— ¡Por favooooooooor!
Viktor miró de reojo hacia Yuri, del mismo modo en que Yuri lo hizo hacia Viktor.
— Ve a tomar un baño, Haru — comandó Yuri.
— ¡Pero, mamá!
— Yuri y yo pensaremos en lo que acabas de pedirnos, Haru, hazle caso. — Secundó Viktor.
Haru miró consternado de uno a otro de sus padres, los puños apretados delante del cuerpo.
— Haré lo que sea para conseguir su permiso — declaró, — lo que sea, incluso lavar los platos todos los días.
— Ese es el trabajo de Viktor — sonrió Yuri, — Haru, mientras más demores tú, más tardaremos nosotros también.
El peliplata menor mordió su labio inferior, y suspiró.
— Está bien — asintió, y realizó una reverencia, inclinando medio cuerpo hacia el pelinegro, — ¡por favor, madre, permíteme aprender el arte de manejar mañana! — pronunció en japonés, se enderezó y clavó su mirada en la azulada del peliplata mayor, — papá, llegaré tan tarde como pueda de las prácticas diarias si me dejas hacer esto — aseguró en ruso, dando un paso hacia atrás al terminar, — lo deseo profundamente — insistió, ahora en inglés, y giró sobre sus talones, avanzando hacia la puerta del cuarto de baño.
Se contuvo de voltear a ver a sus progenitores, y abrió y cerró la puerta tan rápido como pudo, recostándose parcialmente de la madera, pegó la parte posterior de la cabeza y cerró los ojos.
Por favor.
Después se empujó a sí mismo hacia adelante y pasó a desvestirse.
Habiendo olvidado su teléfono celular sobre el buró junto a la cama, tardó significativamente menos en ducharse, pero permaneció bajo la lluvia artificial varios minutos extra, dándoles más tiempo a sus padres de deliberar. Cerró la llave, y alcanzó la toalla blanca colgada a unos cuantos centímetros.
Primero el cabello, después el rostro, el cuello, los hombros y el torso, luego todo lo demás.
Haru tragó saliva y dio un vistazo hacia su reflejo, apenas sonrosado.
Entonces recordó que tampoco había metido su ropa de cambio al baño y soltó una maldición bajo su aliento.
— Mamá — llamó, apenas entreabriendo la puerta del baño, obteniendo la inmediata respuesta del mencionado, — ¿puedes pasarme mi pijama, por favor?
Yuri había estado esperando por el pedido. Extendió las prendas, perfectamente dobladas, hacia su hijo, sonriendo.
— Gracias. — Haru se sonrojó, — no te rías.
— No me río — aseguró Yuri.
— Dile a papá que tampoco se ría.
— ¡Lo siento! — Se disculpó Viktor y ya no logró contener la carcajada.
Haru cerró la puerta de nueva cuenta y negó con la cabeza.
Un polo de algodón blanco, ropa interior negra, unos pantalones holgados celestes y las medias grises, la pijama clásica y cómoda.
Haru acomodó su flequillo, solo para que el mismo volviera a su estado original a los segundos. Arrugó la nariz hacia su reflejo.
Inspiró hondo y abrió la puerta de manera definitiva, avanzando hacia el dormitorio.
— ¿Entonces? — Preguntó a bocajarro. — ¿Qué decidieron?
Yuri ladeó la cabeza hacia Viktor.
— Puedes ir — sonrió el peliplata mayor.
— ¡Gracias! — Chilló el menor, — ¡gracias, gracias, gracias! — Se lanzó a abrazar a sus padres, — ¡son los mejores!
Viktor guiñó hacia Yuri y Yuri sonrió hermosamente. Juntos correspondieron al abrazo de su hijo.
— ¿Duermes conmigo, mami?
La solicitud agarró desprevenidos al par de progenitores, mas Viktor reaccionó primero.
— No, Haru — sonrió, — mamá va a dormir con papá.
— Mamá duerme contigo siempre — bufó el menor, — es justo que duerma conmigo al menos una vez— resopló, — además, le he preguntado a él.
Yuri entreabrió los labios.
— Mamá durmió contigo los tres días que estuve fuera de casa a inicios de mes, Haru — recalcó Viktor, sonriendo.
— Dije al menos — enarcó una ceja Haru, — ¿por qué no dejamos que mamá decida? — sonrió también.
— Yo-
— Eso haremos. — El peliplata mayor cortó el inicio de la declaración de su esposo, sin darse cuenta. — Yuri me elegirá a mí.
— No, me elegirá a mí.
Dorado y azul se encontraron enfrascados en una guerra de miradas al segundo siguiente.
Yuri suspiró.
— ¿Ahora puedo hablar?
— Sí — respondieron a la vez padre e hijo.
— ¿Les molestaría ver en mi dirección, ustedes dos?
— Así estamos bien. — Respondieron a la vez.
Yuri parpadeó.
— Por favor, volteen.
— No. — Sincronizados de nuevo.
— Haru, Viktor.
— ¿A quién escoges? — La tercera.
Marrón rojizo se estrechó.
— A ninguno.
Azul cielo y dorado giraron ante esas palabras y un escalofrío nada agradable los recorrió por igual, de pies a cabeza, ante la sonrisa presente en los labios del moreno.
— Que tengan buenas noches. — Yuri se despidió agitando una mano desde la puerta, — descansen. Los amo. — Y se fue, sin más, cerrando la puerta tras de sí.
