4. Tour
La comida fue aburrida. Cuando Elsa volvió, se dio cuenta de que esos dos seguían exactamente donde los había dejado. Recordó que había echado una última mirada de desaprobación al mirador y había vuelto al camino, esta vez a casa, y acompañada de los dos tortolitos. Mientras comían lo que parecía un intento fallido de fabada, hecho por Anna, Kristoff explicó el plan para la tarde. –Bueno chicas, esta tarde había pensado en enseñaros las bodegas. –Elsa reprimió una carcajada, «maldito Jack, es terrible», pensó. –Creo que es interesante que las veáis, podéis ver desde cómo sacan el mosto de la uva, hasta que lo meten en barriles para que fermente.
–Pues lo siento –comenzó Elsa–. Pero es que ya he quedado con Jack, dice que quiere enseñarme otras cosas del pueblo. Hemos quedado a las cuatro. Y sé que vendrá porque vive en la casita esa que está en la ladera de la montaña. Así que si no viene subiré allí a patearle el trasero –resolvió con tranquilidad.
Kristoff la miró con desaprobación. –¿Y qué vais a ver? –¿En la casa de la ladera?, no sabía que allí viviera nadie.
Elsa se quedó pensativa. –No me lo ha dicho –recordó–. Pero no os preocupéis, así podéis estar solitos –añadió guiñando un ojo, aunque realmente no quería ir a las bodegas ni muerta.
A Anna tampoco le gustó la idea, recordó la conversación del día anterior con Kristoff. –Elsa...
–Tranquila, Anna. Estaré bien. –Miró el reloj y se puso en pie. –Bueno, me voy ya. –Le dio un beso en la mejilla a su hermana y salió por la puerta.
–¿Cuándo ha vuelto a ver a ese tal Jack? –preguntó Kristoff.
Anna lucía bastante preocupada. –No... no lo sé. –Algo no iba bien.
Elsa por su parte corría por las aceras del pueblo. Cuando finalmente llegó a la plaza, su corazón pareció querer salir del pecho. Era cierto que se había cansado un poco de correr, pero la verdadera causa era el albino que estaba sentado en el borde de la fuente, pero de espaldas. La rubia se acercó con sigilo y cuando estaba junto a Jack, le agarró del pecho e hizo el amago de tirarlo a la fuente. El chico, que no la vio, se llevó las manos al agarre de las de ella, sujetando sus manos con fuerza. Cuando Elsa volvió a ponerle en su sitio, vio que Jack no la soltaba, entonces se dio la vuelta para mirarle. De nuevo esa sensación. Sus ojos tenían algo, una fuerza especial que hacía que el suelo temblara, que el pulso se acelerase y que todo lo de su alrededor se tambaleara. El chico, al ver que era ella, dio un profundo suspiro. –Casi me da un infarto. –Y poco a poco fue soltando las manos de la chica, sin ser consciente de que él había subido las revoluciones del corazón de ella mucho más que ella a él.
Tras tranquilizarse, Elsa se sentó junto a Jack. –Bueno, ¿qué vamos a hacer?
–Pues primero quiero enseñarte un poco el pueblo, así rápido –explicó–. Y después vamos a la montaña –dijo señalando a la gran masa de piedra que se alzaba al este–. Quiero que veas el río. Y después, no sé... ya lo iremos viendo –dijo con espontaneidad. A Elsa le pareció un buen plan, así que ambos se pusieron de pie y comenzaron a andar–. Primero, esto es la plaza mayor del pueblo. Como puedes ver, es la zona de mayor actividad –explicó señalando al único viejo que había en la plaza, dando de comer a unas palomas. Elsa no pudo sino reír. Jack señaló el edificio que presidía la plaza–. Eso es el ayuntamiento, es el único edificio bonito del pueblo.
–Hahaha, nuestra casa es bonita –interrumpió Elsa–. Es... ¿cómo decirlo?, rústica.
