Capítulo 4: Cien por cien Hufflepuff

En tercero volvimos a cambiar de profesor de Defensa.

¡Qué remedio!

El anterior se nos había muerto y con un fantasma dando clases en el castillo ya hay más que suficiente.

Ese año Dumbledore hizo otro fichaje de categoría (nótese la ironía) ofreciendo el puesto al profesor Gilderoy Lockhart, quien al parecer era toda una celebridad. Lo curioso es que a pesar de haber sido criada en una familia de magos jamás había oído hablar de él ¿Os lo podéis creer? Pues cómo os lo cuento... su nombre ni siquiera me sonaba, quizás porque sus supuestas hazañas heroicas no merecían demasiada atención por parte de los publicaciones serias y solo recibían auténtico seguimiento en ciertos medios como "Corazón de bruja" y otras revistas en su línea a las que nunca he sido aficionada.

Cuando recibí la carta de Hogwarts y vi que era el autor de casi todos los libros que debía comprar para ese curso me quedé a cuadros, y cuando le conocí personalmente la cosa fue aún peor. Casi todas las chicas del colegio se morían por sus huesos pero a mí sus rubios dorados no me decían nada de nada. Lo encontraba demasiado fanfarrón y metrosexual para mí gusto. No me parecía nada interesante, supongo que porque ya había sufrido el año anterior mi correspondiente dosis de belleza insustancial y ego desmedido.

Con Davies tuve suficiente, gracias, ahora me tocaba buscar otra cosa.

Acercándome ya a los catorce años era hora de echarme mi primer noviete de verdad. No podía pasarme la vida soñando con imposibles o pintarrajeando en las esquinas de los pergaminos el nombre del jugador de Quidditch más guapo e idiota del colegio. Estaba lista para mi primera relación amorosa y debía encontrar al partenaire adecuado.

Sobre este tema dejad que os dé un consejo. Está muy bien fantasear con los chicos malos, a mí también me gustan. Son sexys, interesantes, peligrosos… y es maravilloso soñar que podrías ser la única capaz de traspasar su coraza y encontrar bajo ella al más dulce y considerado de los hombres, faceta que —por supuesto— solo te mostrará a ti. Sin embargo si te fijas en uno de estos chicos lo más probable es que salgas escaldada. Cuando una está más curtida hasta puede ser útil tropezar una vez en este tipo de relaciones (aunque pocas, también tienen sus cosas buenas), pero mientras eres una principiante en el amor lo que necesitas es a alguien te trate bien; por eso, lo mejor que puedes hacer es elegir a un buen chico.

Alguien íntegro y leal, que no juegue contigo ni disfrute pisoteando tu tierno corazón.

¡Exacto! Estoy describiendo... a un Hufflepuff.

Y entre los Hufflepuff a mí alrededor —y lógicamente había mucho donde elegir— fui a fijarme en el más Hufflepuff de todos.

Posiblemente el hombre más honesto que te puedas echar a la cara.

Tal vez llamó mi atención porque era arrebatadoramente guapo.

O por la insignia de prefecto que lucía en la túnica.

¡Bah! ¿A quién pretendo engañar? Lo más probable es que me fijase en él porque volaba como los ángeles y ese mismo año entró como buscador en el equipo de Quidditch de mi casa.

Sí, sin duda fue eso.

Mi primer acercamiento a Cedric (porque supongo que ya habrás deducido que es de Cedric Diggory de quien te voy a hablar) se produjo por casualidad, poco después de Halloween.

Por aquel entonces, al profesor Lockhart se le ocurrió la genial idea de crear en Hogwarts un club de duelo, iniciativa que fue rápidamente suspendida después de la primera sesión. No me extenderé en detalles, pero solo para refrescar la memoria os diré que la cosa se salió de padre cuando a Malfoy se le ocurrió conjurar una serpiente y Potter no tuvo mejor idea que librarse de ella azuzándola contra Justin Finch-Fletchley.

Vamos, que se lió parda...

Creo que el pobre Justin lo contó de milagro. Un segundo más y aunque la serpiente no se lo hubiera cargado a él le habría dado un paro cardíaco. Al final Snape solucionó la papeleta como él solía hacer las cosas, de forma tan brusca y seca como su carácter. Sin apenas mover un músculo de la cara, se deshizo de la serpiente, fulminó el club de duelo y nos envió a todos a la cama, Lockhart incluído.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, diré que fue una suerte tenerle cerca.

Pero la cosa no quedó así. Para quien no está acostumbrado a hablar pársel (lo que incluye a todas las personas normales, excepto raritos como Potter o su Lord Oscuro) fue una escena de lo más inquietante.

Puede que los tejones parezcan animales amigables y simpáticos pero eso es porque seguramente no has visto a ninguno enfadado. Métete con uno de los nuestros y verás de lo somos capaces...

Aquel ataque a Justin molestó mucho a todos los Hufflepuff en general, pero Cedric, como recién elegido prefecto, se lo tomó especialmente a pecho. Le parecía una ofensa a toda la casa de Hufflepuff y volvió a la sala común echando chispas.

