Hetalia.

Mis días como Alemania Nazi.

Capítulo final.

Hola ^ ^ Pues me siento feliz de poder terminar satisfactoriamente este fic, el cual me ha costado hacer debido a la investigación que realicé antes de escribirlo. La época nazi no duró muchos años tal como Hitler esperaba, pero lo que es difícil es detallarlo, ya que hay muchos sucesos que bien valen la pena ser mencionados, como la intervención mexicana. Bueno, aquí les dejo mi último capi y espero que les guste.

¡Por Dios…! ¡Este debe ser mi castigo!

-Pobre imbécil... No puede ni siquiera darse un tiro…

Iván se acercaba peligrosamente hacia mí, mostrando la afilada pica y el brillo siniestro de su tubería bañada en sangre. Sangre alemana, sangre que había sido derramada por culpa de las ambiciones innecesarias y estúpidas. Arrodillado en el piso, con las manos apoyadas de modo mediocre sobre mis muslos y viéndolo a la cara, esperé a que atestara el golpe que me aniquilara. Pensaba en mi adorada México, en sus cabellos oscuros y sus bellos ojos castaños. Pensaba en mi hermano, en mi patria y en aquellos más que habrían de perecer.

Iván me dio un golpe en la cara con su tubería, fue tan rápido que no me di cuenta hasta que me hallaba en el suelo escupiendo sangre. Escuchaba su maléfica risa, inundando el lugar. Los demás soldados que le acompañaban se burlaban de mi desgracia y hasta se daban el lujo de insultarme. No. Yo no podía morir en ese lugar, ni en ese momento, ni mucho menos a manos de un sucio comunista. Así que me levanté y corrí sin rumbo fijo, tratando de perderme entre las ruinas de los edificios de mi amada Berlín.

-Señor, se escapa…

-Da, no importa, de cualquier manera lo vamos a capturar, ustedes sigan adentrándose en la ciudad…

Era un alivio momentáneo que no consideraran necesario el atraparme en ese momento, pues lo que quería era refugiarme. Me di un par de puñetazos en la cara, era una auto-reprimenda por ser tan idiota. ¿Cómo se me ocurría pensar en morir? ¿Cómo podía siquiera pensar en dejarme asesinar, siendo que mi gente me necesitaba? Una vez que me sentí a gusto conmigo mismo, y mis pocas ganas de luchar regresaron, tomé camino al Führerbunker donde estarían refugiados Hitler y sus pocos seguidores.

Y dicho y hecho, ahí estaban escondidos como sabandijas bajo las rocas mientras que el huracán ruso atacaba la ciudad. Al verme, Hitler esbozó una muy falsa y demente sonrisa, se le notaba que no había comido en días, su locura le estaba rebasando. Me senté sobre una caja de madera, tratando de pensar en algo, definitivamente debíamos rendirnos.

-Ya no podemos hacer mas, hay que firmar la rendición y evitar más daños, hemos sido rebasados, ya no podemos seguir peleando.

-Nein!-Gritó Hitler-No mientras pueda pelear…

-Hitler… Usted parece no reaccionar, usted no ha visto lo que yo… ¡Los cerdos devoran los cadáveres de los caídos! ¡¿Acaso perder la guerra no es menos grave que eso?!

-¡No tiene derecho a gritarme, soldado!

Hitler se atrevió a golpearme, no era que me doliera ni mucho menos, pero sabía que todo estaba fuera de control. Negué con la cabeza varias veces, debía convencerlo, después de todo, era el líder del Tercer Reich, aun.

-El Ejército Rojo está allá arriba, en la superficie atacando, devastando la ciudad, y nosotros escondidos en este bunker subterráneo, es hora de…

-No lo diga… No nos vamos a rendir…

Días después, hubo una reunión con comandantes de la milicia. Ahí, Hitler tuvo la idea de suicidarse debido a que estábamos perdiendo la guerra. No podía enfrentar la realidad. Debía rendirse pacíficamente, y tratar de hacer una tregua, o un tratado de paz, por lo menos para poder levantarnos de nuestras cenizas, pero como siempre la locura de Hitler le impidió rendirse, y sin embargo, empezaron a reclutar gente, incluso niños que pudieran pelear por salvar Berlín; los restos del ejército alemán, las juventudes hitlerianas y las Waffen-SS se batían con el Ejército Rojo.