Jack enarcó las cejas y sonrió. –¿Rústica? Este pueblo entero es rústico, y vacío, y pequeño... –Continuaron andando por la calle hasta que llegaron a un edificio no muy grande con unas escaleras que entraban en un sótano, con una puerta de madera. –Esto es la bodega, el nidito de amor del "Romeo" de tu hermana. –Se quedó mirando la puerta con resignación. –Qué triste...
Elsa empujó a Jack para despertarle de su ensimismamiento. –Que sepas que Kristoff quiere mucho a mi hermana. Es atento, cariñoso, amable, está cachas... –comenzó a enumerar.
No supo el porqué, pero oír hablar a Elsa tan bien de un chico no terminó de gustarle, un fuego comenzó a expandirse en su interior. –¿Y por qué no se lo robas a tu hermana si es tan genial?
Elsa no captó la acidez en el comentario de Jack. –No puedo robarle el novio a mi hermana, suficiente ha sufrido ya con los chicos. –dijo con una seriedad que sorprendió al chico. Después, le encaró tímidamente–. Y es... un poquito soso –añadió con una sonrisa, juntando el dedo pulgar con el índice, dejando un pequeñísimo hueco entre ellos.
Jack rió a carcajada limpia, con un gran alivio en su interior. ¿Por qué se ponía celoso? ¿Acaso ella era de su propiedad? No lo era, seguramente ya tendrá novio. «Un chulo de ciudad», pensó con tristeza. Continuaron caminando en silencio por la calle, Jack perdido en sus pensamientos y Elsa deleitándose con su rostro. Cuando él se dio cuenta de que ella lo miraba tan fijamente la encaró. –¿Qué pasa?
Elsa tuvo suerte de que había dado la casualidad de que estaban justo en frente de su casa. –Mira –dijo ignorando la pregunta–. Esta es nuestra casa.
Jack miró la casa ladeando ligeramente la cabeza. –Mmm... –pensó en lo que iba a decir cuando vio la mirada asesina que le estaba lanzando Elsa–. ¿Rústica? –afirmó con tono de pregunta.
Elsa sonrió y llamó a la puerta. –Si todavía siguen aquí puedo presentártelos –dijo, refiriéndose a su hermana y Kristoff. –Pero nadie contestó. –No están en casa...
–¿Seguro que iban a la bodega? Nos los habríamos cruzado –hiló Jack. No tenía demasiado sentido.
–No sé... bueno, da igual, ya habrá tiempo –respondió, quitándole importancia.
Algo confundidos, continuaron caminando hacia la montaña. Por el camino se cruzaron con un abuelo arrugado y cascarrabias que iba murmurando algo mientras andaba. –Buenas tardes, viejo. –dijo Jack jovialmente, ganándose un codazo por parte de Elsa, leyó en sus labios la palabra "grosero". Jack sonrió, pero el susodicho abuelo no respondió–. ¿Ves? No se merecen otra cosa. –Elsa se quedó algo sorprendida con la escena del abuelo, pero continuó sin decir nada.
Ya adentrándose en el bosque, Elsa le preguntó. –Parece que no te gusta mucho el pueblo, pero... ¿entonces por qué sigues aquí? ¿Tienes a alguien aquí? Familia o... ¿novia? –La última palabra le costó un esfuerzo extra pronunciarla. De hecho, se sintió incómoda pensando que probablemente habría una chica que pudiera disfrutar de su compañía los 365 del año. Le molestó bastante sólo de pensarlo.
–No, la verdad es que no tengo a nadie. A mi padre no le conocí y mi madre mi hermana murieron hace tiempo en un accidente... y novia... hahaha, ¿has visto a alguien de mi edad por aquí? No, estoy sólo, pero tampoco me he ido porque no tengo nada por lo que hacer, no tengo objetivos fuera. –Elsa se quedó de piedra con la naturalidad que habló el chico. Era cierto que tampoco tenía reparo en hablar de sus padres, los cuales murieron cuando ella era pequeña, pero lo de la hermana. Sólo de pensar en una vida sin Anna... era inimaginable. Fue a disculparse, pero Jack pareció leerle la mente. –No te disculpes, pasó hace mucho tiempo. ¿Y tú? Cuéntame de tu vida en la ciudad.
