada.

- No sé de qué me estás hablando. Pero son las ocho y media y vas a llegar tarde a Encantamientos en tu primer día –respondió Remus.

El chico sacó la cabeza de bajo la almohada mientras abría los ojos perezosamente y giró sobre sí mismo hasta quedar boca arriba. Por un instante, Remus pensó que no tenía ojos, pues la luz le daba sobre la cara de lado y es como si le hubieran inyectado luz líquida. Después descubrió que tenía los ojos de un gris claro, como de nube en un día cubierto sin amenaza de lluvia. Ya entonces, Sirius tenía la nariz recta y típicamente aristocrática, pero había un rictus en su rostro impropio de un niño de once años. Cara de estirado.

El de la cama respingó y se sentó con los ojos totalmente abiertos y completamente despejado. Éste miró al castaño, evaluando su aspecto, pero poco podía descubrir de él si ya estaba ataviado con el uniforme.

- Mi reloj no ha sonado¿verdad?

- ¿Qué reloj?

- El que está... –dijo el moreno, mirando su mesita de noche- ¡No está! –se levantó del todo y comenzó a buscar entre las mantas.

- ¿Estás seguro que lo trajiste de tu casa?

- ¡Claro que sí! –exclamó sin paciencia- ¡Yo mismo lo revisé, porque mi elfo doméstico es un completo imbécil¿Qué clase has dicho que tenemos?

- Encantamientos. En el séptimo piso. Con... Filius Flitwick –informó Remus, revisando su horario.

El chico moreno cesó su búsqueda para ir a vestirse al baño. Al cabo de unos minutos, volvió perfectamente acicalado y con un chorreante despertador sujetado por dos dedos.

- No habrás sido tú¿verdad? –a Remus se le heló la sangre con el siseo de ira que salió de la boca del otro niño, que lo observaba con una fría mirada amenazadora.

- No he sido yo. ¡Te lo juro! –exclamó, porque Sirius le seguía mirando sin piedad- He estado toda la mañana en el Comedor, y además¿por qué querría yo tirar tu despertador... ¿al retrete?

- ¿Entonces quién ha sido? –silencio unos instantes- Aquí duermen Pettigrew y Potter también¿no? –preguntó, después de echar una ojeada al cuarto y fijarse en las siglas grabadas en los baúles.

- Sí que duermen aquí. Y si no te importa, vámonos o llegaremos tarde. ¿Sabes dónde es? –su compañero de cuarto negó- No importa. Yo sí. Pero vamos corriendo. Por cierto. Me llamo Remus Lupin.

- Yo Sirius Black.

Ambos niños callaron entonces y emprendieron la marcha. En cuanto bajaron a la Sala Común, Evans regañó al castaño por tardar y Sirius anotó mentalmente alejarse de esos dos. Especialmente por la presencia de la sangre sucia. Y además porque el otro chico, Lupin, parecía haber salido de un orfanato o algo así. Estaba hecho un saco de huesos y la ropa le venía grande por todos lados, como si le hubieran dado cuatro o cinco tallas más de las que tenía. Y tenía uno de esos cortes de pelo que llevaban ahora los muggles y que sus padres odiaban tanto.

De todas formas, Sirius pensaba hablar con el director aquella misma tarde. Habían cometido un error muy grave al enviarlo a Gryffindor, porque él tenía que ser Slytherin. No quería imaginar la cara de su madre en cuanto supiese que lo habían enviado a la Casa de los amantes de los sangre sucia. Incluso juntarse con aquel chico horrible de pelo oscuro que estaba con Lucius en el tren era mejor que eso. Y antes de darse cuenta, habían llegado a la clase y se apresuró a sentarse tranquilamente al fondo.

El profesor Flitwick resultó ser un hombre de talla baja que se erguía sobre una pequeña montaña de libros. Tenía el pelo totalmente blanco y algo largo, y su frente, que lucía unas notables entradas, estaban moteadas por pequeñas manchitas de la piel debidas a la edad, al igual que sus arrugadas manos. Era delgado y vestía una pequeña túnica de color verde botella. Parecía un tipo afable y con buena mano para la enseñanza. Remus lo veía como el típico abuelo consentidor, aunque desconocía si tenía nietos.

- Buenos días, niños –comenzó cinco minutos después de las nueve, cuando los alumnos rezagados habían llegado, mientras él esperaba pacientemente a que sus pupilos se calmasen y tomasen asiento- Bienvenidos a Hogwarts. Mi nombre es Filius Flitwick y os enseñaré Encantamientos, si la providencia me lo permite, durante toda vuestra estancia en el colegio. Como es vuestra primera clase, me gustaría amenizarla sin la necesidad de tomar apuntes. Así que guardad plumas y pergaminos, por favor –y dicho esto guardó silencio mientras crujidos y cremalleras se escuchaban por doquier- Veréis. El hacer correctamente un hechizo no depende exclusivamente de pronunciar unas palabras en latín. También depende de los movimientos de la varita. Los primeros días haremos hechizos sencillos, con movimientos cortos y fluidos, así que no os preocupéis por meter la pata. Bien... –dijo, subido sobre unos gruesos libros frente su atril- ¿Por qué no decís vuestro nombre y así nos conocemos todos?