— No me dio mi beso de buenas noches — lloriqueó Viktor, bajo las sábanas de la cama de su hijo.
— A mí tampoco — suspiró Haru, a su lado, — todo por tu culpa.
— ¡Hey! — Protestó el mayor, — fue nuestra culpa, Haru. Nuestra. De los dos. En conjunto.
— Tú empezaste — indicó el menor, — si hubieras dejado a mamá responder me habría elegido a mí.
— Eso no es cierto — refutó Viktor, — Yuri me prefiere por sobre todos — aseguró, — además, esta cama es demasiado pequeña, apenas y entramos tú y yo.
— Mamá es mucho más pequeño que tú, papá — puntuó Haru, — sin contar que yo iba a abrazarlo para que no tuviera frío y así el espacio habría sido incluso más que perfecto para los dos. Para mamá y para mí.
Viktor infló las mejillas.
— Puedes abrazarme a mí.
— No quiero hacerlo.
— ¡Entonces yo te abrazaré a ti!
— ¡Wah! ¡No!
Padre e hijo se encontraron riendo a los pocos segundos. Y después se cayeron de la cama, solo para seguir riendo en el piso.
.
Yuri Plisetsky tocó una sola vez y abrió la puerta de la habitación que compartían Viktor y Yuri Katsuki.
— ¡Cerdo! ¡Viejo!
— Hola, Yurio. — El pelinegro apenas se estaba abotonando la camisa del pijama. — Viktor no está.
— ¿Qué diablos significa eso? ¿A dónde fue? — Frunció el ceño el rubio.
— Está durmiendo con Haru esta noche. — Dos botones más.
Yuri Plisetsky fue a preguntar la razón, pero sacudió la cabeza.
— ¿Cómo está eso de que Otabek va a enseñarle a tu crío a manejar motocicleta mañana?
Yuri Katsuki no dejó su tarea de abotonar su camisa.
— Dame un momento.
— No ocuparán toda la tarde, Yurio.
— No me importa, cerdo. — Torció los labios el rubio, — sabes el poco tiempo que puedo pasar con Beka últimamente, no quiero a tu hijo interfiriendo.
— Yurio, si Otabek se ofreció a enseñarle a Haru, deberías respetar su decisión.
— Otabek es mi mejor amigo. — Resopló Plisetsky, — tu hijo no puede solo acapararlo.
— No va a acapararlo, Yurio. — El pelinegro sonrió suavemente hacia el rubio, — sabes lo mucho que Haru quiere a Otabek.
— Sé lo mucho que quiere su motocicleta. — Rodó los ojos Plisetsky.
Katsuki rio.
— Sí, bueno, Haru cree que Otabek es genial.
— Lo es.
— ¿Por qué no los acompañas a la práctica? — Sugirió el pelinegro. — Así no dejas de pasar tiempo con Otabek y Haru estará doblemente motivado a aprender.
El rubio meditó la idea.
— Bueno, le grité a Otabek que era un idiota hace rato.
Una pequeña gotita apareció en la frente del mayor, y descendió hacia su mejilla.
— ¿Pero?
— Pero tu idea no es mala del todo — admitió, encogiendo los hombros.
— ¿Irás a disculparte con él?
— Ni hablar. — Gruñó Plisetsky. — Es su culpa por decidir por su cuenta.
Yuri Katsuki negó con la cabeza, ligeramente divertido.
— E imagino que tampoco volverás a dormir a la habitación que comparten.
— No. — Confirmó Plisetsky, — ya que este hotel está casi vacío, iré a pedir una habitación solo por esta noche.
— Quédate aquí. — Ofreció el moreno, — puedes dormir en la cama queen y yo usaré la otra.
— Ugh, ni hablar. — Arrugó el entrecejo el rubio, — yo no dormiré en la misma cama en la que de seguro ya se la han montado Viktor y tú.
— ¡Yurio! — El rostro del nipón se coloreó furiosamente.
— Y allí está la prueba. — Hizo una mueca el ruso, — me quedo con la otra cama.
Yuri Katsuki frunció el ceño, todavía sonrojado hasta las orejas.
Aunque habían pasado tantos años, la esencia de Yurio jamás cambiaría.
— Mierda. — Plisetsky chasqueó los dedos, — ni siquiera me traje la estúpida pijama.
Yuri Katsuki sonrió solo con los labios, — eres más grande que yo ahora, así que no puedo prestarte uno de mis pijamas — empezó, — sin embargo, ¿qué tal uno de los de Viktor?
— Olvídalo. — Se erizó el menor, — rotundamente no. Dormiré en ropa interior y ya.
El mayor volvió a reír.
— De acuerdo.
— Cerdo. — Llamó Yuri Plisetsky varios minutos más tarde, bajo las sábanas, su espalda encarando la puerta. Las luces apagadas.
— ¿Si, Yurio?
— Gracias.
Yuri Katsuki parpadeó.
— No es nada. — El rubio sintió la sonrisa ajena en esa simple declaración, y se cubrió la cabeza con la manta, pese a que el pelinegro no podía verlo. — Dulces sueños.
— No hables como si fueras mi madre.
Sí, Yurio no cambiaba.
— Y para ti igual, supongo.
Y Yuri no quería que lo hiciera.
Otabek pasó buena parte de la noche recordando sus inicios aprendiendo a manejar, y se quedó dormido abrazando una almohada, la parte frontal del cuerpo girada hacia la cama vacía.
Haru fue el primero en despertar y se deslizó fuera de la cama con mucho sigilo, cuidando el no despertar a su padre.
