La obra Crepúsculo le pertenece a Meyer.
A todas las chicas que han agregado esta historia a favoritos y que comentan tan amablemente, muchas gracias. A las lectoras fantasmas que siguen la historia de este caníbal terrible que dará su sangre por un poco de perdón, todo mi cariño.
A mi albañil precioso, que me hace reír siempre.
A Bathory, mi amiga, mi beta; alma gemela, mi contradictora, la que conoce mis ritmos y que afina mis músculos.
Sueño con el universo en mi corazón
Volviéndose primavera,
Mientras el hielo me da camino bajo mis pies
Y me ahogo con el sol.
He estado quemándome en agua y ahogándome en llamas,
Al demostrarte mal y espantarte.
Admito mi derrota y quiero volver a casa.
Tu corazón bajo la rosa.
Under the rose. Him.
La mollera sabia hace reverencias al imbécil dorado. Timón de Atenas, Shakespeare.
LA MUJER DEL CANIBAL
Capítulo 4
FRENÉTICO
(Andante Moderato)
Esa mañana…
Manejaba como loco en su auto para llegar a la escuela.
Todo a su paso era el verde del bosque, arboles que después de diecisiete años de ver día tras día, había llegado a odiar, desde su casa hasta el instituto todo parecía una odiosa cárcel que en ese momento de su vida estaba más que harto de observar cada mañana.
En la radio y a todo volumen una canción dura y estridente hacía que el viaje vertiginoso y sin control fuese la adrenalina que él necesitaba.
En la carretera de fuego y de leyenda,
Se ve un hombre correr hacia la nada…
Un hombre que sólo ve la meta de la muerte como su única salvación…
No hay salvación, no hay nada que lo detenga…
Nada que lo detenga.
No hay amor, ni cadenas…
Sólo el deseo por llegar, por correr y por abrazar
La oscuridad que lo hace ser uno con el viento..
Nada lo detiene…
Nada lo detiene…
Nada lo detiene.
Edward Masen cantaba a todo pulmón y con su voz, hermosa y desgarrada, hacía vibrar todo a su paso, cambiaba la monótona carrera de árboles y aceleraba su corazón joven y frenético, hambriento de vida y deseoso por devorarse todo a su paso. La música era el motor que lo impulsaba desde niño, la que lo sacaría de aquel pueblo de porquería que tanto odiaba.
Golpeó con fuerza el volante.
-¡Mierda! -gritó frustrado- ¿Por qué diablos, mamá, tienes que vivir fuera del pueblo? -esa era la pregunta que siempre se repetía.
Vivir en aquella casa, una vieja mansión derruida en el tiempo a la que su madre Amanda se apegaba con la fuerza de todo su carácter, era parte del montaje. Edward entendía eso, entendía que vivir en aquella casa le daba a su madre cierta lejanía de todas las personas del pueblo y la hacía ver interesante e intocable. Porque para Amanda Masen la casa en ruinas era su castillo desde donde manejaba a todos como una reina. Desde allí, la discreta pero certera dama, era quien siempre tenía la última palabra, allí vivía su vida solitaria, desde allí rumiaba secretamente su amargura y hacia de todo lo que la rodeaba su espacio donde todo debía ser perfecto y bello. Nadie sabía que si ella controlaba hasta como crecían las flores de su jardín, ella podía menguar el hecho de que su vida era una completa y absoluta nulidad.
Sólo el pequeño y arrogante bebé justificaba su existencia, el único que haría que ella, al final, obtuviese las satisfacciones negadas. Eddie era su arma contra el mundo, por eso lo crió con la firme convicción de que era el centro de Forks y que estaba hecho para el mundo. Ella, como un hada de hielo, se paraba ante todos con su retoño orgullosa permitiendo que la admiraran y diciendo tácitamente que sólo una mujer como ella tenía el derecho de ser llamada su madre.
Lo amaba con una amor egoísta y sofocante, lo amaba e hizo de él un niño frenético, perfeccionista, bueno en todo y dañino en sí mismo.
Eddie era el producto de Amanda, el mejor, no había nada que lo detuviera, aprendió a leer a los cinco años, empezó a estudiar guitarra y piano a los seis, capitán del equipo a los catorce años, nunca una B en alguna nota, era para ella su creación perfecta.
La soledad de la casa, los mimos de su mami y la presión para ser siempre el número uno, hicieron de Edward alguien que vivía siempre como si la vida le debiera todo y él no estaba para nada obligado a retribuirlo.
Eres el mejor Edward… el mejor, estás hecho para grandes cosas.
Eddie Masen estaba convencido que era verdad.
Y como su mamá -la dama prístina, líder de la iglesia, jefe del comité de banquetes en pro del buen nombre de Forks, ayudante de turno en el hospital, donde ella y sus manitos de uñas nacaradas hacia la gran labor de bañar y alimentar los enfermos- le decía, él era digno príncipe y aquella dama inmaculada de quien, por lo bajo y de manera burlona, todos decían que seguramente el esposo nunca la vio desnuda o supo que era obtener de ella en la cama algo más que un aleluya por respuesta, era la reina-madre.
Fue así que el niño creció con la firme convicción que todo giraba a su alrededor y nadie nunca le haría oposición, por lo tanto a los catorce años de edad Edward era básicamente el dueño del pueblo y nadie podía decirle que no… casi nadie.
Se había despertado con todo su cuerpo adolorido, el día anterior había ido con el equipo de fútbol a jugar a Port Angeles contra la escuela estatal ¡montón de perdedores! Les habían propinado una golpiza que no olvidarían en muchos años ¿cómo se atrevían a intentar ganarle a su equipo? ¿A él? El capitán del equipo contrario lo enfrentó con tres idiotas más, pero él y sus "chicos" les habían jodido sus traseros por sólo tratar de aventajarlos ¡idiotas chupa pollas! Ni siquiera el referí fue capaz de controlar sus tácticas sucias y de mal juego, para Edward y el equipo lo importante era ganar y como siempre, no importaba el cómo.
