Nico

Ángela

Me sentía como un completo idiota. Primero me tiro toda la hora de la cena mirándola, luego le hago ojitos en la hoguera y finalmente acabo con un estúpido pareces un ángel cuando ella es reconocida. Fantástico, seguro que ahora piensa que soy o bien un acosador o bien un gilipollas. No sé cual de las dos es peor.

Me dejé caer en la cama pesadamente. De todas formas, ¿qué me importaba a mí lo que pensara esa chica? Pero el caso es que me importaba, no quería que pensara que era un imbécil. Apenas tenía amigos de verdad en el campamento, normalmente estaba la mayor parte del tiempo en el inframundo o yendo por ahí cazando monstruos, cualquier cosa para entretenerme y no pensar en lo marginado que era.

Pero esa chica… Ángela… Cuando la había visto a la hora de la cena sentí como si ella fuera distinta a todas aquellas personas que dicen ser tus amigos para luego darte la espalda. No, ella no parecía ese tipo de personas. Ella, con una sola mirada, me dejó muy claro que nunca traicionaría a sus amigos. Simplemente no parecía que esa idea se le pasara por la cabeza.

Recordé el momento en el que la habían reconocido. Estábamos mirándonos en el momento en el que retumbaron los rayos, entonces hubo un estallido de luz a su espalda y de pronto dos magníficas alas eléctricas se erguían orgullosamente a ambos lados de su espalda, iluminando sus rizos castaños y sus ojos, que hasta ese momento no me había dado cuenta de que eran de un profundo tono azul eléctrico- el único parecido que tenían ella, Thalia y posiblemente Jason, eran sus ojos-, luego llegó el águila, que se había posado en una rama mirándola fijamente. Zeus ya podría haber gritado ¡Atención, mundo, esa es mí hija! Desde lo alto del Empire State y habría sido más discreto que el par de alas que había lucido Ángela esa noche. Aunque no se lo reprochaba al rey de los cielos: tenía que admitir que Ángela estaba hermosa.

- No- me reprendí a mí mismo en la oscuridad de mi cabaña-. No, no puedes permitirte pensar así.

Era hijo de Hades, dios del inframundo, señor de la oscuridad. No podía ni si quiera contemplar la opción de hacerme amigo de Ángela, por mucha confianza que ella inspirase y por my amable que fuera. Yo era nocivo, era la muerte, todo aquello que estaba a mi lado sufría, desaparecía o moría. No quería causar ningún daño a nadie, por eso siempre estaba en el inframundo: los muertos no sienten. No quería que nada le pasase a Ángela. Incluso su nombre indicaba que el inframundo no era lugar para ella: un ángel no debe sufrir.

Finalmente me dormí.

Cuando abrí los ojos ya había pasado la hora del desayuno, como siempre, yo prefería seguir durmiendo. El desayuno está sobrevalorado.

Me vestí con unos vaqueros y una camiseta naranja del Campamento Mestizo para variar y salí a mi clase de tiro con arco. De camino me encontré con Percy.

- ¡Eh, Nico!- me llamó mientras corría hacia mí con una sonrisa boba en la cara. Seguro que acababa de estar con Annabeth.

- ¿Has visto a Ángela?- me preguntó. Yo lo miré extrañado.

- ¿Por qué iba yo a saber dónde está esa chica? Ni si quiera la conozco- no tenía más remedio que fingir que ni si quiera conocía el nombre. Si Percy se enteraba de que había estado pensando en Ángela ya podía despedirme de mi tranquila vida.

Percy me miró escéptico con una ceja levantada.

- ¿No?- preguntó con tono burlón- Porque juraría que ayer estuviste toda la cena mirándola, y en la hoguera se te caía la baba. Por no mencionar el espectáculo del ángel.

Mierda. Ya está, ahí quedó el orgullo del inframundo. Sí, justo ahí, ¿no lo veis? Ese minúsculo puntito entre la a y la y del principio de la frase. Ese es mi orgullo.

- A mí no se me caía la baba- mascullé secamente mientras me giraba y me iba a mi clase, rogando a todos los dioses no cruzarme con Ángela en toda la mañana. Ni con Percy, ni con cualquiera que hubiera escuchado mi comentario de la noche anterior. De hecho, ahora que lo pensaba, tenía ganas de meterme en mi cabaña y no volver a salir en lo que quedaba de año.

- A mí no me la pegas, aliento de muerto- dijo Percy intentando mantener mi ritmo.

- Cierto, a ti no te la pego porque no tengo nada que pegar. No me gusta esa chica y es la verdad.

