Los libros de Harry Potter no me pertenecen, son de J.K Rowling y de quienes sean sus derechos. Escribo esto por puro gusto personal, y para alegrar a otros fans, y no quiero ni busco nada a cambio. Gracias.

Advertencia: Esta historia contiene yaoi, es decir, amor entre hombres. Así como tortura, non-con, m-preg, canibalismo, criaturas sobrenaturales, drama, y escenas de índole sexual. Temática muy dura, queda advertido.

Sumario: De la muerte de Harry Potter, se alzó el esqueleto de un imperio. La caída de los gobiernos muggles, trajo su carne. La sangre, el hambre, y el sufrimiento de millones, crearon un alma negra y cenagosa para la malformada carcasa. Ahora, tras una década de existencia, Draco Malfoy, espía de la orden del fénix, sacrificará su cuerpo, su corazón, y su alma, para demolerlo. (Harry y Draco acromántulas)

Nota: Este cap me ha llevado un pelín más de tiempo porque necesitaba muchas más correcciones que los anteriores, y porque estaba alternando con otro proyecto, pero aquí está, limpito y reluciente. ^^

P.D: Esta vez tocan besos de venenos… supongo que porque Harry me hace pensar en ellos. XD

- Mixhii: Hola Mixhii ^^ me alegro de que te gustara el cap, y no te preocupes no se quedará tirada la historia. ;) De Harry y el trato, es algo complicado porque aunque Draco no esté ya pensando ahora en él, dado que Hogwarts ha caído y nada queda por lo que luchar, Harry sin embargo, está cada vez concienciado de lo que su negativa a combatir ha supuesto para el mundo. Pronto tendrán que hablar de ello y decidir qué hacer, pero eso ya no será hasta más adelante. ^^ Gracias miles por seguir animándome y aquí te mando besos de cianuro. XD

- Michisaku: Hola Michisaku ^^ ¿¡Te leíste todos esos!? (felicidad INMESA ;) Sé cómo es eso de que te guste tanto un fic que cada vez que sacan un cap se te oye gritar por casa. XD Mis padres se ríen cada vez que me sacan un capítulo nuevo de Bend around the wind, o Eidolon. XD Me llena de alegría saber que alguien siente eso mismo por mi obra, guau, no dejo de sonreírme. :) Gracias por animarme tantísimo, y me alivia mucho que no te importe que este de nuevo empezando a pesar de tener que esperar. Estaré deseando saber que te parecen los cambios que le hice a este cap, que aunque sustancialmente no cambian la historia, sí que alteran la narrativa. Bye y besos de acónito.

P.D: Tírale a Harry cuanta tierra quieras, yo hago lo mismo, creo que es porque pienso que Draco ya sufre bastante, o qué carajo, porque a él le quiero más. XD (Maldito Harry, a ver si le cuidas mejor XD)

- Rochy true: Hola Rochy ^^ Entiendo que te molestara el reinicio pero me alegro de que te guste el resultado. Esta vez es una carrera a muerte que no puedo perder. XD Bye y besos de belladona.

- Kira Masen: Hola Kira ^^ Gracias por animarme y aliviarme un poso del agobio de pensar que hago mal al reeditar tela. Es cierto que disfruto escribiendo, a veces, con la presión se me olvida. Menos mal que tengo quien me lo recuerde. ^^ Y sí, Harry es malvado, pero se enmendará como ya sabes… o más le vale. XD (Pobre Draco, y lo que aún le queda ^^) Bye y besazos de nitrato de plata.

-Anata Yume: Hola Anata ^^ Jijiji Sip, Draco no le da importancia a estar desnudo delante de un monstruo. Espérate a que se dé cuenta de que es humano jujuju. XD Gracias, bye y besos de amaranto.

Bienvenidos a:

TELA DE ARAÑA

Capítulo 4- Padre

- No voy a matarte.- retiró levemente un poco de peso, permitiendo que el rubio respirara con más facilidad.- Tengo otros planes para ti. Finite incantatum.

Un hechizo como ese jamás podría haber sido desecho sin meses de arduo trabajo, de estudio y de desenredo de los nudos de magia que lo mantenían. Pero él poseía un poder terrible, burbujeante bajo su carne, lo bastante agresivo para convertir la tarea en una cuestión de minutos.

La fuerza de su magia buscó el centro del sello que aprisionaba a la araña de Malfoy, y lo rodeó con la intensidad de una llamarada, desgarrando y mordiendo con salvaje entusiasmo hasta devorarlo por completo.

