Su escudo y su espada son las piezas que deciden su triunfo
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Ciel's Diary
by
Crosseyra
Capítulo III: En manos de un demonio.
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El frío de aquella tarde era ligeramente esclarecedor. Por los cortos pasajes que la hiedra hacia antes de arremolinarse y desvanecerse a los márgenes del bosque de los Middleford se podían divisar ligeros copos de nieve y escarcha de hielo esparcida sobre ellos, el vaho que se formaba en el aire gracias a la calidez del aliento al hablar se disipaba y se perdía con el ligero viento que soplaba. Olía a tierra húmeda, ese aroma rico que daba la sensación de estar flotando sobre kilómetros y kilómetros de abundante vegetación. Los pálidos rayos del sol se colaban por entre las pequeñas rendijas de las amontonadas nubes en el cielo, dando ese toque depresivo de un día nublado, sin embargo, se respiraba un aire tranquilo, sosegado, pacífico…
¡Bien! ¡Tenía que despertar! No podía estar soñando despierto en medio de una ventisca tan helada que calaba sus huesos como esa, debía concentrarse en otras cosas. El día ni siquiera era bonito, las nubes se arremolinaban entre sí como si estuvieran batallando por un espacio en el cielo y los rayos del sol no traspasaban siquiera un agujero entre los nubarrones. Era demasiado penoso y abrumador, de tan solo verlo daban ganas de taparse los ojos y echarse a llorar.
Bueno, en el caso de Elizabeth era así.
No quedaba ningún alma rondando por el living ni mucho menos fuera de la casa señorial dados el abrupto cambio climático. En la mañana estaba despejado y el sol golpeaba fuerte sobre Londres, pero por jugarreta de la naturaleza el cielo comenzó a ser cubierto por grises nubes hasta desaparecer por completo a la vista de cualquiera, y un viento congelado comenzó a azotar la mansión de forma bestial.
Era extraño como se arruinan los planes y panoramas con solo un simple cambio atmosférico (que esta vez no resultó ser tan simple) y, de cierta forma, era irónicamente gracioso. Luego del incómodo silencio formado entre todos cuando Cheryl había terminado de presentarse, su tía Frances había propuesto el salir a montar a caballo para pasar una pequeña parte de la tarde haciendo algo entretenido y en familia, sin embargo, cuando Alexis había ordenado preparar once caballos para cabalgata, el cielo comenzó a nublarse, apiñándose de nubarrones grises y, como si nada pudiera estropearlo más, ligeros copos de nieve comenzaron a descender de ellas.
Para cualquiera podría ser un espectáculo hermoso eso de ver como los grumos de cellisca se balancean juguetonamente en el aire, moviéndose con el viento hasta terminar su recorrido en el suelo y humedecer la tierra de los jardines; y todos estaban admirados por el fenómeno tan inesperado (exceptuando a Ciel, claro), pero al darse cuenta que con un clima tan inestable y morboso se les haría completamente imposible la monta a caballo desecharon la idea al instante.
Más tarde se la pasaron alrededor de unos cuarenta minutos charlando con la prometida de Edward, haciéndole las típicas preguntas que hace en ocasiones como estas (que qué edad tiene, en donde estudió, quienes son sus padres, cuáles son sus aficiones, sus hobbies, qué clase de vida lleva, cómo conoció al primogénito de los Middleford, etc.), luego de eso el grupo comenzó a disolverse hasta irse cada uno por su lado, abandonando la sala de estar con rapidez y dejándola en completa soledad.
Sus padres, sus tíos, Edward y Cheryl se había dirigido al ala oeste en donde se encontraban las habitaciones y una pequeña bodega con los recuerdos familiares en busca de un álbum de fotos de la familia en general, es decir, en donde solo se encontraban las memorias de la familia Middleford y Phantomhive. Por otro lado él y Elizabeth se habían quedado unos diez minutos más en el living con Faustus y Michaelis, sin embargo, su prima había arrastrado al ambarino consigo a algún lugar de la mansión para que le enseñara las cosas básicas de la medicina, ya que se había interesado bastante en ella cuando Claude le había comentado un poco sobre el tema. Ciel se había quedado solo en la sala luego de que, misteriosa e inesperadamente, Sebastián desapareciera del sitio a quien sabe dónde.
Bueno, tenía que admitirlo, las cosas eran más simples sin ese par de ojos rojizos sobre él.
