Capítulo IV

Al fin pudo darse la ducha que tanto ansiaba. A pesar de que aquella noche tendría que hacer guardia.

Pensó en que el agua y el jabón ocultarían ese olor que había dejado en su cuerpo, pero por delante tendría unas horas libres para ejercitarse. Volvería a oler a sudor. Y a colonia. Esa mezcla que tanto le agradaba a Marin.

Pero recordar el aroma que destilaba su compañero le producía una sensación de inquietud.
Tras salir de la ducha, observó el frasco de perfume que descansaba sobre la repisa. Destapó la botella y apretó la válvula sobre su muñeca, dejando que la nebulosa aromatizada cayera delicadamente.

Aioria se centró en adivinar los aromas que daba su perfume. Un sutil perfume cítrico con un fondo más persistente de madera. Desde luego, que su colonia era mucho más fuerte que la de su colega.

Resopló una maldición y decidió estrellar el frasco contra el suelo, con tanta fuerza que el recipiente se quebró en varios pedazos, derramando el contenido.
Tanto olor le provocó un mareo y el caballero de Leo decidió dejarlo allí, hasta que se evaporase.

Salió a toda prisa hacia su habitación, vistiéndose con las ropas de entrenamiento, con intención de acudir a la palestra y poder entrenar.

No bien había salido de su templo cuando percibió, de nuevo, la estela aromática que su compañero de Escorpio había dejado tras su paso. Apresuró el caminar, para ver la figura de su compatriota bajando las escaleras en dirección al templo de Cáncer.

Al darle alcance, Milo se giró sorprendido.
—¿Querías algo?— preguntó, doblando la toalla sobre su antebrazo.
—¿Vas a entrenar ahora?— preguntó a su vez el caballero de Leo.
—Sí— respondió el caballero de Escorpio—. Menos mal que ya te duchaste…

Aioria frunció el ceño, molesto.
—¿Vas a seguir con la broma o podré tener contigo una conversación más interesante?

Encogiéndose de hombros y sonriendo con burla, Milo no contestó, prosiguiendo su camino.
—¡Espera!— gritó Aioria—. También voy a entrenar, voy contigo.
Sin poner ninguna objeción al respecto, el caballero de Escorpio aceptó si compañía de buen grado.

—¿Qué perfume usas, que perdura tanto?— preguntó el caballero de Leo, deleitándose por la cercanía de su compañero.
—No recuerdo el nombre— zanjó inmediatamente Milo—. ¿Qué quieres hacer? ¿Entrenar por nuestra cuenta o te hace una lucha griega clásica?

—En serio, dime qué colonia usas— insistió Aioria, acercándose cada vez más a su compañero, recreándose en cada nota, cada punzada de olores mezclados que le intrigaban más y más.

Ante tal atrevimiento, el caballero de Escorpio alejó a su compatriota y le indicó que contestara a lo que le había preguntado.

No recordaba qué era lo que Milo le había preguntado. Sólo recordaba "lucha griega", por lo que soltó aquellas dos palabras sin pensarlo detenidamente.

Sólo cuando estuvieron en la arena, preparándose para pelear, se percató de lo oportuno de la respuesta. En el cuerpo a cuerpo, podría seguir oliendo a su compañero.

Y no sólo eso, sino que además, ahora el sudor otorgaba un toque más a ese perfume, mezclándose en la piel de Milo, como si fuera de una antigua receta de alquimia que provocara la excitación de aquel quien sufriera los efectos de dicha poción.

Ni siquiera se percató de la posición de ambos cuerpos, cuando las manos de Aioria sujetaban firmemente las caderas de su compañero contra las suyas, mientras que su cabeza se reclinaba sobre el cuello del adversario. Unos segundos de indecisión, hasta que tragó saliva y humedeció su lengua, sacándola para repasar con ganas la piel del caballero de Escorpio.

Segundos que se hicieron eternos hasta que Milo reaccionó impulsivamente y apartó de su cuerpo al caballero de Leo.

—¿Qué haces?— preguntó, pasándose la mano por donde Aioria había lamido su piel—. ¿Qué coño te pasa? Maldito sátiro…

Aioria jadeaba y elevó la vista hacia su compañero. Finalmente se percató del bulto que sus pantalones de entrenamiento eran incapaces de disimular.