Capítulo 4

Al atardecer del siguiente día, Candy estaba parada al pie de un hoodoo, mirando las polvorientas almohadillas que había colocado en la base de la roca para amortiguar una caída.

Había resuelto probar la escalada libre. La alta aguja de roca proporcionaría el desafío físico y mental que necesitaba para mantener a raya otros pensamientos… unos que incluían sensuales besos y estocadas invasivas. Por el momento, la conquista de un pilar de roca parecía el peligro menor para su bienestar.

Ya había escalado un ángulo invertido, usando solamente las puntas de los dedos para sostener su peso. Los mitones retenían el sudor en las palmas de las manos mojándole los dedos. Un polvo de tiza blanco le brindaba mayor seguridad.

Debido a que le dolían las manos, esta vez, planeó una subida por una pared recta, escarpada, asistida por puntos de apoyo en los pies. La última escalada que programó para el día y una corta. Una vez más, las nubes de tormenta amenazaban a la distancia y ella había aprendido la lección.

El ruido de pasos sonó en todas partes del rincón de la aguja donde estaba de pie y se preguntó si otro escalador, curioso por su ruta o quizás ávido para unírsele, estaba viniendo.

Cualquier otro día habría disfrutado la compañía, excepto hoy, suspiró con resignación y ahuecó una mano sobre los ojos para observar la aproximación de la persona.

Dejó caer la mano al costado cuando divisó a Terry.

—Estoy fuera de servicio. Tendrás que llevar tu queja a Anthony Brown.

—No estoy aquí por asuntos del rancho.

—Bien, entonces has desaprovechado un viaje porque no tenemos nada más que hablar.

Su mirada fue a las almohadillas polvorientas y hacia arriba a la ladera del alto hoodoo.

—¿Una subida sin sogas? Sabía que estabas mal de la cabeza, pero esto es una locura.

—Intentarlo por primera vez sin las almohadillas y algo de práctica sería una locura.

—¿Te has caído?

Se encogió de hombros.

—Eso es para lo que las almohadillas están.

—¿Deberías estar haciendo esto sola?

—Prefiero escalar sola. Y conozco mis limitaciones.

—Podrías romperte el cuello y nadie jamás lo sabría.

—Podría caerme en la ducha y estaría muerta igualmente. ¿A quién diablos le importaría?

El pecho de Terry se levantó con una profunda respiración.

—Tal vez a mí.

—Los tal vez no son lo suficientemente buenos para mí —dijo rotundamente—. Ya no más.

Los labios de Terry se apretaron y a continuación exhaló otra profunda respiración y apartó la mirada.

—Mira, necesitamos hablar.

—Estamos hablando —dijo Candy, manteniendo el tono apacible—. ¿Te importa si subo mientras consigues sacar lo que sea que viniste a decir de tu pecho? —Se volvió, hundió una mano en la bolsa de tiza colgada al lado del muslo derecho y quitó completamente el polvo de ambas manos antes de extenderlas para asir un farallón rocoso.

Terry dio un paso adelante, le agarró la muñeca para atraerla hacia abajo y le giró el cuerpo hacia él.

—Tengo otra idea —dijo, empujándola hacia él—. No tienes a nadie esperando en tu casa. Archie no va a aparecer en el umbral de tu puerta porque lo mandé hacer una diligencia en Amarillo… te llevo a casa. Mi casa.

Candy forcejó para apartar la mano y dio un paso atrás.

—No quiero ir. Estoy preparada para otra hora de escalada antes de que esté lista para irme.

—¿Quién dice que tengas una chance? —gruñó Terry.

Disparó ambas cejas hacia arriba.

—¿Me estás secuestrando? Pareces un poco primitivo.

—Es una vieja tradición familiar. La única pregunta es, ¿vas a hacer un berrinche lo suficientemente grande para que tenga que rescatar las cuerdas de la camioneta y atarte?

Candy tenía que admitir que la idea de ser su cautiva por la noche era intrigante, como el hecho de que él no pareciera dispuesto a moverse de esa roca hasta que se saliese con la suya.

