Bueno… este capitulo ha salido realmente fácil… jajajajaaj estoy de vacaciones y me fue bien en la universidad… aso que estoy en modo: feliz ON… bueno pues creo que no me demore tanto en la actualización… espero no decepcionarlos… Muchísimas gracias a todos por leer… especialmente a Encefalemico que es un gran editor jajajaja y a sayuri87 le digo que me encantó la idea y que planeo algo así desde el principio! Ajajajajaja ok ok no mas Spoiler… jajajaaj sin embargo les agradezco a todos de corazón que se tomen la molestia de leer mi pequeña historia… me muero por leer sus comentarios! Por favor! Mendigo vilmente un Review. Capítulo 4

Mostrarse amable con su hermanito había sido un error. Kenshin se daba cuenta de ello.

Era finales de octubre, La temporada había dado inicio hace casi un mes, y desde que le había regalado al niño el mejor día de su vida, dedicándole unos minutos en la pista de hielo, firmándole un autógrafo y posando para un par de fotografías, Kaoru, la Terrier Humana, se le había echado encima, tratando constantemente de engatusarlo adulándolo y suplicándole y rogándole, intentando convencerle para que apareciese en un acto, en cualquier acto.

Algo que, naturalmente, no haría.

Pero por mucho que su acoso constante le hiciese desear robarle a alguno de los entrenadores un rollo de esparadrapo y taparle con él la boca, se daba cuenta en el fondo de que simplemente estaba haciendo su trabajo, un trabajo que básicamente parecía centrarse en fastidiarle a él la vida. Se había convertido en una especie de chiste: bastaba con que se le acercase a un metro de distancia para que la primera palabra que saliese de su boca fuera un raudo y convincente "No".

Se imaginaba que él tenía la culpa de todo. De haber ignorado al niño, de haberse dirigido al vestuario aquel día como siempre solía hacer, ella seguiría pensando que era un insensible iceberg. Pero no; se había apartado de su camino habitual para hacer algo agradable, y con ello había revelado una pequeña fisura en su coraza, una fisura que ahora ella intentaba dinamitar con su estrategia de perforadora, pensando, evidentemente, que si lo presionaba lo suficiente, él acabaría sucumbiendo. Pero se equivocaba del todo.

¿Pero por qué lo había hecho? Reflexionaba sobre el tema mirando por la ventanilla del Bus interurbano que los conducía hacia Kyoto. Aquella noche jugaban allí. Hasta el momento, los Zorros llevaban ocho victorias y cuatro derrotas, y tres de estas habían sido jugando de visitantes. Esperaban mantener el equilibrio y la concentración esta noche, porque Dios sabía bien lo mucho que necesitaban la victoria. Los de Kyoto practicaban un juego duro y agresivo. Eran competitivos y rápidos. «Pero nosotros somos más competitivos y más rápidos —pensó Kenshin con orgullo—.Y si podemos mantener la concentración, acabaremos utilizándolos como escobas para barrer el hielo».

Sus pensamientos volvieron de nuevo hacia su pequeño castigo constante y su hermanito. ¿Por qué lo había hecho? Muy fácil: quería alegrarle el día al niño. Tenía clarísimo que algo tan simple como charlar un poco y dar unos cuantos pases de disco hacían feliz a cualquiera. No era mucho pedir, y él se alegraba de poder ofrecerlo. Además, el niño —Yahiko— le había hecho pensar en él a su misma edad. Grande pero tímido, temeroso de apropiarse de su propio espacio. Se preguntó si el padre del niño le estaría constantemente detrás para que ganase, ganase y ganase, tal y como había hecho su padre con él. Kenshin pensaba que la acción habría merecido la pena si aquella sesión privada con uno de sus héroes servía para incentivar la autoestima del mocoso, aunque fuese sólo un poco, o para aligerar la posible presión de intentar ser siempre lo bastante bueno como para complacer a su padre.

Pero conseguir que aquel cumpleaños fuese un día inolvidable para el niño no era más que una justificación a medias, y lo sabía. La otra mitad de era que quería impresionar a Kaoru. Después, cuando ella le miró con aquellos grandes ojos azul cielo llenos de gratitud y de alguna cosa más que ni siquiera quiso tratar de averiguar, cayó en la cuenta de que había estado esperando aquella mirada y que, de hecho, era él quien acababa de provocarla. Una mirada que decía que ella sabía que dentro de él había algo más que una necesidad abrumadora de victoria y una negativa terca a cooperar con ella. Una mirada que decía... que era no mejor pensar en eso y punto.

Con una necesidad urgente de despejar esas ideas, se levantó de su asiento y fue a ver a sus chicos para asegurarse de que todos se sentían cómodos y que no tenían ideas raras abrumándoles la cabeza. Era algo que siempre solía hacer como parte de su trabajo de capitán, aunque la prensa bromeara sobre él al respecto y lo llamaran "el padrino", un titulo que tenía perfectamente bien ganado. Mientras avanzaba por el pasillo del bus vio a Hiko hablando por el celular. Estaba regañando a alguien mientras iba vaciando un paquete de caramelos como de un kilo de capacidad. Unas filas más allá estaba Kaoru. Estaba leyéndoles la cartilla a dos de los novatos, Jun Kamenashi y Katsuya Matsumoto, que habían sido lo bastante estúpidos como para dejarse fotografiar saliendo borrachos de uno de los bares de topless más conocidos de Shibuya

—Y sucederá lo siguiente —vociferaba Kaoru—.Voy a redactar una nota de prensa diciendo que ambos sienten mucho haberse comportado de un modo tan poco profesional, y que nunca volverá a suceder. Porque no sucederá, ¿entienden? Saeki no lo tolerará, y yo tampoco. Si quieren ser tipos malos, háganlo disfrazados. ¿captan?