Todos en los camerinos habían celebrado, Mike Newton y Eric Yorkie habían completado la celebración con un montón de licor, muchas chicas y algo de coca para el camino.
Una buena noche…
Jane lo había esperado a las afueras del estadio y en su auto le dio una buena función con su boquita sexy… su verga estaba agradecida por eso. Adrenalina, ganar y Jane ¿qué mejor? ¡Soy el rey de este puto mundo!
Aceleró en los últimos kilómetros, sus ojos estaban sobre el camino, pronto, muy pronto, aceleraré para salir de este puto pueblo. Yo, mi música y mi chica.
Nadie lo detendría ¡nada!
Algún día, el recuerdo de todo lo que aquel pueblo representaba para él se le borraría de la memoria. Un día, parado en los escenarios del mundo, con su guitarra y sus canciones sentirá que Forks no existe estaré lejos del frío, del verde y de este lugar de gente ignorante y muerta… se iría para siempre y, no miraría atrás.
No, no miraré atrás… sólo seré yo, libre con el camino delante de mi.
Al llegar a la entrada del pueblo, dio una mirada indiferente al paisaje de calles y casas aburridas que parecían no cambiar jamás, el pueblo se negaba a hacer transiciones y mudanzas, estaba lleno de miedo por lo que el exterior traía, y parecía protegerse de la "contaminación" del mundo que existía más allá de Forks.
Como una manera de desperezar a todos, Eddie Masen pasaba por las calles con su radio a todo volumen haciendo que los pobladores saltaran de sus ejes y que voltearan hacia su auto, él les provocaba anarquía de alma y un poco de fuego interno. Nadie decía nada, porque el niño dorado del pueblo podía hacer lo que se le diese la gana y ninguno tenía ganas ni ánimo para llevarle la contraría.
Llegó a la escuela y se estacionó en el lugar de siempre, es decir en el mejor, ni siquiera los maestros eran tan afortunados en tener el mejor espacio de toda la escuela para sus vehículos.
De alguna manera, el ritual de ver llegar a Eddie era una obligación, sobre todo aquel día en que la victoria por el partido de la noche anterior hacia que todos se volcaran con admiración o con envidia sobre él. Tomó sus libros y corrió hacia las escaleras donde estaban todos sus subalternos esperando que él caminara, con todos ellos, a lo largo de los pasillos para que así validara, con su presencia, el status de ser parte de los populares y los mejores amigos de la estrella de la escuela y del pueblo.
El saludo eran gruñidos y malas palabras.
-¿Buen partido no es así Eddie? -la pregunta la hizo Garret quien no jugaba fútbol, pero que era excelente en proveer alcohol, buen porno y anfetaminas para todos. Los demás lo veían como una insecto molesto, pero necesario.
-Jodidamente genial -el brazo de Mike fue hasta los hombres de Edward quien instantáneamente y de manera brusca se lo quitó de encima.
-Fue bueno -la contestación fue escueta- un partido más, nada del otro mundo.
Miraba detenidamente los pasillos, esperaba que apareciera Jane, una pequeña revolcada en uno de los baños de conserjería era lo que necesitaba a esa hora de la mañana para comenzar el día de mierda donde él como todos los días sería el centro de toda la escuela.
Asquerosamente aburrido…
Ese era el pensamiento del chico, ya estaba harto de repetir la misma función, vivir en aquella patética escuela donde no había ningún reto que lo excitara.
Y allí estaba con su minifalda, cabello rubio platino, labial rosa, hermosos tacones altos y una pequeña blusa que no dejaba nada a la imaginación, Jane era la muestra viviente de como sacrificar la comodidad por parecer siempre un pedazo de carne a la venta; caminaba con sus libros y su muy pequeño sequito de bobaliconas que estaban siempre dispuestas a validar las crueldades que Jane Douglas y su boquita letal y vil podían proferir.
Edward la esperó recostado de manera arrogante sobre su casillero, le daba a todas la imagen del día, una bella estatua de mármol intocable y divina, Jane sonrió de forma lobuna y se adelantó a sus amigas, quienes babeaban al ver como la reina de la escuela parecía tener en sus manos al dios Masen. Exageró su caminar para que las curvas y su culito respingón fuese el centro de las miradas de todos allí, los pasillos eran la pasarela donde Jane Douglas exhibía su belleza de chica americana y de huesos fuertes.
-Hola rica -el brazo de Edward la tomó por su cintura, la acercó a su pecho duramente, el gruñó, la muy zorra no tenía sostén y sus pezones punzaron deliciosamente sobre él. La tomó de su cuello y frente a todos la besó lascivamente y sin tregua, y al mismo tiempo mandaba su mano al trasero de su novia y le daba dos fuertes palmadas sin importar que ella gimiera ante la agresividad del toque.
-Eddie -Jane sonrió fingiendo un poco de timidez frente a todos- no puedes besarme así delante de todos ¿qué dirían de mi?
- ¡Que se jodan guapa! -se acercó a su oído- oye ¿qué te parece si tú y yo? -esbozó su risa maliciosa y hambrienta- donde siempre -su voz era gruesa y libidinosa- necesito empezar mi día y no se me ocurre una mejor idea.
-¿Faltar a la primera clase Eddie? -Jane, sofocada, ya se imaginaba desnuda cogida duramente contra la pared y sobre todo feliz porque no tendría que ir a la clase de la vieja Callaghan quien estaba obsesionada con Shakespeare ¿Quién carajos quiere escuchar eso a esta hora del día cuando tienes al ser más delicioso sólo para ti?- no sería bueno -la rubia se daba de rogar, al menos una dama decía a las primeras veces no, eso siempre la llevaba al altar, eso decía su mamá y ¡diablos! Ella iría al altar con el ganador que la apretaba duramente y que exudaba sexo.