Sin embargo, el hombre la había hecho penar. No se merecía tener su capitulación sin darle una buena pelea.

—No llego a comprenderlo —dijo, afirmando las manos en las caderas—. Como nunca me llamaste después que tuviste tu diversión el otro día, pensé que sería la última mujer a quien alguna vez querrías tener cerca de nuevo.

—No te llamé porque tuve que resolver algunas cosas. Luego tú tenías trabajo y yo también. No ha habido un buen momento.

Allí iba de nuevo… haciendo parecer como si ella fuera un inconveniente.

—La próxima vez, tendrías que comprobar primero mi itinerario antes de planear un secuestro, porque yo ya tengo planes.

La cara de Terry se coloreó de rabia.

—¿Siempre tienes que ser tan malditamente obstinada?

Candy resopló.

—Has puesto algunos nervios de punta. Al igual que eres modelo de docilidad.

—Te lo advierto —dijo—. No me siento muy civilizado.

¿No que se veía bien? Con el pelo recogido en una cola de caballo, una camisa de algodón descolorida y pantalones vaqueros abrazando el sólido cuerpo, parecía francamente elemental, tan primitivo como había afirmado. Precisamente, ¿hasta dónde la dejaría empujarlo antes de actuar de acuerdo a sus instintos?

Candy levantó el dorso de la mano a su frente y agitó las pestañas.

—Por qué, señor, no debería decir tales cosas —dijo con un profundo acento sureño—. Me hará desmayar.

—Maldita seas, Candy.

Parecía no poder evitarlo. Una deliciosa oleada de rabia y lujuria vibró a través de ella.

—Vas a tener que superarlo, Terry. He querido hablar contigo durante días y, ¿adivina qué? Se me terminó ese deseo ahora.

Se acercó más, apretujándola contra las afiladas rocas.

—¿Verdad? —La agarró de las caderas y la levantó lo suficientemente alto para que la cresta de su polla engrosada le machacara entre los muslos. La inmovilizó con las caderas aplastándola contra la roca, luego apoyó bruscamente ambas palmas sobre la pared por encima de la cabeza de Candy.

Se presionó tan cerca que ella podía sentir el latido de su corazón contra su pecho, clavó la mirada en esos ojos azules enojados.

—Qué sorpresa. A ambos jóvenes de sangre caliente les gusta empujar a una chica contra una pared para salirse con la suya.

Una respiración le onduló el pecho y Candy apretó con fuerza los labios para dejar de acicatearle porque su bronceada piel se oscureció y sus facciones se tensaron en una máscara salvaje.

Con un borde dentado hincándosele en la espalda, no tenía espacio para llenar los pulmones con aire.

—¿Esto lo haces por ti? —jadeó—. Porque puedo decirte, que todo lo que estoy consiguiendo es magullarme.

—Esto es de gran ayuda para serenar mis deseos primitivos —dijo arrastrando las palabras, su boca revoloteando por encima de la de ella.

Ella hizo una mueca, fingiendo que esos labios no estaban trabajando en sus deseos también.

—¿Lo consigues a menudo?

Su boca se acercó más aún.

—Sólo cuando estoy cerca de ti.

—Oh —dijo ella, sintiéndose un poco desfalleciente. Ya sea por la falta de aire como por la oscura promesa en sus ojos, no estaba segura.

Su boca se estrelló contra la de ella y Candy se derritió contra la roca, jadeando dentro de la boca de Terry cuando la lengua acarició el interior de la suya en remolinantes vueltas que le recordaban a la forma en que él la había hecho correrse en el asiento de la camioneta.

Cuando levantó la boca, le preguntó.

—¿Vas a dejar que te secuestre?

Terry observó un lado de esos labios exuberantes curvarse hacia arriba y sintió una pesada y sensual vibración atravesarle el cuerpo. La tenía ahora. A pesar de cualquier cosa que la boca de Candy pudiera decir, él podía verle la llamarada de hambre en los ojos.

—¿Me estás preguntando si quiero ser secuestrada? —le preguntó, en un tono

poblado de sorna—. Parece más como una cita si esperas que esté de acuerdo.