Los dos jugadores asintieron.

—Bien. Una cosa más: si alguien de la prensa les pregunta sobre esto, tienen que responderles "Sin comentarios". Y punto. Nada de «Simplemente tratábamos de divertirnos», o "No hacíamos daño a nadie", o "La malvada responsable de relaciones públicas nos ha dicho que no podíamos hablar del tema". "Sin comentarios"- y basta.

-Y finalmente, los dos asistirán a un curso sobre las consecuencias del consumo de alcohol y drogas. Es lo que se conoce como rehabilitación de la imagen, y harán ver que les encantó, aunque sea su peor pesadilla. ¿Me he explicado con suficiente claridad?

Los jugadores asintieron de nuevo y se fueron. Impresionado, Kenshin la vio regresar también a su asiento junto al pasillo. Un segundo después se le acercó Yukishiro Enishi y se inclinó para decirle alguna cosa. A Kenshin no le gustaba escuchar a escondidas las conversaciones de los demás, pero le llamó la atención el tono de frustración que captó en la voz de Kaoru.

—Yukishiro … eee… Enishi ya te lo dije. No quiero salir contigo.

—Pero yo quiero.

Kaoru puso los ojos en blanco, contrariada.

—Muy bien, pero yo no quiero, ¿me entiendes? Eres un sujeto muy agradable, ¿de acuerdo? Pero no pienso salir contigo. Y cuanto antes te lo metas en la cabeza...

Sin prestar atención a sus palabras, Enishi le cogió la mano y la posó sobre su bíceps.

—¿Lo sientes? Duro como una roca, un hombre de verdad. ¿Cómo no puedes querer? —Bajó la voz y adquirió un tono seductor—.Admítelo, lo quieres. Además no es ni la mitad de duro de lo que puede ser en otras partes…

Kaoru le apartó la mano, ofuscada.

—BASTA YA, YUKISHIRO!.

Allí estaba. Algo se agitaba en el interior de Kenshin, algo que no quería calificar pero que le resultaba imposible obviar. Con la tensión presente en todos y cada uno de los nervios de su cuerpo, se acercó a la pareja, sus ojos Violetas adquiriendo un leve todo de dorado, lanzando a su compañero de equipo una inequívoca mirada de atención. Si Enishi pensaba que podía comportarse fuera del hielo de aquella manera, si pensaba que su capitán iba a tolerar que acosase a una mujer, entonces aquel fanfarrón que empezaba a llenar portadas vería la que le iba a caer encima. Cuanto más se acercaba, más parecía encogerse Enishi, de modo que incluso antes de que le agarrara y le lanzará contra la fila de asientos del otro lado, Kenshin vio que Enishi se había dado cuenta de que acababa de meter la pata hasta el fondo.

—¿Qué parte de lo que ella te ha dicho "no" es la que no entiendes bien? —rugió Kenshin a punto de devorarse su alma.

—Lo siento —dijo Enishi, su mirada empañándose de vergüenza al ver la rabia y la decepción de su líder.

—No me lo digas a mí, díselo a ella. —Kenshin le dio un pequeño empujón le obligó a dirigirse a Kaoru.

—Kaoru —Enishi tenía los ojos abiertos como platos, una mirada cándida—.Siento haberte molestado. Te dejaré tranquila. —Se volvió nervioso hacia Kenshin, como queriéndole decir: "¿Es suficiente con esto?". Kenshin le respondió con una sacudida de cabeza casi imperceptible y Enishi se fue rápidamente hacia la parte trasera del vagón para escapar de las miradas vigilantes de sus compañeros de equipo y cicatrizar en privado las heridas de su humillación. Kenshin lo observó y después se volvió hacia Kaoru, que parecía algo conmocionada.

—¿Te encuentras bien?

—Estoy bien —dijo Kaoru—.Pero podría haberlo manejado sola

—¿De verdad? ¿Y por qué no lo has hecho, entonces?

—Porque no me has dado la oportunidad —respondió cortante. El rubor que cubrió sus mejillas dejó embelesado a Kenshin, contra su voluntad. ¿Cuántas mujeres se ruborizaban de verdad hoy en día?

—Enishi es inofensivo, lo sabes de sobra —estaba diciendo ella—.En gran parte, el problema está en que no sabe cómo funcionan las cosas en este país, sobre todo las interacciones entre hombres y mujeres. —Sus labios dibujaron una fina línea que pretendía mostrar su desaprobación—.A lo mejor podrías enseñárselo.

—¿Te estás burlando de mí, señorita Kamiya?

—Eso jamás, capitán Himura. Simplemente aludo a un talento fuera de la pista que he oído decir que posees.

—¿Y qué más has oído decir de mí?

—Es mejor que no lo sepas.