Estaba completamente solo en la sala de estar, abandonado a su suerte, sin un acompañante o algún guía que le indicara el camino que debía tomar para no perderse. Le costaba admitirlo y su orgullo le golpeteaba la cabeza, pero debía ser sincero, no conocía en lo absoluto la mansión Middleford. Era una historia graciosa (Casi. Para él no lo era). Bueno, la verdad no era una historia, era simplemente una explicación vana y que deja asuntos en el aire, pero en fin. Era mejor que nada ¿No?
Cuando él era niño de unos seis o siete años frecuentaba bastante el salir de casa con sus padres. Rachel iba a visitar a su hermana Angelina a Yorkshire cuando su padre se ausentaba en viajes de negocios (lo cual sucedía a menudo) y siempre procuraba llevarle consigo con la excusa de que "la tía Ann está ansiosa por verte". Esto no era una mentira del todo, de hecho Ciel era su único sobrino y, al ser estéril, cuidaba, mimaba y trataba al muchacho como si fuera su propio hijo, tanto es así que a menudo le tenía un regalo de bienvenida a su hogar: una caja con sus chocolates preferidos, no obstante, la mujer era toda una adulta madura y de vez en cuando tenía ciertas necesidades que complacer con el sexo opuesto.
Por esos tiempos su tía Durless era soltera, pero eso no quería decir que se pasara el día trabajando o tejiendo como una anciana en su tiempo libre, ella tenía sus aventuras y uno que otro amante clandestino en el hospital. Luego de un tiempo conoció a Arthur Schwamn en un bar, tuvieron sexo de una noche y a los dos años siguientes se unieron en santo matrimonio.
Volviendo al tema, también en su niñez usualmente visitaba a sus tíos por la parte paterna y se entretenía jugando con Lizzy y Edward en las habitaciones de la mansión, sin embargo, nunca conoció más allá del ala Este de la gran casona, ya que sus padres le tenían terminantemente prohibido el husmear en donde no debían meter sus narices, por ende, más allá de la biblioteca era terreno desconocido para él, sin mencionar lo que era toda el ala Oeste y parte de la segunda planta de la zona Este. Esa era la razón por la cual no conocía ni un cuarto de la gigantesca mansión de los Middleford.
Se encogió de hombros restándole importancia, tampoco era como si no pudiera entretenerse en la biblioteca, leer un pequeño libro y esperar a que el almuerzo estuviera listo para poder ir a comer algo, sin embargo, no tenía un buen apetito que digamos, quizá más tarde le diera ese grado de hambre voraz que le asalta en ocasiones seguidas, aunque a estas alturas tenía sus dudas sobre ello.
Desvió su azulina mirada hacia el gran ventanal que ocupaba gran parte del espacio en la pared, este estaba ligeramente empañado gracias al contraste de temperatura que había entre el ambiente interno del lugar y las afueras de la mansión. Podía percatarse de cómo los árboles se balanceaban de un lado a otro gracias a la fuerte ventisca que los azotaba y los diminutos copos de nieve ya no parecían juguetear sobre el aire, ahora más bien aparentaban ser un revoltijo delirante de pequeños puntitos blancos ajetrearse gracias al salvaje viento que soplaba enfurecido. Estaba más que seguro que cuando sacara la cabeza a la intemperie para poder aspirar el rico aroma a tierra húmeda solo podría olisquear hielo a medio derretir y la nariz se le congelaría antes de que pudiera reaccionar siquiera.
Lo dijo una vez, lo dice ahora y lo seguirá diciendo eternamente. La nieve era la peor cosa que existe en el mundo, según él.
Sacudió la cabeza con un deje de molestia, la verdad es que no necesitaba seguir pensando en ello más de la cuenta, podía centrar su cabeza en otras cosas más útiles, como por ejemplo en Cheryl Michaelis.
Bien, rememorando la charla de cuarenta minutos que habían tenido hace aproximadamente una hora con la joven castaña, podía concluir que eso de traer una libreta para anotar detalles sospechosos fue una completa estupidez, y de esas grandes. Nunca se había dejado llevar por las apariencias y la muchacha no había sido la excepción. Aún con esas hebras de cabello ondeadas que daban ligeros espasmos risueños y rostro angelical no se había dejado fiar por la chiquilla, pero incluso poniendo en duda esa inocencia que desprendía y que podía sentirse a kilómetros alrededor de ella no había hallado nada para comprobar lo contrario en su actitud. Sus acciones parecían tímidas, sus palabras eran pulidas y refinadas, sus expresiones intactas y hasta su forma de vestir le dejaba en claro que Cheryl era incapaz de dañar una mosca, siquiera esas moscas molestas que zumban fuerte y no dejan de pegarse al cabello.