-Sería muy bueno rica -mordió su cuello y la arrastraba poco a poco hacía el pequeño cuarto del conserje.
Los amigos bufaban como una horda de salvajes, entre la admiración y la envidia ¡eso es Eddie acaba con ella! Éste les dio una mirada de furia.
Eso es lo que pretendo hacer idiotas.
Pero la risa mórbida de la pandilla fue interrumpida por el puño de Taylor Crowley sobre el casillero lo que hizo que todos se callaran.
-¡Perra! -dio dos patadas con furia lastimándose uno de sus pies, mientras que profería una sarta de groserías.
-¿Qué te pasa Tay? -Edward preguntó entre burlas, conocía bien a su compañero de equipo, un idiota que se encolerizaba ante todo y que sólo era bueno para golpear en la cancha a quien se le pusiera enfrente. Para todos, Taylor era la carne de cañón, un estúpido útil con cabeza de chorlito.
-¡Perra! –Repitió y alzó las manos con impaciencia- Bellapestosa ha vuelto ¡maldita!
El rostro de Edward cambió abruptamente.
-¡No! -rugió con ira, mientras que Jane, angustiada y rabiosa, no sabía hacia donde mirar, agarró con fuerza el brazo de su novio, y lo intentó arrastrar hacia el pequeño cuarto para que éste hiciera con ella lo que quisiera, cualquier maldita cosa, tan sólo para que él no se le acercara a Bella Swan.
Pero era demasiado tarde.
Al escuchar el nombre de su "enemiga"Edward Masen hirvió.
Como siempre, desde hacía años, la presencia de la "cosilla" hacía que toda la sangre del chico ardiera como lava de volcán.
Corrientes de electricidad.
Sensaciones de ira, frustración y deseo fluctuaban en él como mareas arrítmicas que lo sofocaban.
Bella. Swan. Bella. Swan. Bella. Swan. Bella. Swan.
¡Ella!
Se soltó del brazo de Jane quien, no pudo ocultar su indignación y frustración al ver como Eddie caminaba como toro ciego en busca de la estúpida que con su vuelta, ponía todo su futuro de rosas en riesgo.
Caminó a pasos largos, con sus ojos buscándola por los grandes pasillos de la escuela, la olfateaba, podía sentirla a unos metros de distancia, ella y su nombre hacían que Edward Masen volviese al estado de furia frenética y odio irracional.
¡La odiaba!
Y la odiaba de nuevo.
De pronto… allí estaba, pequeña, un poco más llena de lo usual y vestida como jamás la había visto en su vida, gruñó por lo bajo ¿por qué tuvo que volver? Si alguna vez hubiese contado a alguien que aquella a quien le había hecho la vida imposible por más de cinco año era también una obsesión que lo mantuvo en ascuas desde hacía tiempo nadie lo hubiese creído, pues el deporte favorito de Eddie después del fútbol era esperar a Bellapestosa cada mañana en la escuela y molestarla por cualquier cosa ¿por qué esta vestida con esa ropa? Esa era su manera de castigarla, castigarla por ser hija de quién era y castigarla porque a pesar de la rabia que sentía por ella- rabia sembrada por Amanda- para él ¡joder! ¿Qué pasó con su pelo? Isabella era un jodido misterio que él nunca supo descifrar, alguien que lo hacía sentir caliente ¡soy el mejor! lascivo ¡soy el amo del mundo! y furioso ella es nadie… ¡nadie!
Cerró sus puños y decidido se alistó a comenzar de nuevo el juego que él pensó se había terminado seis meses atrás cuando ella misteriosamente desapareció de Forks.
En cada paso, Eddie se repetía.
Contrólate… contrólate… contrólate porque él llamaba al control -enemiga- de todo su cuerpo porque cada vez que la veía frente -pocacosa- así, tenía sólo dos cosas en -Jasper-mente y ambas tenían que -asesina- ver con hundirse dentro de ella.
Se paró detrás de ella, la electricidad arreciaba cada uno de sus músculos -¿por qué no olerá a podrido?- como si cada puto poro tuviese miles de voltios que estaban haciendo clic uno con otro. Eddie, en ese momento y como siempre que estaba a su lado era un reactor de energía pura, ella le provocaba miles de sensaciones que sólo definía entre ira total y deseo por Bella -¿por qué no parece mamarracho?- ¡Maldito sea mi nombre! Le dio un recorrido exhaustivo por todo su cuerpo, la veía silenciosamente guardar sus libros, mover su mano pequeña que parecía una mariposa halada que se movía de forma graciosa y rítmica por el aire, -¿por qué no desaparece del planeta?- era demoníacamente hipnotizante cada movimiento que ella hacía, así era desde niña, desde que la había visto la primera vez cuando ambos estaban en primaria, sus movimientos lentos y cadenciosos eran excitantes y extraños.
Jodidamente linda… Para el muchacho narcisista nada tenía lógica ¿Cómo aquella cosita pequeña, silenciosa y anodina podía ser algo tan alucinante para él? ¡Ella lo agredía!... jodidamente enfermante.
Él había nacido para odiarla, ese era su destino porque Isabella Swan representaba todo aquello que le era contrario, ella… y su pasado con su madre. Para él, ella era su escollo para que todo fuese perfecto, para que su vida de príncipe de Forks fuera plena. Bellapestosa y todo lo que le rodeaba era, para Edward Masen, una gran piedra en el camino que estaba dispuesto a rodearla, por mas grande que fuera.