—No puedo darte falsas señales —susurró, dando un paso atrás, se zambulló hacia abajo, reptando un brazo por debajo de su culo y luego enderezándose.

Ella no se plegó en su hombro del modo que él esperaba, no que ella alguna vez hiciera lo esperado. El cuerpo de Candy permaneció rígido cuando se acercaron a la camioneta. Sabía que lo estaba haciendo simplemente para ser difícil. Tenía que admitir que la vena combativa de Candy era una parte grande de su atractivo.

—¿Todavía estás loco porque besé a Archie la otra noche? —le preguntó con tono de burla.

—Furioso —respondió, aunque una sonrisa comenzaba a tironearle los labios—. Pero no estamos hablando de eso ahora.

—¿Debido a que no te importa a quién beso?

—Candy… —dijo, alzando la voz en una advertencia—. ¿Alguna vez piensas antes de abrir esa preciosa boca tuya? No provoques a un hombre cuando ya ha cometido un crimen para llevarte donde él te quiere.

—¿Me quieres en tu camioneta?

Puso los ojos en blanco.

—Sip, te estoy secuestrando a mi camioneta. —Dio vuelta la esquina con ella y se dirigió hacia abajo por la huella hasta el sucio estacionamiento donde había dejado el vehículo. El recorrido no fue largo, pero el sol pegaba fuerte y aunque era delgada, también era musculosa… no tan liviana como él había esperado. No es que él estaba de humor para escuchar las quejas. Había sonidos más eróticos que deseaba oír y pronto.

—¿Esto se trata de una antigua tradición?

—Es una cosa comanche. Atacamos por sorpresa para conseguir a las mujeres.

—No creí que necesitarías recurrir a eso.

—Créeme, no estoy escaso. Pero tú eres un caso especial.

—¿Soy especial? —dijo alegremente—. Serios sonidos.

—Candy…

—¿Sí?

—Cállate o sacaré la cinta adhesiva de la guantera y lo haré oficial.

—¿Vas a atarme las manos?

La pequeña rubia sonaba excitada ante la perspectiva.

—No, esa preciosa boca tuya.

—¿Crees que mi boca es preciosa?

—¿Dije eso? —bromeó.

Uh-huh. Dos veces.

La camioneta de Terry estaba estacionada al lado de la de ella, él la dejó caer en el asiento delantero y le tendió las manos por las llaves.

—¿Crees que voy a sentarme aquí mientras me cierras con llave? ¿Y qué acerca de mi equipo? No es barato.

Terry gruñó, a continuación abrió la guantera y metió la mano por el rollo de cinta.

Los ojos de Candy se abrieron ampliamente.

¿Así que no le había creído? Bien. No la quería tan confiada. Le agarró las manos, se las levantó sobre la cabeza y luego usó la cinta adhesiva para atarle las muñecas al portaequipaje de las armas detrás de la cabeza. Cuando terminó, se echó hacia atrás y sonrió.

Los labios estaban aplanados, los ojos disparando dagas en su dirección.

—Deberías haber mantenido tu boca cerrada —le dijo, sacudiendo la cabeza.

Luego regresó caminando cómodamente por el sendero y recogió las almohadillas y el equipo.

Cuando regresó, tenía la cabeza contra el apoyacabezas lo que le arqueaba la espalda. El suave contorno de los pechos sobresalía hacia afuera y Terry sintió esa misma satisfacción oscura que tuvo el día en el acantilado. Podría hacer lo que quisiera con ella y estaría indefensa para resistirse.

Debía tener más sangre de sus ancestros corriendo por él que lo que alguna vez había imaginado… o tal vez era simplemente la mujer.

La cabeza de Candy giró en su dirección y luego bruscamente hacia adelante; el semblante ceñudo le hacía más oscuros los ojos. Los labios haciendo un mohín.

Terry comenzó a silbar mientras echaba la carga en la cajuela de la camioneta y dio la vuelta hacia su puerta. Una vez dentro, no la miró, sabiendo que ignorándola la volvería loca.