No quería rendirse, él nunca lo hacía, pero ya no le quedaba nada por hacer con la de ojos verdes. Había pensado en miles de maneras y motivos por los que la chica quisiera estafar a los Middleford, pero viniendo de una adinerada familia como lo eran los Michaelis las posibilidades se reducían al máximo hasta quedar en la nada misma.
Por lo que se había enterado en la pequeña charla, las empresas las heredaría Sebastián a tiempos futuros por ser el primogénito del dueño, Claude seguiría en el ámbito de la medicina y Cheryl sería la esposa del futuro jefe de los Middleford, Edward. ¿Qué quería decir esto? Que si la muchacha tenía ambiciones de dinero y poder podía perfectamente idear un plan para deshacerse de su "No-hermano" y quedarse con las empresas, no necesitaba liarse con otras familias, estafarlos y desaparecer del mapa. Le parecía estúpido que la chica tuviera que meterse en terrenos ajenos para conseguir lo que quiere si en los suyos hay de basta y sobra.
Sí, tal vez pareciera una locura el que la chiquilla matara a su propio hermano solo por vano dinero y el título de ser la cabeza de las empresas Michaelis, pero sabiendo algunas cosas sobre ellos no parecía tan imposible y demente. Las perspectivas cambian mucho cuando conoces ciertos detalles sobre algo.
Otra de las cosas que se había enterado y que levemente le había llamado la atención es que ninguno de los tres eran hermanos al cien por ciento. La verdad es que no era sorpresivo del todo, las diferencias físicas entre el ambarino, el sujeto con los ojos del demonio y la castaña eran notables, especialmente entre ambos varones y la muchacha. Por lo que se había sacado a relucir en ese momento, al parecer Claude y Sebastián eran medio-hermanos por parte materna y Cheryl… bueno, no tenían ningún parentesco sanguíneo con ella. Fue allí cuando cambiaron abruptamente de tema. ¿Por qué? Las razones eran obvias.
Dio un respingo involuntario al escuchar un golpe sordo a la cercanía, se estremeció ante una potente y sonora carcajada rebotar por las paredes de la casa desde el segundo piso y, por un momento, se detuvo en seco. Agudizó el oído con un mínimo de esfuerzo y al instante otra risa recia llegó hasta sus tímpanos, haciendo que estos vibraran ligeramente. Sin duda esas eran las risas desmedidas de Madame Red.
Meneó la cabeza con hastío, lanzó un bufido ronco al aire y simplemente se dispuso a salir de allí directo a la biblioteca sin antes haber tomado el bolso del sillón y echárselo al hombro. Si tenía que escuchar las carcajadas de su tía mientras estaba en la sala de estar, prefería ir a leer un poco para pasar el tiempo y entretenerse con una que otra novela que encontraría en las grandes e interminables repisas. Dos pájaros de un certero tiro, qué mejor.
El silencio que le rodeaba era casi palpable mientras avanzaba por el pasillo de la primera planta, no obstante, se rasgaba cuando podía percibir los leves cortes que el viento daba allí afuera junto con la blanca tempestad que reinaba sobre Londres, mientras los árboles se arremolinaban bestialmente y la hiedra, verde y fresca, se congelaba y polveaba de escarcha bajo un cielo deprimentemente gris. Un clima que no auguraba bienestar y que, como se podía apreciar, opacaba la belleza de un bosque sano y flores de esencia pura trazadas con la delicadeza y elegancia de un buen pintor.
Por un momento se imaginó a sí mismo paseando por los bosques de los Middleford, bajo un cielo despejado, sol cálido y placentero, follajes verdes y césped suave, con la tierra crujiendo bajo sus pies, aspirando profundo el aroma de libertad y pureza, oyendo el canto de las avecillas en lo alto y dejándose llevar por el camino de la bienvenida soledad. Las tonterías de las personas de clase alta quedarían atrás, ya esos argumentos sin sentido que les inflaba el pecho y alzaba la barbilla con preeminencia solo serían detalles pueriles sin relevancia en su mundo despojado de orgullosos prejuicios.