Ladeó la cabeza, observando el rostro durmiente ajeno por breves segundos.
Su padre estaba viejo, pero seguía siendo atractivo, aunque si se le comparaba con su madre... bueno, su madre conservaba, por mucho, la apariencia joven.
Haru agradecía infinitamente poseer genes nipones, así luciría de veinticinco para cuando cumpliera treinta y ocho, más o menos.
Haru checó la hora en su teléfono, alegrándose de lo temprano que era, suficientemente temprano como para poder ir a desearle los buenos días a su madre y, con su padre todavía dormido en esa habitación, nadie le impediría acurrucarse contra el cálido cuerpo del pelinegro. Radiante ante la idea, abrió la puerta con sumo cuidado, salió al pasillo y trotó hasta las escaleras, subiendo al piso superior y apresurándose a la habitación de sus padres.
Su sonrisa se congeló tan pronto abrió la puerta, sin tocar.
Yuri Katsuki dormía en la amplia cama tamaño queen, hecho bolita, apenas y ocupado espacio de ese modo, mientras que Yuri Plisetsky se encontraba en la otra cama, -la misma en la que Haru había despertado la mañana previa - con la pierna derecha totalmente extendida y buena parte de la misma saliendo por un costado de la cama, la sábana arrugada y parcialmente en el piso, apenas y cubriéndolo de un poco más arriba de la cintura para abajo.
El peliplata ingresó a la habitación y no cerró la puerta. Se acercó al rubio durmiente.
¿Acaso está desnudo? Se preguntó.
Dorado brilló con intensidad y Haru se vio más que tentado a tocar el rostro del mayor, solo un suave roce. Una vez. Lamentó infinitamente el haber dejado su celular sobre el buró de la nueva habitación, fotos como esas, al menos en ese momento, habrían sido todo un privilegio.
Yuri Plisetsky se removió y Haru ahogó un jadeo, retrocediendo un paso. Elevó la mirada hacia su durmiente madre, la regresó a su potencialmente desvestido entrenador, de nuevo hacia su madre y decidió que no se torturaría más, no en ese momento y no a esa hora. Dando un último vistazo hacia su entrenador, Haru tragó saliva y se inclinó rápidamente a besar la mejilla ajena, después salió corriendo y se metió bajo las sábanas de la cama sobre la cual descansaba su madre. Se arrimó al cuerpo de Yuri Katsuki, esperando que el fuerte golpeteo de su corazón contra su caja torácica no fuera a despertarlo. Sonrió cuando Yuri Katsuki se desenroscó, reconociendo su calor, pasó sus delgados brazos alrededor del mismo y suspiró, después cerró los ojos.
¡Meta!
Viktor despertó una media hora más tarde y lo primero que hizo fue palpar la nada, llamar a su cónyuge, recordar la noche pasada y rectificarse pronunciando el nombre de su único hijo. No obtuvo respuesta y tomó el celular perteneciente a Haru con la única intensión de ver la hora.
Azul cielo se abrió en todo su esplendor.
¡Ow!
Yuri Plisetsky dio un respingo, y cayó de la cama por el lado izquierdo -revelando que, en realidad, solo estaba usando ropa interior - cuando Viktor abrió la puerta de golpe y chilló el nombre de su hijo, el teléfono de este último en mano.
— ¡Viejo estúpido! — Bramó el rubio, poniéndose de pie y sobando su espalda baja de paso. — ¿¡Qué mierda haces llegando y gritando tan temprano!?
— ¿Yurio? ¿Qué estás haciendo aquí? — La respuesta de Viktor fue otra pregunta, su expresión cambiando de emoción a confusión al instante.
— ¡Yo pregunté primero! — Gruñó el rubio.
— ¡Ah, sí! — Los orbes azul cielo resplandecieron, — ¡mira esto, Yurio!
— ¿Qué cosa, anciano?
— ¡Haru nos tiene a Yuri y a mi como su imagen de pantalla de bloqueo!
Peliplata mayor y rubio escucharon un chillido, volteando a encontrarse con el rostro colorado del peliplata más joven.
— ¿¡Por qué tienes mi teléfono, papá?!
Viktor sonrió en esa típica forma de corazón.
— ¡Haru!
— ¡Responde antes de venir corriendo! — Clamó el menor.
— ¿Mh? — Yuri Katsuki apenas y despertaba. — ¿Qué está pasando?
— ¡Haru tiene una foto nuestra en el fondo de pantalla bloqueada de su celular, cariño!
El pelinegro parpadeó y miró a su hijo.
— ¿Es así, Haru? — Ladeó la cabeza suavemente.
El peliplata menor de edad enrojeció más.
— Sí...
Yuri Katsuki sonrió y extendió los brazos hacia su descendiente.
— Eso es muy dulce.
Dorado resplandeció, Haru se refugió entre los brazos de su madre.
— ¡Yo también quiero un abrazo! — Declaró Viktor, haciendo puchero.
— Idiota. — Rodó los ojos Yuri Plisetsky.
— ¡Y Yurio igual!
— ¡Eso no es cierto, viejo!
Trató de huir, mas el peliplata mayor fue más rápido y lo atrapó antes de que lograra llegar a la puerta, arrastrándolo a la cama tamaño queen y fundiéndolo en un abrazo de cuatro.
Haru seguía avergonzado, pero estaba feliz.
Lástima que un toque firme en la puerta resquebrajara el momento.
Se trataba de Otabek.
