Hola a todos y a todas! Seguimos con la historia. Hoy empieza a ponerse ya un poco más... calurosa, por decirlo de algún modo. Pero en el próximo capítulo aún más xD

Me ha recordado cierta marmotita que habría prometido actualizar hoy, así que se lo dedico a ella ;)

CAPÍTULO 4

Durante los días que siguieron a la partida de mi padre, me avergüenza reconocer que evité estar demasiado tiempo a solas con Regina. Deseaba estar junto a ella. Su cuerpo, su voz, sus ojos… toda ella me atraía como una brillante luz debe atraer a las polillas. Me sentía, por tanto, como un infeliz insecto que sabe que solo le aguarda el sufrimiento en su destino final, pero que es incapaz de escapar de la atracción de dicha luz.

Regina era aquello para mí, no mi luz puesto que ella se movía en las sombras, era mi perdición.

Durante aquellos días, ella no protestó ni se mostró enfadada por mi ausencia. Tomé su aceptación por su manera de darme tiempo para que asimilara una realidad que hasta entonces me había sido completamente extraña y prácticamente punible, me refiero a la idea del amor entre mujeres.

Me sentía terriblemente confusa. Por una parte, era cierto que los sentimientos y deseos que Regina provocaba en mí eran distintos a todo cuanto había conocido, pero ¿sería aquello atracción, sería amor? Y, fuera lo que fuera, ¿era suficiente como para atreverme a romper las normas de todo cuanto conocía?

Así de perdida se hallaba mi mente cuando comenzaron a llegar unas preocupantes noticias del pueblo. En el transcurso de apenas unos días, varias muchachas habían muerto. Según los rumores que Granny traía de Storybrooke, todas habían padecido la misma dolencia. Comenzaban durmiendo mal, se hallaban cada día más cansadas hasta que un buen día, ni siquiera despertaban.

Temí por Regina puesto que ella misma me había dicho que llevaba unos días sin dormir demasiado bien, por lo que me decidí enfrentarme a mis miedos y volver a recibirla en privado.

Pensé que había sido una mala idea en cuanto entró en la sala donde me hallaba con un ceñido vestido que seguía, suponía yo, las últimas modas de París, dejando su busto sugerentemente marcado. El fuego de la chimenea a mi espalda nunca me había abrasado tanto como en aquel momento.

- Toma asiento Regina. – Dije tratando de disimular mi ardor interno.

- Querida, me alegra que te dignes a hablarme por fin. Pensé que ya no querrías verme.

- ¿Por qué creías tal cosa?

- Es obvio, ¿no? Dejaste de pasear conmigo en cuanto te confesé mis inclinaciones amorosas. Era fácil deducir que te había ofendido.

- No fue tal cosa, Regina. Debo disculparme si te hice pensar así. Es solo que toda esta situación es demasiado confusa para mí.

- Lo entiendo, Emma.

La sonrisa de Regina, pensé entonces, tenía un poder especial. Lograba calmar todos mis nervios y sumirme en un estado cercano a la inconsciencia. Lo único que se me ocurrió para escapar a aquel místico control sobre mi ser fue despojarme de mi amada chaqueta roja para tratar de enfriar mi cuerpo. Tan pronto como lo hice, la mirada de Regina se tornó más oscura si cabe, sus ojos se dirigieron a la expuesta piel de mi cuello y el nacimiento del escote que dejaba ver la camisa. No conocía demasiado el mundo. Había pasado mi corta vida encerrada entre aquellas paredes con la única compañía de una madre loca y un padre que me ignoraba, pero hasta yo podía deducir que lo que la mirada de Regina dejaba traslucir era puro deseo.

Aquella certeza produjo en mí un efecto extraño. El calor aumentó y no encontré forma ni voluntad para sofocarlo. Un creciente dolor nació en mi entrepierna y, de pronto, fue como si todas y cada una de las palpitaciones de mi corazón se hubieran concentrado en aquel impúdico lugar. Vi a Regina levantarse de su asiento y dirigirse hacia mí con sus movimientos felinos. No podía resistirme a ella. Su cuerpo, como ya he dicho, sería mi perdición.