Sin embargo…
No podía quitar los ojos de su cuerpo, seis meses sin verla y algo extraño ocurría en ella, sus caderas eran deliciosas y gruesas -escollopersonal- A Masen le gustan las mujeres con carne, la excepción era Jane quien parecía luchar con la comida, cada día rogaba por que su novia se comiese una puta hamburguesa completa para que así pudiese gozar de algo turgente en la boca. Y Allí estaba Bella Swan -piedradelcamino- con su trasero más lindo de lo que podía recordar. Control Masen… ¡Joder! ¡No tienes quince años!... ¡No te estás masturbando patéticamente en el baño!... ¡Maldición!... el olor de Isabella en mi nariz… ¡Dios! era odioso e intoxicante… ¡Mis mejores orgasmos habían sido pensando en aquella niñita!… ¡Control, Masen! ¡Control!
Con la mirada subió lentamente por su espalda y llegó hasta su cuello ¿Dónde demonios estaba su cabello? Me fascinaba su cabello. ¿Te oyes Masen? ¡Imbecil!
Los vellos pequeños y oscuros luchaban caóticamente en aquella piel de color durazno, Eddie siempre se fijaba en ellos pues éstos a veces se erizaban dependiendo de sus estados de ánimo y de lo que quizás, estaba pensando ¡oh si! porque Eddie, que se creía el jodido rey del instituto, creía además que, con su todopoderosa mente, podía leer los pensamientos de todos, menos de maldita roca dura de Swan, porque ella se negaba. El único día que supo que pensaba fue aquel en que levantó su voz y dijo que lo que más deseaba era sobrevivir.
Loca.
Movió la cabeza queriendo espantar los narcóticos movimientos de Bellapestosa Swan no, yo no puedo sentir nada de eso por ella. Isabela Swan era una maldita ladrona y asesina que le había quitado todo, todo. A su padre y a su mejor amigo.
Jasper, su único amigo ¡el único!
Se acercó a unos centímetros de ella… sintió el golpe mortal en su olfato ¡mierda! de nuevo el olor que me mata lo sintió más intenso y con un nuevo ingrediente indefinible… ¿qué? ¿Pan caliente? ¿Crema de leche con arequipe? ¿Duraznos? Inhaló profundo todo el aire de alrededor, intentando contener el máximo de oxigeno posible para así no tener que volver a oler aquel maravilloso aroma y lo único que consiguió fue hacer más intensa la sensación.
Bella se tensó, pero no se movió, los pequeños pelillos de su cuello se erizaron y él -como el cretino perro que era cuando el deseo lujurioso incontrolado por su anodina enemiga se hacía presente- fue atacado por una erección monumental.
Maldito sea tu nombre Masen… maldito sea tu nombre…
En su intento por recuperar el control, el niño de oro alargó su brazo y con furia le cerró su casillero. Lentamente, como todo lo que ella hacía, se volteó frente y lo miró a la cara.
¡Joder! ¡Que cosa más bonita! ¿Qué es lo que tiene en su jodida boca? ¿Un… piercing? ¡Sexy!
Su intento fracasaba, aunque le quedaba la opción de golpear con su cabeza el hierro.
La miró de arriba debajo de nuevo, seis meses sin ella en su mente y allí estaba, hermosa, agresiva, con un piercing en su boca regordeta quiero morder esa boca y vestida como una niña mala sacarte toda esa ropa.
¡Que el diablo me lleve!
Carraspeó, no, no podía verla como algo que quería llevar a la cama y hacerle el amor como un loco.
¿Hacerle el amor? ¡No! ¿Estás drogado Masen?
La miró fijamente tratando de concentrarse en algo de ella que le disgustara, en algo que rompiera la hermosa simetría de su bonita cara de corazón. Pero nada…ahora, un poco más mayor Bella estaba como para comérsela y Eddie se odiaba y la odiaba porque sus dientes, su lengua y su verga parecían no odiarla tanto como su corazón.
Se preparó para lastimarla.
Amanda. Jasper. Papá. Ladrona. Asesina. Pocacosa.
-¿Qué demonios haces aquí fenómeno Swan?- y su voz salí con la sorna precisa para que obtuviera el efecto deseado, el que siempre obtenía con ella.
Los ojos marrones y delineados de oscuro se quedaron mirando a Edward Masen, Isabella lo observó de manera firme y sin miedo, atrás quedaba la niña que se ruborizaba cuando él se presentaba frente a ella, atrás quedaba esa chica que permitió que él y sus amigotes hicieran de Bella Swan la burla de toda la escuela. Ahora, la niña de piedra le haría su debut.
-¿Me extrañaste Edward?- preguntó con indiferencia, los brazos fuertes que la rodeaban por encima de sus hombros hacían imposible el movimiento.
-Yo no extraño a cosas como tú.
-Pues, el sentimiento es mutuo Eddie -de manera inconsciente Isabella se mordió la boca y con su lengua jugueteó con el aro en sus labios, éste le fastidiaba, pero allí estaba como símbolo de la nueva chica de roca que no permitía que la tormenta divina de Edward la derrumbara.
El movimiento de su boca y los dientes sobre sus labios mandaron sobre el chico una corriente de energía dolorosa.
Su boca... su boca… ¿porque tienes una boca tan provocativa niña?
Es como si todas el rojo de las manzanas se concentraran allí… no puedo pensar en nada que no sea yo poseyendo cada parte de ella… Su boca… Tu boca… Bella-diosa
Parpadeó de manera exaltada ¿de donde carajos salían aquellos pensamientos?
-No te quiero aquí.
-¿No? -se acercó peligrosamente a su cara- pues que pena -dirigió su mirada hacia toda la pandilla que esperaba como Eddie se llevaba por los cachos a aquella niña- todos tus amigos tendrán que aguantarme -volvió hacia Jane, quien mandaba cuchillos de fuego sobre ella y tenía el corazón a millón creyendo que la apestosa abriría la boca- ¡todos!
Definitivamente estoy loco… cada movimiento… cada cosa que haces me fascina… tu piel es… el carácter forjado por el brazo férreo de su madre lo volvía a su centro ¡Oh cállate!
