El cálido aire marino se filtraba por todos los rincones de la estancia; sin embargo, eso no parecía importarle al hombre que, inmerso en sus pensamientos, permanecía inmóvil, contemplando el paisaje más allá del ventanal.
La mucama ingresó en ese momento a la habitación, dispuesta a retirar la bandeja que, bien sabía, sería devuelta sin apenas registrar faltantes en las viandas. Él había estado así desde el día en que arribara: silencioso, ensimismado y profundamente melancólico. Hasta Na Triùir habían optado por mantenerse alejados, pese a que su insaciable curiosidad no sería calmada mientras el Laird no les relatara hasta el más mínimo detalle de su aventura.
Lady Ardley también permanecía lejos, desconcertada y evidentemente dolida por el desconocido que había arribado a las puertas de Caisteal an Cnuic con el asesinato reflejado en el rostro y la agonía atisbando ocasionalmente en la fría mirada. No. Tan pronto lanzarse a los anteriormente cálidos brazos de su hijo menor, Lady Ardley había comprendido que, si bien el cuerpo del Laird había sobrevivido a la guerra, su alma no había conseguido tal hazaña. En el secreto de sus aposentos privados, la dama había derramado tantas lágrimas como jamás creyó poseer los días subsiguientes a su retorno, perdida la esperanza de volver a la normalidad.
La chica Brown también había vertido sus propias lágrimas; preciosas y cristalinas gotas que cayeron sobre el borde del acantilado, desecadas por el viento que, contagiado de la melancolía que se había apoderado de Dubh Bàigh al completo, permanecía intranquilo, casi desprovisto de la vitalidad propia de la temporada. Eran malos tiempos para todos, en especial para aquellos que habían soñado que el regreso del Laird sería la tan ansiada confirmación de una bendición.
Hablaban. Todos hablaban respecto al regreso del hijo del granjero; sin embargo, ningún habitante del pueblo podía ufanarse de haberle visto de cerca o charlado con él. No. El que había vuelto era un fantasma, decían. Apenas una pálida sombra del hombre que recordaban. La sonrisa había desaparecido de su rostro, y sus ojos habían perdido el brillo. Permanecía en su habitación favorita, mirando el mar y el cielo, y no pronunciaba palabra.
Era el cansancio, decían unos. El largo viaje. Los largos meses enfrentando la muerte de frente. La prolongada carencia de un hogar y la ausencia de rostros amigos y familiares en el árido panorama del campo de batalla. Harto difícil preservar el ánimo elevado entre metralla, muerte y soledad.
Era cuestión de tiempo, decían otros. El laird seguramente tenía cosas en qué pensar. Largas reflexiones por concluir ahora que las amenazas ya no aparecían a cada segundo; ahora que el enemigo estaba vencido. Sí. Debía ser que, simplemente, necesitaba tiempo para olvidar las visiones de terror grabadas en su memoria. Él era fuerte. Así que no dudaban que lo conseguiría.
Era la guerra. Decían todos. La maldita guerra que, de una manera u otra, se empeñaba en acabar con cada hombre al que tocaba de cerca, trocando su espíritu en nada, en un espejismo al que se perseguía sin esperanzas.
Sir William era el único que permanecía a la espectativa, tan optimista que todos lo consideraban perturbado. El granjero confiaba en que la misma Divinidad que había conseguido librar a su hijo de todos los peligros, le devolvería la calidez de antaño. El granjero creía también, aunque no lo dijera a ninguno, que existía una razón aparte de la evidente para la melancolía del Laird. Sin embargo, pese a su silenciosa esperanza, lo único que conseguía día tras día, visita tras visita a los aposentos privados de su amado hijo, era la indiferencia que se destina al ausente, en vez de la tan ansiada confesión.
El granjero se reclinó en la puerta una vez que la hubo cerrado, sin poder evitar que sus hombros cayeran con desánimo, haciéndole parecer un poco más anciano de lo que en realidad era. Comenzaba a desesperarse. El silencio le ganaba la batalla cada día aún antes de haberla iniciado. Su hijo aceptaba sus visitas pero se negaba a hablar. Se mantenía observando a través del enorme ventanal algo que sólo él podía ver y, extrañamente, sólo eso parecía darle consuelo. El hombre comprendió pronto, sin que el Laird se lo dijera, que no se trataba de un escape de la realidad. No es que el oficial intentase evadirse o estuviese perturbado por lo vivido; sino que había algo, algo muy importante en lo cual necesitaba meditar con calma el tiempo que fuera necesario.
En su corazón de padre, que latía compungido y lleno de incertidumbre, el granjero sólo escuchaba una pregunta:
¿Qué?
¿Qué podía ser tan importante para merecer tan sepulcral silencio? ¿Qué cosa merecía tan inusual concentración? ¿Qué valía las lágrimas de madre y hermana y la preocupación de todos en Dubh Bàigh?
La única vez, aparte de esta, que William se había mostrado así, había sido la semana previa a su furtiva partida para enlistarse. Aunque entonces la explicación era una rabia fuera de proporción, una furia incendiaria que no conoció límites a la hora de resolver las cosas de forma definitiva.
"Debiste advertirme". Había dicho entonces. Los ojos brillantes de ira y la determinación plasmada en cada rasgo de su cuerpo; en su mirada, en su firme mandíbula, en los puños apretados y en sus poderosas zancadas que se aprestaron a llevarlo fuera de Caisteal an Cniuc y lejos de los suyos.
El granjero suspiró con pesar al recordarlo, sintiendo renacer aquella olvidada impotencia. No había conseguido detenerlo entonces; tal y como ahora no conseguía arrancárselo al silencio.
VOCABULARIO:
Caisteal an Cniuc: Castillo en la colina.
Na Triùir: Los tres
NOTA:
Pues lo de siempre, sólo saludar y agradecer a todos los lectores y, por supuesto, pedir disculpas por lo corto del capítulo y por la enorme demora. Ya se me hizo costumbre, pero a rastras igual voy escribiendo un poco aquí y otro poco allá para ir saldando deudas (o haciéndolas más grandes, según se vea). Gracias por su paciencia. ¡Bendiciones!
