Una vez en su departamento, Hermione se sentía humillada de la peor manera, además de lastimada porque su prometido había tenido una nula intervención. Era claro que no esperaba que se le fuera encima a Draco a golpes… o quizá sí, bueno a esas alturas ella ya no sabía nada.

Le hubiese gustado que Adrian la defendiera inmediatamente, pero también comprendía que estaban en público y que el carácter de Pucey no era agresivo o feroz como el de Malfoy. Bufó intranquila, dividida entre el coraje y la impotencia. ¡Cómo deseaba haberle lanzado un hechizo a ese arrogante, vanidoso que se atrevía a hablarle de esa manera y echarla de su casa!,

Había llevado una vida tranquila antes de encontrarse con Draco nuevamente y ahora, de nuevo ese torbellino de sensaciones que sentía en Howgarts cada que él la insultaba llamándola "sangre sucia". No, no la había llamado así en ésta ocasión, pero no hacía falta. Además no era necesario, con lo que dijo fue suficiente. Y claro, le advertiría definitivamente a Adrián que no estaba dispuesta a volver a ver al rubio jamás en la vida, así que ni pensara siquiera en invitarlo a la boda o frecuentarlo.

-¡Por supuesto que no! -gruñía enfadada quitándose de mala gana el vestido y los zapatos, los cuales aventaba para desquitarse de alguna manera, ya que no lo pudo hacer con el ojigris. Pensó de nuevo en Pucey:

-No lo entiendo… -se tocaba la sien confundida.

-Esperaba más de él y ahora no sé qué pensar. ¿Acaso soy muy explosiva?, ¿O él es demasiado tolerante? -No lo sabía a ciencia cierta.

Decidió dejar todo a un lado por ahora y se dirigió a la cocina por su ya acostumbrada taza de café para acompañar una buena lectura. ¿Hambre?, ¡Claro que no!, después del incidente sentía arderle el estómago, con el café sería suficiente. Abrió la gaveta y tomó su taza preferida, negra con sus iniciales, regalo de Adrian. La observó un instante y la guardó; sacó otra menos irritante en ese momento y se dispuso a preparar la exótica bebida, el aroma la tranquilizó un poco, pues si había algo que además de los libros la embelesara era precisamente ese oscuro brebaje que a ella le sabía a gloria mezclada con el paraíso.

-Una verdadera delicia- decía mientras tomaba un pequeño sorbo.

Con las pantuflas ya puestas, volvió a su recámara y se dio cuenta de que no tenía ánimo de seguir leyendo sobre la Ley Mágica, en realidad no tenía ganas de leer por ahora -raro en ella- entonces se acomodó en la cama y con el café al lado se dedicó a pensar, a pensar en Adrian, en que tendría que hablar con él, solucionar las cosas y plantearle su postura de no convivir jamás con Malfoy.

-No creo que lo prefiera a mí- cavilaba aún molesta y de nuevo Draco se colaba en su mente… -Maldito niñato egoísta, ¿Cómo se atreve a hablarme de esa manera?, nunca nos hemos caído bien, pero no creo que un poco de respeto sería mucho pedirle. ¡Merlín, es Malfoy!, no puedo pedirle peras al olmo. -refunfuñaba mientras tomaba otro sorbo.

Trenzó su cabello y se dispuso a descansar. -Mañana será otro día y no volverás a toparte con él de nuevo, Hermione -se decía mentalmente y se arropó entre las cálidas mantas de felpa, pues ella era muy friolenta.

La castaña cerró los ojos sintiendo aún el aroma de Malfoy en su nariz. -¡Basta ya!, -se incorporó molesta.

-¿Cómo no dejaba de pensar en él?, sí, realmente era una fastidiosa piedra en el zapato ese Draco petulante, ¡Pero nadie tiene la capacidad de él para hacerme sentir tan irritada! -concluyó al fin, y volviendo a la cama, se dispuso ahora sí a dormir, cosa que, vale destacar, logró al tercer intento.

Draco, por su parte, terminaba ya de despedir a sus invitados y se disponía a subir a sus aposentos, no sin antes dar las buenas noches a su madre.