Kenshin se echó a reír. Vio entonces la sonrisa en la mirada de ella y le respondió con la misma moneda. Le gustaba esa facilidad con la que ambos intercambiaban bromas durante esos escasos y excepcionales momentos en los que ella no estaba acosándolo. Le gustaba. Razón por la cual quiso golpear brutalmente a Enishi era porque sólo de pensar en él acercándose a ella se le revolvían los intestinos de tal modo que ni siquiera podía pensar correctamente. Dios. ¿Pero qué demonios le sucedía?

Retrocedió —tanto para apartarse de ella como de sus pensamientos— e hizo un gesto indicando los documentos que ella tenía en su regazo.

—Te dejo que sigas con esto —dijo con frialdad.

—De acuerdo. —Aquella sequedad dejó a Kaoru aturdida—.Supongo que deberías darle las gracias —dijo en voz baja—.Resulta agradable saber que la caballerosidad no ha muerto.

Caballerosidad. Que utilizase aquel término le dejó muy satisfecho, le lleno el pecho de orgullo. Pero, por otro lado, también le puso nervioso, ya que empezaron a despertar lentamente los sentimientos de antiguas experiencias románticas. No podía permitir que sucediese. No lo permitiría.

—A lo mejor podrías redactar una nota sobre el incidente para los tipos esos de Saeki y camuflarlo como un acto de servicio a la comunidad —fue la ocurrencia de él. Pero no supo muy bien si ella le había oído, pues lo dijo cuando estaba ya por el pasillo de regreso a su asiento, donde pensaba permanecer quieto durante el resto del trayecto.

—¡Oh, Dios mío! ¿Has visto eso? ¿Has visto lo que acaba de hacer, esa cosa con el disco? ¿Qué ha sido eso?

Antes de responder a la pregunta de Misao, Kaoru esperó a que se apaciguase el salvaje rugido de la multitud congregada en el estadio, Era sábado por la noche y los Zorros jugaban en casa. Acababan de marcar el primer gol a los diez minutos de partido. Las entradas se habían agotado y el público se mostraba entusiasmado, una afición famosa tanto por su fidelidad al equipo como por su griterío tanto de alegría como de insatisfacción. Kaoru echó un vistazo al mar de caras electrificadas que llenaba el sobrecalentado pabellón y se sintió contagiada por la energía de la multitud, un escalofrío de emoción recorriéndole el cuerpo.

Tal vez fuera porque empezaba a comprender lo que sucedía allí abajo, en la pista de hielo, o tal vez tuviera que ver con que conocía personalmente a los jugadores, pero la verdad era que el hockey empezaba a gustarle y empezaba también a valorar las excepcionales habilidades y talentos necesarios que acompañaban el juego profesional. No era algo que fuera a comentar con nadie, excepto quizá con hiko, su hermano y su padre. Se imaginó explicándoselo a su madre y a sus hermanas y vio enseguida al trío Amazona mirándola con desdeñosa condescendencia. En cuanto a Ryusaburo... mejor ni pensar en él, como solía decir la tía de Misao.

Ryusaburo le preguntaría con sarcasmo si había sufrido un golpe en la cabeza, o si se había sometido a una lobotomía sin decírselo. Una cosa era trabajar como relaciones públicas de un equipo de hockey, y otra muy distinta cogerle afición al deporte. ¿Qué era eso que siempre decía Ryusaburo? ¿Que las masas son un montón de ganado? "Que Dios me ayude", pensó Kaoru, avergonzada. Independientemente de que se sintiese cómoda con ello o no, tenía que deshacerse de él.

—Lo que acabas de verle hacer es lo que se conoce como "finta" —le explicó—Es cuando el jugador que lleva el disco realiza un movimiento engañoso para sortear al oponente, o cuando engaña al portero para obligarle a abandonar su posición.

—Por eso ha enviado el disco hacia un lado y luego ha cambiado rápidamente hacia la otra dirección —observó Emocionada Misao

—Correcto.

Misao se volteó hacia Kaoru

—¿Cómo has aprendido todo esto?

Kaoru se encogió de hombros.

—Simplemente viéndolos jugar.

Misao movió afirmativamente la cabeza con solemnidad, impresionada, y volvió a concentrar su atención en la acción que se desarrollaba en la pista. Kaoru estaba a punto de contarle la verdad —que se había comprado un ejemplar de Hockey para Dummies que estaba estudiando con fervor religioso—, pero decidió callársela. Era mucho más divertido que Misao la tuviese por un genio de los deportes capaz de utilizar la jerga del hockey sin ningún problema.

Kaoru miraba también la pista de hielo, sus ojos buscando, como siempre, el Uniforme marcado con el número veintiocho. Kenshin estaba en el centro de la pista en posición de comienzo del encuentro, a la espera del lanzamiento del disco. Vio cómo se movían sus labios y dedujo que seguramente estaba intentando provocar al contrario para desconcentrarle en su juego. Kaoru sabía, por sus paseos por el vestuario, que solía cruzar más de una palabra con el oponente cuando era necesario y no quería ni pensar en lo que probablemente debía estar insinuándole al otro sobre su madre o su hermana. Kenshin ganó el saque y todos los cuerpos empezaron a deslizarse por el hielo, una danza frenética y brutal de poder y velocidad que resultaba estimulante.

