Lectores, les tengo una noticia y advertencia al mismo tiempo D: desde este capitulo las conversaciones que sostendrán los personajes serán más explicitas y con temas aveces groseros, el tacto será más entre otros, lo subiré a T por ahora, quizá regrese a ser más normal después :3

Alfred iba a su muerte, en resúmenes iba hacia el británico. Hasta ese cuarto privado para dar un mejor y más acomodado ejemplo. Su respiración se agita un poco por el estupor que le producía la idea de que el británico como buen y sexy piratita malo era un tanto agresivo y no quería terminar como comida para los tiburones.

–Está muerto…– dijo arqueando su boca un apuesto español que aún miraba junto al francés el trascurso de lo que sería esa matanza.

–No lo está – rió el francés pero cuando el otro tocó la manilla de la puerta de su capitán sus labios se arquearon y empezó a reconsiderar la situación. –Quizá sí esté muerto ¿algún plan para su funeral? –

El menor en tanto estaba en una contienda interminable contra la perilla, girarla o no, ese era su dilema. Se hizo con los cojones que tenía al ser hombre y abrió por fin la puerta con rudeza pero ni tanta, sólo la empujo débilmente como una indefensa gallina.

Al verlo no podía apartar su azulada vista del torso desnudo del pirata, tenía una que otra marca en su espalda de antiguas peleas pero eso lo hacía un joven incluso más sensual, a Alfred comenzó a recorrerle un morboso pensamiento, quería lamer esas marcas, esas cicatrices y ver la cara que pondría su inglés al hacerlo. Tenía que ser rudo, quizá lo hiciera. Arthur se dio cuenta sutilmente de la presencia del menor cuando terminaba de dejar toda la ropa que llevaba arriba a un lado sujetando sólo su camisa con sus manos.

–Lárgate…– suspiró con fuerza, tratando de relajarse sobándose las sienes.

–Te ves irresistiblemente sexy Arthur…–suspiró relamiendo sus labios para tocarse sutilmente el pecho, un estremecimiento un tanto extraño le vino al cuerpo.

El inglés frunció fuertemente sus cejas y su gesto se hizo amargo tirando la comisura de sus labios hacia abajo forzando una mueca agria y despreciativa, realmente sabía como infundir miedo, lo que había dicho el americano ya era pasarse un poquito de la raya, más con él, Kirkland, Arthur Kirkland, feroz pirata que surcaba los mares -sin saber nadar- con maestría.

–Mierda, sólo cállate…cállate –decía dejando su ropa de lado acercándose con una espectacular figura y con el pantalón desabrochado y suelto.

–Es la verdad, eres irresistible Kirkland – le dijo con una lujuriosa mirada.

Un suave estremecimiento llegó al cuerpo inglés, casi pudo notar algo diferente en la voz del menor, algo más ronca y oscura con un leve toque de excitación, Arthur Kirkland podría afirmar que sonaba mucho más madura.

–Deja de decir cosas tan asquerosas, eres repugnante maldito desviado. –cerró los ojos, aún no perdía la paciencia y deseaba contenerse para no matarlo, era agradecido con la gente en cuanto a deberles favores. –Tengo pene, hazte un lavado de cerebro y métete con una perra que tenga una vagina –

–Una vagina no me llama…–infló sus mejillas molesto con el capitán.

–¿Un pene sí? –dijo casi asqueado tocándose suavemente entremedio de las piernas señalándose sus genitales.

Alfred relamió sus labios lascivamente.

–No…tu trasero, mi pene en tu ano. Dentro, duro y tibio, estoy seguro que te gustará. –le dijo volviendo a mostrar una extraña sonrisa, al menos para las que conocía Arthur de ese muchacho.

El inglés sintió un estremecimiento de rabia inundarlo. Eso ya era demasiado, nadie podía ensuciar su nombre de aquella manera y menos afirmar una asquerosidad como aquella en frente de su rostro sin mandar a ser mutilado y arrojado a los peces.

–Esto no…¿crees que soy una especie de puta? escúchame bien maldito renacuajo…–

Se fue acercando con una mirada demente que había perdido toda cordura, Alfred retrocedió algo asustado pero recuerda lo que le había dicho aquel francés sobre ser rudo, tenía que ser rudo, dejar de mostrarse tan baby y atacar como es debido. Lo iba a hacer, estaba acercándose a encarar al ahora desquiciado inglés que venía dispuesto a aforrarle hasta dejarlo inconciente.

Arthur estaba apunto de entrar en acción pero un ruido los interrumpe a ambos, un ruido fuerte y una pequeña iluminación afuera por la ventana que poseía el cuarto del británico en esa gran nave.
Arthur lo mira y pasa totalmente de Alfred como si su problema con él jamás hubiera existido saliendo a la cubierta del barco.