Haru volvió a desear que el kazajo no estuviera en el hotel y se arrepintió al instante de aquel pensamiento egoísta, no solo porque el mayor le enseñaría a conducir.
— ¿Qué es lo que quieres? — Gruñó Yuri Plisetsky, quien había sido el que abrió la puerta.
— Hablar contigo.
— No me da la gana.
— Yura. — El pelinegro enarcó una ceja.
El rubio presionó juntos los labios.
— Bien, pero más te vale que sea rápido.
— Los esperaremos para desayunar todos juntos. — Expresó Yuri Katsuki, todavía sentado en la cama.
— Gracias. — Respondió Otabek antes de hacerse a un lado para que su mejor amigo pudiera salir de la habitación. — No vamos a tardar. — Aseguró antes de cerrar la puerta.
Haru gruñó.
Joder.
— Lo siento. — Soltó Otabek en cuanto volvieron a la habitación que compartían.
— ¿Hah? — La declaración lo descolocó por completo.
— Lo siento, Yura — repitió el kazajo, —tienes razón, no debí solo decidir sin consultarte antes.
Yuri Plisetsky parpadeó y frunció el ceño.
— ¿A qué viene esa disculpa de buenas a primeras?
— Estás enojado y los últimos meses nos hemos visto tan poco que no quiero que siga así por más tiempo.
— ¿Me estás diciendo que no ayudarás a Haru?
— Se lo explicaré. — Indicó el pelinegro, — podemos aplazarlo hasta fin de año.
— Pero se lo prometiste. — Recalcó el rubio.
— Y te prometí a ti que pasaríamos estas vacaciones improvisadas juntos.
Yuri Plisetsky miró fijamente hacia los orbes color chocolate contrarios.
— No.
— ¿No?
— No vas a romper tu promesa para con Haru, ni tampoco lo harás con la que me hiciste a mí.
— ¿Vendrás con nosotros? — Se asombró e
— Así es — asintió el rubio, — y me burlaré de tus nulas habilidades como instructor.
— ¿Es así, entrenador Plisetsky? — Sonrió Otabek.
— Absolutamente, Altin.
Se echaron a reír.
— ¡Huele delicioso! — Sentado a la mesa, en medio de sus padres, Haru relamió sus labios. — El entrenador y Beka tardan demasiado. — Se quejó, e hizo a un lado un delgado mechón plateado que se encontraba sobre su nariz.
— Ya deben estar por volver, Haru, sé paciente.
— Yuri tiene razón, Haru. — Secundó Viktor, — Mamá, Yurio y tú podrán arrasar con tres cuartas partes de la mesa en menos de lo que crees.
Haru miraba a su padre, pero no le fue desconocida la sensación de frío que recorrió su columna vertebral desde el lado opuesto, donde se encontraba su madre. Controló el impulso de frotar sus brazos en busca de calor.
— Haru — pronunció Yuri, recibiendo la total atención del mencionado al instante, — ¿te gustaría dar un paseo conmigo cuando volvamos a casa? — Inquirió con una sonrisa.
— ¡Por supuesto! — Aseguró el menor, — ¡sí, sí, sí!
— ¿Eh? — Viktor parpadeó.
— Sin papá, ¿no es así?
– Así es, sin papá. — Confirmó Yuri.
— ¡Siiiií!
— ¡Yuri!, ¡Haru! — Gimoteó Viktor.
— ¿Qué diablos sucede aquí? — Rezongó Yuri Plisetsky.
— ¡Entrenador! — Exclamó Haru, sonriente.
— Haru. — Indicó Otabek, — Yura nos acompañará hoy en tus lecciones de manejo.
Las plateadas cejas se elevaron.
— ¿De verdad? — Buscó confirmación en los orbes verde jade.
— Así es. — Asintió Yuri Plisetsky. — Más te vale aprender rápido.
Haru sintió una gotita aparecer en su frente.
— Por supuesto.
El desayuno transcurrió entre risas y una que otra queja.
Eran las ocho con veintitrés cuando Haru se puso de pie, y se despidió de sus padres, inclinándose a besar la mejilla de su madre y dedicándole una sonrisa a su padre solo para seguir a su entrenador y al que sería su maestro por ese día.
— ¡Diviértete, Haru! — Animó Viktor.
— ¡Y sé cuidadoso! — Recordó Yuri.
Haru rio por la bajo. Esos eran sus padres, el perfecto complemento del otro.
.
Llegaron al estacionamiento del hotel y Otabek maniobró con su motocicleta, sin encenderla, como si se tratara de una bicicleta.
— Vamos a la pista.
Haru caminó entre el par de mejores amigos, sin poder dejar de sonreír de oreja a oreja.
¡Era tan emocionante!
— Tranquilízate — ordenó Yuri Plisetsky, — de lo contrario no prestarás atención a las instrucciones de Beka.
Dorado se elevó hacia verde jade.
— ¡No me quite los ojos de encima, entrenador!
Las rubias cejas se elevaron.
— ¡No uses las frases de Katsudon!
Haru sonrió.
— Muy bien, Haru, observa con cuidado lo que haré.
Haru asintió y clavó su mirada en las manos del kazajo.
Dorado siguió fielmente hasta el último movimiento, saltando de las manos a las piernas y los pies.
El motor rugió y las manos de Haru picaron por tocar el volante de la máquina frente a él.
Otabek apagó el motor y extrajo la llave, volteando a mirar al menor.
— ¿Lo entendiste o quieres que vuelva a mostrártelo?
