Nada volvería a ser lo mismo.
Parecía que mi feliz y tranquila vida junto a mi abuela y Nancy estaba a años luz de distancia.
Nada volvería a ser lo mismo.
Las cosas habían cambiado muchos desde que conocí a Wen, Mo, Stella, Charlie y Scott. Y ahora cambiarían más.
Ding, dong.
-¡Hola, Olivia! Pasa, bonita, te estábamos esperando -Sydney me abrió la puerta hospitalariamente y con una sonrisa reluciente-. Ya me encargo yo de eso.
-Muchas gracias, Syd... Quiero decir, Señora Gifford -me corregí al tiempo que mi cara adquiría un tono rosado.
-¡Por favor! Llámame Sydney -repuso ella sin asomo de enojo, mientras aparcaba mi maleta floreada en el salón junto a la cesta donde estaba Sandy, mi gatita-. Siento no poder darte un recibimiento mejor, pero James está trabajando y Wen está en la ducha... Pero no creo que tarde mucho más, ya habrá oído el timbre -bromeó.
Sonreí tímidamente, muerta de vergüenza. Anduve lentamente, curioseando cada rincón de la casa de mi mejor amigo, la que ahora sería mi casa. Ese pensamiento bastó para desconcertarme.
Me paré un instante y respiré profundamente.
Nada podía salir mal.
No iba a salir mal.
No ahora.
Subí rápidamente las escaleras que conectaban el comedor con el piso superior. Todo estaba decorado al máximo detalle: las paredes, de un verde otoñal, combinaban armoniosamente con la madera barnizada de la escalera, lo muebles y el suelo; una pared del salón, plagada de hermosas fotografías de la familia Gifford, le daba un toque alegre, familiar... vivo. La idea de aparecer en alguna de esas imágenes me perturbó completamente.
Cuando quise darme cuenta, ya estaba en el piso superior.
El estrecho corredor que daba a las habitaciones estaba iluminado con enormes ventanales e color blanco. Aquello me hizo detenerme.
A través de la ventana se veían los gigantescos prados que se extendían a las afueras de nuestra ciudad.
Estaba ensimismada contemplando el paisaje, cuando la puerta que tenía justo detrás se abrió, dándome un susto de muerte.
-¡Olivia! ¡Ya has llegado!
-¡Diablos, Wen! ¡Qué susto me has dado! -exclamé mientras gotas de sudor frío rodaban por mi frente.
Wen, envuelto en una bata color granate, se rascó su pelo rubio y mojado con aire compungido.
Tenía un aspecto absolutamente adorable.
Aquel pasillo había dejado de serlo y sólo quedábamos Wen y yo, mirándonos, flotando entre cientos de nubes esponjosas... ¡Mierda! Mi imaginación había vuelto a jugarme una mala pasada.
Sacudí la cabeza y me fijé en lo primero que mis ojos encontraron: el diminuto cepillo de dientes eléctrico que sujetaba mi amigo.
-¿Y esto? -inquirí arrebatándoselo con un gesto rápido.
Abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiera decir nada apreté un pequeño botoón azulado que tenía en el mango y...
"La banda era... Al principio se llamaba... Wen"
Mi adorado amigo intentó escabullirse, pero yo le sujeté la mano a la vez que dejaba escapar una risita. La voz metalizada de Wen continuó diciendo incoherencias sobre Lemonade Mouth:
"Pero tras meses de ardua discusión, decidimos... ¡WEN! ¡Tienes que ver esto, es muy importante!"
Ya no era Wen sino Sydney quien hablaba a través del diminuto altavoz del cepillo. Mientras, el auténtico Wen Gifford, agarrado firmemente por mi mano, tenía el rostro rojo como un tomate.
Entonces se oyó un golpe seco y pudimos escuchar música proveniente de una radio.
"Gotta turn the world
Into your dance floor
Determinate, determinate
Push until you can't
And then demand more
Determinate, determinate"
Yo no podía creerlo. ¡Justamente había grabado el debut de Lemonade Mouth en la radio! El día más feliz de mi vida, inmortalizado en un cepillo de dientes. ¡Viva el sarcasmo!
Miré a Wen con expresión incrédula..
Sus ojos almendrados no tardaron en devolverme una mirada irónica.
Aguantamos tres segundos. Después, nos partimos la caja.
Reímos, reímos y reímos.
Reímos tan alto y tan fuerte que Sydney subió a comprobar si seguíamos vivos.
El inicio de mi nueva vida había sido todo un éxito.