Los alumnos, Ravenclaw y Gryffindor, fueron diciendo sus nombres uno por uno. Lily y Remus giraban la cabeza hacia cualquier lado que sonase una voz para memorizar los rostros. El niño visualizó a James y Peter en mitad de una fila, un par de pupitres más adelante. James prácticamente se retorcía en la silla para mirar a todos y luego se inclinó hacia Peter para decirle algo al oído tras descubrir a Sirius sentado al final de la clase. La presentación se efectuó sin demasiado revuelo, roto por Cecil Wallace, de Gryffindor, que tartamudeó y se puso roja cuando escuchó algunas risitas aisladas. Lily le envió una mirada de apoyo y Remus sonrió a aquella niña de liso pelo rubio y ojos tímidos.

Un niño, identificado como Joseph Miller, levantó la mano y preguntó:

- Señor¿los hechizos siempre son en latín? Quiero decir¿podría yo crear mis propios hechizos?

- Eso depende de la destreza que uno tenga con su propia magia. De todas formas un hechizo no se hace así porque sí. Si una persona descubre una nueva forma de hacer un encantamiento, se informa al Ministerio y se estudian las ventajas y las desventajas, y después se cataloga y se autovincula. Pero es algo complicado, señor Miller. No debe usted preocuparse por eso ahora –entonces la mano de una chica rellenita de pelo rizado se alzó en el aire- ¿Sí, señorita Sheehan?

- ¿Vamos a tener que hacer deberes?

- No. Está prohibido hacer magia en los pasillos y es preferible que los hechizos se hagan con la presencia de un profesor. Pero con esto me refiero al primer curso, y de forma temporal.

La mano de Peter pidió su turno.

- ¿Se puede hacer magia sin varita?

- Sí que se puede. Pero es difícil y no es algo que vayamos a hacer en el primer curso.

- Me han dicho que los Mortífagos hacen magia sin varita.

Con esas simples palabras, la comodidad que se respiraba en la clase se fue de un plumazo. El profesor adquirió una mirada seria y su sonrisa se había esfumado.

- Ese grupo no es de nuestra incumbencia, pequeño. Y que yo sepa todos hacen magia con varita.

- Pero yo he oído que la marca que dejan en las casas la hacen sin varita –dijo una niña.

- Y en el periódico pone que a los Prewett los mataron sin varita –intervino un alumno de Ravenclaw.

- ¡Niños! –la voz de Flitwick resonó sobre todos ellos llamándolos al orden y todos obedecieron de mala gana, aunque se alcanzó a oír.

- Yo he escuchado que los Black aprenden magia negra sin varita desde antes de entrar en Hogwarts.

Había sido James. Sólo había sido un susurro al oído de Peter, pero había sonado alto y claro. Remus desvió la vista hacia Sirius y sólo vio furia dirigida hacia el chico de las gafas a través de gélidas flechas de color gris.

- Será que has escuchado mal. Últimamente hay mucho imbécil con demasiado tiempo libre para inventar tonterías como ésas.

- Pues para que lo sepas, lo dijo un auror que es amigo de mi padre –fue la respuesta de Potter.

- ¡Mi familia no practica la Magia Oscura!

- Eso ve y cuéntaselo a otro.

Toda la clase comenzó a murmurar. Sirius sólo alcanzó a levantarse rabioso antes de que el mismo Flitwick metiese manos en el asunto y evitase una pelea.

- ¡Niños! –bramó. Todos callaron de golpe, sorprendidos por la chillona voz del anciano- Está bien, la clase ha terminado. Id hacia vuestra siguiente clase –el profesor fue calmando su tono poco a poco, a lo que volvió a su talante de siempre, aunque algo tenso.

Los estudiantes salieron de la clase armando un gran revuelo. Sirius fue el primero en abandonar el aula, con paso rápido, sin ni siquiera detenerse a hablar con Remus. No sabía dónde estaba la siguiente clase y tampoco es que le importase mucho. No le interesaba en lo más mínimo permanecer con aquella panda de Gryffindor estúpidos ni lo que tuviera que ver con ellos. Pero antes de torcer la esquina del pasillo, tuvo tiempo de escuchar a James gritándole.

- Al menos, los demás Black dan la cara. Mirad a ése, se va corriendo. Menudo cobarde.

Cobarde. Le había llamado cobarde. Aquel cuatro-ojos se atrevía a meterse con él. Había que pararlo. Ya. Ni lo pensó una vez. Volvió sobre sus pasos, mientras le zumbaban los oídos, y se lanzó sobre el chico, asestándole un puñetazo en la cara, donde bien pudo. Cayeron al suelo y siguieron propinándose golpes. Los niños se apretujaron en torno a ellos, animando, por supuesto, a James; mientras Remus intentaba sin éxito colarse entre la aglomeración estudiantil y detener la pelea. No fue necesario porque Flitwick salió del aula y paralizó a los dos niños.