— Lo entendí — aseguró Haru con rapidez.
— Bien — asintió el pelinegro y retrocedió en el asiento, — ahora sube y hazlo tú.
Yuri Plisetsky, de pie a unos cuantos metros, observó a un obediente peliplata acercarse, pasar una pierna por sobre el asiento de la motocicleta e impulsarse para acomodarse al segundo siguiente. Otabek le entregó las llaves.
— No — escuchó la voz de su mejor amigo, suave, poco después, y notó la mano del mismo sobre la pierna del peliplata. Frunció el ceño. — Lo estás haciendo sin calcular, no la fuerces, trátala como si fuera una persona.
— ¿Una persona? — Haru giró confundido hacia el contrario, — quieres decir, ¿debo hablarle?
— Quiero decir con respeto — aclaró Otabek, — con delicadeza.
El peliplata parpadeó.
— Entonces, ¿como si fuera mi pareja?
Otabek enarcó una ceja, — si eso te sirve para seguir instrucciones, entonces sí.
Haru asintió y regresó la mirada al frente.
— Con respeto — repitió en voz alta; empujó el embrague con un movimiento fluido.
Con delicadeza.
El motor rugió.
Dorado brilló.
— ¡Lo hice! — Haru miró ilusionado hacia Otabek, — ¡lo hice! — y luego hacia Yuri Plisetsky, — ¡lo hice, entrenador!
El rubio lo observó por contados segundos, antes de asentir.
— Ya sabes encender el motor — declaró, — sigue aprender a conducir — sonrió.
Otabek presionó juntos los labios, tragándose la risa y regresando a su -casi- siempre seria expresión.
— Repite el proceso dos veces más y empezaremos con lo siguiente.
— ¡Sí!
El tiempo pasó entre indicaciones, intentos fallidos, críticas, frustración, determinación y, al final, éxito.
Cerca del medio día Haru dio una vuelva completa, él solo, sobre la motocicleta de Otabek, después de avanzar unos cuantos metros y volver.
Apagó el motor, acarició el manubrio y bajó sin prisas.
— ¡Es lo mejor que me ha pasado en la vida! — Estalló, sacando su teléfono celular, y llamó a kazajo y a ruso, — ¡vengan! ¡Esto merece totalmente ser inmortalizado en una fotografía!
Yuri Plisetsky volteó a mirar a su mejor amigo y se encontró con la mano derecha del mismo extendida hacia su persona.
— Puedo ponerme de pie yo solo — declaró.
— Lo sé — respondió Otabek, — pero estoy aquí ahora, así que dame la mano y arriba.
El rubio rodó los ojos, pero aceptó la ayuda y juntos se acercaron al peliplata.
— Aquí. — Haru se acomodó entre rubio y pelinegro, y estiró el brazo frente a ellos, la opción de cámara programada, — tomará tres segundos — sonrió, — ¡digan next level!
De regreso al hotel, Haru posteó las fotos, con y sin filtro, en su cuenta de Instagram, ignorando las notificaciones que no demoraron en empezar a llegar, guardó su celular y avanzó para acortar la distancia entre su entrenador, el kazajo y él mismo.
— Gracias de nuevo, Beka — canturreó, — ¿puedes prestármela de vez en cuando?
Otabek no lo miró.
— Aquí aplica lo que dijiste antes, Haru — dio a conocer, — tratar a la motocicleta como si fuera tu pareja.
Haru parpadeó y lo comprendió.
— Entiendo — suspiró, — entonces tendré que empezar a ahorrar si quiero tener una en un par de años.
— Sin contar el equipo de protección obligatorio. — Aportó Yuri Plisetsky.
— ¿Cuánto cuesta eso? — Frunció suavemente el ceño Haru.
— Los precios varían — declaró Otabek.
— ¡Ah, ya están de regreso! — Viktor apareció en ese momento, doblando en una esquina, — ¿cómo les fue?
— ¡Grandioso! — Haru se acercó a su padre, animado, — por cierto, papá, creo que es un buen momento para discutir sobre un incremento en mi mesada...
Viktor enarcó una ceja.
— Hablaremos de eso más tarde — concedió, — ahora voy a por un vaso de agua.
— ¿Para mamá?
— Así es — confirmó el peliplata mayor.
— ¿Y eso? — se extrañó Yuri Plisetsky. — Katsudon nunca tiene problemas en ir a por lo que necesite él mismo.
— Estamos en la playa — sonrió Viktor, — puedo mimarlo de más aquí.~
Plisetsky hizo una mueca.
— Más y empezarán a escupir arco iris, viejo.
Viktor rio, Otabek sonrió y Haru se mordió el labio inferior.
— Ah, pero eso ya se puede hacer, Yurio — Viktor palmeó su costado derecho, sobre el bolsillo de sus pantalones, en el que se encontraba su teléfono celular, — filtros.~
Yuri Plisetsky rodó los ojos.
— ¡Eso me recuerda! — Haru volvió a sacar su celular, — ¡nos tomamos unas selfies, papá!
— Fantástico — Viktor se mostró satisfecho, — le llevaré el vaso con agua a Yuri y entraré a Instagram para darles me gusta.
Haru asintió, — iré a decirle a mamá.
— Estaré con ustedes en un momento.
Haru asintió, se despidió de Otabek y de Yuri Plisetsky para pasar a alejarse.
Una vez desapareció de la vista de los tres hombres, Yuri Plisetsky escaneó el rostro de Nikiforov.