La humildad era algo que él había aprendido bien, pero que solo en su imaginación ponía en práctica. La arrogancia que llevaba sobre los hombros por educación podía ser una máscara que le cubría de infecciones procedentes de arpías humanas ajenas a su persona, lenguas venenosas con habladurías de basta y sobra sobre una entidad que no conocían.
Ciel Phantomhive tenía dos caras muy opuestas, pero complementarias. Sin ellas el no podría llamarse a sí mismo una persona ampliamente realizada en el ámbito de actitudes y personalidad, pues con ambos rostros podía mostrar a quienes se lo ganaran lo maravilloso y hermoso que era, lo bueno y lo malo, lo blanco y negro de su vida. Los susurros que se asomaban por sobre su cabeza solo eran voces que se desvanecían en el batir del alero de la belleza interior.
Si, es cierto, tal vez podía ser un chiquillo jactancioso y soberbio, muy cerrado con lo que respecta a emociones y sentimientos, pero eso no quería decir que fuera un cuerpo vacuo carente de pasión y sensibilidad. Muy en el fondo tenía sus conflictos emocionales consigo mismo, no obstante, los reprimía y enterraba para que no causaran o llegaran a ser una distracción en sus metas. La deliberada vehemencia regía en su interior y aguardaba a ser sacada a relucir por quien lograra despertar el sentimiento de locura sobre él. Si no es el caso, pues solo habría que conformarse con el muchacho arrogante y orgulloso que todos conocían… o creían conocer.
De pronto se encontró frente a una fina puerta de caoba tallada con el escudo de la noble familia Middleford en el centro. Sonrío para sus adentros y le echó un último vistazo al nevado horizonte que se apreciaba fuera de la casa antes de ingresar a la habitación.
Lo primero con lo que tuvo el agrado de encontrándose fue una elegante y refinada sala de azulejos blancos con detalles dorados, las paredes eran de mármol donde se hallaban pequeñas lámparas de vidrio sostenidas y aferradas por metal negro, una escalera de caracol que ascendía en el centro hasta la tercera planta en donde los escalones estaban tapizados con una alfombra negra y la balaustrada, de caoba rojiza, estaba tallada con figuras de ramas y enredaderas de principio a fin. El techo era alto de pulida madera de mármol, en donde también se podían apreciar formas talladas en él, y las luminosidad del lugar era dada por pequeños candelabros de vidrio ligeramente sepia estilo araña colgados de la techumbre. Había una cantidad exuberante de librerías repartidas por diferentes secciones entre los tres pisos con una infinidad de libros en ellos y, entre cada hilera de repisas, se encontraba una mesita y una silla para la lectura a un lado del barandal. Y por último, frente a todo lo que era la biblioteca, había un inmenso ventanal que ocupaba toda la pared derecha con grandes cortinas negras corridas a ambos lados, donde se podía apreciar un maravilloso paisaje nevado.
Conocía como la palma de su mano cada sección y subdivisión de la biblioteca montada allí, la cual estaba a su completa disposición gracias a la ausencia de personas o seres vivientes en él. La soledad era algo que se disfruta de una manera única si sabes bien como hacerte de su compañía a lo largo del tiempo, y Ciel estaba tan acostumbrado a ella que ya le daba una gran importancia en su vida.
Esbozó una ligera sonrisa casi imperceptible, mientras caminaba a paso ansioso hacia las escaleras que ascendían enroscándose. Sus pasos resonaron con eco al avanzar sobre las baldosas blancas del gran salón, pero estos cesaron cuando la suela de sus zapatos negros se posó sobre el tapiz del primer peldaño. Se aferró a la balaustrada con la mano derecha y comenzó a subir por la grada con algo de apresuro, para luego detenerse en el segundo piso; caminó por entre las grandes estanterías con algo de prisa y se detuvo frente a la sección de "Literatura inglesa del siglo XVIII".
Para su suerte, esta sección se encontraba a un lado del barandal de caoba, por lo cual allí había una pequeña mesita igual de refinada que todo el lugar junto con una butaca que hacía juego con esta. Sobre el pequeño velador se encontraba un frasco de tinta junto con una pluma en una esquina, pero la antigua máquina de escribir en ella captó por completo su atención.
La inspeccionó con una ceja alzada y frunció el ceño casi al instante. Realmente no recordaba en lo absoluto que en los escritorios para lectura hubiera una antigua Remington con una hoja lista para escribir. Suponía él que debería de ser un objeto de adorno y la verdad es que quedaba bastante bien como decoración, pero se le hacía un poco extraño si esta no formaba parte de sus memorias sobre la biblioteca hace algunos años atrás.