Kaoru se sorprendió al darse cuenta que estaba allí como los demás fanáticos abucheando al árbitro cuando pitaba algo mal y lanzando gritos de alborozo cuando uno de los jugadores del otro equipo recibía un golpe bueno y limpio, que finalmente pensaba en el equipo como «los chicos», igual que Hiko. Porque eso es lo que eran: chicos, con sus personalidades, con sus preferencias y sus aversiones, como cualquiera. A esas alturas, sabía ya bastante bien con quién podía contar en cualquier momento para las actividades de relaciones públicas, y quién se negaba a hacer cualquier cosa por ayudarla; quién prefería realizar actividades directamente con niños, y a quién le iba más acicalarse y codearse con los grandes de la sociedad de Tokio para demostrar la Nobless obligué. Eran un buen grupo, trabajadores y generosos, pese al comportamiento desordenado durante los fines de semana que muchos de ellos seguían teniendo. Pero en aquel sentido, el tiempo corría de su lado. Si conseguía permanecer allí, no tenía la menor duda de que con su mano de hierro acabaría logrando que la mayoría se implicase en un par de actividades para mejorar su imagen.

Exceptuando a su santificado capitán, por supuesto.

No lo conseguía. No conseguía entrarle. Sabía que tenía un espíritu generoso, porque lo había comprobado personalmente, tanto con su hermano como con los jugadores. Sabía que era una persona atenta, si es que el casi estrangulamiento de Enishi a bordo del Bus hacia Kyoto la semana pasada podía servir como ejemplo. ¿Por qué seguía resistiéndose de aquella manera a la publicidad, especialmente a la del tipo que ella pretendía llevar a cabo, si todo era simplemente por una buena causa? ¿Y por qué últimamente la evitaba como si fuese la peste? Bueno, la verdad era que siempre la había esquivado, sobre todo cuando la veía acercarse con una libreta. Pero desde el incidente del tren, se mostraba incluso menos comunicativo de lo habitual, y cuando se dignaba a hablar con ella, lo hacía con monosílabos y de forma lacónica, con lo que algunos interpretarían como mala educación. ¿Qué sucedía allí?

La pregunta seguía dándole vueltas en la cabeza mientras ella y Misao veían a los Zorros vencer a los Tigres de Kobe por cinco a dos. Finalizado el encuentro, Misao abrió su cerveza y, después de aplastar el vaso de plástico vacío contra el suelo de cemento, se volvió hacia Misao, impaciente.

—Quiero conocerlos.

—¿A quiénes?

—¿A quiénes? —Repitió Misao, exasperada—.¡Ya sabes a quiénes! A los Zorros. Llévame al vestuario.

—Oh, no. De ninguna manera. Kaoru intentó imaginarse a Misao sumergiéndose en aquel mar de carne sudorosa y musculosa y supo por instinto que acabaría en desastre. Además, no estaba de humor para ver al equipo entero convertido en una partida de bobos sólo de ver a su atractiva amiga—.Olvídalo.

—Vamos —le suplicó Misao.

—No.

—¿Y no podemos quedar con ellos en un bar o algo así? Sé que algunos salen a tomar un par de copas después de jugar en casa, y sé que tú sabes dónde van. Vamos, Kaoru. —Unió las manos como si estuviera rezando, su expresión equiparable a la mirada inocente de una niña del coro—.Por favor...

Kaoru se lo pensó. A ser sincera, lo último que le apetecía era meterse en un bar lleno de humo y ver cómo Misao buscaba al amor de su vida entre los jugadores. Precisamente lo que necesitaba, su compañera de piso saliendo con uno de los Zorros Además, aquella semana había salido ya tres noches, pues había tenido que asistir a diversos actos para recaudar fondos, y estaba agotada; lo único que quería era ir a casa, darse una ducha y meterse en la cama con el último número de la revista People. ¿Era mucho pedir? Al parecer sí, si es que la expresión de Misao, que empezaba a metamorfosearse en una mirada de "Me debes una", servía como indicación.

—De acuerdo —accedió Kaoru, mientras Misao se ponía a dar palmas de placer—.Pero con una condición.

—¿Cuál?

—A, comportarte, y B, saldremos hasta las dos como máximo.

—De acuerdo. Y ya que tú pones dos condiciones, yo también pondré una.

—¿Cuál? —preguntó recelosa Kaoru.

—Que cuando lleguemos allí me digas cuál de todos ellos está más bueno desnudo.

Kaoru entornó los ojos.

—No lo sé. Los veo todos iguales.

Lo cual era mentira. Sabía perfectamente bien quién era el mejor, pero de ninguna manera pensaba contárselo a Misao, por si acaso estaba allí, no le interesaba para nada ver a su amiga tras ese bruto pelirrojo.

Kenshin estaba en la barra pidiendo una Cerveza cuando oyó que los dos chicos que tenía detrás mencionaban el nombre de ella y decían que se alegraban de que por fin se hubiese decidido a acompañarlos. Miró rápidamente por encima del hombro y allí estaba ella, preciosa, vestida con unos jeans y una sencilla camisa blanca. Iba acompañada por una mujer más o menos de su mismo tamaño que parecía una niña en una tienda de golosinas.