Haru tocó la puerta una vez, anunció que se trataba de él y la abrió.
— Haru — Yuri Katsuki se encontraba sentado en la cama tamaño queen, y tenía un libro sobre el regazo.
— Wow — Haru se acercó, — es bastante grueso.
Yuri sonrió.
— La historia me encanta, parece bastante larga pero una vez te atrapa deseas que el libro sea el doble de largo.
Haru parpadeó.
— ¿Cómo se llama?
— El nombre del viento.
— ¿La sombra del viento?
— No, no. — Yuri negó con la cabeza, — No La sombra del viento , Haru. El nombre del viento.
— Oh. — Haru frunció el ceño. — Hmm...
— Son libros distintos, de autores distintos.
— Umh...
— Carlos Luis Zafón y Patrick Rothfuss.
— ¡Sus nombres no se parecen de nada!
Yuri rio.
— No, no lo hacen.
— ¡Lee un fragmento en voz alta, mamá, por favor!
— De acuerdo. — Yuri palmeó el lado derecho de la cama, — ven aquí primero.
Haru obedeció y se sentó junto al pelinegro.
— Dime un número, Haru — solicitó Yuri.
— Uh... Ciento setenta y siete.
— Muy bien...
Yuri colocó un separador en la página que estaba leyendo -ya había pasado de la mitad- y regresó hasta la que contaba con el número pronunciado por su pequeño en el pie de página.
Haru miró fijo a su madre.
Yuri aclaró su garganta y empezó a leer.
— Se volvió hacia mí. — Pausando tras aquella corta oración, fingió su voz, arrastrándola levemente, simulando así la de un hombre mayor. — Pero nunca funciona. La única forma de impedir que te huelan los pies es airearlos un poco. Quizá ocurra lo mismo con los secretos. Pero yo de eso no entiendo. Yo solamente entiendo de zapatos. — Tomó unos segundos, y leyó lo siguiente con su voz normal, — Empezó a buscar entre el revoltijo acumulado sobre su banco de trabajo. — Cambió de nueva cuenta a la fingida,— A veces vienen esos jóvenes de la corte, abanicándose la cara y relatando tragedias inverosímiles. Pero tienen unos pies blandos y rosados. Se nota que nunca han ido solos a ninguna parte. Se nota que nunca han sufrido de verdad. — Una vez más la normal, — Al final encontró lo que estaba buscando. Cogió un par de zapatos parecidos a los que yo acababa de probarme. — Yuri miró por un momento hacia su hijo.
Haru asintió como único indicador de que deseaba que prosiguiera.
Yuri lo hizo con la falsa voz de hombre senil.
— Aquí están. Estos zapatos eran de mi Jacob cuando tenía tu edad. — Yuri sonrió y Haru sonrió con él. — Se sentó en el taburete y me desató los cordones de los zapatos que yo llevaba puestos — Siguió con su clara voz auténtica y, otra vez, se detuvo antes de cambiarla.—Tú tienes unas plantas muy curtidas para tu edad — continuó — cicatrices, callos. Unos pies como los tuyos podrían correr todo el día descalzos sobre la piedra y no necesitarían zapatos. Un muchacho de tu edad solo consigue unos pies así de una manera.
Haru pensó en el motivo, mas no expresó su conjetura en voz alta.
— Me miró a los ojos con gesto inquisitivo. Asentí con la cabeza. — Yuri asintió a su vez.—El anciano sonrió y me puso una mano en el hombro. — Haru imaginó a su padre haciendo lo mismo con él.— ¿Cómo los notas? — Haru ladeó la cabeza.— Me levanté para probarlos. Eran aún más cómodos que el otro par, porque estaban un poco más gastados. — Fue el turno de Haru de asentir. — Mira, estos zapatos son nuevos — dijo agitando los que tenía en la mano—. No han recorrido ni un kilómetro, y por unos zapatos nuevos como éstos suelo cobrar un talento, quizá un talento con dos. — Me señaló los pies —. Esos, en cambio, están usados, y yo no vendo zapatos usados.
Haru sonrió, comprendiendo al instante lo que ello significaba.
— Me dio la espalda y se puso a ordenar el banco de trabajo mientras tarareaba una melodía. Tardé un segundo en reconocerla: «Vete de la ciudad, calderero».
Haru se preguntó cómo iría la letra y de inmediato, por alguna extraña razón, la melodía de una canción de Bruno Mars empezó a sonar dentro de su cabeza.
— Yo sabía que el anciano estaba tratando de hacerme un favor, y una semana antes no habría dejado escapar la oportunidad de hacerme con un par de zapatos gratis. — Haru enarcó las cejas. — Pero por algún extraño motivo, no me parecía justo. Recogí rápidamente mis cosas y dejé un par de iotas de cobre encima del taburete antes de salir de la tienda.
Haru frunció el ceño, sin comprender.
— ¿Por qué? — Yuri volvió a observar de reojo a su pequeño durante dos segundos.— Porque el orgullo nos hace hacer cosas extrañas, y porque la generosidad debe recompensarse con generosidad. Pero sobre todo porque me pareció que era lo correcto, y eso ya es razón suficiente. *
Viktor ingresó en aquel momento, interrumpiendo así la narración.
— Traje el vaso con agua y una pequeña jarra que la amable cocinera me prestó. — Levantó ambos objetos entre sus manos y sonrió a su esposo e hijo, — ¿de qué me perdí?