Lamentablemente, con la ciudad sitiada y cruelmente atacada, el 30 de abril de 1945, nuestro líder, aquel que nos daría mil años de periodo nazi, terminó por matarse, en el bunker. Creo que nadie trató de evitarlo. Dos días después, el 2 de mayo, el general alemán Helmuth Weidling se rindió incondicionalmente al general soviético Vasili Chuikov.

Hitler fue sucedido por el Almirante Karl Dönitz, como presidente del Reich, mientras que Joseph Goebbels fue nombrado canciller del Reich, pero se quitó la vida un día después de su nombramiento. Entre el 4 y el 8 de mayo de 1945, el resto de las fuerzas armadas alemanas se rindieron incondicionalmente en toda Europa. Para el 9 de mayo de 1945, la Alemania Nazi estaba acabada. La guerra había sido perdida.

Mi derrota no solo marcaba el final de una era que nunca debió existir, sino que afectó a sobre manera a Prusia. Muchos de sus territorios fueron a pasar a Polonia y a Rusia. A finales de ese año, entre 10 y 12 millones de alemanes huyeron a Prusia para evitar al Ejército Rojo de Rusia, pero lamentablemente, muchos no sobrevivieron el éxodo. Desgraciadamente, para cuando fui a ver de nuevo a Gilbert, había sido demasiado tarde. Los Aliados ya lo habían aniquilado. Mi pobre hermano, mi querido Gilbert… Me acerqué a su lecho, el cual no era más que tierra mojada de su propia sangre. Estaba agonizante, casi sin vida.

Sus ojos miraban al cielo, como aquella tarde que estuve a su lado. Pero ya no eran rojos, eran tan negros como la misma muerte que lo acechaba a cada paso. Me arrodillé de inmediato, sosteniendo su pobre cuerpo. Rusia y Polonia lo habían atacado, junto a los Aliados. Sus brazos carecían de fuerza, y su pecho apenas se contraía en un inútil esfuerzo por respirar. La sangre salía de su boca y nariz, mientras que una herida manaba como llave abierta.

-¡Por Dios…! ¡Este debe ser mi castigo!

Mi grito debió alertar a los Aliados, quienes estaban cerca. Sin embargo, mis lágrimas cayeron sobre el rostro de Gilbert, no podía creer que estaba derrotado, acabado. El pequeño pollo, Gilbirt, estaba a su lado, pero no aleteaba, no piaba. Estaba muerto.

-¡Gilbert…! ¡Háblame! ¡Por favor, no me dejes!

El pobre ya no reaccionaba. Solamente trataba de tomar mi mano. Yo lo hice, y le dije que no se rindiera, que todavía lo necesitaba. Pero el daño provocado por esos malditos Aliados era irreparable. Dirigió su mirada a mí, y una leve sonrisa apareció de pronto.

-We… st… Herna… nito…

-Gilbert, vas a estar bien… Te lo juro, por mi vida…

-Claro… A… Allá… Arri… ba…

-No digas eso, te necesito aquí… Lucha, mein gott…

-West… Ludwig… Ich liebe dich...

Y cerrando los ojos, murió en mis brazos. Su última frase fue Ich liebe dich, Te amo en lengua materna alemana…

-No… Esto no está pasando… Debe ser una pesadilla… Gilbert, cabrón, levántate, no me hagas esto… ¡Gilbert! ¡GILBERT! ¡GILBERT, DESPIERTA, MEIN GOTT! ¡GILBERT!

Sacudía su cuerpo tratando de reanimarlo, pero era inútil Gilbert estaba muerto, y una parte de mi murió junto con él. No sé cuánto tiempo estuve gritando, rogando a Dios que fuera piadoso y me lo devolviera. Mientras lo llamaba, oí unos pasos detrás de mí. No era difícil saber de quienes se trataba. Eran ellos, los malditos Aliados que le habían dado muerte a mi pobre hermano mayor.

