Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Shirai-sensei, a excepción de los Oc's, que son míos. Yo sólo uso a sus bebés para emparejarlos y hacer historias cursis.

Nota: perdón por tardar, perdón por ser una mierda, y perdón si no me ha salido tan gracioso como de costumbre.

No estoy bien.


Lo Apruebo

IV


—Hoy te ves bastante pensativo, Ray —comenta Isabella de la nada. El niño parpadea y aparta la mirada de su plato de comida, para posarla sobre su madre, y allí ver la perpetua sonrisa dulce que porta—. ¿Ha pasado algo interesante? ¿Tiene que ver acaso con tus notas escolares?

Ray ríe con altanería ante esa pregunta, aunque en el interior se siente ligeramente ofendido por el hecho de que su queridísima madre pensara por un instante que sus calificaciones tuviesen algún desperfecto.

—Mis notas están bien —asegura, primero que nada. Isabella sonríe un poco más orgullosa, y Ray mantiene su mueca—. Aunque en realidad, estoy un poco preocupado.

La sonrisa de ella se borra, y se muestra curiosa.

—¿Ah, sí? ¿Por quién?

—Pues por- —se detiene de repente, y la mira un poco molesto y desconfiado—. ¿Cómo sabes que una persona está involucrada?

—Si no fuera una persona, no lo estarías. Te conozco, eres igual a mí. —Alega con total seguridad, comiendo un bocado del estofado que preparó esa noche su hijo.

—Eh... —vuelve a sonreír, recostándose en el respaldo de su asiento—. Pues sí. Y se trata de Norman.

—¿Norman? ¿El chico estrella de la clase? ¿El que siempre gana el puesto número uno por sobre ti?

—No necesitas recordármelo... —masculla entre dientes, hastiado. La mujer ríe un poco al conseguir tocar el punto débil de su hijo. Aunque siempre lo hace, es algo gratificante en ciertas ocasiones como esas.

—¿Y bien? ¿Qué pasa con él?

—Está enamorado de Emma.

Cri.

Cri.

Cri.

Isabella no muestra expresión alguna. Su rostro quizás está demasiado serio. Ray piensa que, al igual que él mismo, necesita procesarlo un ratito. Un tipo de reinicio del sistema.

Ahora que lo nota, también ha heredado esa parte de ella. Qué cosas. Ni siquiera sabía que eso podía heredarse.

Entonces Isabella deja los cubiertos sobre la mesa. El azabache trata de imaginarse cuáles serán las siguientes palabras que soltaría su astuta y perversa madre.

La ve sonreír con más animosidad y dulzura que nunca.

—Emma jamás se fijaría de esa manera en él.

Cruel, pero cierto. Ray quiere pensar que la sinceridad es buena para estrechar lazos, aunque esto contaría más como maldad pura y total. Y aun así fuera como la realidad que acaba de aclarar con las más directas palabras, quiere imaginar que los sueños (de Norman) se pueden volver realidad, y que el chico albino se va a quedar con esa animada pelirroja algún día, y se casarán, y tendrán muchos hijos.

Y él podrá tener sobrinos a los que inculcar el arte del fuego y la fotografía.

Ya quiere verlo.

—¿Por qué sonríes así, Ray?

El aludido borra su aterradora mueca, y suspira.

—Lo siento. A veces sonrío como tú.

—Ah, ya veo.

Ambos suspiran y siguen cenando en silencio.

—Aunque parezca imposible, yo... —Ray de un momento a otro parece algo desanimado. Isabella le observa en silencio, esperando a que continúe—, de verdad me gustaría verlos juntos. Hacen linda pareja.

—Sí, lo sé —afirma con una ligera mueca melancólica—. Incluso me recuerdan a mí y a Leslie.

El niño hace una mueca de asco.

—Por favor, no me hables de tu amor de infancia ahora mismo. Estoy comiendo.

—Oh, Ray, qué cruel —finge que le ha dolido, poniendo ambas manos en sus mejillas—. Y yo que estaba tan entusiasmada con recordarte la canción que tu padre me cantaba cuando eramos niños y con la que decidió pedirme matrimonio.

—¡Mamá!

La mujer ríe, divertida de las caras que hace su niño ante la repulsión que siente por su cursilería exagerada.

—Sólo espero que Norman no haga alguna cosa igual —comenta de pronto—. Sería tan vergonzoso que Emma lo rechazara.

—Ugh. Norman no es tan idiota.

Ray está seguro de ello.

. . .

—¿Pedirle matrimonio con una canción? —pregunta el albino, con una cara confusa.

Ray asiente.

—No, yo no haría eso. Cómo crees.

Ray ahora está realmente seguro de ello.

Y Norman entonces se ríe un poco. Ambos mantienen ese ambiente ameno y divertido en medio del patio escolar.

—¿De dónde sacas esa idea? Es algo muy patético.

Isabella, que se halla cerca de ahí por su rutina diaria de maestra, se detiene a escuchar por un momento. Si trataba de lo que creía y lo que nunca discutieron completamente en la cena, Ray estaría súper castigado y sin cámara de regalo para su próximo cumpleaños.