- Os dije que fuerais a clase. Black y Potter, venid conmigo. ¡Y no se os ocurra ni miraros! –la estridente voz parecía haber perdido toda la serenidad- Los demás, dirigíos a la clase de Transformaciones y esperad a la profesora allí.

Obedeciendo al anciano, los dos alumnos entraron de nuevo en el aula y accedieron tras él a su despacho, donde se comunicó por chimenea:

- Minerva¿le importa venir un momento? –le escucharon decir a través de las llamas.

Un segundo después, la profesora del moño apretado los observaba con mirada severa.

- Vuestra primera clase y ya os habéis metido en problemas. ¿Podéis explicarme qué ha pasado?

Ambos respondieron a la vez y la mujer subió la vista al techo pidiendo paciencia.

- Potter¿le importaría explicarme su versión? –preguntó, mientras miraba al niño, que llevaba una de las patillas de las gafas colgando y tenía el labio hinchado. Sirius no estaba mejor. Su cabello desacomodado, un arañazo en la mejilla y el ojo se le estaba inflamando por momentos. Aunque tenía una sonrisa satisfecha en el rostro. Lo que McGonagall no sabía era que por muy bien que pareciera estar la cara del otro niño, debajo de la ropa tenía una buena colección de moratones. Era una táctica que usaba a veces y que de vez en cuando daba resultado. Eso sí, siempre y cuando el otro agredido no fuese su hermano.

- Yo no he hecho nada, profesora. Se me ha tirado encima hecho una fiera, vaya usted a saber por qué –dijo, con descarada inocencia- Todos los Black están locos, eso todo el mundo lo sabe, y uno no puede explicar por qué hacen las cosas.

- ¡Eres un gusano mentiroso! –aulló Sirius, lanzándole una mirada furibunda, indignado por el retintín de su compañero. La mujer se puso en medio para que no volviese a atacarle- ¡Lleva así todo el día¡Empezó él! Hoy, Pettigrew y él me han tirado el despertador al retrete. Estoy seguro que ha sido idea suya. Y no contentos con eso¡no han parado de insultarme¡Me han llamado mago oscuro¿Y pretende usted que me quede callado? –rugió, con la cara colorada por el esfuerzo, pues James había comenzado a refunfuñar mientras él hablaba.

- ¿Y quién prueba que fuese yo quien te tiró el despertador? Hay otro niño en el cuarto, listillo.

- Estoy completamente segura de que el señor Lupin no ha tenido nada que ver en ese asunto, señor Potter –intervino la profesora- Por lo pronto, Potter, cinco puntos menos para Gryffindor –a lo que el aludido abrió la boca para quejarse de la injusticia- Filius –se dirigió entonces al otro tutor, que casi había sido olvidado- Llévese al señor Potter para mi clase, por favor. En un minuto estaré allí. Y por cierto, -dijo, de pronto- os prohíbo a ambos ir a la enfermería a curaros las heridas.

El anciano y el niño se marcharon y la puerta se cerró. La mujer miró la mesa de madera del despacho durante un segundo, antes de encarar de nuevo al joven.

- Señor Black, no intento justificar a nadie, pero usted sabe muy bien que esos comentarios no son nuevos y no podrá evitarlos. Debería saber ignorarlos mejor.

- ¡Pero profesora! –replicó- ¿Cree que debo callarme si me meten en el mismo saco que a los demás¿Por qué tienen que compararme con los que arman los escándalos? –Sirius recordó que el hecho de que últimamente corriesen rumores de ese tipo se debía a que su prima Bellatrix fuese sospechosa de asesinar y torturar con ensañamiento a una familia muggle, unos meses atrás- ¡No es justo!

- Por supuesto que no es justo. Pero debería dejar pasar un tiempo. Seguro que dentro de un mes ya es uno más.

- ¡Pues no quiero ser uno más! Quiero que me cambien de Casa.

- ¿Qué?

- Que me manden a Slytherin –chilló el niño- No quiero estar en Gryffindor.

- Señor Black, repítame en qué Casa le colocó el Sombrero Seleccionador –preguntó la profesora, obligando con su mirada a que el niño bajase la voz.

- En Gryffindor –refunfuñó.

- Pues entonces, Gryffindor es la Casa más adecuada para usted. Lo comprobará con el tiempo.

- ¡No quiero comprobarlo¡Quiero ir a Slytherin!

- No puede. El Sombrero te coloca en un sitio u otro dependiendo de las cualidades de cada uno. Lleva mil años haciéndolo y no va a empezar a equivocarse ahora.

Antes de que McGonagall pudiese ponerle un castigo, Sirius se había marchado del aula rápido como un vendaval. La mujer suspiró, preocupada por el muchacho. Era obvio que el chiquillo temía la opinión de sus padres. Y ésta no se hizo esperar demasiado.