Como el enano con gafas nunca había sido santo de mi devoción corrí a unirme a él, y allí nos dieron las tantas, sentados plácidamente en los sillones de la sala común mientras poníamos a Potter a caer de un burro.

Fue un buen comienzo, apenas nos estábamos conociendo y ya teníamos dos cosas en común: el amor al Quidditch y la aversión a Potter. En seguida conectamos y luego todo vino rodado, aunque no os engañaré diciendo que fue siempre perfecto porque eso no sería del todo cierto.

Por ejemplo, en San Valentín me llevó a un garito que daba miedo. No me refiero a que fuese acojonante como entrar en un bar de carretera lleno de moteros.

No.

De hecho no se parecía en nada a esa clase de miedo. Aquel sitio daba mal rollo del modo en que lo daría llegar a clase de pociones y encontrarte a Snape con su grasiento flequillo peinado a lo Bibier. Era tan inquietante que creo que hubiese preferido que me llevara a un local lleno de emos pseudogóticos, todos con su flequillo negro y más maquillaje que Lady Gaga en una fiesta de Halloween.

Sin embargo allí estábamos, rodeados de confeti y corazoncitos, y por un momento casi me voy por la pata abajo cuando se me ocurrió que Cedric era tan… tan… … tan Cedric... que lo mismo se le ocurría proponerme matrimonio.

Sé que puede parecer una idea muy bizarra, pero os recuerdo que estamos hablando del comprometido y romántico Cedric Diggory; el cual tenía una increíble facilidad para venirse arriba en determinadas circunstancias. No digo que lo tuviese planeado, pero si en semejante ambiente empezaba a crecerse, vete tú a saber cómo podía terminar el asunto...

Aunque me sentía como si me estuviera metiendo en la boca del lobo, me armé de valor y entré en el terrible Salón de té de Madam Tudipié. Al fin y al cabo Cedric me parecía muy mono y no podía hacer algo tan feo como dejarle tirado el día de San Valentín. Creo que fue la primera vez en mi vida que me sentí un poco como una Gryffindor. Y a pesar de todo ¿podréis creerme si os digo que no fue no tan horrible? No me refiero al Salón de Té, claro (recordarlo todavía me pone los pelos de punta) sino a mi cita con Cedric. Por aquel entonces él todavía no tenía mucha experiencia con las chicas y algún baboso le dijo que esa era la clase de sitio que nos gustaba a las mujeres. ¡Y se lo creyó! Pobrecillo, siempre fue un inocentón de primera... El caso es que después de hablarlo salimos por patas de allí y el resto de la cita fue un éxito ¡Lo que me reí después, vacilándole por haberme llevado a aquel antro! La vergüenza le duró meses, supongo que porque en el fondo sí que le iba un poco todo ese rollo de los querubines y los corazoncitos.

Guardo muchos buenos recuerdos de aquel curso. Mis primeros besos, las primeras caricias, todo el apoyo y la seguridad que Cedric me transmitió cuando el terror empezó a adueñarse del colegio y hubo que suspender incluso los partidos de Quidditch.

Al final resultó que Potter no era el heredero de Slytherin y la Cámara de los Secretos dejó de ser una amenaza para siempre. Nadie resultó muerto y todo terminó razonablemente bien, excepto para el pobre profesor Lockhart, que se ganó un billete de ida para San Mungo. En comparación con Quirrell no salió tan mal parado, sin embargo creo que la vida no es del todo justa. No digo que no debiera estar donde está (a nadie se le escapa que ese hombre ya no regía muy bien antes de su aventura en la Cámara de los Secretos) pero si ser un ególatra hedonista fuese motivo suficiente para que te encierren en San Mungo, bien sabe Merlín que Draco Malfoy acabaría allí de cabeza. Además, Lockhar ni siquiera fue el que peor regía de todos nuestros profesores de defensa (para más señas releer en el capítulo anterior la parte dedicada a pirada de la profesora que tuvimos en primero; sí, esa que le ponía ojitos a mi actual novio, la misma), el cerebro de aquella mujer tampoco carburaba y ahí la tienes, tan feliz con su sucedáneo de vampiro.

En cuanto a Cedric, con el paso del tiempo tuve que reconocer que era un tesoro, pero también un poco moñas. Demasiado convencional y santurrón para mí. Siempre se regía por el manual del perfecto caballero y por mucho que me esforzaba no había forma de conseguir que me metiera mano de forma decente ¿O debería decir indecente?. No es que no tuviese líbido, simplemente era la persona con más autocontrol que he conocido nunca. De seguir con él habría llegado virgen al matrimonio ¡Merlín no lo quiera!

El caso es que al final de curso la situación era ya insostenible y cortamos de mutuo acuerdo.

Abróchense los cinturones. Había sobrevivido a mi primer novio y estaba lista para emociones más fuertes.