Haru tenía la boca abierta y tardó largos segundos en percatarse de ello. La cerró y sacudió la cabeza solo para empezar a mover los brazos, haciendo aspavientos, no encontrando las palabras que quería decir.
— ¡Mamá acaba de leer algo genial! — Proclamó, sus ojos brillando. Regresó toda su atención al pelinegro, — ¿cómo se llama el protagonista, mamá?
Yuri sonrió.
— Primero déjame mostrarte cómo se escribe y veamos si puedes pronunciarlo, ¿de acuerdo?
Haru ladeó la cabeza mientras Viktor sonreía y se acercaba a entregarle el vaso con agua a su esposo, dejar la jarra sobre el buró y buscar papel y lápiz.
— ¿Puedo leerlo luego de que mamá lo termine?
Viktor soltó una risa al escuchar aquella petición.
Yuri sonrió.
— ¿Cómo se llama el protagonista? — Inquirió.
Haru le devolvió la sonrisa.
— Kvothe.
— Puedes leerlo en cuanto lo termine.
— ¡Sí!
— Haru — llamó Viktor, obteniendo la atención del menor, — ¿le mostraste a mamá las fotos que tomaste?
— Ah — Haru negó con la cabeza.
— ¿Fotos?
— ¡Ya sé manejar motocicleta! — Celebró el peliplata menor, — me tomé unas selfies con el entrenador y con Beka para celebrar — sacó su teléfono celular, — déjame mostrártelas, mamá.
Yuri asintió.
— También quiero verlas — se unió Viktor.
Un almuerzo y varios minutos después.
— Están causando mucho alboroto — Yuri Plisetsky resopló, la mirada verde jade fija en la pantalla de su teléfono celular, la aplicación de Instagram abierta y específicamente una de la fotografías recientemente publicadas por su entrenado. — Demasiado. — Gruñó.
— Siempre es así — Otabek enarcó una ceja, sentado sobre su cama, un libro delgado entre las manos. — ¿Qué pasa con esta vez?
— Míralo por ti mismo. — Indicó el rubio antes de lanzarle su teléfono al pelinegro, quien lo atrapó sin dificultades, haciendo el libro a un lado. — No pueden no joder.
Otabek comprendió a lo que su mejor amigo hacía referencia cuando notó el gran número de comentarios en la foto, mayormente de usuarios femeninos y con la terminación y-a en sus nombres de usuario, y por si eso no fuera suficiente distintivo, en las fotos de perfil se veían a chicas de distintas edades usando orejas falsas de gato, o en su defecto aplicadas con un filtro o edición aparte.
— Aún cuando te retiraste hace ya un par de años. — No importaba cuántas veces lo viera, el kazajo siempre se sorprendería por la lealtad de esas féminas.
— No me agradaba cuando tenía quince, no me agradará aun cuando cumpla cincuenta — bufó el ruso, — están locas. Todas.
— Sí, locas por Yuri Plisetsky.
— Debería conseguir una pareja para ver si así me dejan tranquilo — resopló el menor.
— Sabes que eso no funcionará — el mayor negó con la cabeza antes de ponerse de pie y acercarse al contrario para devolverle su celular. — Solo generaría más atención hacia ti y hacia la persona con la que salieras.
— Que se vayan todas a tomar por cu- — un toque firme en la puerta interrumpió las palabras de Yuri Plisetsky.
— ¡Yurio! — La voz de Viktor no demoró en escucharse, — ¡Yurio! ¡Déjame entrar!
Yuri Plisetsky compartió una mirada extrañada con Otabek.
— ¿Qué quieres, viejo? — cuestionó sin moverse un solo centímetro.
— ¡Yuri y Haru están perdidos!
La puerta frente al peliplata se abrió al segundo siguiente y Viktor ingresó, las mejillas infladas y el ceño fruncido, cerrando la puerta tras de sí.
— ¡Ellos solo me ignoran por completo! — Lloriqueó Viktor, — ¡Toda su atención está en ese libro! ¡Están perdidos ahí adentro!
Otabek volteó a mirar al libro que había dejado sobre la cama y por un segundo la idea de volver a sentarse sobre la mullida superficie e imitar a Yuri Katsuki y al hijo del mismo cruzó su mente.
Claro que no lo hizo.
— ¡Largo de aquí, anciano! — Bramó Plisetsky, — ¡son tu esposo e hijo, arréglatelas solo!
— ¡No puedo hacerlo solo! — Nikiforov formó un puchero en sus labios, — Haru te escuchará a ti, Yurio, ¡por favor!
— ¡Vete!
— ¡Yurio!
Otabek retrocedió un paso, asegurándose de que ninguno de los dos rusos lo notara.
— ¡No iré a ninguna parte contigo!
— ¡Solo serán cinco minutos!
Otro paso.
— ¡No es no!
— ¡Su indiferencia me lastima, Yurio!
Otro paso más.
— ¡Deja de ser tan malditamente dramático!
— ¡Te digo la verdad! ¿¡Quieres que muera por falta de amor?!
— ¡Carajo, Viktor!
Un paso más y estaría junto a la cama.
— ¡Otabek! — Viktor exclamó, provocando que el aludido se quedará muy quieto en su lugar. — ¡Ayúdame aquí!
— ¡No metas a Beka en esto! — Yuri Plisetsky rechinó los dientes, — ¡lárgate y muere!
— ¡Yurio! — Gimió Viktor.
Otabek suspiró.
— Yura — pronunció, verde y azul giraron en su dirección, — Nikiforov no irá a ningún lado, ¿de verdad quieres que se lance a tus pies y llore, como hizo la última vez?