- Yo no he dicho que ella te gustara- dijo Percy alzando las cejas-. Te has delatado a ti mismo, colega. Y deja de fingir que no sabes su nombre.

Dicho eso salió corriendo dejándome con una tremendas ganas de ahorcarlo con mis propias manos. Suspiré, resignado, y me fui a mi clase de tiro con arco.

- ¡Nico! ¡Tío, estás en las nubes! ¡¿Quieres despertar ya?! Es la tercera vez que una flecha tuya me pasa zumbando por la cabeza en lo que llevamos de clase. ¡Despabila!

- ¡Lo siento, Will!- me disculpé ante el arquero de Apolo.

No conseguía concentrarme. ¿Mi motivo? No, Ángela no era mi motivo, al menos no en gran parte. Lo que me incomodaba era la idea que había tomado forma en mi mente. Conociendo a Percy, seguro que él iba a ir a hablar con Annabeth y le iba a decir que me gustaba Ángela. Lo cual NO es cierto, ¿qué pasa? ¿Que por pensar que una chica parece un ángel ya significa que me gusta esa chica? No. El caso es que con el bocazas de Percy, seguro que poco a poco se acabaría extendiendo el rumor y no me parecía gracioso. Además, si Ángela lo escuchaba…

Mierda. Otra vez. ¡Deja de pensar en ella, macho!

Al final acabé por dejar el arco y el carcaj en la armería e irme a entrenar con mi espada al ruedo de arena, tal vez incluso pudiera jugar un poco con la Señorita O'Leary.

Estaba de camino hacia el ruedo cuando, de repente, vi un campista caer del cielo y aterrizar en un enorme montículo de paja que frenó su caída. Preocupado, me acerqué corriendo para ver cómo estaba. Cuando ya estaba a tan solo dos pasos del montículo de paja, una cabeza llena de enmarañados rizos castaños asomó, llena de heno, y gritó al cielo.

- ¡Esta me la pagas!

Apenas había escuchado una sola frase salir de sus labios antes, pero aún así reconocí su voz.

Lo único que quería era salir de allí corriendo, pero no podía dejarla allí sin ayudarla.

- ¿Estás bien?- conseguí preguntar. Ella se giró hacia mí y sus ojos azul eléctrico me miraron con curiosidad y algo más que no supe interpretar. En realidad sí que era bonita…

¡Basta, idiota!

- Sí- contestó ella-, no ha sido nada, lo ha hecho adrede.

- ¿Quién?

- Él- señaló hacia el cielo, seguí la dirección de su dedo y divisé un hermoso pegaso completamente blanco, el más blanco que hubiera visto nunca. Lentamente, el pegaso bajó y sus cascos resonaron en el suelo mientras miraba a Ángela con lo que debía de parecer una mueca burlona en el mundo equino.

- ¿Cómo me haces eso?- preguntó indignada Ángela- Hay que ver, podría haberme estrellado contra el suelo.

El caballo relinchó.

- Aunque lo supieras, ¿por qué lo has hecho?

Me quedé en estado medio de shock ante eso. ¿No era una facultad de Poseidón hablar con los caballos? Ángela era hija de Zeus.

Nico confundido.

- Esto…- comencé-. ¿Cómo es que puedes hablar con él?

- Me lo envió mi padre.

- ¿Zeus te lo regaló?- pregunté, atónito.

- Parece.

El caballo relinchó, orgulloso. Entonces se me pasó una idea loca por la cabeza.

- Pegaso- me confirmó Ángela la pregunta que yo no había formulado. Por un instante me quedé mudo, pero luego digerí mejor la noticia. Tampoco era tan raro. Zeus le había hecho un regalo a su hija, más que eso, le había dado un medio de transporte. Además, Pegaso era un caballo noble y fiel, en cierto modo, Zeus también le había dado a Ángela alguien que la protegiera. Por ese motivo era completamente razonable que ella pudiera hablar con él, al fin y al cabo era el caballo de su padre.

Ángela se levantó y se sacudió la paja de la ropa, rápidamente (y sin que se notara) la miré de arriba abajo buscando cortes y cualquier otra herida, por suerte estaba bien. Llevaba una camiseta del Campamento Mestizo y unos pantalones cortos. Tenía el pelo lleno de paja, pero pareció no darle importancia, o eso, o no se dio cuenta. No puede evitar soltar una pequeña risa.

- ¿Qué pasa?- preguntó Ángela mirándome con curiosidad y una sonrisa en los labios.