Draco aulló como una cosa inhumana.


"¿Qué me ha hecho?"

¿Qué le había hecho el monstruo? ¿Qué le había hecho?

No podía moverse y no podía parar de temblar, tenía tanto… ¿frío?, ¿calor?, las sensaciones pasaban tan rápido de una a otra, que era imposible saberlo.

Un nuevo estremecimiento lo hizo gemir, y Draco se encogió cansadamente sobre sí mismo, en un movimiento más reflejo que consciente. Demasiado exhausto para intentar nada más.

Sintió como otra arcada se abría paso dolorosamente por su garganta, obligándolo a toser un hilo de bilis teñido de rojo, que resbaló por su barbilla pegajosamente. Su estómago, vacío, no tenía más que expulsar, y solo el esfuerzo de echar la mucosa hizo que el dolor se intensificara, y sintiera como si su vientre hubiera sido frotado por dentro con sal.

Aun así, su organismo continuó convulsionándose, una y otra vez, tratando de expulsar algo que no podía ser vomitado. Las arcadas aflojaron lentamente, pero la agonía no hizo más que crecer y extenderse a otras zonas: a su garganta abrasada por la bilis, alrededor de sus entrañas tan vacías y doloridas como una tripa de animal puesta a secar en polvo de tiza, dentro de su cráneo nublado de fiebre…

Su mente, dispersa por el malestar, no hacía más que revivir el esquivo recuerdo de la única otra fiebre, que lo había acosado de una manera tan virulenta.

Había sido cuando tenía diecisiete años.

Durante un mes de cama, vomitando cada pocas horas, a veces minutos, casi incapaz de retener alimento alguno, demasiado enfermo para otra cosa que no fuera dormir, Draco había estado tendido entre la vida y la muerte. Calor y frío, como ahora, subiendo por sus nervios en fiebres constantes que lo hacían temblar violentamente. Una sensación angustiosamente similar a esta, haciendo tirante su piel, como si fuera a desgajarse por costuras invisibles.

Vagamente deseó que no fuera la misma enfermedad. Pero cada vez era más difícil pensar, permanecer consciente y centrarse en nada que no fuera el fuego abrasador en sus venas.

La primera vez la enfermedad casi lo había matado.

Recordaba la imagen de su madre cernida junto a su cama, marcada de líneas de preocupación y angustia. El rostro pálido, cada vez más borroso y desesperado, a medida que sus energías se apagaban…

Medimago tras medimago, en un largo desfile que no había servido más que para agotar aún más sus escasas fuerzas. Y su padre… su padre constantemente ahí como una presencia silenciosa, vigilante, y protectora…

Hasta aquella noche, en que escuchó las voces de ambos levantadas violentamente en una discusión que no comprendía.

El recuerdo estaba deslavado, y era más un cúmulo de vagas sensaciones consumidas por la enfermedad, que apenas podía recabar. Pero estaba seguro de que en algún momento su madre se había ido, porque ya no había vuelto a percibir su cálido perfume floral. Tenía la impresión de haber habido brazos levantándole. Calor, la voz amable de su padre, olor a polvo, rugosa piedra fría bajo su cuerpo laxo. Y creía… no estaba seguro, el olor oxidado de la sangre.

Todo lo demás era un remolino, y la oscuridad tersa de la inconsciencia.

Por la mañana se había despertado en su cama, despejado como no se había sentido en semanas, sin fiebre, ni dolor. Solo un vago leve cansancio, y el hambre consecuencia de tanto tiempo subsistiendo a base de sopas, te y leche, mordisqueando juguetonamente su vientre.

Nunca le preguntó a su padre que había hecho para arrancarlo del borde de la muerte.

Solo los rituales más negros podían devolver de forma tan antinatural la salud. Pero de no ser por lo hecho, aquella enfermedad lo habría matado, y Draco no podía culpar a Lucius acosándolo con preguntas cuyas respuestas, sabía, no había estado preparado para escuchar. No en aquel entonces, cuando Draco todavía había sido, en muchos aspectos, un niño.

Había preferido permanecer en la ignorancia.

Y después, años más tarde, cuando ya había sido lo bastante adulto para comprender y aceptar las respuestas, un ritual oscuro se había convertido en una falta tan leve a la luz de todo lo que ya había presenciado en la guerra, que había perdido toda importancia.

