Capítulo 3 ''Celebraciones y Peleas''
(Punto de vista de Pepa)
Después de comer y de soplar las ocho velas de la tarta de chocolate que había hecho mi madre, llegó la hora de los regalos. Esa era mi parte favortia, como la de todo el mundo. Hay gente que normalmente lo quiere ocultar para quedar bien y dice que lo más importante para ellos es estar con la familia y amigos y de más chorradas. No es que no me gustara estar con la familia, al contrario me encantaba, pero mi parte favorita eran los regalos y como yo era una niña sincera y sin pelos en la lengua no lo ocultaba.
Todos nos sentamos alrededor de la mesa y empezó el reparto de regalos.
- Primero el nuestro Pepa.- dijo mi padre dándome una gran caja.
- ¡Ala! Pero... ¿Y esto tan grande?.- empecé a agitar la caja cerca de mi oído para ver si podía adivinarlo.
- No lo agites así Pepi, hija, que lo vas a estropear.- reprochó mi madre.
Ya no pude más con la espera y empecé a arrancar el papel de regalo sin ningún cuidado. Al abrir la caja, mis ojos se abrieron como platos de la sorpresa, casi tanto como mi boca.
- ¡Un traje de de flamenca y unos zapatos pa taconear!.- exclamé sin podermelo creer. Yo era la niña más bruta, aloca y poco femenina que se conocía por mi barrio. No me gustaban ni los vestidos, ni las muñecas, ni nada de eso, prefería jugar con piedras, trepar y escalar. Pero si había algo que me perdían completamente eran las sevillanas y el flamenco, ya que mi abuela me había enseñado a bailarlas desde más pequeña.
- ¡Gracias, me encanta! ¿Me lo puedo poner?.- pregunté de lo más emocionada.
- Bueno Pepa, cariño, deja eso ahora. Que aún falta el nuestro ¿O no lo quieres?.- dijo Paco reclamando mi atención.
- Claro que sí hermano.- contesté yo agarrando el regalo que me pasaba Lola con una gran sonrisa.
Volví a arrancar el papel de regalo rápidamente y al abrir la caja mi ilusióm fué arrastrada por los suelos, aunque intenté disimular lo mejor que pude.
- ¿Una... muñeca?.- pregunté con una sonrisa forzada.
- ¿Te gusta? Fuí a elegirla yo misma con Silvia.- preguntó Lola ilusionada.
- Umm sí.. no está mal. Vamos... que me encanta, que no me regalaban una muñeca desde que tenía cuatro años.- dije aún con la sonrisa forzada al notar una patada de mi madre por debajo de la mesa.
- Me alegra que te guste cariño.- dijo Lola con una sonrisa.
- Ahora ¿Puedo ponerme el traje ya?.- pregunté a mi madre algo desesperada.
- No Pepi , ahora los mayores vamos a tomar un café y a hablar.- replicó mi madre.- ¿Por qué no te llevas a Silvia a dar un paseo y le enseñas el barrio?.- insistió mi madre. Silvia no parecía muy convencida de la idea, al igual que yo, pero tras una mirada alientadora de Lola, se levantó de la silla y empezó a seguirme.
Caminando hacia la plaza del pueblo una al lado de la otra sin prisa pero sin pausa, yo llenaba a Silvia de preguntas sin responder. Ya que desde que llegó, no la había oído decir ni una palabra.
- ¿Oye y Madrid es muy diferente?.- pregunté yo a una Silvia que andaba con la mirada fija en el camino.- Aquí dicen que Madrid es muy grande, pero que todos allí son unos estirados.- seguí comentando en voz alta.- La verdad no se si creermelo ¿Tú que dices?.- pregunté a Silvia que seguía a lo suyo. Seguí comentando cosas en voz alta hasta que llegamos a la plaza del pueblo y Silvia se sentó en un banco que había por ahí. Yo me quedé de pie delante de ella, con los brazos en jarra.
- ¿Oye tú qué? ¿Nunca hablas o qué pasa?.- dije ya un poco harta.- Esto es un tostón, como sigas así me voy a ir a mi casa y te voy a dejar aquí.- pero ella seguía sin decir ni una palabra.- Cuento hasta tres. Uno...dos...dos y cuarto...dos y medio...y...- dije yo alargando la espera todo lo posible.- ¡TRES! ¡Ya me he cansao, aquí te quedas pelirroja! Cuando recuerdes como se habla, vienes y me avisas.- dije yo cruzando los brazos y salí andando de vuelta hacia mi casa.
En aquel momento Silvia se levantó del banco y fué golpeada por un balón de fútbol.
- ¡Eh tú, pija, quítate del medio!.- exclamaron unos niños entre carcajadas. Al oír eso me giré y vi a Silvia de brazos cruzados con la cabeza agachada apunto de llorar.
- ¿Vas a llorar? Chicos cuidado no vaya a llamar a papi...- dijo otro de los chicos entre carcajadas.
Ante aquel panorama me salí corriendo de vuelta a donde estaban Silvia y los otros niños , algo mayores que nosotros.
- ¡Hey tu bocazas! ¿No le estarás haciendo llorar a la pelirroja?.- pregunté notablemente cabreada.
- ¿Y qué si lo estoy haciendo enana?.- dijo el niño burlón.
- ¡Pues que te voy a partir la boca! ¿A ti no te han enseñado que a las señoritas se las respeta?.- pregunté cruzandome brazos y poniendome justo delante de aquellos niños dejando a Silvia protegida justo detrás de mí.
- Si viera alguna, mostraría respeto. Pero tu lo que eres es una pija igual que tu amiga.- dijo el chico acercándose más a mí.
- ¿Qué me has llamado?.- pregunté enfadada.
- ¡Pija!.- volvió a decir el niño.
- ¡Repítelo si te atreves!.- dije yo desafiante y cada vez más enfadada.
- P-i-j-a. Pija ¿O esque aparte de ser una niñata flojucha eres tonta?.- dijo el amigo.
- Vale esto se acabó... ¡Te vas a enterar!.- exclamé y me lancé como una loca sobre él a enseñarle de lo que estaba hecha Pepa Miranda.