- Tienes el pelo lleno de paja- contesté. Entonces, como movido por un resorte, y antes de que pudiera dar marcha atrás, me acerqué a ella y le pasé la mano por el pelo, empezando a quitarle las briznas de los rizos castaños. Ella no se alejó, cosa que agradecí. Mientras le quitaba el heno del pelo, ella no apartó la vista de mi cara, pero en vez de ponerme incómodo al contrario: me gustó que no intentara apartar la mirada. No pude evitar sentir un ligero rubor en las mejillas.

Pegaso relinchó y se fue volando hacia los establos. Ángela lo miró con furia mientras se iba.

- ¡Esta te la cobro, Pegaso!

- ¿Qué te ha dicho?- pregunté. Ella me miró, las mejillas algo sonrosadas.

- Que me ha dejado caer para que aprendiera a aterrizar.

La miré con el ceño fruncido, sin comprender.

- Estoy empezando a pensar que tu caballo es un psicópata- dije. Ella se rió y yo luché horriblemente intentar que no se notara lo rápido que me iba el pulso. Estaba seguro de que lo escuchaban desde el Hades.

- Es bueno- contestó-, solo que algo vacilón. Por cierto- dijo, tendiéndome la mano-: me llamo Ángela, ayer en la hoguera no te dije mi nombre.

Se ruborizó un poco. Yo no sabía si era por el jueguecito de miradas que habíamos compartido, por el espectáculo de su reconocimiento, o por la estupidez del pareces un ángel. Tal vez por las tres.

- Nico di Angelo- contesté dándole la mano (no preguntes por el cosquilleo en el estómago)-, hijo de Hades.

Esperé que se pusiera nerviosa y que me diera una excusa para tener que irse. Pero en lugar de eso sonrió y me miró con lo que parecía… ¿estaba impresionada?

- Guau- contestó-. El dios del inframundo… mola.

No puede evitar sonreír aliviado. No le asustaba, es más… le molaba. Entonces me permití, por una vez, pensar que podríamos ser amigos, tal vez...

¡No! Mierda, Nico. Podríamos ser amigos, pero nada más, ni si quiera podía permitirme pensar en algo más. Yo era hijo de Hades, señor de las tinieblas, rey del inframundo: el campo de los muertos. Ella era hija del dios del cielo, era pura luz, era… tal como había demostrado la noche anterior, ella era un ángel. Un ángel no puede estar con alguien tan oscuro como yo.

- ¿Qué vas hacer ahora?- preguntó, sacándome de mis pensamientos.

- Voy al ruedo de arena, a entrenar con la espada- antes incluso de poder contenerme me escuché preguntando-: ¿Quieres venir?

Quería darme un puñetazo a mí mismo. Pero rogué a los dioses que me dijera que sí.

- Sí, claro.

Tal vez no pasara nada por que fuéramos amigos.

Caminamos al ruedo de arena en silencio y, cuando por fin llegamos, me encontré con que el ruedo estaba completamente vacío, ni si quiera la Señorita O'Leary estaba presente. Entonces vi una nota.

Nico, me he llevado a la perra del infierno durante unos días. Cerbero tiene lombrices y había que desparasitarlo, necesitaba algún perro que vigilase la entrada al inframundo. Te devolveré a la Señorita O'Leary en unos tres días.

Dile a Jackson que su perra está bien.

Hades.

- ¿Es de tu padre?- preguntó Ángela a mi lado.

- Sí, tenemos una perra del infierno y la necesita durante unos días. A Percy no le va a gustar, la perra es suya.

La cara que puso Ángela al saber que Percy tenía un perro del infierno no tenía precio. Me reí.

- ¡Oye, no te rías!- exclamó dándome un empujoncito en el brazo-. Aún tengo que adaptarme, todo esto es nuevo para mí.

La comprendí perfectamente. Para cualquier campista reciente todo esto es nuevo, incluso lo fue para mí.

- Pues la mejor forma de adaptarse es con un combate- dije- . ¿Tienes espada?

Ella sonrió. Desenvainé mi espada de hierro Estigia y esperé. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que Ángela llevaba puesta una pulsera de plata trenzada. Ella hizo un breve giro de muñeca y la pulsera se desenredó recorriendo su mano y antes de que me diera cuenta Ángela sujetaba en su mano una espada hecha completamente de plata celestial de doble filo, en la empuñadura pude apreciar pequeños relieves en forma de rayos.

- Cuando quieras- me dijo.

- ¿De dónde la has sacado?- pregunté- ¿Sabes luchar con espada?

- Me la ha regalado Thalia, dice que la cabaña de Hefesto la ayudó. Y lo de luchar… digamos que aprendo rápido y que las Cazadoras de Artemisa son buenas enseñando.