Se encogió de hombros restándole importancia, quizá le estaba dando relevancia de más a algo que probablemente olvidaría al día siguiente, por lo cual procedió a correr la silla hacia atrás y sentarse frente a la mesita de lectura. Se sacó el bolso del hombro y lo posó en su regazo mientras hurgaba en él para sacar su diario, cuando lo encontró lo situó sobre el escritorio y luego simplemente dejó caer el morral al suelo sin ningún cuidado.
Tomó el pequeño libro de tapa gruesa y negra entre sus finas manos, para luego soltar un quedo suspiro.
— Supongo que aquí estaré tranquilo hasta la hora de almuerzo. Debería aprovecharlo — se dijo en voz alta al asegurarse de que estaba completamente solo en aquel mágico, sereno y pacífico lugar, santuario de los libros.
Se relamió el labio inferior con ansiedad y abrió el dietario en la última página en la que había escrito, releyó con rapidez las últimas líneas impresas en tinta azul de bolígrafo, para luego tomar la pluma que se encontraba en el frasquito con tinta, pasar de página y comenzar a escribir nuevamente sobre la blanca hoja con una caligrafía digna de un joven británico con educación, digno de un Phantomhive.
Y así se pasó los primeros diez minutos consiguientes, trazando letras y palabras en los pliegos relucientes de aquel cuadernillo de tapa gruesa color negro, expresando sus pensamientos, sus ideas, todo lo que siempre hacía, pero quizá de una manera un tanto diferente ahora.
Las luces tenues de los candelabros en el techo iluminaban escasamente, lo demás era gracias al inmenso ventanal a unos cuantos metros de su persona a su derecha por donde entraba la luminosidad que otorgaba el sol aun oculto por los grises nubarrones amontonados en el cielo. Desviando la mirada se había percatado del hecho de que el clima estaba calmo, los pequeños grumos de nieve ahora danzaban sobre el viento antes de llegar a tierra, balanceándose juguetones con la brisa que se notaba tranquila.
Dejó la pluma en su lugar ya habiendo terminado, lanzó un quedo suspiro al aire cuando cerró el diario y lo dejó sobre la mesa con seguridad, ya que sabía que a la vista no podía olvidarlo y estaría siempre pendiente de él. Estaba solo en la gran biblioteca, no se encontraba ningún alma rondando a excepción de él, no tenía motivos descomunales para preocuparse verdaderamente por el dietario. Estaría alerta por cualquier cosa, pero ya era momento de relajarse un poco con una buena lectura.
Se levantó del sitial con parsimonia, al tiempo que alzaba la mirada y se ponía a indagar entre los tantos títulos en los lomos de los libros puestos allí, sobre las inmensas libreras de mármol, sin embargo, no lograba encontrar nada que le llamara verdaderamente la atención. Sí, lo admitía, la mayoría llevaba nombres atractivos, pero no arremetían en su interior con ese interés que le envolvía al encontrar un buen libro, no despertaba curiosidad alguna en su fuero interno.
Se le ocurrió una idea algo absurda, pero que podía resultar sugestiva a la hora de la selección de una extravagante lectura.
No perdía nada con intentarlo ¿Verdad?
Aspiró profundamente, sintiendo como su pecho se inflaba con la gran bocanada de aire tomada, como el oxígeno comenzaba a cosquillear sus pulmones de forma placentera, drogando por un segundo su mente y haciendo vibrar su garganta. Cerró los ojos, escondiendo aquellos orbes azul cobalto bajo sus pálidos párpados y, alzando su mano, rozó con la yema de sus cremosos dedos los lomos gruesos y duros de los textos de izquierda a derecha.
El tacto bajo sus dedos le pareció de por sí placentero, casi mágico. Sus sentidos infantiles se habían duplicado al dejar de utilizar la vista y una descarga eléctrica recorrió su espalda cuando su aliento se escapó de sus labios en un momento despreocupado. Sus tímpanos vibraban con cualquier ruido hecho por él mismo, acrecentando su éxtasis.
Detuvo su mano en un punto fijo y, como si lo hubiera estado esperando desde hace mucho tiempo, arrancó el libro de la repisa aún sin abrir los ojos. Buscó una página con los dedos y luego abrió el texto en una hoja escogida al azar.