Ya iban subiendo por la ladera, resguardados del sol por la sombra de algunos árboles. El cauce del río era cada vez menor, parecía que pronto llegarían a su nacimiento, pero ahora mismo, la conversación que ambos chicos mantenían era mucho más interesante. –Pues yo vivo sola con mi hermana. Mis padres murieron en un crucero cuando yo era pequeña así que tuve que cuidar de mi hermana desde siempre. Al principio no fue fácil pero ahora nos ayudamos. –Jack no pudo evitar sentirse asombrado por la fortaleza de Elsa, a simple vista parecía la típica niña pija de ciudad, era graciosa, pero suponía que sus papás se lo pagarían todo, pero ahí la tenías, independiente, cargando a su espalda las responsabilidades suyas y de su hermana. Digno de admiración. –Y bueno, mi vida amorosa es... nula. –Rió incómoda. Jack en cambió se quedó con cara de idiota. –Ningún chico ha mostrado real interés en mí. Me miran, susurran cosas, pero nadie me dirige la palabra, mi hermana dice que soy muy fría, que los espanto.
Jack no daba crédito. No sólo estaba soltera, sino que encima no tenía pretendientes. Nadie había hecho el esfuerzo de estar con ella, de cuidarla. No tenía ningún sentido. Las palabras le salieron solas de la boca. –¿Acaso allí en la ciudad son todos estúpidos? ¿Ni un pretendiente? ¿Tú? ¿Me lo estás diciendo en serio? –Elsa lo miró extrañada, ¿tan difícil era de creer? –Eres... no sé, eres divertida, eres guapa... es... –Se estaba metiendo en camisa de once varas. –No entiendo, ¿quién no querría estar contigo? Eres... única.
La rubia sonrió halagada, pero muy sorprendida. Nadie solía valorarla de ese modo, de hecho, nunca se creyó nada del otro mundo, de ser así no estaría sola. Pero ese chico, rompía todos sus esquemas, y ahora le venía con que ella era única. No supo qué decir, pero justo antes de intentar agradecérselo, Jack la agarró fuerte de una mano y tiró de ella a un matorral, escondiéndose ambos tras él. –¿Qué...? –susurró, pero Jack le puso el dedo en los labios, pidiéndole silencio.
Señaló un agujero en el suelo y leyó en sus labios la palabra "madriguera". A los pocos segundos pudo ver como un zorro de pelajes rojizos entraba en escena con una pequeña liebre muerta entre sus fauces. Elsa no pudo reprimir un pequeño ruidito de asombro, pero después se llevó la mano libre a la boca, siendo consciente de que debía estar callada. El zorro echó una rápida ojeada a su alrededor con sus almendrados ojos y se internó en la madriguera. Jack se puso en pie cuando el zorro desapareció , pero no soltó la mano de Elsa. Ella fue consciente de ello, más no dijo nada. Le agradaba el tacto del chico en su piel. –Era un zorro de montaña. No suelen estar por aquí, seguramente esté guardando comida para hibernar. –explicó Jack. Elsa le escuchaba con atención. – Ven, ahora iremos por la otra orilla, ésta empezará a escarparse y no podremos andar.
Elsa se dejó guiar algo confundida. ¿La otra orilla? pensó mientras Jack se acercaba al río. Se soltó de su mano, y dio un enérgico salto, llegando de sobra al otro lado del río. Elsa respiró agitada –¡Jack! Yo no puedo saltar eso –gritó nerviosa.
–Claro que puedes, aquí el cauce es más estrecho, no pasará nada –sonrió Jack–. Vamos, cree en mí –repitió como la otra vez, mirándola decido con sus azules ojos.