En apenas unos segundos ya se hallaba a unos milímetros de mi rostro, su cabello oscuro caía en cascada acariciando mi rostro. Me encontré, por segunda vez, deseando que me besara. Y, por segunda vez, el beso se vio interrumpido por unas voces del exterior.

Con un mohín de disgusto, Regina se apartó de mí y ocupó su asiento a una velocidad admirable, mientras yo seguía tratando de recomponer y comprender los hechos.

Los sirvientes que nos habían interrumpido traían consigo una caja llena de cuadros que mi padre había mandado restaurar. Eran, casi todos, viejas obras que habían pertenecido al castillo durante siglos, antes incluso de que los Swan lo habitaran.

- ¿Quieres verlos?- Le pregunté a Regina.

Fuimos admirando uno por uno el trabajo de los extintos artistas, hasta que una pintura en especial atrajo mi atención. En el marco podía leerse la frase: "R. Mills – 1689". Aunque no fue el nombre de una muchacha que vivió hacia más de dos siglos lo que llamó mi atención, si no el innegable parecido que aquel retrato guardaba con mi amiga.

- Mira esto Regina, es idéntica a ti.

Quizás sus ojos eran distintos. Los de mi Regina eran más oscuros, más profundos, más sabios, me atrevería a decir. Mientras que en el cuadro todavía se podía adivinar la candidez e inocencia de la muchacha que posaba.

- Guarda cierto parecido, es cierto. – Me dijo ella como sin darle importancia. - ¿Sabes de quién se trata?

- Por la fecha, imagino que será una de las últimas de los Mills.

- ¿La última de los Mills? ¿Y qué pasó con los demás?

- Nunca lo he sabido con certeza. Mi abuelo contaba historias sobre brujería y pactos con el diablo que llevaron a la antigua familia, el primer linaje que gobernó estas tierras antes que los Swan, a perder sus almas. Todos desaparecieron o murieron de forma espantosa. Decían que estaban malditos.

- Puede ser Emma, puede ser. Aunque creo que no perdieron sus almas, sino sus corazones. – Me sorprendió la tristeza que de pronto desprendían las palabras de Regina, pero no sabía qué decirle. - ¿Qué piensas hacer con los cuadros?

- Cierto, los cuadros. – Me dirigí a los criados que los habían traído.- Colocadlos en sus lugares originales por la casa. Excepto este, - Dije sosteniendo la imagen que tanto me recordaba a Regina – Este deberá colgar enmarcado en mis aposentos.

Cuando todos se retiraron, sentí la mano de Regina aferrando la mía, emocionada.

- ¿Así que vas a colgar el cuadro de mi… quiero decir, que se parece a mí en tu alcoba?

- Así es.

- ¿Puedo preguntar por qué?

- ¿Acaso es un delito que quiera contemplar el rostro más bello que conozco cada noche?

- En absoluto, pero podrías hacerlo de otra manera mucho más real. – Regina se acercó a mí. Podía sentir su aliento sobre mi piel.- Podrías contemplar cada noche el verdadero. Podrías hacerlo cada noche hasta la eternidad, si tú quisieras.

- ¿La eternidad? Mi querida Regina, me temo que comienzas a hablar como un pasional amante que no sabe medir sus palabras.

- Oh, pero Emma, ¿acaso no es eso lo que soy? ¿no es eso en lo que me conviertes al rechazar mis atenciones?

Regina se marchó airada y yo me debatí entre seguirla o permitirme pensar. Junto con los cuadros, habían llegado un par de cartas que, suponía, serían de mi padre. Pero al no tener deseo de saber de él, las llevé conmigo a mi cuarto y allí me dispuse a dormir para volver a soñar con Regina como llevaba haciendo las últimas noches.

Solo que aquella noche, en mitad del sueño, volví a sentir dos punzadas en mi cuello, ardientes, insoportables, obligándome a despertarme, sacándome de mis apacibles sueños. Y, entonces, la vi, frente a mí, con apenas una fina prenda de gasa negra cubriendo su desnudez, mirándome fijamente con una intensidad que casi me asustaba, estaba Regina.

Y sí, el próximo capítulo lo retomamos desde una Regina semidesnuda.

Gracias por leer :)