Abrió los ojos y comenzó a leer en voz alta.
— "Elizabeth sintió que le habían quitado un enorme peso de encima, y después de media hora de tranquila reflexión en su aposento, se halló en disposición de reunirse con los demás, bastante sosegada. Las cosas estaban demasiado recientes para poderse abandonar a la alegría, pero la tarde pasó…" — se detuvo por un instante analizando lo leído, mas no podía terminar de entender todo lo que hasta el momento había alcanzado a recopilar del pequeño fragmento sacado de quien sabe qué libro, sin embargo, no quiso dejar a un lado el texto y, con algo más que incertidumbre, pasó a la siguiente página.
Se aclaró la garganta y comenzó a leer lo primero que vio.
— "Puedes llamarlo impertinencia, pues era poco menos que eso. Lo cierto es que estabas harto descortesías, de deferencias, de atenciones. Te fastidiaban las mujeres que hablaban sólo para atraerte. Yo te irrité y te interesé porque no me parecía a ellas. Por eso, si no hubieses sido en realidad tan afable, me habrías odiado; pero…" — de pronto sus palabras fueron cortadas en sus labios y murieron en su garganta al ser interrumpidas por una voz ronca y masculina a su lado, la cual desprendía una sensación de estremecimiento genuino. Una sacudida se presentó en su cuerpo de forma involuntaria y, apartando la mirada del pequeño libro de tapa curiosamente negra, observó al poseedor de tan viril voz con el ceño fruncido.
Sebastián le atisbaba a unos dos metros de distancia entre ambos, varado sobre el alfombrado suelo, recargado en el borde de la estantería de la cual había extraído el libro al azar que en ese momento llevaba en sus manos. El sujeto se encontraba de brazos cruzados y en su mano derecha sostenía un tomo de cubierta gruesa color marrón obscuro.
Pudo advertir una ligera sonrisa esbozarse en el rostro del de cabello negro y, aclarándose la garganta dando un paso al frente, Michaelis prosiguió con el resto del pequeño fragmento que Ciel había estado leyendo segundos atrás.
— "… Pero a pesardel trabajo que tetomabas en disimular, tus sentimientos eran nobles yjustos, y desde el fondo detu corazón despreciabas por completo a las personas que tanasiduamente te cortejaban. Mira cómo te he ahorrado la molestia de explicármelo. Y, la verdad, alfin y al cabo, empiezo a creerque es perfectamente razonable. Estoy segura de que ahora no me encuentras ningún mérito, pero nadie repara en eso cuando se enamora" — pronuncio el joven adulto con voz solemne y, mientras citaba el diálogo que al parecer sabía de memoria, no había despegado en ningún momento aquella mirada escarlata de la contraria, como si aquellas palabras las hubiera dirigido al pequeño muchacho británico con la misma vehemencia con que el autor lo había expresado.
Ciel no supo cómo reaccionar ante aquel atrevimiento, no obstante, la sonrisa del mayor detonaba lo que parecía satisfacción con lo hecho hace algunos segundos atrás. Quizá qué escondía bajo esa curvatura de labios tan encantadora, más no había terminado de comprender sus acciones ¿Para qué hacer algo como aquello? ¿Para interrumpir su momento de tranquilidad y fastidiarlo? No lo sabía, averiguarlo tampoco le entusiasmaba mucho.
Phantomhive alzó la mirada y nuevamente sus ojos se encontraron en la corta distancia que los separaba bajo una techumbre de mármol. El rojo escarlata impactando plácidamente con el azul cobalto, creando una sensación difícil de describir y, a la vez, inigualable. Nunca había experimentado algo similar en su vida y, siendo sinceros, había quedado ligeramente aturdido ante tal revelación.
De pronto los labios de Michaelis se movieron y sus cuerdas vocales emitieron sonidos que se fueron transformando en una pregunta.
— ¿Te gusta Jane Austen?
— Ah… ¿Qué?
— Que si te gusta Jane Austen — el menor ladeó la cabeza sin entender de lo que el de ojos escarlata le hablaba. Sebastián se dio cuenta de esto y trató de expresarse en palabras más específicas — El fragmento que leíste en voz alta es del libro "Orgullo y Prejuicio", de la autora británica que acabo de mencionarte ¿Te gusta? — preguntó el mayor con una encantadora y magnética sonrisa en su rostro a ojos cerrados, la cual hizo que Phantomhive se estremeciera.