El corazón le dio un vuelco. Él había ido allí para relajarse con sus chicos después de un duro partido, no para esquivar a aquella chica terrier del demonio. Esperaba que ella se plantease dónde estaba y que le diera un descanso por una vez. Tenía que saber que a la mínima mención de sus actividades de relaciones públicas o de Saeki, y se largaría de allí. Esperaba, por lo tanto, que estuviese ahí por el mismo motivo que él, relajarse en compañía de los amigos.

Volvió donde estaba sentado previamente, mientras Kaoru paseaba entre las otras mesas, presentando a su amiga a los jugadores. Sus chicos se mostraban simpáticos, acogedores. Se sentía orgulloso de ellos. Naturalmente, la amiga era atractiva, de modo que no era necesario ser muy listo para saber de qué iba la cosa. Pero el Chapter House solía ser un lugar agradable, razón por la cual siempre se dejaban caer por allí. Kenshin sabía que mucha gente pensaba que era un tugurio de poca monta, con su vieja máquina de discos, sus ventanas sucias, y sus mesas desvencijadas, pero para él, todo aquello formaba parte de su encanto. El arrugado camarero llevaba toda la vida allí y tenía un repertorio de historias entretenidas de sus días como marino mercante capaz de mantenerte en el local la noche entera. El ambiente era informal y la clientela gente trabajadora, a la que no le importaba que ellos fueran los Zorros. Era un secreto muy bien guardado, un lugar donde poder beber en paz sus cervezas. De vez en cuando aparecía algún admirador, pero Kenshin era de la opinión de que si eran lo bastante listos como para imaginarse dónde podía encontrarse el equipo, se merecían tomar un par de copas con ellos.

Kaoru y su acompañante llegaron por fin a la mesa cuando en la máquina de discos sonaba un viejo éxito de la década de los sesenta —Kenshin pensó que tal vez se tratara de «American Woman», pero no estaba del todo seguro.

—Soujiro, Tsukioka, Kenshin.. —Su mirada se clavó en la de él por más tiempo del que a Kenshin le hubiese gustado—.Quiero que conozcan a mi amiga Misao.

Soujiro, siempre amigable, levantó la jarra a modo de saludo.

—Encantado de conocerte.

Kenshin dijo lo mismo, igual que Tsukioka.

—Igualmente —respondió Misao.

—¿Quieren sentarse? —ofreció amablemente Soujiro.

Sonriendo, Kaoru y Misao retiraron dos sillas y tomaron asiento. No llevaban ni cinco segundos sentadas cuando Aoshi Shinomori, el tercer alero del equipo, se acercó a la mesa después de abandonar la que compartía con el defensa de los Zorros. Aoshi sonrió educadamente y le dijo a Misao si le apetecía una copa. Le faltaban dos dientes. Ella le devolvió la sonrisa, pero declinó la invitación.

—Sólo una copa —insistió Aoshi, con mucha educación—.No mordemos.

—Tal vez éste sea en parte el problema —comentó irónicamente Kenshin en voz baja. ¿Es que no se percataba aquella tal Misao de que estaba rodeada de hombres que, entre todos, sumaban más piezas dentales falsas que una casa para personas de la tercera edad? Kaoru le miró con mala cara, aunque Misao parecía no haber oído el comentario. Viendo que no iba a cambiar de idea, Aoshi se encogió de hombros, afablemente, y se fue. La escena se repitió cuando su compañero de equipo, Jun Kamenashi, se acercó con la misma pregunta. Misao aceptó aquella vez, y después de lanzar una rápida mirada a Kaoru para asegurarse de que no pasaba nada, siguió a Kamenashi hacia su mesa.

—Bien, ha sido interesante —observó Soujiro

—Es una buena palabra para calificarlo —murmuró Kaoru, frunciendo el entrecejo cada vez más.

—Me pregunto qué tenía Kamenashi que no tuviese Aoshi—reflexionó Tsukioka en voz alta.

—Dientes —respondió con voz grave Kaoru, mirando nerviosa en dirección hacia donde había ido Misao.

-Está preocupada por tener que cuidar de su amiga-, pensó Kenshin. Y él estaba ahora preocupado por tener que cuidar de ella, por tenerla allí sentada y asegurarse de que lo pasase bien. " ¿Por qué demonios ha tenido que venir?"… maldita chica Terrier.

—¿Quieres tomar algo? —Kenshin escuchó a Tsukioka pronunciar esas palabras y se molestó. ¡Estaba a punto de decir lo mismo y le había tomado la delantera! "Decídete Himura!" ¿Quieres que se quede a tomar una cerveza contigo o quieres que se largue?»

Kaoru se mostró agradecida.

—Una Duff, gracias, Tsukioka.

—Iré a por ella. —Kenshin se levantó de un brinco. Notó que los tres observaban con las cejas levantadas cómo él se retiraba de la mesa y se dirigía a la barra, pero le dio igual. Mientras pedía la cerveza de Kaoru tendría tiempo de pensar cómo quería comportarse con ella en un encuentro social. Hasta aquel momento, había conseguido evitarla a la perfección, expulsarla de su mente. Y tenía que seguir con la cabeza muy clara. Pidió la bebida y miró de reojo la mesa, donde Kaoru seguía charlando con Tsunan y Soujiro. Cuando estaba feliz, se le iluminaba la cara, sus ojos azules como la flor llenos de vida. Aquellos ojos tan grandes recordaban a veces los de un niño abandonado y despertaban en él un sentimiento de protección. Y ése era el motivo por el que se había abalanzado sobre Enishi en el bus. No había tenido nada que ver con querer alejar a Enishi de Kaoru. Había sido una simple cuestión de protección. «Sí, eso era!».