-¿Cómo te atreves a venir sabiendo que todos te odian? Eres una loca.
-Quizás lo soy Masen -abrió sus ojos- estoy loca y doy miedo -hizo una mueca divertida.
Edward se acercó a milímetros de ella, su estatura la arrinconaba en los casilleros, respiró sobre ella y el olor a pan y leche lo llenó por completo, pero se maldijo por dentro y se obligó a concentrarse en pensar que Bella era una maldita y que debía irse del pueblo. Ella debía pagar, debía pagar la muerte de Jaz, debía pagar por lo que su madre le hizo a su padre y, sobre todo, debía pagar todo lo que ella era y todo lo que le provocaba.
-No me das miedo fenómeno ¿te crees muy valiente porque vienes acá y te enfrentas a todo? ¿Por qué vistes de esa manera? -endemoniadamente sexy- ¿Por qué llevas un aro en tu boca? ¿Por qué tienes la cabeza rapada? Sigues siendo la de siempre, eres la enemiga del pueblo, la que mato a mi amigo.
Con la fuerza de su pequeña estatura y con la fuerza venida de un llanto, de un olor a talco, con toda la desolación y la tristeza que anidaba en su corazón de colibrí, Bella llevó sus manos hacia el pecho de hierro y lo empujo fuertemente hacia delante. No fue la fuerza de Isabella lo que lo hizo retroceder, fue lo imprevisto del movimiento- ¡Tu ni nadie me dicen que hacer! -alzó su voz- ¿yo mate a Jasper? ¿Yo? ¿Qué sabes tu niño estrella de un estúpido equipo de fútbol de un pueblo que apenas aparece en el mapa? Nadie sabe nada ¡nadie! Ya no te tengo miedo, ya no le temo a tu matoneo, ya no le temo a tus esclavos idiotas que babean por ti, estoy aquí, y aquí me quedo, contra todos - y se acercó hasta el chico que unos meses antes había sido todo… su sueño… el sueño de unicornios alados- contra ti.
-No sabes en lo que te estás metiendo.
Su piel… Su boca… Su cuerpo… Todo lo que muestras…tu voz con el viento, tus pasos lentos, tu aleteo de mariposa…todo me fascina, todo me llama, todo lo que no se qué eres, todo eso que callas… todo eso que no entiendo… todo aquello que me hace odiarte… todo lo que hace que esté sobre el precipicio.
Canciones y letras…. ¡Maldita seas!
-No gastaré mi tiempo -se llevó sus manos a su cabello en un gesto que le decía a todos y a ella lo poca cosa que era- peleando con alguien como tu… Bellapestosa -oh si, despreciarla, eso era… odiar su boca, seguramente había besado a muchos, odiar su cuerpo… era como su madre ¡una cualquiera! Odiar su culo lindo… donde todos habían estado, ese cuerpo por el que Jasper había muerto ¿Por qué? La maldita no tenía corazón -no pelees eres demasiado mínima e insignificante para mi, yo no pierdo mi tiempo, no existes.
No existes para mí.
Los ojos de Isabella relampaguearon.
Ya no me importa, no me importa ser pequeña para ti… desde mi insignificancia puedo decir ¡yo existo Eddie Masen! ¡Yo soy! ¡Y soy mamá de ella!
- ¿No soy tu digna oponente Eddie Masen? ¡Lo soy! -y miró a todos los chicos que la observaban asombrados- Peleo contra todos -alzó su ceja- contra todos -hizo una mueca arrogante y agresiva- ¿o sólo eres lo que hacen ruido cuando todos tus seguidores están a tu lado, Eddie? -levantó su cara de forma coqueta- Aún recuerdo a Frankie.
Un bramido sordo salió de él, ¡ella no podía! ¡No puedes! Ese es nuestro secreto el secreto que los unía… el cual hizo que, por primera vez, él realmente se fijara en ella, el que apartó el odio primordial sembrado por Amanda, aquel que hizo que Edward Masen empezara a preguntarse ¿Quién era la niña mariposa? El que despertó en él a los trece años un insano deseo por conocerla, devorarla, destruirla y nuevamente ansiarla.
Lowell Connors, alias Frankestein, era el Frankie que Bella trajo al recuerdo de Eddie.
Invierno 1994.
Hijo de una mujer extraña que vivía a las afueras de la ciudad, una mujer que casi nadie veía, pero que todos consideraban un ente maligno que parecía traer en sus espaldas una especie de cruz, y que cuando se dejaba ver, asustaba a todos con su mirada oscura como el ónice
Un día apareció con aquel niño recién nacido en sus brazos y dijo ante todos que era suyo, nadie lo puso en duda, pues el bebé en cuestión era igual a su madre, pelo rojo zanahoria y ojos insoportablemente sombríos. Nadie supo quien fue el padre, pero el pueblo entero supuso que el niño fue producto de un terrible acto violento que Victoria -madre del chiquillo- nunca confirmó, pero igual quedó como verdad.
Al cumplir Lowell cinco años de edad éste ya era un ser gigantesco, muy feo y con torpeza hasta para respirar, el chico tenía una inteligencia limitada y era parte del paisaje de Forks. Siempre deambulaba por las calles del pueblo mirando hacia ningún lado, chupándose el dedo, con la nariz manchada con sangre seca -sangraba cuando estaba nervioso- y con una baba sempiterna que corría por su boca a medio abrir.
Todos los niños del pueblo se burlaban de él, era el objeto de bromas pesadas y de chiflidos por parte de los más crueles que, no dejaban que el pobre Lowell tuviese un caminar tranquilo y sin rumbo por las calles del pueblo.
A los dieciocho años medía más de dos metros cinco centímetros, pesaba casi ciento ochenta kilos y razonaba como un chico de cinco años. Parecía un árbol enorme que caminaba de manera pesada con sus raíces a cuestas.