—Sí, lo sé —suspira el azabache—. Pero bueno, olvidando eso; dijiste que tenías una idea para finalmente quedarte con Emma, y que me la mostrarías hoy. ¿De qué se trata?

El semblante del chico de ojos azules cambia un poco. Quizá se vuelve un tanto aterrador, según Ray. Nadie más podría notar ese ligerísimo cambio, ya que nadie más conocía a fondo los oscuros y crueles pensamientos que cruzaban por la mente de Norman, alias Minerva 2.0, o Mini Hitler, en algunos casos.

El niño azabache traga pesado, esperando a lo que se viene, rezando porque no sea una locura suicida o genocida.

Isabella siente más curiosidad de saber a lo que se refieren los dos niños estrella de su clase.

—Espérame un momentito, ¿de acuerdo? —pide amablemente, para luego dar media vuelta y alejarse en silencio de Ray.

Cri.

Cri.

Cri.

¿Estaba huyendo, acaso?

No puede ser.

Ray suelta un gran bufido, y sonríe un poco aliviado. Isabella sigue sin entender lo que sucede con ellos dos.

—¿Qué otra cosa podría esperarme de-?

Su sonrisa de alivio se borra en un instante al notar que Norman se dirige directamente a Emma, quien, despistada como ella es, está jugando tranquilamente junto a Don, Gilda y Anna al Tuti Fruti en la otra mesa para el almuerzo.

Se rostro se deforma en espanto. ¿Qué estaba tratando el maniático de su mejor amigo? ¿Una declaración enfrente de todos?

—Qué jodido se ha puesto esto.

Definitivamente Ray estaría castigado por decir esa grosería.

Mientras tanto, Norman sonríe en tanto sigue acercándose a la mesa donde se encuentra su preciosa y perfecta naranjita, y una vez enfrente, saca un papel y un bolígrafo.

—Emma. —La llama, con dulzura y una afable y bondadosa sonrisa.

—¡Ah, Norman! —Exclama la pelirroja, soltando su lápiz y mirándole con una gran expresión llena de pura alegría. Los demás solo ríen y continúan jugando al ver que la que iba a ganarles está totalmente distraída—. ¡Hola! ¿Qué pasa, eh? ¿Necesitas mi ayuda en algo? ¿Quieres jugar también? ¡Voy ganando, sabes!

—No, solamente quería saber si podrías firmar aquí. —Alega, enseñándole la hoja en blanco y el bolígrafo.

—¿Firmar? —Su antenita se mueve (y con ella, el corazón del albino) a la par que observa curiosa ambos objetos. Después simplemente sonríe, sin sospechar ni un poco de la situación—. ¡Claro!

Agarra la pluma y el papel, y con maestría, deja su firma en una pequeña esquina marcada de la hoja.

—Gracias, Emma. —La cara del niño brilla más que de costumbre, y ella está satisfecha con eso, aunque no tenga ni idea de por qué.

Un poco más lejos, Ray está leyendo un libro mientras espera que su compañero no haya ocasionado el odio y desprecio total de Emma por alguna cosa que le haya dicho. Y cerca de allí, Isabella se encarga de jugar con unos pequeños mientras lo vigila, dispuesta a seguir escuchando la plática para descubrir cuál era el problema que abrumaba a sus niños.

Ray pasa la página, y de repente, la cara de Norman aparece a un par de centímetros de su propio rostro.

Grita de susto.

—¡Maldita sea, ¿por qué eres tan espeluznante?! —Inquiere, molesto. El aludido no deja de sonreír—. Y a la vez estúpidamente tierno... ¡Ya basta! ¡Me confundes!

—Ray, no sabía que eras gay.

Lo abofetea.

La canción de La Rosa de Guadalupe suena a lo lejos, pero no le prestan atención.

—No bromees. A mí me gusta la rubia del salón —declara fríamente. Norman solamente asiente mientras se soba la mejilla golpeada—. Pero, volviendo al tema, ¿qué hiciste esta vez?

—¡Mira! —Exclama, con los orbes azules brillando demasiado, y alzando el papel con la firma. El azabache entrecierra los ojos ante tanta luminosidad golpeando su vista—. ¡Emma me dio su preciada firma!

—Ah, ya veo. ¿Y eso para qué te-?

Se detiene abruptamente al darse cuenta de los hechos. Y al tener ese pensamiento tan extraño y extremo a la vez rondando en la cabeza, sólo reacciona agarrando la hoja y revisando a fondo todo.

Pronto se da cuenta de que hay dos, y las separa.

Sonríe de manera torcida, incrédulo de lo que ve.

—No puede ser... —murmura, con una venita resaltando en su frente al leer el inicio del documento. Observa entonces a su amigo, quien sigue sonriendo animado y satisfecho—. Norman, ¿en serio?

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? ¡Es un documento de matrimonio!

Isabella abre grande los ojos, y se cubre la boca.

Se esperaba lo del matrimonio, pero no de esa manera.

Los mira, esperando a que su hijo diga o haga algo al respecto.

—¡Se supone que aún te faltan seis años para esto!

Cri.

Cri.

Cri.

¿Eso era todo? ¿Nada de "es algo realmente estúpido" o "discúlpate y anula esto de inmediato"?

Vaya que Ray no bromeaba cuando decía que los apoyaba.


Continuará.