Regresó a la mesa con la cerveza y se la pasó a Kaoru

—¿Cuánto te debo? —preguntó ella.

Kenshin agitó la mano restándole importancia al asunto.

—Invita la casa. —Dio un trago a su propia cerveza y el sabor de la cerveza le calentó la garganta y el estómago. Nada mejor que una buena cerveza negra después de partirse la espalda sobre el hielo—.Y bien, ¿qué me he perdido?

Tsunan se levantó y extendió la mano en dirección a su amigo.

—Soujiro y yo buscaremos cosillas interesantes por ahí. Kaoru te pondrá al corriente.

«Pagarás por esto», le decía la mirada de Kenshin a Tsunan, cuya única respuesta fue una gran sonrisa en el momento en se paraba y se dirigía hacia la pequeña pista de baile improvisada.

—Y bien —dijo Kenshin, acercando un par de centímetros la silla a la de Kaoru para así no tener que alzar mucho la voz para hacerse oír—.¿Cómo está tu hermano?

Sus ojos azules mostraron de entrada sorpresa, admiración después.

—Está bien. No para de hablar de lo que hiciste por él.

Kenshin se encogió de hombros, incómodo ante aquel elogio.

—Parecía un buen chico.

—Lo es.

Ella clavó la mirada en el suelo, luego en la pared, en cualquier sitio que no fuese él. Estaba nerviosa, pero bajo ninguna circunstancia tenía él que imaginarse por qué. Por Dios, le había visto prácticamente desnudo. ¿Por qué le resultaba tan difícil hablar con él? Y lo que era peor, él también empezaba a ponerse nervioso. Kenshin dio un trago largo a la cerveza y ladeó la cabeza en dirección a Misao.

—Esa amiga tuya... ¿le van los deportistas?

Kaoru dio un salto hacia atrás, ofendida.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Te interesa?

Kenshin se echó a reír, sin comprender muy bien la irritabilidad de su tono de voz.

—No. No es mi tipo.

—¿Cuál es tu tipo? —preguntó ella, mirándolo directamente.

—Bien —Kenshin empezó a hablar muy despacio, girando entre los dedos la jarra de cerveza—.Supongo que eso tengo que saberlo yo y adivinarlo tú. —Ella desvió de nuevo la mirada y él utilizó aquella incómoda pausa entre ellos para desviar la conversación.

—Mira, no pretendía insultar a tu amiga. Es simplemente que cuando entró, sus ojos brillaron como si acabara de tocarle la rifa.

—Misao no es la típica que va detrás de los deportistas. Es una romántica irremediable.

—¿eso significa que... ?

—Que se imagina a todos los chicos de este lugar de pie en el altar, vestidos con smoking , mientras ella avanza por el pasillo al son de la marcha nupcial.

Kenshin rió otra vez.

—¿De modo que practica la caza de marido?

—Busca continuamente a «Él».

—Pues te aseguro que con el trío con el que esta no tiene posibilidad alguna de encontrar a su "ÉL" Exceptuando quizá a Aoshi , al que parece ignorar con todas sus fuerzas.

—Pobre Aoshi—se lamentó Kaoru—.Parece tan agradable.

—¿No es eso lo que quieren las mujeres? —Preguntó Kenshin con cierto nerviosismo—.¿Un hombre que sea "agradable"?

—Ser agradable está bien. Y acordarse de llevar el anillo en público aún está mejor. —Ambos rieron con la ocurrencia.

—¿A qué se dedica? —preguntó Kenshin, decidido a seguir con Misao como tema de conversación.

—Es la relaciones públicas En Tv Tokio. Antes trabajábamos juntas.

—Ah. —

—.¿Cómo fue que te metiste en esto de las relaciones públicas? ¿Es algo a lo que siempre quisiste dedicarte?

Kaoru se quedó mirando su bebida. Cuando volvió a levantar la vista, la tristeza de su mirada dejó a Kenshin pasmado.

—De hecho, lo que en realidad quería era iniciar mi propio negocio.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Es complicado —respondió en tono evasivo—.No estoy muy segura de saber explicarlo.

—Inténtalo.

Su mirada se iluminó, justo lo que él esperaba. Odiaba aquella melancolía que tan rápidamente se había apoderado de ella. Kaoru dio un nuevo trago a su cerveza, pensativa. Seguía costándole mirarle a los ojos.

—No me decidí a ser una emprendedora porque no tenía lo que se necesita para ello.

—¿Quién te dijo eso?

No hubo respuesta.

—Vamos, ¿quién te dijo eso? —Repitió él—.Quiero saberlo.

Seguía manteniendo su silencio.

—Ya veo. —Se recostó él en su asiento—.Te lo dijiste tú misma.

Y aquello le llamó la atención. Pese a que un minuto antes aquel cuadro tan cutre colgado en la pared de enfrente y que representaba a unos perros jugando al póquer parecía ser mucho más interesante que la cara de Kenshin, de repente empezó a mirarle.

—¿Intentaste alguna vez iniciar tu propio negocio? —Continuó él—.¿O tiraste la toalla la primera vez que te sentaste a redactar un plan de negocios?