-No me gusta que te exaltes por cualquier cosa, hijo. -le hizo saber Cissa al evocar el altercado con Hermione.

-No soporto a esa cerca de mí, menos en mi propia casa y supuse que lo sabrías, madre. No entiendo por qué la invitaste.

-Que quede claro que ni en diez vidas invitaríamos a esa san… jovencita a nuestra Mansión, Draco. De haberlo sabido, tampoco hubiésemos consentido en tener a Pucey aquí. Esta vez si que ha caído bajo al comprometerse con semejante mujer.

Draco escuchaba ahora a su padre, quien no ocultaba tampoco su desprecio hacia la castaña por varias razones: por ser una impura, por superar a Draco en la escuela y por tener el atrevimiento de presentarse en su casa esa noche. El ahora patriarca Malfoy no olvidaba que los apelativos a la sangre estaban ahora prohibidos, pero en su casa era libre de hacer lo que el quisiera.

Narcissa, por su parte, no sentía demasiada simpatía hacia al trío dorado en general, pero como madre no olvidaba que gracias a ellos Draco y ellos estaban vivos ahora, pues Harry había sido de gran ayuda en eso. Claro que ella tampoco entregó al chico de gafas a Voldemort, y de alguna manera sentía que de esa forma había saldado su deuda. Aún así no acababa de congeniar con Granger de ninguna forma.

-Pues ésta noche vino a la recepción, padre y si no fuera por mí, todavía rondaría su repugnante olor entre nosotros.

Lucius esbozó una retorcida sonrisa al ver la completa aversión de Draco hacia la muchacha. No esperaba menos, era su hijo después de todo.

-Creo que debemos abandonar el asunto de una vez, Draco, Lucius, la chica se marchó y debemos continuar. Esto no vale la pena. -Remarcó la señora de la casa tomando de la mano a su hijo y haceiendo ademán de subir las escaleras con él.

-Puede que tengas razón, no voy a desperdiciar mis palabras hablando de Gran…de esa -finalizó Draco con desdén mientras su padre avanzaba pausadamente por los escalones también.

-Buenas noches -se despidió el muchacho y sus padres hicieron un leve movimiento de cabeza antes de entrar a su respectivo dormitorio. Draco abrió la puerta del suyo. Aflojó la corbata del traje y se colocó su atuendo para dormir, una pijama de seda negra también. Seguía molesto por haberla visto, a ella, a la que lo desafió constantemente en el colegio e incluso se atrevió a tocarlo al asestarle un puñetazo alguna vez.

-Esa afrenta no se me olvidará jamás, sabelotodo con cabello enmarañado…Un momento, la Granger de hace rato no traía el cabello como nido de pájaros, sino que estaba lacio, -en fin… seguía siendo la misma chica insoportable que lo sabía todo.

"La detesto de verdad", pensaba mientras se deslizaba entre sus sábanas.

- Espero no verla más porque entonces no me controlo, no respondo de mí, lo juro por Merlín. Al decir lo anterior, apagó la luz con su varita y entre las penumbras, sus ojos mercurio relucían inquietos, sin poder cerrarse, Hermione estaba instalada también en su mente.

Tiempo después encendió nuevamente la lamparilla de noche y entonces abrió un libro, cualquiera, el que estuvo más a su alcance. Trató de concentrarse en él y algo se lo impedía, él lo atribuyó al enojo de verla, de toparse de nuevo con la Gryffindor que tanto decía repeler. Hizo a un lado con furia el escrito y volvió a apagar la luz. Esta vez estaba dispuesto a dormir profundamente. Y lo logró finalmente.

Al amanecer del día siguiente, Hermione se desperezaba entre las cálidas mantas. Era temprano, pero no había dormido del todo bien. Pensó en llamar a Adrian para aclarar las cosas pero desitió de la idea porque pensó que era él el que tenía que dar el paso. Al fin y al cabo era ella la ofendida. Necesitaba sentirse mimada por su futuro esposo ahora y estaba segura que él no dejaría pasar mucho tiempo para arreglar las cosas entre ellos.