Encendió el gas y la camioneta avanzó bruscamente hacia adelante. Por el rabillo

del ojo la observó aferrar las ataduras y apretar con fuerza el pie contra el suelo del vehículo para evitar ser arrojada por la cabina. Una vez más una sonrisa amenazó con atravesarle la boca, pero se opuso al deseo. Ningún disfrute dejándola saber que estaba gozando de esto.

El viaje hasta su rancho le llevó apenas unos minutos, pero fue tiempo suficiente para que la tormenta los alcanzara. Las nubes se abrieron. La lluvia azotaba lateralmente con ráfagas de viento.

Aparcó frente al porche en lugar de en el garaje, no queriendo luchar contra ella desde tan lejos para meterla en la casa. Abrió la puerta de un empujón, regresó rápidamente hacia la de ella y la abrió antes de que tuviera una oportunidad de pensar el próximo movimiento.

Bien. Déjala que se las componga y se pregunte lo qué él tenía en mente. Aunque ella tenía que tener una idea bastante buena que la prioridad número uno era la instantánea erección que había empujado su tenso vientre cuando la sostuvo contra la roca.

Se quedó de pie en la abertura de la puerta, la lluvia cayéndole sobre la cabeza y los hombros y retiró la cinta. Luego extendió las manos para tapar la abertura y evitar su fuga y dijo:

—¿Vas a venir pacíficamente o tengo que acarrearte adentro?

—¿Por qué me traes aquí?

Él notó la callada excitación brillándole tenuemente en los ojos.

—¿Temes que te trajera aquí para exigir venganza?

Levantó la barbilla, pero la mirada que le dio por debajo de las pestañas era pura invitación.

—Depende si tu modo de venganzas es dulce o no.

El ardor agitó su sexo.

—Sal de la camioneta —gruñó.

Lo miró recelosamente.

—Vas a tener que darme espacio.

Retrocedió medio paso y ella se deslizó al suelo, el cuerpo resbalando por delante del de él. Se paró con los zapatos de suela delgada para escalar y él recordó una vez más qué tan pequeña era. Tendía a olvidar ese hecho cuando estaba en su compañía porque era tan malditamente irascible.

—¿No se supone que vayas a ofrecerme un baño caliente y comida?

—Tal vez más tarde.

La mirada de Candy rozó el rostro de Terry. Abrió la boca para decir algo, luego pareció cambiar de idea porque cerró con fuerza los labios.

—¿Qué? ¿Ningún retorno?

—¿Piensas que voy a discutir con mi secuestrador?

—Siempre que sepas quién está a cargo aquí…

Un escalofrío sacudió el cuerpo delgado y él se preguntó si estaba helada o excitada. Sólo había una forma de averiguarlo.

Con el vapor levantándose de sus cuerpos calientes, él le empujó las caderas al ras de las suyas, se inclinó hacia ella y luego esperó. Era demasiado alto para presionar su boca en la de ella sin un poco de cooperación. Le dejó la elección.

Candy se lamió los labios, parpadeando en contra del agua cayendo de su cara. Su lengua dio un golpecito para capturar la humedad goteando sobre el arco del labio superior.

Terry le frotó los pulgares sobre el vientre, incrementando la presión de los dedos extendidos sobre las caderas y dejó que el distintivo bulto en la parte delantera de los pantalones la empujara a responder.

Candy abrió la boca. Subió rápidamente las manos a los hombros de Terry y lentamente se levantó.

El beso contenía un mundo de promesas… dulce y carnal a la vez y lo tuvo meneándose en segundos, las manos sujetándola lo suficientemente duro como para magullar, pero ella no protestó.

Terry la devoraba, la lengua le saboreaba el exuberante labio inferior, paladeando el creciente deseo, que ella confirmó con una sexy palpitación interior. Le agarró firmemente las nalgas y surcó su vientre dejándola saber exactamente a dónde llevaba.

Candy no puso reparos. Audazmente abrió la boca y esperó hasta que él metió la lengua de nuevo, luego la agarró con los labios y la chupó, dándole un indicio de adonde estaba dispuesta a ser llevada.

Terry levantó la cabeza, luego se inclinó y la levantó en sus brazos. Ella metió la cabeza en el hueco de su cuello.