El rubio se erizó a la par en que peliplata sonreía y asentía.
— ¡Otabek está en lo cierto, Yurio! — Viktor giró hacia el menor, — ¡por favoooooooor!
Yuri Plisetsky gruñó.
— De acuerdo — escupió.
— ¡Gracias! — Celebró Viktor, — ¡vamos, vamos, vamos!
Y arrastró al rubio fuera de la habitación, olvidando cerrar la puerta tras de él esa vez.
Otabek se encargó de hacerlo y luego regresó a continuar con su lectura, recostándose sobre la cama.
Soltó un suspiro a sabiendas de lo que le esperaba cuando su mejor amigo volviera, pero, mientras tanto, no se preocuparía.
— ¡Yuri!, ¡Haru! — Viktor abrió la puerta de la habitación que compartía con su esposo, sobre la cama el mismo y el hijo de ambos concentrados con las miradas marrón rojiza y dorada respectivamente clavadas en una de las primeras páginas del libro que ahora cada uno sostenía por un lado. — ¡Yurio está aquí!
— ¡Entrenador! — Viktor celebró internamente realizando un salchow triple seguido por un loop cuádruple. — ¡Tiene que leer este libro!
Yuri Plisetsky parpadeó y volteó a mirar al peliplata mayor.
— ¡Haru! — Sonrió Viktor, — ¿no preferirías ir a pasear con Yurio?
Dorado se iluminó ante la pregunta.
— ¡Sí! — entonces su expresión cambió a una de pena, girando a mirar a su madre, — ¿está bien, mami?
Yuri Katsuki sonrió con suavidad hacia su retoño, acarició los plateados y cortos cabellos ajenos con su mano libre con la ternura que solo él poseía.
— No, no lo está.
Haru se erizó, mas, cuando el pelinegro rio, el alma le volvió al cuerpo, e infló las mejillas.
— Perdón — se disculpó el japonés, alzó la mirada hacia verde jade, — por favor cuídalo, Yurio.
Yuri Plisetsky chasqueó la lengua.
— ¡Estoy en sus manos, entrenador! — Celebró el peliplata menor, saltando fuera de la cama tras besar la mejilla derecha de su madre y recibir uno en la izquierda como respuesta. — ¡Vamos a pasear! — Corrió hasta el rubio, tomando su mano derecha y entrelazando sus dedos, resplandeciente.
Yuri Plisetsky enarcó una ceja.
— Vamos a trotar — declaró, tajante.
— ¡Diviértanse! — Viktor intervino antes de que su hijo pudiera quejarse, y poco le faltó para empujar a rubio y peliplata menor fuera de la habitación, cerrando la puerta sin esperar por nada más.
Después giró hacia su esposo, encontrándose con la penetrante mirada marrón rojiza.
Sus labios adoptaron la curiosa y adorable forma de corazón.
— Yuri.~ — Pronunció de camino a la cama.
— ¿Es necesario hacer esto, entrenador? — Haru no pondría peros, al fin pasaría algo de tiempo a solas con su amado y futuro todo; sin embargo, no sería Haru Nikiforov - Katsuki si no presionaba un poco.
— Es muy necesario — fue la esperada respuesta de Yuri Plisetsky. — No pierdas el paso.
— Jamás lo pierdo — sonrió el peliplata.
— Claro que lo haces — contradijo el rubio — sobre todo fuera del hielo.
— En las competencias — agregó Haru, — nunca pierdo el paso mientras estoy compitiendo.
— No debes perderlo en ningún momento — sentenció el mayor.
— Eso es imposible — rumió el menor.
— ¿Dijiste algo?
— No, entrenador.
— Bien — Yuri Plisetsky se liberó del agarre que la mano izquierda ajena mantenía sobre la derecha propia y señaló el sol, que descendía a la lejanía. — Empieza ya y no te detengas hasta que anochezca.
— ¿¡Hah?!
— Iré por un par de botellas y te daré el alcance — aseguró el rubio.
— ¡Pero, entrenador!
Verde jade se afiló y el dueño del par de orbes giró sobre sus talones, alejándose y adentrándose en el hotel a los pocos segundos.
Haru apretó los puños y la mandíbula.
¡Siempre es así!
Echó a correr, furioso, sin medir la velocidad, su respiración ni mucho menos la dirección.
¡Desde que empezó a entrenarme! ¡No! ¡Desde que tengo uso de razón! ¡Siempre ha sido injusto! ¡ Injusto desde antes!
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Aquí me disculpo por la enorme tardanza y traigo un capítulo más que doblemente largo como compensación XDU
*Este es un fragmento del capítulo número 32 de El nombre del viento : Cobres, zapateros y multitudes.
No se me había pasado ni por un segundo el agregar siquiera la mención de mi libro favorito -bueno, el primer libro de mi trilogía inacabada favorita xD- Solo sucedió. :DU (necesito leer La sombra del viento igual ;-;) y aprovechando se los recomiendo a quien quiera leer fantasía épica con una prosa preciosa y un protagonista pelirrojo :3 xD
Tengo la esperanza de que alguna persona que lea esto haya leído el libro. Por favor. QWQ
Oh, por cierto, se pronuncia ¨Cuouz¨.
Nos leemos.~
P.d : Menciono a Bruno Mars porque justo lo escuchaba a él mientras escribía. xD
Abrazos a la distancia. -inserte corazón con brillitos-