Pensando positivamente y decidida a olvidarse de Draco, se levantó y se dirigió hacia la ducha. Acostumbraba a tararear alguna cancioncilla al hacerlo pero ahora era distinto; la verdad no tenía ganas de nada esa mañana y agradeció internamente que fuera fin de semana para no tener que ir a la oficina. Necesitaba descansar y relajarse.

Tomó su ansiado baño que había pospuesto -Por asistir a esa ridícula cena -frunció el ceño y se desvistió para entrar a la tina que despedía un olor a canela exquisito. Midió la temperatura y se sumergió completamente, tratando de borrar con el agua todo resquicio de coraje en ella. Se mantuvo por largo rato así, meditando y tratando de sentirse cómoda.

Al fin sonreía al sentir la caricia del agua en su piel apiñonada. Poco a poco se fue calmando y sonreía de nuevo, volvía a ser ella, Hermione Granger otra vez lista. Al terminar el rico baño, desayunó frugalmente fruta, un poco de té y su ya indiscutible café.

No quería estar en casa dando la impresión de que esperaba anhelantemente la presencia de Adrian para solucionarlo todo, así que se vistió de manera cómoda y salió rumbo al callejón Diagon para ver novedades en sortilegios Weasley y de paso saludar a Luna y a Ron, casados desde hace más de dos años. Caminó hasta llegar a la citada tienda y sonriendo de antemano por las ocurrencias que Ron y George tendrían por novedad, entró en ella buscando con la mirada a alguien conocido.

-¡Hermione! -brincó Luna Lovegood para saludarla.

La rubia chica de cabello algo alborotado la abrazaba sinceramente. Se veían seguido en el ministerio, pues ella, después de especializarse como naturalista mágica, decidió que también le gustaría ser era auror, cosa que realizó sin mucho esfuerzo, Ravenclaw al fin; sin embargo, le encantaba que la castaña la visitara de vez en cuando sin presiones para charlar.

-¡Luna, me da tanto gusto verte! -correspondió la ojimiel al efusivo encuentro de la esposa de Weasley.

-Ron está por aquí, no tarda en venir -le hizo saber ella. En ese momento, el pelirrojo Weasley aparecía con una amplia sonrisa al ver a su amiga de nuevo.

-Hermione, ¡Ven que ahora mismo te muestro todo lo nuevo que hemos ideado con George y hasta Ginny ha participado ésta vez! -dijo al ser seguido por ambas chicas en un recorrido por la tienda mágica.

La castaña no paraba de reír ante las novedades de pociones, hechizos para niños y encantamientos para todas las edades.

-También tenemos el libro para niños que Luna acaba de escribir -le espetó el pelirrojo con la mirada chispeante de amor para su esposa. Mostraba ahora un pequeño libro encuadernado en colores llamativos

-No es gran cosa, pero creo que los torposolos están satisfechos de que haya escrito algo de ellos; además a los chiquitines les encanta -repuso la chica rubia sonriente.

-¡Pues felicitaciones por el libro y creo que me llevaré uno para leerlo en casa! -exclamó Hermione tomando otro del estante.

Después de esto, se despidió de sus amigos y con el libro en la mano salió del local, acordándose del buen rato que acababa de pasar. Caminaba sin rumbo en especial cuando se quedó embelesada con una túnica en Madame Malkin. Entró y se acercó más al mostrador y recargó el libro sobre la vitrina para ver mejor el acabado de la prenda que observaba. Una fría voz que arrastraba las palabras, la sobresaltó entonces, arrancándola de su ensimismamiento.

-No creo que tengas el suficiente dinero para comprar eso, Granger.

Draco Malfoy estaba cerca de ella probándose varias túnicas en compañía de su madre y la castaña volvió el rostro inmediatamente al reconocer al dueño de las palabras que acababa de escuchar

-¿Por qué a mí? -pensó la chica antes de contestarle la ironía al malcriado rubio que la miraba burlón.

-Preferiría comprarte un poco de educación con mi dinero para que la uses de vez en cuando, en vez de una costosa túnica, Malfoy. -fue la respuesta de la altiva chica que ésta vez no estaba dispuesta a dejarse humillar. No necesitaba a Pucey, ella sola se bastaba y sobraba para hacerle frente a ese petulante.