—¿Esto es aún por venganza? —preguntó Candy con un hilo de voz.

—Es por un montón de cosas. Algunas no muy agradables. ¿Importa?

—No.

El cuerpo se tensó dentro de su abrazo y por un momento él pensó que ella había cambiado de idea. Lo último que deseaba admitir era lo mucho que no quería que eso sucediera. La puso en el suelo al lado de la puerta mientras pescaba las llaves del bolsillo y la abría, todo el tiempo vigilándola por el rabillo del ojo.

Los brazos de Candy estaban cruzados sobre el pecho; el labio inferior entre sus dientes. Pensaba duro, pero los pezones esbozados tan debeladoramente debajo de la delgada camiseta eran nítidos, las puntas erectas. Los muslos apretados, deslizándose hacia adelante y hacia atrás.

No estaba retrocediendo. Estaba tan caliente por esto como él.

El cuerpo de Terry estaba tenso, su polla pesada y palpitante. Giró el picaporte y abrió la puerta, deteniéndose para echarle un vistazo.

—Tú primero.

—Apuesto a que será la última vez que oiré eso esta noche —dijo ella con voz tensa.

—No sé con qué clase de hombres has estado, pero basado en tu chispeante personalidad, diría que has sido decepcionada una o dos veces.

Se deslizó por delante de él, entrando en la casa rápidamente y luego se desaceleró cuando estiró el cuello mirando alrededor de la habitación.

—No creo que sea desilusionada —dijo con voz entrecortada cuando la mirada cayó sobre la alfombra multicolor que se extendía por el suelo de madera—. No tengo expectativas. Recuerda, tú me trajiste aquí. En contra de mi voluntad.

—¿La casa no es lo qué esperabas?

—Es… colorida.

Terry dio una rápida mirada alrededor y se encogió de hombros.

—A nuestra madre le gustaban los colores brillantes. No me he molestado en cambiar nada.

—No tienes que hacerlo. Es agradable. Cálida.

—Es de color naranja, amarillo y roja. Duelen los ojos a primera hora de la mañana.

—Es un dicho típico de un hombre. Me imagino que serías más feliz sí todo fuera de color marrón.

—¿Qué hay de malo con el color marrón?

Levantó las manos, los dedos extendidos.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por recordarme que no eres diferente al resto de los de tu sexo.

—¿Lo crees? Entonces, ¿cualquier hombre serviría?

La lengua de Candy mojó el labio inferior y luego levantó la barbilla.

—¿No te reveló nada la otra noche en el Stone Pony?

El cuerpo de Terry se puso rígido con el recuerdo de lo que había visto. Ella borracha contra el pecho de Archie, las manos de su hermano vagando por su espalda y por la curva de su trasero. Su mirada fija, desafiándolo incluso cuando inclinó la cabeza para permitir que Archie deslizara los labios por la sedosa piel del cuello.

Encogió los puños y caminó a los trancos hacia ella.

Candy abrió ampliamente los ojos y luego giró mientras buscaba un escape. Se lanzó hacia la puerta del pasillo y él la siguió. Le ahorraría algunos problemas si precisamente iba hacia el final del pasillo y trataba de esconderse dentro del dormitorio.

Mirando por encima del hombro, abrió de un empujón la puerta del baño y entró, pero él había perdido lo que le quedaba de paciencia y le envolvió un brazo alrededor de la cintura para empujarla de regreso al pasillo.

Se encabritó contra él, empujando el brazo hacia abajo, pero la sujetó más cerca y caminó rápidamente hacia el dormitorio. La sangre martillaba las sienes de Terry, los músculos se engrosaron, aguijoneados por una descarga de adrenalina y anticipación sensual.

Dio una patada hacia atrás para cerrar violentamente la puerta y la echó sobre la cama.