Lo apodaron Frankestein y no lo dejaban tranquilo, todos le temían por su apariencia y porque daba la impresión de que aquellos ojos negros eran capaces de ver cosas que nadie más veía. Su aspecto era fiero sin embargo, su corazón era dulce y tranquilo. No entendía porque los demás niños lo molestaban, mientras que él sólo quería sentarse a mirar la pelota en la cancha y ver como todos corrían mientras que él estaba incapacitado para hacerlo.
¡Lárgate de aquí Frankestein! Le gritaban, sobre todo la pandilla formada por Edward, Jasper, Taylor, Mike y Erick Yorkie ¡los monstruos deben estar en las cuevas! El pobre chico caminaba con desgano hacia el bosque sin entender porque aquellos no querían ser sus amigos… si, Frankie sólo tenía cinco años en su corazón.
La única que parecía quererlo y que siempre se sentaba a su lado era ese otro paría del pueblo: Bella Swan, quien desde hacía un año le regalaba a escondidas de su tía Kate chocolate caliente y algodón de azúcar.
El chico la adoraba, en su alma de infante existía ternura por aquel pequeño pajarito que se escondía de todos… un año en que la vio llorar oculta bajo un árbol y apretando una muñeca para no gritar de dolor por su herida en la espalda.
Eran amigos, Bella escuchaba su monótono narrar del cómo él cazaba insectos pequeños y él le hacia compañía cuando en las noches ella huía de las borracheras y de los amantes de Kate, sobre todo de uno de ellos.
Frankie era feliz con su nueva amiga, Bella también.
Mas la burla hacia el chico se intensificaba día con día la pandilla de niños lindos ya no esperaba por que el chico de pelo zanahoria fuese a la escuela a verlos jugar, ellos en sus bicicletas lo buscaban y por cualquier cosa lo molestaban, desde su pelo, hasta su manera de caminar, su cara mocosa y su dedo que chupaba con furia y que le había deformado los dientes.
-¡Son malos! -era lo único que Frankie decía e intentaba correr sin mucho éxito.
Un día Edward, en el máximo de su crueldad, le gritó al chico que su mamá era una bruja y que todos en el pueblo la habían visto volar y que él era hijo del diablo.
El niño salió llorando con su nariz en sangre, daba aullidos por las calles y el sonido era tan doloroso que todos quedaron paralizados por el llanto desconsolado de Frankestein ¿los monstruos lloraban? Los cinco chicos en su cruel ingenuidad se preguntaban.
Todos tácitamente fueron tocados por aquel llanto e hicieron un acuerdo de no volver a molestar al gigante, pero ya era demasiado tarde, Lowell estaba herido y le habían quitado su inocencia… su mamá no era una bruja y él no era hijo de un diablo, su mamá era buena y cantaba en la noche tristes canciones de amor, mientras que él la miraba embelesado intentando seguirle el tono.
Pero todo se devuelve…
Martes día de escuela… escuela vieja, pública, que amenaza con las viejas cisternas a punto de estallar, el olor a estiércol y orines paralizaron a todos y fue decretado que ese día y el resto de la semana sería clausurada por arreglos de alcantarillas. Todos los niños gritaron ¡Vacaciones!
Edward de trece años sentado en las gradas esperaba que Amanda apareciera, pero ella no lo hizo, llovía a raudales, el niño se moría de hambre y frío, su orgullo no permitió que nadie lo acompañara, su mamá vendría y él la esperaría, pero no apareció.
Decidido, tomó su bici ¿qué tan difícil era llegar a casa? Empezó a pedalear mientras que la lluvia se mermaba, era casi una hora hasta la casa, se paró en mitad de la calle, conocía un atajo que lo llevaría más rápido a la ruinosa mansión, no acostumbraba meterse en el bosque, lo odiaba, pero con Jasper, quien siempre parecía fascinado por éste, conocía los caminos y recovecos del enorme lugar.
Corrió con fuerza, estaba ya en los límites que lo adentraban, pero de pronto una mano enorme agarró su vehiculo y Edward cayó sobre la tierra, levantó su mirada y se topó con los ojos negros del Frankie quien lo observaba con la concentración de quien destripaba meticulosamente un insecto.
-Edwin -dijo el nombre lentamente, al menos el que podía pronunciar.
De manera arrogante, pero con mucho miedo, Edward se paró del suelo e intentando no demostrar ningún miedo, trató de quitarle la bicicleta al gigante que estaba frente a él, pero el muchacho lo empujó, las babas del chico empezaron a fluir y un pequeño hilo de sangre se anunció por su nariz.
-¡Déjame tranquilo Frankie! -gritó con fuerza, pero el chico parecía no escucharlo.
-Eres malo Edwin - dio dos pasos hacía él- muy malo, mi mamá no es una bruja.
Cada paso que daba el gigante de cabello naranja era aterrador, parecía que todo el espacio era ocupado por éste, Edward empezó a mirar a su alrededor, buscando a alguien, pero su arrogancia y la fama de niño valiente y matón de la escuela no le permitía gritar.
-No me importa y pásame mi bicicleta, Frankie.
-Eres malo Edwin -era lo único que repetía, en cada paso dado las mismas palabras eran dichas una y otra vez, Edward intentó escapar pero una de las manos enormes del chico agarraron su brazo, dolía, dolía y mucho. Eddie no sabía que Frankie a veces no medía su fuerza y que estaba, por primera vez, ante un sentimiento que desconocía: rabia.