Por un mísero segundo se quedó embelesado con aquel gesto tan cautivador que Michaelis le había dedicado, no obstante, se abofeteo mentalmente casi al instante por quedar en un estado de aturdimiento en ese momento. Desvió la mirada parpadeando frenéticamente e inspeccionó el libro que sostenía entre sus manos. Al ver la portada se dio cuenta que Sebastián tenía razón. Sobre la tapa se encontraba escrito en grandes letras doradas "Orgullo y Prejuicio" y, con el mismo estilo de caracteres, bajo este se hallaba el nombre de la autora: Jane Austen.
Fijó sus ojos casi al instante y de forma precipitada sobre el de cabellos azabache, quien ahora le observaba con aquellos profundos, intensos y penetrantes ocelos rojo escarlata que tanto le caracterizaban de manera insistente. Sacudió la cabeza con desdén para alejar ciertos pensamientos y simplemente se decidió por contestar a la pregunta anteriormente formulada.
— La verdad es que solo elegí un libro a ojos cerrados y lo abrí en una página al azar. Eso es todo — dijo con desinterés y encogiéndose de hombros, moviendo ligeramente el libro entre sus manos, para luego dejar escapar un ronco suspiro y recargarse sobre el borde de la mesa de lectura tras de sí, atisbando al futuro empresario con arrogancia.
Por un momento Michaelis le miró con cierta sorpresa impregnada en sus bellas facciones, pero prontamente dejó escapar una leve risilla divertida ante los ojos expectantes del muchacho.
Ciel estaba a punto de reclamarle y lanzar un comentario hiriente hacia Sebastián, pero este simplemente no le dio tiempo de hablar.
— Vaya, nunca pensé que alguien más aparte de mí usara ese método tan… absurdo — comentó aún con aquella sonrisa "inocente" en su afrodisiaco rostro de ángel, sorprendiendo repentinamente al joven inglés que estaba a unos dos metros frente a él. El mayor avanzó unos pasos acercándose aún más a Phantomhive y este, por auto reflejo, trató de dar un paso hacia atrás olvidándose de que estaba apoyado sobre la pequeña mesita tras de él.
El muchacho frunció el ceño.
— Será algo absurdo, pero funciona.
De pronto se percató de que Sebastián ya no le estaba prestando atención. Sus ojos escarlata ya no se encontraban fijos sobre su personas, sino más bien indagaban por algún objeto que se encontraba a sus espaldas, probablemente observaba la vieja máquina de escribir marca Remington. Giró bruscamente su cabeza y torso al seguir la dirección que tomaba la rojiza mirada del de cabellos negros, pero su pecho de heló al instante al percatarse de que no estaba mirando el vetusto y gran objeto, sino el pequeño libro negro posado sobre el escritorio de lectura junto al frasco con tinta y la pluma.
Estaba mirando su diario.
La respiración comenzó a fallarle instantáneamente, mientras sus piernas comenzaron a temblar bajo su cuerpo, sin mencionar que estaba tan tenso y rígido como una piedra. No se había dado cuenta que había olvidado el cómo respirar cuando sus pulmones demandaron oxígeno de una manera brusca y no pudo reprimir el tomar una gran bocanada de aire ante la mirada curiosa de Michaelis.
El de ojos escarlata se inclinó ligeramente con cierto interés en lo que se hallaba detrás del chiquillo.
— ¿Estabas leyendo otro libro? — preguntó el de cabello azabache con una amable sonrisa en su rostro. Sinceramente Ciel ya estaba comenzando a hartarse de esas sonrisas que, de por sí, eran falsas… por lo menos para él.
Phantomhive negó con la cabeza un tanto fastidiado, mientras se agachaba a tomar el bolso del suelo y traba de alcanzar su diario con ambas manos, dejando en el piso al tan renombrado "Orgullo y Prejuicio", pero de un mal movimiento solo logró que el dietario callera al suelo junto con el libro. En ese momento los ánimos del muchacho se volvieron los de un verdadero demonio y comenzó a maldecirse en voz baja. Sebastián inmediatamente se la había acercado a ayudarle, pero con un rugido ronco logró alejarle un poco.
— No es un libro… — respondió con sencillez, mientras tomaba el diario del suelo y lo colocaba dentro del morral, para luego echárselo al hombro y agarrar la novela que aún permanecía en el alfombrado piso.
Michaelis no se abstuvo de seguir interrogando a Phantomhive.