-Me haces reír, Granger, pero te sugiero que por tu bien, no me hagas enojar así que sal inmediatamente de aquí, que tu presencia siempre me molesta.

-Ayer permití que hicieras lo que quisieses porque era tu casa, pero hoy no me muevo de aquí y si tanto te molesta mi presencia vete tú en éste instante porque lo que soy yo, no doy un solo paso. -Repuso ella sacando la varita dispuesta a defenderse como sea de Draco.

Él, sentía el coraje ir subiendo por la cabeza y empuñando también su varita se disponía a hechizar o repeler, lo que sucediera primero.

-Adelante, sabelotodo, espero tu mejor ofensiva, que no ha de ser más que un deprimente "expeliarmus".

-¡Por Merlín!, -se escuchó la voz de Malkin al ver la escena que se desencadenaba en su establecimiento.

-¡Narcissa, tienes que venir!- corría buscando a la madre del blondo para que controlara un poco la situación. No demoró demasiado en regresar con la rubia mujer que sin duda venía para calmar las aguas entre esos dos chicos.

-¡Draco, contrólate, por favor! -exclamó alarmada la mujer al considerar que su hijo iba a tener problemas si atacaba a la flamante agente del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Su corazón se encogió al imaginar a Draco en problemas legales y se aproximó hacia él, tomándolo por la espalda para alentarlo a bajar la varita.

Hermione lo miraba desafiante y la rubia dama le suplicaba con la mirada para que también la ojimiel desistiera de sus intentos por dañar a su hijo. Granger comprendió la silenciosa plegaria y se detestó por ser tan correcta al bajar primero la suya se apresuró a salir del local.

-Dale gracias a mi madre, Granger porque estoy seguro que nadie me provoca sin saber las consecuencias. -le dejó saber Draco al ver que se disponía a abandonar el lugar.

-Mejor dale tú las gracias porque de no haber sido por ella estarías rumbo a Azkaban por amenazar a un agente del Ministerio, Malfoy. Concluyó antes de salir la ex Gryffindor dando un portazo frustrada por la situación.

-No podemos conducirnos de ésta manera, Draco, lo sabes- susurró con la voz entrecortada Narcissa, pero aliviada al ver que todo había pasado ya.

El rubio, por su parte tenía el enojo clavado dentro de sí. No quería que Hermione pensara que estaba siendo protegido por su madre, pero sabía que ella tenía razón, que no era propio un exabrupto en afrente de tanta gente, que sin duda, declararían a favor de Granger. Frunció el ceño y soltándose de su madre, se dirigió furioso al mostrador donde minutos antes ella había depositado el libro que había comprado. Lo vio y lo tomó como si fuera algo asqueroso. Simplemente, por haber sido tocado por ella le resultaba así. Lo examinó brevemente y dijo para sí.

-No pensé que tu cerebro supuestamente superior a todos se entretuviera con tonterías para niños. Pero claro, si lo ha escrito la lunática esa… -mientras lo tomaba disimuladamente y lo escondía entre su túnica

-Para algo debe servirme ésta ridiculez -concluyó un poco más tranquilo y poco después salía con una más tranquila Cissa de la tienda rumbo a su casa.

-¡Debí haberle dado su merecido! -se reprendía la ojimiel al recordar su debilidad ante la mirada de Cissy Malfoy.

No le cabía que hubiese permitido que Draco la molestara y la hiciera salir de dos lugares distintos en dos días seguidos. -¡Lo detesto de verdad!, decía mientras se percataba que le hacía falta algo en la mano.

-El libro de Luna… -trataba de recordar en dónde lo había dejado, pero dudó si volver sobre sus pasos para estar segura d haberlo dejado con Malkin. -

Lo compraré de nuevo en otra ocasión -decidió y se enfiló rumbo a su casa, pues ya no tenía humor para seguir curioseando en el Callejón. Quizá volvería a encontrarse al blondo de ojos grises y eso era lo peor que pudiera pasarle de nuevo.