El niño de trece años fijó su mirada en el bosque, debía correr, debía salvar su vida, algo en él intuyó que los años de burla y desprecio hacia el gigante habían hecho mella en él, una pierna tras la otra, un movimiento mal hecho y su brazo sería roto por la fuerza que lo retenía. Armado con todo su valor, Edward le dio una patada al chico zanahoria y éste en medio segundo lo soltó, no tanto por el dolor si no por lo repentino del movimiento. Edward aprovechó la sorpresa que venía con un poco de babas y sangre y salió corriendo para internarse en el bosque. El agua puntillosa lo lastimaba, corrió como si jamás lo hubiese hecho, pero al minuto se vio internado en el follaje oscuro y en medio de ninguna parte. Miró hacia arriba y se enfrentó con los enormes árboles que parecían cobrar vida con los truenos y la lluvia.
Algo se movió, los ojos azules de Edward no parpadearon, no sabía para donde ir, quiso correr y ocultarse, pero de nuevo cayó y la presencia de Frankie apareció, nadie podía contra él, su estatura y su fuerza, pero sobre todo el hecho de que conocía el bosque aún con los ojos cerrados.
-Siempre me molestan, lo hacen y golpean a Lowell -su voz era monótona y triste- los amigos de Edwin ¿porqué? -el chico berreaba como oveja- yo no te he hecho nada, sólo quiero tener amigos Edwin -caminó arrastrando sus pies y limpiándose con las mangas de su camisa la sangre que le salía de su nariz- yo no ser malo, quiero a ir a -hacia hipos que parecían tragarse las sílabas- ..cuela.
Un paso hacia él y Edward trató de escapar, abría sus ojos con desmesura, el llanto de Frankie no era buena señal, algo le decía que éste iba tras su cuello.
-¡Déjame en paz! Y nunca te he golpeado Frankie.
-Niños malos ¡todos !-un puño aterrador se estrelló contra un árbol- no molestar más a Lowell, no volver a ser feo y malo conmigo -en la mente del pobre y enorme hombre retrasado Edward Masen se presentaba como una de aquellas moscas enormes que entraban a su casa y se posaban sobre la comida y las frutas, sólo era un manotazo y ya.
-¡Socorro! -el pecho de Edward se oprimió, sólo era un niño de trece años, delgado, sin toda la estatura que después lo definiría y los músculos que los años de fútbol traerían consigo, sólo era un niño delgado y pequeño frente a esa cosa enorme que amenazaba con destrozarlo de un golpe.
Vio como la mano se fue hacia su cuello y como si una retroexcavadora lo levantara, el niño de trece años se vio a centímetros del suelo, su voz murió frente a la fuerza brutal del pobre chico discapacitado, que no tenía conciencia de nada, sólo que estaba cansado de que aquellos niños no lo dejaran jugar o simplemente caminar por el pueblo. Lo puso sobre el gran roble, la lluvia golpeaba y asfixiaba al niño, que estaba atrapado por la mano de Frankie en su cuello, en cámara lenta vio como el chico zanahoria cerró su puño y se aprestaba a golpearlo.
-¡Frankie detente! -una voz suave rompió la atmósfera de miedo, el chico babeante con su rostro lleno de sangre volteó y como si la luz viniera a su mundo... sonrió.
-Bellaaaaaaaa- alargó su nombre con alegría.
-No le hagas daño -la pequeña niña con una chaqueta roja parecía haber salido de la nada, sus ojillos miraron con ternura al gigante, Edward fijó su mirada sobre ella, un pequeño relámpago venido desde su cerebro hizo que por primera vez se fijara en aquella niña que detestaba y a la cual la semana anterior había puesto un enorme sapo en su mochila -bájalo amigo.
-Él es malo Bella, sólo querer que no moleste más a Frankie y a ti.
Isabella camina resuelta y sin miedo, se quita la capucha y el hermoso rostro que sonríe a Lowell aparece en su esplendor, ella no tiene miedo… ella brilla en medio de la oscuridad y parece gobernar con su presencia al gigante, pone su manito sobre la pierna de su amigo. Ella es tan pequeñita, apenas la sobrepasa algunos centímetros más allá de la cintura.
-Él no volverá a molestarnos ¿no es así Edward? -Isabella enfrenta al chico que no respira- ¿no es así?
-No -la observa admirado ¡ella no tiene miedo! ¡Ella es su amiga! ¡Y ella tiene poder sobre él!
-Nos odia Bella -lo aprieta fuerte contra el árbol- es malo.
-No, nos odia, sólo es que tú -jala su chaqueta- y yo somos diferentes y él no entiende que lo somos, bájalo -el agua parece no tocarla, los truenos y los árboles fantasmagóricos no la asustan… ella es linda, piensa Eddie- ¿qué te parece si te doy chocolate caliente con un gran pedazo de pastel? -si porque pastel era lo único que su tía Kate sabía hacer, además estaba en turno de la tarde en la cafetería, la nena estaba sola, cosa que ella agradecía- ¿no quieres? Quizás Edwin nos puede acompañar -la nena fijó sus ojillos en Edward y con esto le dijo que aceptara la invitación, para que así el gigante pudiese calmarse un poco.
-¡Chocolate! -Frankie asintió con alegría- ¡caliente! Es bueno Edwin -soltó al chico del cuello, éste se deslizó por el tronco del árbol, ese era el momento para correr, pero de nuevo el brazo de Lowell lo volvió a atrapar -Bella siempre me da chocolate- y de manera contundente lo arrastró por el bosque cargándolo, mientras que con la otra mano sostenía la manito de Bella como si ésta fuese una pequeña florecilla que temía lastimar.
Fue así que Edward Masen se vio sentado en la paupérrima mesa de la casa de Bella tomando en silencio una tasa de chocolate delicioso y viendo como ella y Lowell hablaban como dos viejos amigos.
Sólo miraba… la miraba a ella, esa cosilla pequeña que tenía para su sorpresa voz cantarina y sonreía por todo.
Isabella y las pecas de su nariz fue lo primero en que él se fijó, era como esas muñequitas que vendían en la tienda del pueblo.