Con esas palabras, alejó toda duda de su mente. Cogió algo de carrerilla y saltó con todas sus fuerzas. Jack, que la esperaba al otro lado extendiendo una mano por si el salto no era lo suficientemente largo, se sorprendió al ver que había saltado mucho más de lo esperado. De hecho, superó con creces el salto que él había hecho antes, y se chocó de frente, haciendo que ambos cayeran. Cuando estuvieron en el suelo, Elsa trató de levantarse un poco. –Lo... lo siento –susurró. Pero entonces se dio cuenta de la situación. Estaba tumbada sobre el pecho de Jack, los brazos de él se aferraban a su espalda, al igual que las manos de ella estaban apoyadas en su pecho. Pocos centímetros separaban sus caras.
La trenza de Elsa se había deshecho, y su pelo caía por sus hombros, hasta llegar al rostro de Jack, el cual tenía los ojos muy abiertos y miraba a Elsa con detenimiento, como si no quisiera perderse ni un detalle de ella. Tenía la boca entreabierta, dejando ver parte de sus blanquísimos dientes. Elsa no lo pasó por alto y se quedó anonada ante tal visión. Tuvo que luchar hasta lo más profundo de su corazón por no lanzarse a esos labios y saborearlos, por no perder el control y cometer una locura. El pulso y la respiración se le aceleraba a la vez que subía la temperatura. Jack por su parte no andaba mucho mejor, no había perdido detalle de ninguna de las expresiones de Elsa desde que la había conocido, pero la que tenía ahora era desconcertante, parecía como si se estuviera conteniendo. La pregunta era, ¿por qué? Vio como los labios de ella empezaban a separarse de forma involuntaria. Ante eso, bajó las manos de la espalda y las colocó en su cintura. Su corazón también empezó a acelerarse, la tensión en el ambiente era palpable. Entonces se oyó un crujido. Elsa rompió la atmósfera girándose para ver que era, y justo entonces vio al zorro al otro lado de la orilla, haciendo de espectador. Elsa esbozó una sonrisa y volvió a encarar a Jack. Éste, se había quedado mirando a Elsa aun cuando ella se había ladeado, pero al volver a posición inicial, la cortina de pelo le pasó por los labios y la nariz, haciéndole soltar una pequeña carcajada. –Tu pelo... me hace cosquillas. –Elsa lo miró con detenimiento, la forma de sus labios y dientes al sonreír, la expresión de sus ojos, cómo se le achinaban. Finalmente despertó del shock y se quitó de encima.
Jack la miró perplejo y se sentó a su lado. Ambos necesitaron un momento para recapacitar sobre lo que habían hecho, o mejor dicho, sobre lo que iban a hacer. Jack por fin se decidió y se puso en pie, después le ofreció su mano a Elsa para que se levantara. –Gracias –consiguió decir con un hilo de voz. Cogió su mano, pero cuando ambos estuvieron de pie, ella no la soltó. ¿Acaso había algo que decir?
–Vamos, aún quedan un par de cosas por ver –sonrió Jack.
Los rayos del sol se reflejaban en la nieve que descansaba sobre la ladera de la montaña, haciendo que los dos tuvieran que entrecerrar los ojos al subir. Kristoff le llevaba unos metros de distancia a Anna, la cual ya empezaba a jadear por el esfuerzo de subir. Cuando finalmente llegaron a su destino, el rubio esperó recargándose en la pared. Anna caminaba lastimosamente hacia arriba, exenta de toda la energía que la caracterizaba. Cuando consiguió ponerse a la altura de Kristoff, se dejó caer sobre la nieve y suspiró. –¡Uf, menos mal! –se quejó ruidosamente–. ¿A quién se le ocurriría construir una casa aquí?
–Shhh –la acalló Kristoff–. Imagina que están por aquí.
–Venga ya, Kris. Elsa no es masoquista, si es un novio imaginario dudo que su subconsciente le haga subir por esta maldita cuesta, así que no estará aquí –dedujo–. Y si es de verdad, es un pelmazo de novio.
Kristoff se dio por aludido y miró con molestia a Anna. –Es por tu hermana que hacemos esto –respondió, poniendo especial énfasis en la palabra "tu".