— Entonces ¿Qué es? — fue en ese momento en que Ciel perdió por completo la paciencia. Le miró de la forma más fría y cruda posible, mientras se erguía con soberbia y arrogancia.
— Nada de tu incumbencia — escupió literalmente las palabras cargadas de frustración, mientras fulminaba a Sebastián con sus entrecerrados ojos azul cobalto. Caminó a paso apresurado hacia la repisa repleta de libros y dejó la novela que llevaba en mano en el lugar de donde inicialmente lo había sacado — Con permiso — y, dicho esto, se encaminó casi a zancadas hacia las escaleras de caracol para bajar las gradas y salir de la biblioteca.
El sujeto con los ojos del demonio no dio el más mínimo esfuerzo en detener al muchacho, sin embargo, su actitud tan morbosa y serie había despertado la verdadera curiosidad e interés en él. ¿Cuántas han sido las ocasiones en las que se había encontrado con un muchacho que no rebasaba los catorce años y que tenía la personalidad de un adulto amargado y arrogante? La verdad es que esa era la primera.
Sin duda Ciel Phantomhive era alguien bastante interesante, y había logrado cautivar enormemente a Michaelis.
El hombre esbozó una sonrisa autosuficiente y satisfecha al avanzar por el pequeño pasillo entre las estanterías, y se detuvo frente al lugar en el cual el chiquillo había dejado el libro de tapa gruesa y negra. Rozó el lomo de este con la yema de sus largos dedos, para luego extraer la novela de la repisa entre una infinidad de demás textos, no obstante, algo llamó su atención.
Se sorprendió al percatarse de que el tomo no llevaba las letras doradas en la tapa, siquiera podría decirse que tenía una portada en sí, más bien era solo un libro cubierto de negro sin ninguna clase de "rostro". Lo inspeccionó por variados ángulos, hasta que se dio cuenta de que no era nada más ni nada menos que aquel "cuadernillo" por el cual el muchacho se había alterado tanto unos minutos atrás.
Sin ninguna clase de remordimiento comenzó a hojear el alborotador libro, mas, mientras cambiaba de página, se iba dando cuenta que aquello no era un libro o una novela, era un diario.
Sonrió con un aire demoniaco, se relamió los labios al cerrar el dietario en sus manos y comenzó a caminar con paso lento y firme hacia la salida con un claro semblante de triunfo. Todos los secretos que podría tener ese muchacho estaban en sus manos y, claramente, aprovecharía bien la oportunidad.
No cabía duda alguna. Había encontrado el diario de Ciel Phantomhive.
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Fin del tercer capítulo.
Primero que nada voy a pedir disculpas y a dar vanas explicaciones de porqué me tardé tanto en actualizar en una forma resumida. Pues bien, la continuación de este fic estaba casi terminada cuando, el 18 del mes pasado, había publicado el segundo capítulo. Como estaba escribiendo desde otro computador y no tenía ningún dispositivo de almacenación portátil a mano, me auto envié un correo para poder llegar a mi casa y descargar el archivo con la continuación. Desgraciadamente (y por lo yeta/yuyin que soy) me bloquearon mi cuenta de correo electrónico por ABC motivo (Maldigo al idiota que se metió a mi correo al mismo tiempo que yo), en otras palabras, tuve que reescribir desde el principio todo lo que era el capítulo.
Otra de las razones es por flojera, pero eso ya lo sabe la mayoría xD.
En fin, por fin llegamos a la parte en que Sebastián obtiene el diario de Ciel. Ha arremangarse las faldas, chicas, que ya comienza la acción desde el próximo capítulo.
¡ah! Otra cosa... hace alrededor de dos semanas me llegó un MP preguntándome de cuántos capítulos sería este fic y, para que todas lo sepan desde ahora, probablemente escriba entre 15 a 20 capítulos con alrededor de la misma cantidad de palabras.
Ahora mi parte favorita :B
Agradecimientos a Ang97, shanyy, KittyCiel656, HirotoKiyama13, Alice-Vampiirithap-Cullen y a Bakaa-chan por sus maravillosos comentarios del capítulo anterior, realmente todas son un amor, chicas. Las aprecio un montón a todas :).
Sin nada más que decir, me despido.
¡Nos leemos a la próxima!
Atte. Crosseyra.
PD: No esperen muy pronto la continuación, ya que por ahora estoy trabajando en un especial de Halloween xD.
