Los dos hermanos Kurosaki miraron al dueño de aquella voz, que los observaba seriamente.

– Ichigo no va a morir – repitió, afirmando aquello que para Kaien era casi imposible.

– ¿Qué no va a morir? ¡Ja! Ese es un deseo que abandoné hace tiempo – dijo, mirando al suelo y apretando sus puños.

– No, no va a morir, ¿verdad Rika? – el hombre miró a Rika a los ojos, ocultando su mirada debajo del ala de su sombrero verde con rayas blancas.

– No – la chica miró a su hermano. – ¿Ves? ¿Por qué no escuchas lo que Urahara-san quiere decirnos?

– ¡¿Qué quieres que escuche? ¡¿Más inventos de la Sociedad de no sé qué? ¡Son todas mentiras! – gritó nuevamente. Rika iba a golpearlo otra vez, pero Kisuke la tomó de la mano suavemente, manteniendo su seriedad.

– Kurosaki-san, creo que debemos hablar tu y yo a solas – Rika lo miró expectante. – Rika, por favor, ¿puedes volver al hospital mientras hablo con tu hermano?

– Si – miró de mala manera a Kaien, – nos veremos en un rato

La castaña se retiró sin decir nada más. Se olía en el aire su dolor ante los comentarios de su hermano. ¿Cómo podía no creer en la Sociedad de Almas? Sus padres eran shinigamis, incluso su abuelo. Y ni hablar de su tío y la mitad de los amigos de sus padres. Miró al cielo rojizo del atardecer mientras caminaba abrazándose a sí misma, intentando no llorar. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? Si tan sólo pudieran desprender el alma de Ichigo…

– ¿Qué es lo que quieres, Urahara? – Kaien permanecía estático en su sitio, mirando con furia a Kisuke, apretando sus puños.

– Sólo quiero que entiendas que la Sociedad de Almas y todo lo referido al mundo espiritual no es una mentira

– ¡Si lo es! No creo en lo que no puedo ver

– ¿Por qué no vamos andando? Quiero contarte algunas cosas – los dos comenzaron a caminar.

– ¿Qué quieres?

–Tu padre está así porque no supo respetar algunas leyes – Kaien lo miró. – No me mires así, son leyes simples. Aunque tú no quieras reconocerlo, sabes la diferencia que hay entre Ichigo y los demás shinigamis

– ¿Eso de que él es sustituto y los otros legítimos?

– Si. Pero no es sólo eso. Ellos son almas, no pertenecen a ningún cuerpo

– Pero mi papá es humano – el chico bajó la mirada.

– Justamente. Su cuerpo también lo es, no es un cuerpo falso

– Como el de mi mamá – agregó Kaien, apretando sus puños.

– El gigai de Kuchiki-san es especial, lo modifiqué para ella. Tiene funciones humanas, crece a medida que pasa el tiempo para que pueda vivir como humana, aunque no lo sea en realidad. Pero, cuando un cuerpo es verdadero, requiere que su alma permanezca dentro algún tiempo. Sin embargo, antes de que sucediera esto, tu papá quiso recuperar sus poderes a cualquier precio. Lo logró, no sin mucho esfuerzo, pero lo logró

– ¿Y eso que tiene que ver?

– Mucho – Kisuke lo miró y sonrió. Se detuvo en una plaza. Kaien levantó su vista y notó inmediatamente la estatua de en medio, aquella de la mujer con los dos niños. – Lo que sucede es que el cuerpo de Ichigo se fue desgastando con tantos años de entrar y salir. Le insistí con cambiar su cuerpo por un gigai modificado como el de Rukia, pero nunca quiso, y estas son las consecuencias

– ¿Por eso fue que tuvo el problema del corazón?

– Era predecible que sus órganos dejaran de funcionar con el tiempo, y se lo dije, él sabía muy bien cuáles podrían llegar a ser las consecuencias de sus actos, y más cuando comenzó a forzar su alma e incluso su cuerpo para poder recuperar sus poderes perdidos – se produjo un incómodo silencio entre los dos. Kisuke miraba la estatua y Kaien el suelo.