—Tiré la toalla después de sentarme un centenar de veces a escribirlo, ¿de acuerdo? —le espetó ella.

Él no le hizo caso.

—¿No sabías en realidad lo que hacías? ¿O es algo de lo que has acabado convenciéndote para poder afrontar el hecho de que no fuiste por ello?

Kaoru estaba asombrada.

—¿Qué?

—Vamos, Kaoru—dijo él, Se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre la mesa, adoptando la pose de un verdadero amigo—.Sé sincera contigo por un minuto. ¿De verdad no te creías capaz de iniciar un negocio?

Tragó ella saliva.

—No.

—Entonces, ¿por qué no lo intentaste? —Notó la llegada de una oleada de aquel famoso empujón de autoestima que sabía dar tan bien el capitán Himura, y no pudo evitarlo. Odiaba verla así—.¿Porque era demasiado duro? Cualquier cosa que merezca la pena exige luchárselo. Lo sabes, ¿verdad? ¡Por Dios, si ni siquiera claudicas en lo de intentar conseguir que yo haga lo que me pide Saeki!

—Eso es distinto —insistió Kaoru.

—No, no lo es. Se trata del mismo y condenado principio de la perseverancia. —Hizo una pausa, calibrando con precisión sus palabras—.Admiro de verdad tu forma de trabajar, lo sabes.

Kaoru bufó.

—Ya.

—Lo digo en serio. Tal vez no esté de acuerdo con los motivos que te han llevado a trabajar en esto, ya que ya sabes que opino que lo de las relaciones públicas es una idiotez, pero respeto tu forma de entrar en el vestuario un día tras otro y de ponerle al equipo los puntos sobre las íes. No todo el mundo puede hacerlo, sobre todo en el mundo de los jugadores de hockey. Deberías sentirte orgullosa por todos los chicos que han decidido ver las cosas a tu manera y cooperar en lo de las relaciones públicas. Es una prueba de tu agresividad y de tu poder de persuasión... un poder que podrías explotar si decidieses iniciar tu propio negocio.

Kaoru murmuró alguna cosa y bajó la vista. Kenshin la observaba como si fuese la primera vez que la veía. Aquel minúsculo terror que le perseguía incansablemente por el vestuario había quedado sustituido por la delicada mujer sentada a su lado, una mujer temerosa de perseguir lo que era suyo y ascender. No podía creerlo, lo que era una prueba de su determinación de acero. Dejando aparte el día en que se conocieron y en el que la molestó más de la cuenta, ni en un millón de años se habría imaginado que debajo de aquel exterior tan firme y eficiente, estaba escondido alguien con graves problemas de autoestima, alguien que no debería tener para nada ese tipo de problemas.

—Kaoru. —Había bajado de nuevo la cabeza, estaba embelesada con su cerveza. Con cuidado, con muchísimo cuidado para no sorprenderla u ofenderla, posó el dedo índice bajo su barbilla y delicadamente le obligó a levantar la cabeza para poder mirarla a los ojos, brillantes ahora por las lágrimas. «Diablo ». Lo último que pretendía era hacerla llorar. Y naturalmente, como hecho expresamente, en aquel momento regresaban a la mesa, riendo, Tsunan y Soujiro.

—Hola, muchachos

Soujiro se interrumpió de pronto al ver la expresión de angustia del rostro de Kaoru y se sentó enseguida, poniéndole una mano en el hombro.

—¿Qué has hecho? —le dijo entre dientes a Kenshin. Kaoru habló antes de que él pudiera pronunciar una palabra en defensa propia. —No ha hecho nada —le dijo a Soujiro, tranquilizándolo—.Estábamos hablando de un tema muy triste, eso es todo.

—¿Segura? —preguntó con recelo Soujiro, regañando todavía a Kenshin con la mirada.

—De verdad —dijo Kaoru.

Soujiro se relajó.

—De acuerdo, entonces. —Soltó el hombro de kaoru—.Tsunan y yo hemos encontrado un par de señoritas que reclaman nuestra compañía de modo que tenemos que darnos prisa. —Miró otra vez a Kaoru, preocupado—.¿De verdad que estás bien?

—Estoy bien —insistió Kaoru

Soujiro se levantó y señaló a Kenshin con un dedo.

—Se supone que debería estar divirtiéndose, no aquí sentada llorando.

¿Crees que podrás arreglarlo?-

Kenshin apretó la mandíbula. —Lo intentaré.

—Bien. —Soujiro se inclinó y besó a Kaoru en la mejilla—.Hasta pronto.

Kenshin volvió a mirar a Kaoru, que se había girado para buscar a Misao que, al parecer, estaba leyéndole la mano a alguno de los chicos. O, al menos, eso fue lo que Kenshin pensó que estaba haciendo. Tampoco le apetecía saber si se trataba de algún ritual exótico de cortejo.

—¿Te divierte? —preguntó Kenshin cuando Kaoru se dio media vuelta. Ella asintió—.Siento haberte hecho llorar —murmuró.

—No, no pasa nada —respondió ella, con una despreocupación que a él le sonó a falsa—.Lo que has dicho es la verdad, y a veces, y eso lo sabemos todos, las verdades hieren.

La voz de él fue bronca y persuasiva.