Pero ahora, esta segunda vez, su padre no estaba aquí para salvarle. Y de haberlo estado, descubierta la traición, Lucius no habría levantado un dedo por él, salvo que este hubiera sido para maldecirle.

Sus intestinos se contrajeron como serpientes ante una llamarada, sacándole del recuerdo, con otro gemido de agonía entre sus dientes apretados. La aflicción estaba empezando a arremolinarse en su bajo vientre, creando en su mente una imagen de masa sanguinolenta, hinchada y ulcerada. Y cada vez dolía más… Sus riñones, sus piernas, se sentían inflamados hasta el punto del dolor, aunque no se veían abultados en absoluto.

Un brusco, nuevo, cambio de temperatura, arrasó sus venas con la convulsión más intensa hasta el momento, y cuando la oscuridad intentó llevárselo, Draco de dejó se arrastrar a la inconsciencia. Agradecido de no tener que seguir despierto.

Harry miró mientras dedos pálidos como ceniza se enredaban en el pelaje de las pieles, aferrándose con fuerza, y Malfoy jadeaba, acurrucado en posición fetal, hasta desmayarse. Sudor frío perlaba su frente, adhiriéndole el cabello a las mejillas y el cuello, y deslizándose por su piel en una película brillante para acumularse entre sus omoplatos, en el hueco de sus clavículas, empapando las pieles ya pegajosas de vómito.

Malfoy parecía al límite. Su cuerpo incapaz de asimilar unos cambios, que eran demasiado radicales para alguien de su edad.

La metamorfosis tendría que haber sucedido en la adolescencia, cuando el organismo es maleable, flexible, y ya está experimentando cambios propios. El hechizo que Harry tan ansiosamente había roto, no había estado ocultando su auténtica naturaleza, como él había creído, había estado estancando la mutación. Y ahora, retomada en un cuerpo ya conformado en la forma definitiva de la madurez, exigía variaciones demasiado violentas para algo ya no listo para sobrellevarlas. Cambios que los hechizos curativos eran insuficientes para enmendar.

Malfoy moriría.

Cuando el bosque lo necesitaba vivo a toda costa.

Harry chascó las mandíbulas.

Solo existía en la espesura, un ser con una magia lo bastante poderosa, y los conocimientos para salvarlo.

"Debo llevarlo a padre." Cerró los ojos con fuerza, casi dolorido con la decisión. No queriendo hacerlo. La salud del gran espíritu ya era precaria tal como estaban las cosas, pedirle que gastara más del escaso poder que le restaba, en un mago, sonaba a blasfemia… pero….

"Es la única manera."

Un nuevo gemido de dolor, hizo que devolviera la mirada a su antiguo enemigo, ahora desmadejado en el nido.

La luz verdosa de los hongos, estaba volviendo la piel nacarada, cada vez más pálida y reluciente de sudor, y el aún más descolorido, casi blanco cabello, de un espectral tono ceniza. Los músculos se movían espasmódicamente bajo la carne, y las inspiraciones eran cortas, agitadas, y sonaban ahogadas. Las heridas empezaban a amenazar reabrirse, a pesar de la tela de araña que las envolvía… Y los pellejos que cubrían al maltrecho slytherin, parecían toscos y abrasivos contra el cuerpo desnudo.

Malfoy estaba al límite de sus fuerzas, y los cambios ni siquiera habían empezado a afectar su forma física. Si no recibía ayuda pronto, la sobrecarga lo mataría.

No tenía tiempo. No tenían tiempo.

Cerró los ojos.

Otra parte de sí mismo aprisionada por gruesas barreras mentales, recibió el consentimiento, y las cadenas se desprendieron permitiéndole volver a la superficie, aflorando al frente de su mente con la misma natural elegancia y poder de un dragón rompiendo en vuelo. Sintió como la personalidad del hombre, los restos del griffindor, el humano, se apoderaba completamente del control, empujando la bestia, el fiero asesino, a las sombras llenas de telarañas del fondo de sus pensamientos, mientras su cuerpo cambiaba para adaptarse a la nueva matriz, como una serpiente emergiendo de su vieja piel.

Los huesos y músculos, los órganos, mutando rápida y suavemente, sin dolor alguno.

Harry Potter… abrió los ojos.

El icono de la luz se irguió desnudo en el lugar donde hacía solo unos instantes, había estado la gran acromántula. Su corto cabello, negro y descontrolado, parecía haber sido mordido, más que cortado, en mechones desiguales salvajemente en todas direcciones.