Anna sonrió divertida, ya se había recuperado del esfuerzo y se puso en pie. –Vamos gruñón, sabes que me gustas demasiado. –Kristoff bufó ante la dejadez de la chica y se cruzó de brazos. Ella por su parte se asomó por la ventana, que estaba llena de polvo. –Mmm... no veo nada –dijo mientras ponía su mano sobre la frente, tratado de hacer de visera.
El rubio se acercó a la ventana, pegando la cabeza al cristal, pero el resultado no fue distinto. Se retiró ligeramente molesto y comenzó a rodear la casa. Cuando llegó a la entrada, pudo ver que la puerta estaba hecha de una madera vieja y ligeramente podrida por la humedad. –¡Anna!, ¡ven a ver esto! –gritó para que ella lo oyera. Al poco tiempo la pelirroja llegó corriendo, pero se resbaló a pocos pasos de la entrada y acabó estrellándose con la puerta. Kristoff se agachó y la ayudó al levantarse–. Serás patosa... ¿estás bien?
–Auch... –se quejó Anna frotándose la cabeza con las manos–. Maldito hielo, que daño.
El rubio sonrió al ver que la chica no se había hecho daño, aunque su sonrisa se esfumó cuando volvió a mirar hacia la puerta. –Anna... creo que te has cargado la cerradura.
La chica detuvo sus lamentos al instante y fijó la vista en la puerta, a la que, efectivamente, se le había roto el marco, haciendo que el pestillo quedara inservible ya que no tenía donde sujetarse. –Oh, mierda... juraría que no me di tan fuerte.
Kristoff agarró el marco de la puerta, y sin hacer fuerza, lo arrancó por completo. –No ha sido culpa tuya, la madera está podrida.
–¡Pero no hagas eso que lo empeoras! –le reprochó la pelirroja.
–No sé por qué, pero me da la sensación de que aquí no va a vivir nadie –contestó a la vez que empujaba la puerta y entraba en la casa. Pero cuando entró en la estancia principal, se quedó helado. Anna, que iba detrás de él, se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de sorpresa–. Te lo dije.
Ante ellos, se veía un salón sucio y apagado, con dos puertas, una comunicaba con la cocina y la otra daba a un pasillo con dos puertas más. El salón en cuestión era una habitación de tamaño mediano, con una cómoda y una estantería de lo que en su día debió de ser un bonito tipo de madera, pero ahora no eran más que mobiliario gris, cubierto de una espesa capa de polvo. Por el suelo, había una gran cantidad de ropa esparcida, y sucia. Probablemente debería llevar allí bastante tiempo. El sofá era un andrajoso montón de trapos viejos, aunque por el extraño color que tenía el tapizado, dejaba a la imaginación si estaba cubierto de polvo o simplemente tenía un color horrible. Anna caminó con cautela, tratando de no pisar la ropa, que desprendía un olor bastante desagradable. Pasó por el salón y fue hasta la cocina. El panorama allí era casi peor que el anterior. Sobre la encimera había un montón de platos sucios, los cuales ya no entraban en el fregadero. Se acercó al frigorífico, pero algo la detuvo, «¿y si hay algo muerto ahí dentro?», pensó. Después del panorama, tampoco le apetecían más sorpresa. –Kris... –lo llamó desde la cocina, mientras salía de ella e iba en su busca. Cuando le tuvo enfrente continuó–. Vámonos, por favor.
Kristoff asintió con gravedad, abrazándola. Ambos salieron de la casa sin siquiera asegurarse de dejar la puerta cerrada. Aunque ese era el menor de los problemas. Una posibilidad, antes remota, comenzaba a ganar importancia en la mente de la pelirroja: Elsa se estaba imaginando un novio. De forma consciente o inconsciente no lo sabía, pero no evitaba que una oleada de tristeza recorriera hasta lo más profundo de su ser.
¡Tachán! Aquí estoy otra vez. Hoy 19 de diciembre , estoy oficialmente de vacaciones, así que se me ocurrió que qué mejor manera de celebrando que subiendo dos capítulos, disfrutad :3 También le doy las gracias a Bichi por corregir mis patadas al diccionario jajaja.