Candy gateó hacia el otro lado del colchón, comenzando a rodar sobre el vientre para alejarse, pero él ya estaba sobre ella, girándola, las manos yendo directamente a la cintura. El cinturón colgado sobre la cadera de Candy se fue primero, junto con la bolsa de tiza que cayó con un ruido sordo y una nube de pálido polvillo. Metió los dedos bajo el elástico de la cintura y tiró, arrastrando los pantalones cortos y las bragas hacia abajo por las piernas esbeltas, quitando bruscamente los zapatos en el proceso.

Sus brazos lo azotaron, las manos yendo directamente al cabello de Terry, tirando con fuerza.

Él le aferró el dobladillo de la camiseta y se la pasó bruscamente sobre la cabeza.

El sostén deportivo resultó ser más desafiante, pero se las arregló para sacarlo también. Luego cayó encima de ella, aún completamente vestido y calado hasta los huesos. Utilizó su pecho, muslos y manos para inmovilizarla sobre el colchón.

Candy se resistía debajo de él, las respiraciones violentamente jadeantes.

La dejó pelear hasta que se cansó, temblando debajo de él. Los ojos eran rendijas feroces. Los labios temblaban por los sollozos destrozados, entrecortados. Terry nunca había doblegado una mujer por la fuerza antes. Nunca había sentido el deseo antes de ahora. Apoyándose encima de ella, las piernas de Candy se abrieron debajo de él, su cuerpo estremeciéndose, él sintió el calor aumentar entre los muslos, engrosando la ya rígida polla hasta el punto del dolor.

Le llevó las manos juntas por encima de la cabeza y las agarró con fuerza con una mano. A continuación, levantó las caderas lo suficientemente alto para abrir de un tirón el cinturón, el botón y luego la cremallera de los pantalones.

Su polla brincó de la abertura, aterrizando sobre el vientre suave y caliente de ella y sólo podía sentir alivio y movilizadora tensión que no lo dejaría tomarse el tiempo para bajarse los pantalones por las caderas.

Apoyó las rodillas en el colchón y se arraigó por un segundo entre las piernas de Candy, luego la penetró bruscamente.

—Dios. ¡Joder! —Había soñado con tomarla, incontables noches, despertando para encontrar su puño envuelto alrededor de la polla. Ahora, rodeado de su calor, no podría detenerse, no podría frenar la excitación acalambrándole las bolas. Con sólo tres duros empujes se tensó, las respiraciones se entremezclaron y el semen se disparó en ardientes chorros dentro de ella.

Aún así no podía parar de moverse contra ella varios segundos después. Sólo cuando se detuvo completamente, admitió que esto no se había tratado sólo de sexo, que no se había tratado de atracción… pura, la apasionada venganza lo había mantenido cautivo mientras la tomó.

Ella lo había convertido en un inexperto, sin embargo involuntario, por semanas mientras había luchado contra el deseo por ella. Luego al verla con Archie, sus brazos y manos rodeándola, había saboreado la bilis ardiéndole en el vientre mucho tiempo después de que la hubiera dejado en el estacionamiento. Horas más tarde se había ido a la cama y había clavado los ojos en el cielorraso preguntándose cómo olvidaría esta atracción.

La cabeza se hundió en el colchón al lado de ella. El leve estremecimiento de su vientre contra el de él, las bocanadas de sus superficiales respiraciones, le habrían dicho que ella había estado muy cerca de llegar al orgasmo, si las suaves y lánguidas convulsiones ondeando a lo largo de su polla ablandándose no lo hubieran puesto al corriente.

No podía evitar su enojo con ella, con Archie, el que había provocado con sus palabras descuidadas. No lo pudo dejar ir el tiempo suficiente para ocuparse de su placer… porque la quería lastimar.

Terry se deslizó fuera de su coño, tensando la mandíbula ante la pérdida de la húmeda y tibia calidez. Se echó hacia atrás en el colchón, sin mirarla a los ojos, luego se volvió y arrastró la camisa sobre la cabeza. Siguieron las botas y los pantalones, pero no la miró.

De pie con las manos en las caderas, no estaba enojado. Pero ahora la vergüenza comenzaba a deslizarse por los bordes de su conciencia.

—Terry… —dijo Candy detrás de él, con voz muy suave y estrangulada, se preguntó si la había hecho llorar y cerró los ojos—. Lo siento.