Sus ojos mantenían ese verde luminoso, herencia de su madre, que resultaba inconfundible. Si bien sus profundidades se habían oscurecido, habitadas por sombras inquietantes, imposibles de limpiar, heladoras.

Harry parpadeó lánguidamente, (siempre le costaba unos momentos adaptarse al cambio), Malfoy seguía semiinconsciente. Asintió satisfecho.

De momento no quería revelarle quién era, o más bien, quien había sido.

Ya no era el muchacho delgaducho y frágil que sus amigos recordaban. Los últimos diez años habían operado cambios notables en él.

El desarrollo que había comenzado en su adolescencia, había culminado en una altura de casi un metro noventa, una complexión poderosa de hombros anchos, y una musculatura potente pero flexible. Quienes subestimasen su rapidez encontrarían con extrema facilidad, lo doloroso que podía ser morir.

Se agachó junto al otro hombre, retirando cuidadosamente las pieles que lo cubrían. No había necesidad de lastimarlo más. Viéndolo así, desnudo, enfermo, frágil... Harry sintió una punzada de compasión atravesar su consciencia.

Casi con amabilidad, levantó a Malfoy por los hombros recogiéndolo contra su pecho, la cabeza rubia lánguidamente apoyada en su hombro. El cuerpo temblaba convulso entre sus brazos. Pero cuando pasó el otro brazo bajo sus piernas para levantarlo, el movimiento hizo que su vista se clavara en la marca tenebrosa impresa en su brazo… Y toda compasión y amabilidad murió en él, al recordarse con que trataba.

Mago.

Con brusca determinación se puso en pie.

Y echó a correr.

Draco se estremeció violentamente cuando una nueva arcada trató de abrirse paso por su garganta, a pesar de estar ya vacío incluso de bilis. El dolor lo arrancó brevemente del velo de sufrimiento que velaba su consciencia, y le hizo consciente de los brazos que le sostenían, el pecho cálido contra su mejilla, el rítmico latido de un corazón.

"¿Quién…?"

Olía a sudor, pero… por alguna razón, resultaba tranquilizador, confuso… Trató de abrir los ojos… pero el malestar lo atenazó de nuevo como una llamarada interna, arrastrándolo de vuelta a las profundidades de la inconsciencia.

Al salir de la cueva, las últimas luces de la tarde estaban ya apagándose tras las copas de los árboles, tiñendo la nieve que lo cubría todo de los dorados y rojizos del atardecer, aun cuando solo eran las cuatro de la tarde. Lo poco que se podía ver de las plantas y árboles bajo el manto blanco, era de un verde ceniciento, mustio y enfermizo. Los animales y criaturas que encontró a su paso, en su carrera hacia el centro del bosque, parecían nerviosos, asustados.

Igual que siempre, la visión hizo que deseara poder hacer algo por ellos. Y ahora, si conseguían que Malfoy sobreviviera, podría.

Su paso se hizo más vigoroso, sus pies prácticamente volando sobre la nieve. Hasta que, finalmente, se detuvo frente a una cortina vegetal de enredaderas, espinos y muérdago, tan ceñida que parecía sólida. Nadie que no hubiera sabido que buscar, habría diferenciado esta zona hueca, de la pared de piedra a su alrededor.

-He venido a ver a padre.- Su tono, contenido, apresurado, hizo que las plantas se apartaran a su paso con susurros de tranquila bienvenida. "Bienvenido guardián, se bienvenido."

Más allá del corto túnel, se abría el corazón del bosque oscuro.

La oscuridad se iba extendiendo poco a poco, apagando las últimas luces del día. La niebla comenzaba a venir del lago extendiéndose entre los árboles, sinuosos zarcillos nebulosos, trepándose entre las raíces y ramas del enorme árbol, que dominaba el claro.

Los nudos de su tronco, gruesos y ancianos como enormes rocas, hablaban de tiempos antiguos, más atávicos de lo que la historia humana podía recordar. Sus raíces surgían del lecho de hojas muertas a sus pies, como inmensos puentes naturales hacia el hueco que se habría donde el tronco encontraba la tierra. Sus ramas, milenarias, se inclinaban cansadas hacia el suelo, cargadas de cortinajes de enredaderas, muérdago, y musgo. Todo a su alrededor, docenas de acromántulas trepaban por sus raíces y ramas, silenciosas guardianas de la poderosa magia que guardaba.