– Entonces, si es así, ¿por qué no despierta? ¿Por qué no pueden sacar el alma de su cuerpo cómo solían hacerlo, supuestamente?

– No lo sabemos

– ¡¿No lo saben? ¡¿Cómo puede ser que no lo sepan? Sabías que iba a suceder esto, ¡¿por qué no buscaste una solución antes? – Kisuke lo miró muy serio y con el ceño arrugado. Kaien apretaba sus dientes con fuerza.

– No es que no haya buscado soluciones, nada de lo que hicimos funcionó

– ¿Hicimos?

– Estuvimos trabajando con el Cuarto Escuadrón – Kaien apartó la vista. – La Capitana Unohana

– ¡No quiero saber más! – lo miró con lágrimas en los ojos. – ¡Para mí no existe aquello que no puedo ver! ¡Y LO QUE VENGA DE ESA SUPUESTA SOCIEDAD NO TIENE NADA QUE VER CONMIGO! – salió corriendo, evitando que sus lágrimas cayeran. Kisuke puso las manos en los bolsillos y miró la estatua de la mujer.

– Si sólo estuvieras aquí, Kuchiki-san…

Sociedad de Almas, sala de espera del Primer Escuadrón

– ¿Podrías decirme cuánto tiempo más estaré esperando a que me atienda el Comandante? – Renji se notaba muy tenso y malhumorado. Intentó ser cordial con el shinigami que estaba allí parado haciendo guardia, pero no logró su cometido. El hombre, de anchos bigotes blancos, arqueó una ceja y carraspeó.

– Capitán Abarai, ya es la quinta vez que me pregunta eso. Por favor, sea paciente. El Comandante Yamamoto está en una reunión con la Capitana Unohana – le contestó amablemente el anciano.

– Está bien – refunfuñó Renji, volviendo al banco donde hacía más de cuarenta minutos estaba sentado, esperando.

¿Para qué lo mandaba llamar si luego lo haría esperar tanto? ¡Y tantas cosas que tenía que hacer él en su escuadrón! Se recostó contra la pared y cerró los ojos, al tiempo que se cruzaba de brazos. ¿Quería decirle algo del "caso Kurosaki"? ¿De Ichigo? Realmente no pensaba en novedades a estas alturas. Sabía que Ishida iría a verlo, pero nunca pensó que eso ocasionaría que se moviera nuevamente la Sociedad de Almas para hacer algo. Le sonaba muy raro esa conducta y que volvieran a nombrar a Ichigo.

Al fin, después de unos minutos más, Retsu salió del despacho, con una cara no muy feliz. Miró a Renji con un dejo de preocupación en sus ojos, y el pelirrojo se acercó inmediatamente.

– Buenas tardes, Capitana – le dijo amablemente, pero a gran velocidad.

– Hola, Capitán. Será mejor que entre a ver al Comandante. Él le dará todos los detalles

– ¿Sucede algo malo?

– No lo sé – Retsu se fue lentamente, pero Renji no la siguió. Decidido, entró en la oficina.

Hueco Mundo, palacio Las Noches

– ¿Qué estás haciendo? – la voz de Ulquiorra se escuchó por todo el ambiente, que era blanco y sombrío. Orihime detuvo su quehacer y lo miró con una sonrisa.

– Estoy buscando algo que hace tiempo que no uso

– ¿Tus horquillas? – preguntó algo fastidiado.

– Si. Tal vez

– ¡Tal vez nada! No quiero que vuelvas al mundo humano – Orihime se acercó a él, que estaba recostado sobre una columna.

– Ellos me dieron muchas cosas y no quisiera abandonarlos. Es probable que pueda ayudar a Kurosaki-kun a recuperarse

– ¿Ese niño te recuerda a él, no? – apartó sus ojos. Orihime tomó su rostro con las manos y lo obligó a volver su vista en ella.

– No te preocupes – se acercó y lo besó.