Era un barco enemigo, atacándolos, Alfred sólo sale a mirar el manejó y despliegue de hombres que domina el americano con ordenes un tanto rudas y llena de palabras groseras e insultantes para sus destinatarios. Antonio y Francis ya habían sido mandados a proteger el barco por la parte trasera y a movilizar a la gente para el dominio de los cañones que ya empezaban a tirar fuertes ataques hacía los contrarios, el barco de ellos también retumbaba pero aún no sufría daño.
Al final de una ardua tarea la nave enemiga huyó, sin necesidad de arribar dentro de ésta, Arthur sonrió hasta arriba mientras arqueaba sus cejas. Se sentía poderoso como siempre que destrozaba a su enemigo. Todos los marinos allí presentes fueron a celebrar junto a su capitán, halagándolo, palabras que rara vez le dedicaba a su tripulación en cambio.

El sirenito sólo miraba algo molesto, primero no había hecho nada él ya que Arthur pasó totalmente de su presencia y segundo, el inglés había salido sin ropa, o al menos poca y se estaba compartiendo con todos, cada uno de los tripulantes estaba toqueteando a su Arthur -en el cerebro de éste claro- al felicitarlo, lo manoseaban y tocaban mucha de su piel, le enfadaba realmente mucho, ese cejón era solo suyo o al menos aquel era el plan.

–Rudeza… rudeza…rudeza –se repitió en su cabeza poniendo su espalda firme, su mirada hacia el frente y señalando su objetivo cejón cuando todos los marinos habían ido a terminar las labores luego de una pequeña celebración que quizá se hiciera más intensa entrada la noche en esos mares.

Alfred se acercó paso tras paso mientras cada vez que se acercaba su mirada se hacia seria, cada vez más seria. Era como si dejara de ser él a cada paso que daba y una sonrisa suculenta se apoderó de sus labios, sus ojos brillaron con otra intensidad mientras movía sutilmente sus manos queriendo tocar piel, la piel desnuda de su sexy pirata, ya no era aquel alegre sirenito, era otra persona.

–Arthur…– tomó de la mano al inglés de improvisto llevándolo rápidamente a la habitación del capitán de un jalón.

Arthur se extraña, le encaró un poco despabilado cruzando sus miradas para luego abrir los ojos, una mirada diferente y un tanto siniestra se veía en los que antes eran los puros e inocentes ojos como cielo del joven. Aunque no lo supiera del todo aquel sexy pirara, ese sireno era menos inocente de lo que parecía.

Un movimiento veloz y una risa suave del menor hicieron que pestañara fuertemente y un leve quejido escapara de aquel rudo hombre, tenía ambas manos contra la pared, arrinconado en fracción de segundos y sin previó aviso, sólo un pestañeó, sólo un sutil descuido y estaba prisionero entre la mano izquierda de Alfred.

–¿C-ómo? –decía impactado, lo había atrapado –¿Q-ué demoni-os haces Alfred? –respira agitado removiendo sus muñecas pero el apretón se hacia más fuerte y la sonrisa de Alfred más soberbia.

–Capitán Kirkland…–rió con sensualidad, su mano libre bajo a los pantalones sueltos que llevaba el británico comenzó a acariciar con perversión su muslo, apretando fuerte, el inglés se retorció y jadeó un poco y fue en ese momento en que se dio cuenta que debía haberlo matado cuando tuvo la oportunidad.

–Su-suéltame maldito bastardo – gruñía de manera feroz, como un animal y la mano de Alfred no hacía más que aprisionarlo con más fuerza tratándolo con incluso rudeza, logrando someter a la bestia que era ese inglés, porque no era una indefensa princesita, si Alfred se descuidaba lo mataría y eso lo excitaba aún más.

–No lo haré…–

–Hazlo ahora maldita sea…–

–No lo haré – repitió y subió su mano acariciando la tersa piel desnuda de su ahora rehén, se calentaba teniéndolo de aquella manera, era peligroso, se estaba jugando la vida pero su deseo era mayor, bajo suavemente los pantalones del inglés y se fue deslizando desde la espalda hasta su trasero y continuó bajando en cuanto el inglés abría los ojos y se sonrojaba un poco. No podía creer lo que estaba pasando.

Porque Alfred estaba maldito, una maldición que no solamente lo convertía en un sireno sino que desdoblaba sus personalidades. Arthur lo comprendió en aquel momento al ver sus ojos azules cegados por el deseo, estaba en problemas y lo peor, juzgó mal a su enemigo, Alfred F. Jones no era débil, nunca lo fue, pero logró engañarlo…

Esta historia continuará…

N.A: Alfred tiene dos personalidades gracias a la maldición y la otra es muy interesante, es como su parte "vil" jujuajaja *w* la veran en acción pronto, el fic subira de tono y quizá lo siga haciendo más que ahora :3 con eso me despido hasta que me de la gana de escribir el siguiente :D