Pues él era el gran padre del bosque, el primer árbol en levantarse en este suelo, el cuerpo de un espíritu antiguo como la tierra. Y a sus pies, entre sus raíces, se erigía la única zona limpia de nieve y vegetación. Un círculo perfecto de tierra manchada de sangre seca. Una zona que parecía susurrar con la poderosa magia que manaba de ella, como agua cantarina en un arroyo.

Sagrado, parecía gemir el aire.

Altar de sacrificios, templo de milagros.

Las arañas se inclinaban ante Harry mientras avanzaba entre las raíces. El crujido de las hojas y la nieve bajo sus pies desnudos, los débiles gemidos de dolor de Malfoy, su propia respiración agitada tras la carrera, los murmullos de las acromántulas…

"Guardián…guardián…guardián…El guardián ha venido…"

Inclinó la cabeza regiamente en saludo, observando el espacio a su alrededor con velada reverencia. Aún después de diez años, pisar el lugar más sagrado del bosque le aceleraba la respiración, erizaba el cabello con el roce de su poder, le hacía sentir arrullado y amado. Le hacía llamarlo hogar.

Un suspiro escapó de sus labios involuntariamente. Incluso Draco parecía más tranquilo aquí, ya no tan tembloroso.

"Este es mi hogar."

-Hijo mío, te estaba esperando. –La voz, un susurro de ramas mecidas por el viento, hizo que Harry se arrodillara de inmediato, al borde del altar. Draco en sus brazos extendidos, como una ofrenda sin palabras.

-Padre.- musitó, e inclinó la cabeza para recibir la caricia. La punta de una rama le rozó el cabello dándole la bienvenida.- Lamento traer ante ti un mago.

La rama le acarició la mejilla con dulzura, tranquilizadora.

-No debes avergonzarte por traer aquí a tu elegido. Solo es lo que es porque su espíritu aún no es libre. Ven, déjalo en mi seno y lo sanaré. Mucho depende de vosotros. – La amabilidad, el agotamiento, y el cariño en el tono, hicieron que Harry sintiera, no por primera vez, la necesidad casi convulsa de aliviar el peso del gran espíritu.

"Si hubiera sabido lo que era Malfoy antes…" Pero de nada servía desear lo que ya había pasado. Aún no era tarde, y por fin tenía, por fin, la oportunidad de entregarle al gran padre una nueva energía. Una vida renovada. Solo necesitaba nueve meses más. Solo eso.

-Gracias, padre. –musitó con resignación y alivio. Y cuidadosamente depositó a Draco sobre la tierra manchada de sangre.

Su pálido cuerpo se estremeció al perder su contacto, como si, sin su calor, el frío le helase las venas. Su piel había perdido ya todo color, cenicienta y fina como papel de seda, bajo la que podía adivinarse el delicado entramado violáceo de las venas. Sus labios blancos como la nieve, se entreabrieron en un desgarrado grito de dolor, cuando pequeñas sinuosas raíces comenzaron a surgir de la tierra a su alrededor, buscando sus venas, perforando su carne para introducirse en ellas. Reptando por su interior, mezclando la poderosa salvia del espíritu con su sangre cambiante.

Draco aulló.

Se retorció desesperadamente, pero los tentáculos vegetales siguieron torturándolo sin inmutarse, introduciéndose cada vez más en su interior. Prácticamente inconsciente, pero incapaz de soportarlo, trató de arrancarlos instintivamente.

Harry lo agarró por las muñecas, impidiendo que pudiera conseguirlo.

-Tranquilo, pasará pronto.- Le susurró, casi involuntariamente, aunque sabía que ahora mismo Malfoy no podía escucharle. Viéndolo así, el recuerdo de su propia transformación, de lo dolorosa que había sido... agarrando sus muñecas con una sola mano, acarició su cabello dulcemente, como habría hecho por un animal herido, enredando los dedos libres en los espesos mechones rubios. - Sshhh, ya está, ya está. - ¿Qué estaba haciendo…?

Draco gimió y se removió débilmente. Pero poco a poco sus agónicos esfuerzos por liberarse fueron apagándose hasta desaparecer, a medida que el abrasador influjo de las raíces, se iba convirtiendo en una acariciante fuente calor.

No podía moverse.

El calor lo mecía suavemente, tan agradable, tan dulce... le susurraba tranquilizadoramente, le decía que se rindiera, que no iba a doler, que abrazara aquellos cambios.