- Pues entonces ya podemos empezar.

- Desde luego.

Antes de que me diera tiempo a pestañear Ángela ya había cargado contra mí con la velocidad de un puma. Yo le frené el golpe a duras penas y se lo devolví, pero la chica era rápida.

- ¿Entonces has estado con las cazadoras?- pregunté en un intento de distraerla con la pregunta.

- Sí, son buenas, me gustan- contestó mientras giraba sobre sí misma y descargaba su espada contra mí, yo evité el golpe y le hice una cinta que ella desvió a duras penas con el filo de su espada.

- ¿Te unirías a ellas?- volví a preguntar. Esa pregunta no era de distracción, realmente quería saberlo. Por mi mente cruzó Bianca, sabía que las cazadoras no tenían la culpa de su muerte, pero no podía evitar sentirme algo frustrado por el hecho de que si ella no se hubiera unido a ellas no hubiera muerto. Pero fue decisión suya, su muerte no era culpa de nadie excepto de ella, me había dicho la última vez que la vi al invocar a su espíritu.

Aún así seguían sin gustarme esas chicas, la única con la que me llevaba bien era Thalia. Cuando ella se unió a las cazadoras no me importó mucho, tampoco estábamos muy unidos que digamos, apenas la conocía. A Ángela apenas la conocía, pero por algún motivo que se me escapaba, no soportaba la idea de que ella, precisamente ella, se uniera a las cazadoras y la perdiese de vista a saber durante cuánto tiempo.

- No lo sé- contestó ella finalmente-. La opción se me ha pasado por la cabeza varias veces ya. Además, si me voy con ellas tendré a Thalia, que prácticamente es mi medio hermana. Me gusta el Campamento Mestizo, es guay, pero a parte de Percy y probablemente Annabeth… nada me ancla aquí. Prefiero tener una familia con las cazadoras que quedarme aquí en una cabaña vacía.

Mentiría si dijera que aquello me dio igual. ¡Ángela estaba pensando en unirse a las cazadoras! En cierto modo, tenía razón ella: no había nada que la anclara a este sitio excepto una cabaña vacía con una gigantesca estatua de un Zeus que te mira con el ceño fruncido. Pero por otra parte… Llamadme egoísta, pero quería que se quedara, no quería que se alejara y se fuera a algún lugar donde no podía vigilar si estaba bien, donde no podía ver sus ojos. Quería que se quedara y que fuéramos amigos (¡SOLO AMIGOS!)

Sacando fuerzas de ese pensamiento, cargué contra ella. Golpeé la empuñadura de su espada con el filo de la mía y rápidamente giré la muñeca, desarmándola y tirando su espada lejos de su alcance. Entonces, casi sin pensármelo dos veces (casi) la tumbé en el suelo y me coloqué encima de ella, inmovilizándola, mientras ella forcejeaba intentando alcanzar su espada.

- Si te soy sincero- dije, inclinándome para hablarle al oído-, no creo que tu sitio esté entre las Cazadoras, ángel.

Esa última palabra no la tenía pensada, pero al verla allí, tumbada en el suelo mirándome con esos ojos azules y brillantes de la emoción, no pude evitar llamarla así. Y estaba seguro que esta vez lo había escuchado perfectamente.

Me levanté y le tendí la mano, ella la aceptó y la ayudé a levantarse. Por una vez no me ruboricé y lo agradecí. Ángela, por el contrario, tenía las mejillas algo sonrosadas. Me alegré de no ser el único que se ponía algo nervioso en presencia del otro. Eso hizo crecer un pequeño resquicio de esperanza. Ella se giró y me sonrió, su espada ya volvía a estar entorno a su muñeca como una pulsera.

- Tengo clase de griego con Annabeth- dijo-. Ya nos veremos.

Esa última frase estaba a medio camino entre la pregunta y la afirmación. Sonreí. Sí, la esperanza seguía allí y crecía por momentos.

- ¡Claro!- contesté. Ups, tal vez eso sonó un poco desesperado. Ángela se rió y salió corriendo hacia la puerta, antes de desaparecer se giró hacia mí.

- ¡Adiós, Nico!

- ¡Hasta luego, ángel!- vale, esta vez SÍ que fue intencionado. Al final iba a quedarse con el apodo.

Bueno... no sé vosotros pero yo me estoy quedando bien a gusto con esto, lo tenía pensado desde hace tiempo y al fin me decidí a escribirlo. Ojala os guste. Por cierto, gracias DarrenWalker por tus reviews, me alegró cuando los leí ;)

Besos,

A