Él estaba en casa de aquella niña en la que nadie se fijaba. Ella, bonita, en medio de ese paisaje grotesco de una casa desolada, hablando con esa fuerza primitiva de la naturaleza como era Lowell.
¡No!
Nadie podía saber que él estaba en esa casa horrible con ella, sus amigos se burlarían y a su mama no le gustaría.
¡Dios!
Su mamá.
Miró por la ventana y la lluvia había cesado.
-Me tengo que ir -quería escapar, escapar de aquella casa, escapar de Frankie y escapar de Isabella Swan que cada diez segundos le daba una mirada dulce y asombrada.
-No Edwin -Frankie dio un puñetazo sobre la mesa- chocolate Bella -fue una orden.
Mas, Isabella sabía que Edward quería huir de allí, bajo su rostro al suelo desconsolada, miró sus zapatos y levantó de nuevo su rostro hacia Edward quien vio por primera vez el rubor furioso y el morder de boca tímido que haría que cuando él despertara a su sexualidad, dichos gestos lo enloquecieran y lo enfurecieran.
-Él se tiene que ir, su mamá debe estar muy preocupada ¿no querría preocupar a tu mamá no es así Frankie?
-No, yo no -dijo moviendo su cabeza de un lado a otro.
Edward agarró su chaqueta, caminó lentamente hacia la puerta mientras que Isabella lo seguía.
Afuera en la calle mientras que tomaba su bicicleta y Bella parada en las gradas de la casa, el chico se acercó montado sobre su vehiculo, la miró con furia -si alguna vez dices lo que pasó Bellapestosa te vas a arrepentir- y como alma que lleva el diablo corrió hacia la iglesia donde seguramente su mamá estaba.
Pero algo ocurrió desde aquel día, Edward fascinado con el misterio de aquella niña, volvió al día siguiente y se ocultó para verla ¿qué le ocurría? Ella no era gran cosa, ella era pobre y no tenía amigos, sin embargo algo extraño existía en ella. Algo que la hacía odiarla, más de lo que ya lo hacía, pero algo que también lo intoxicaba…
Cada día, la evitaba en la escuela, pero ella sin atenerse a ritmos ni medidas se topaba con él, Edward la evadía… y como la evadía y ella se ocultaba pero, de una manera mágica, se volvían a encontrar en los rincones de la escuela.
Día a día observaba sus ritmos…
¡Maldita sea!
Si ella se tocaba el cabello a él le parecía tonto, pero a la vez seguía la cadencia de su mano.
Si ella se movía, el decía que torpe y sin gracia es, pero el pasito pequeño y taciturno llamaba su atención.
Bella con su capucha caminando entre pasillo tratando de no ser vista era algo ridículo y sin embargo tenía una dignidad extraña, había en ella que lo enloquecía y descontrolaba.
Todos se burlaban.
Y él lo hacia con más saña y fuerza que todos… oh si, porque a pesar de saberse cada uno de los movimientos de Isabella, él estaba llamado a odiarla… la odiaba por todo lo que era y porque al crecer y convertirse en el ganador del pueblo, verse a sí mismo obsesionado y lascivo por ella hizo que la odiara más ¿cómo él podía sentir aquello por ella? ¡Él! y la perdedora Bellapestosa Swan, era asqueroso.
Y con toda la fuerza y el empeño que ponía en el estudio, música y deportes Edward Cullen se impuso que cada uno de aquellos gestos, ritmos y movimientos de Isabella fuesen en ves de algo que lo intoxicaba fuesen algo que provocaran en él un deseo de vomitar.
Pero al cumplir los quince años la ambivalencia de sentimientos por Isabella lo tenían al borde de todo. En plena adolescencia y ya convertido en el rey de la escuela Edward Masen caminaba en medio de todo con una sonrisa arrogante en su cara, con el sequito de amigos -los eddieboys, que más bien eran sus esclavos- y con su flamante novia Jane ¿qué más podía pasar?
Y paso.
Isabella Swan sentada en frente de él y su olor de lilas inundando su vida.
Una noche de abril una noticia estremeció al pueblo, la cabaña donde vivían Victoria y su hijo Lowell se había incendiado y los dos habían perecido allí. Edward se estremeció, años atrás dio la orden a los eddieboys que nunca más tocaran a Frankie. El resultado, un Frankie feliz que cada vez que veía a los chicos por el pueblo gritaba -¡Edwin!
Nadie entendía… sólo Edwin.
Y allí estaba la extraña conexión, lo que hizo que Edward Masen en algún momento se fijara en ella, que desde los trece años de edad sintiese esa necesidad de mirarla, seguirla a pesar de miles de cosas existían entre ambos y en el corazón de él para que el odio fuese igual o más poderoso que el deseo.
Cuando ella se fue, hacia seis meses de alguna manera él descansó y ahora de nuevo estaba frente a él….
Y de nuevo estaba en alerta rabioso, lleno de venganza y asquerosamente excitado como siempre.
- Aún recuerdo a Frankie.
La furia por su única batalla perdida hizo que diera dos pasos frente a ella; un "acábala Masen" resonó por todo el pasillo, ella no movió un músculo ni retrocedió un centímetro.
-¿Quieres guerra Bellapestosa?- desde su estatura él se plantó casi respirándole en la cara.
Su piel… Su boca… Su cuerpo… Todo lo que muestras… tu voz con el viento, tus pasos lentos, tu aleteo de mariposa… todo me fascina, todo me llama, todo lo que no se qué eres, todo eso que callas… todo eso que no entiendo… todo aquello que me hace odiarte… todo lo que hace que esté sobre el precipicio.
-¡Ja! ¿Ahora soy digna Eddie? ¿Guerra? – ambos se conectaron mirada a mirada- Pues, que así sea.
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Este Edward….no digo la palabra chicas, sé que piensan igual.
Gracias, a todas las que estuvieron conmigo el 12 ¡Qué lindo día!