Se sentía tan extraño... Algo dentro de él estaba mutando, adaptándose de un modo aterrador a formas que no lograba entender. Era espantoso, repugnante.

¡No quería aquello! Pero el calor no le dejaba resistirse, como un hechizo que lo obligaba a permanecer tranquilo, inmóvil, dejando que todo aquello le sucediera sin poder oponerse. Frenético trató de resistir, empujando la presencia fuera de su mente con todas sus fuerzas. Pero no conseguía reunir la voluntad suficiente para lograrlo, era demasiado poderoso.

"Duerme, hijo mío, duerme ahora. Cuando despiertes todo será como debe ser." El susurró lo arropó como una suave colcha de plumas, ahogando su consciencia.

"¡No! No, no,..no...n.." El sueño lo apagó todo.

Y tuvo miedo de lo que vería cuando abriese los ojos.

oOo

Despertar fue un proceso lento y esquivo. Lleno de pequeños retazos de información: El sonido de su propia respiración, la sensación de las pieles bajo el cuerpo, el cansancio que languidecía sus músculos y le daba ganas de volver a dormirse… Pero unos dedos insistentes sobre su cabello le llamaban con pequeñas caricias para que abriera los ojos. Y lentamente, se encontró respondiendo con quedos murmullos, hasta que finalmente, sus pestañas temblaron, y sus párpados se abrieron con sensual placidez.

"¿A quién me he traído esta vez a la cama?" Debía ser un amante nuevo, ninguno antes le había despertado así. Pero cuando levantó la mirada, la criatura que había ante él no era nada que él hubiera catalogado como humano.

Se incorporó bruscamente, su mente, ahora llena de los recuerdos del día anterior. ¡¿Qué le había hecho la gran acromántula? ¡ ¿Qué era aquel ser?!

La criatura mediría un metro noventa, y su poderosa musculatura de forma humanoide, estaba cubierta por brillante quitina negra, de pies a cabeza. Lo único visible eran sus antinaturales ojos verdes, y los afilados colmillos rezumantes de veneno.

Largos dedos terminados en afiladas puntas como cuchillas, similares a las patas de una araña. Corto y espinoso cabello negro, enmarcando un rostro casi plano, sin nariz. Pupilas enormes, ovaladas, como los grandes ojos de una ninfa…o de un insecto.

Y sin embargo, a pesar de resultar tan aterrador y extraño, de algún modo, se sintió… atraído por él. Tragó saliva. La parte racional de sí mismo aullaba que aquel monstruo podía ser peligroso, y que estaba desarmado.

Con lenta deliberación, aunque no lo deseaba realmente, se apartó de él hacia el borde de las pieles, dispuesto a echar a correr de ser necesario.

No se engañaba respecto a sus oportunidades en un duelo físico con algo de ese tamaño y constitución. Después de todo, él apenas medía un metro setenta y cinco. Pero quizás si pudiera ser más rápido. En cuanto su mirada se desvió a la salida, el ser le agarró del brazo con la rapidez de un escorpión.

-Ni lo intentes. No tienes a donde escapar.- aquella voz, siseante, la había escuchado antes.

-¿Qué quieres de mí?- inquirió sin ceder un ápice. Con esta criatura, igual que con la gran acromántula, sabía que no sería prudente demostrar debilidad. Aun cuando su piel sufrió un escalofrío bajo su roce, y el aire se le atrapó suavemente entre los dientes, confundiéndolo.

-¿Qué quiero de ti?- se inclinó hasta rozar sus labios con los suyos, la voz cargada de desprecio y odio.

El cariño, por breve y extraño que fuera, que había sentido por el rubio, se extinguió al escuchar la pregunta. Y el deseo abrasador de ayudar al bosque aún quemaba sus arterias.

Malfoy, el joven mago, asesino, torturador... y recordaba, recordaba, aprendiz de Snape. Maestro de pociones.

Criaturas inocentes reducidas a ingredientes… seres que tenían sentimientos y vidas. Criaturas más humanas que muchos humanos, que cualquier mago, troceadas y diseccionadas.

"Merece un castigo." La irá ante los recuerdos se despertó dentro de él como una ola de veneno y llamas.

Apretó el brazo de Draco con más fuerza, hasta sentir el hueso a punto de dar de sí bajo sus dedos. Repentinamente, su mano libre se apoyó en aquel vientre nacarado en una caricia posesiva, que esta vez hizo temblar a Malfoy visiblemente.

- Quiero que portes mis crías.

Continuará.