—Deberías hacerlo, Kaoru. Deberías decidir qué tipo de negocio quieres dirigir e intentarlo. Si no lo haces, acabarás odiándote por ello.

Ella apartó la vista, claramente intranquila.

—Para ti es fácil decirlo. Eres un líder. Un ganador. El concepto de la falta de confianza te resulta completamente ajeno.

—Sí, pero eso no significa que no pueda comprenderlo. No podría decirte la cantidad de chicos del equipo —chicos que han conseguido la Liga Nacional— que tienen un problema de falta de confianza.

—¿De veras?

—Pues claro. Pero sienten ese miedo y siguen adelante de todos modos... con un poco de ayuda por mi parte, por supuesto, y de los entrenadores. Todos trabajamos duro para aumentar su autoestima. Y da resultado. Pero ese primer paso de lanzarte al precipicio tienes que darlo tú. Tienes que tener fe, ¿entiendes lo que quiero decir?

Kaoru frunció el entrecejo.

—¿Podemos cambiar de tema, por favor? Este discurso enardecedor empieza a deprimirme-

—Sólo intentaba ayudar. —Y viendo que había quedado claro que cualquier discusión más sobre el tema estaba prohibida, decidió levantarse—.¿quieres bailar?—En la vieja máquina de los discos sonaba una melodía lenta de Rhythm & Blues... «¿When a Man Loves a Woman», de Percy Sledge? Era malísimo para adivinar esos temas antiguos, pero era la excusa perfecta para desviar la conversación.

Kaoru dudó un instante, sopesando la oferta.

—No, gracias.

Kenshin se sorprendió de verse rechazado.

—Vamos —le dijo—.Son sólo tres minutos de tu vida. Te animará.

—Está bien —se rindió Kaoru, no muy segura aún.

Se encaminaron a la pista de baile, Kenshin plenamente consciente de que sus compañeros de equipo se daban codazos entre ellos y se volvían para ver al Gato bailando con el Ratón. Dios, la que le caería encima el lunes.

Ya en la pista, él le tendió la mano izquierda y ella la aceptó con elegancia y posó su otra mano en el hombro de Kenshin. No sabía muy bien cómo enlazarla la cintura, pero ella no se resistió, de modo que dejó la mano allí, en la zona lumbar. Con cuidado de no chocar con las demás parejas mientras iban dando vueltas por la pista, él la atrajo hacia sí. Y lentamente empezaron a girar al ritmo de la música.

Kenshin estaba asombrado de lo natural que le resultaba abrazarla de aquella manera, y se preguntó si ella sentiría lo mismo. Obtuvo la respuesta cuando ella se acercó más a él y descansó la cabeza sobre su pecho. Como un contrapunto al ritmo lento y sensual de la música, oía su corazón retumbando en sus oídos, acelerado e insistente. ¿Lo oiría ella también? Respiró despacio, a propósito, intentando superar la sensación de calor que empezaba a apoderarse poco a poco de su cuerpo. Era pequeñita, perfecta, como un pajarito que necesita cobijo. Que le necesita a él. Como si le hubiera leído los pensamientos, Kaoru separó la cabeza de su pecho y le miró a los ojos. Ninguno de los dos dijo nada. «A lo mejor —pensó él— porque no hay nada que decir». O a lo mejor porque ninguno de los dos tenía agallas suficientes para hacerlo. Volvió a bajar la cabeza, suspiró y siguieron bailando.

La canción terminó y con ella se rompió el encanto. Por una décima de segundo, ninguno de los dos parecía saber qué hacer o quién debía hacerlo primero. Se separaron torpemente, Kaoru sacudiéndose de encima la ensoñación que él juraría haber visto en sus ojos apenas unos momentos antes. Era como si hubiese vuelto en sí y fuera de nuevo una mujer de negocios, una mujer robot con ají en el trasero.

—Mejor que me lleve a Misao para casa —dijo temblorosa—, antes de que le proponga a Enishi matrimonio.

Kenshin asintió, su pulso retornaba lentamente a la normalidad.

—¿Quieres que te lleve? —preguntó cortésmente, esperando que no fuera muy evidente que esperaba que le respondiera que no.

—Cogeremos un taxi. —Avanzó hacia la mesa donde estaba Misao, pero se volvió de repente, como si se hubiese olvidado algo.

—Gracias por la cerveza —dijo rápidamente—.Y por el baile. Nos vemos el lunes en el entrenamiento.

—Sí —replicó Kenshin, viéndola avanzar en dirección a Misao igual que una mujer ahogándose se abalanza hacia el bote salvavidas. Aquella noche habían superado unos límites y ambos lo sabían. Por eso huía de él a toda velocidad. Estaba aterrorizada. Normalmente, se habría cabreado si una mujer se alejara de él como si sufriese una enfermedad contagiosa, pero aquella noche no. De haber sido por él, habría hecho lo mismo, salir a toda prisa de allí con cualquiera de sus colegas y empujar lo que acababa de suceder entre ellos hasta lo más hondo de sus recuerdos, donde jamás pudiera volver a salir a la luz.

De hecho, es lo que pensaba hacer de todas maneras. Regresó a la mesa, apuró lo que le quedaba de cerveza y pidió otra. Luego se unió a algunos de sus compañeros de equipo que estaban sentados en otra mesa y, esforzándose más que nunca en su vida, intentó pasárselo bien