Para mi sorpresa, no sentí deseos de venganza, o ganas de matarlos, de romperlos con mis propias manos, pero ya las tenia ocupadas sosteniendo a mí hermano. Inglaterra, liderando a esos imbéciles, se paró delante de nosotros, con esa altiva y maldita mirada arrogante, poblada de cejas. Con los brazos cruzados, viéndonos como poca cosa. Quise decirle toda clase de injurias y maldiciones, quise ofenderlo, decirles todo lo que sentía, pero extrañamente no tuve las ganas de hacerlo. No iba a rebajarme frente al cuerpo de Gilbert, el cual aun estaba tibio.

-Ah, miren lo que trajo el gato, un alemán derrotado…

Su voz era insoportable y apenas acababa de decir una frase. El llanto no se detenía al salir de mis ojos, y no había una razón para ello. Ya me habían dado el peor de los golpes. Ya no tenía nada por lo cual luchar. Ya no podía pelear, ni por mi vida…

-Parece que quería mucho a ese idiot de Prusia. Murió por ser un débil, por no saber defender su casa ni su honor… No era un verdadero hombre…

Inglaterra se estaba pasando de la raya, fruncí el ceño y mostré los dientes cual perro rabioso. No le iba a permitir que hablara así de él…

-Englisch Idioten...! ¡No tienes derecho… No te atrevas a pronunciar siquiera su nombre…!

-¿Con que quieres ir a la tumba junto con él, no es así? No te preocupes, podemos sepultarlos juntos, no hay problema. Aunque, no sé si México quiera ir a su patético funeral…

Era ese maldito de Estados Unidos… Con su falsa y ridícula cara infantil, se plantó delante de mí, sacando un revolver, cuyo cañón puso en mi frente, su sonrisa triunfadora le daba un aire de superioridad, en tanto, Inglaterra le miraba con fastidio, cerrando los ojos.

-Mi frau… Mi amada y schöne frau... Ella no es como tú, y el único patético eres tú, maldito americano… No tienes la menor idea de cuánto los odio a todos…

-Nos odias, pero no me intriga, eres un alemán, y los alemanes son de sangre podrida. Mira a tu alrededor, esto es consecuencia de tu soberbia y tu avaricia. Tu líder quería solamente que los llamados teutones vagaran por Europa como la única raza poderosa, pero mírate… Derrotado, sosteniendo un cadáver, que lastima me das…

-Basta, Alfred, no tienes la necesidad de decirle sus verdades, ya lo sabe. Ahora, tal y como lo hemos planeado, Prusia deja de ser una nación, ahora, ¿Qué vamos a hacer con este hijo ario?-Inglaterra se acercó a su hermano, sin dejar de mirarme con lástima.

-Inglaterra… ¿Qué harías si mataran a tu hermano? ¿No llorarías como yo? ¿No te lamentarías las cosas buenas que jamás le dijiste por orgullo, por temor? No me digas que, que eres tan frío, por que no te creo… Si puedes siquiera imaginar una décima parte del dolor que me embarga, mátame…

-Mon ceur, Alemania, al parecer te estás dejando llevar por esa herida, pero no creo que valga la pena siquiera matarte… Aprende a vivir como un hombre tus derrotas y sal adelante de ellas… yo me niego a verte morir como tu hermano lo ha hecho ya…

Francia, el país del amor… No sé de dónde sacaba el valor para hablarme de esa manera, siendo que habíamos tenido muchos pleitos. No vi ninguna clase de perversión en su mirada, o notado un dejo de burla en su voz, estaba siendo sincero.

-He perdido a mi hermano… No tienes idea de lo que me dices…

-Oh, Alemania… Claro que lo se… He perdido colonias, y no siempre me llevo bien con estos hombres que me acompañan. Pero no me rindo. Aun hay gente que depende de mí, como hay quienes dependen de ti, cherie…

Sonaba razonable. Hay quienes dependen de uno siempre, y no se deben ignorar… De rato, Polonia se acercó a mí, con mirada de repulsión. No pude sostenerle la mirada por mucho, el dolor de tener a mi hermano me hizo vulnerable.

-O sea, ahora el alemán se hace la pobre víctima… Pues no se lo creo…. Ludwig, como te lo dije antes, ¿Acaso crees en Dios? Creo que si, por que ese Dios te ha dado tu merecido. Ahora, por lo que me has hecho, Rusia y yo vamos a tomar la región septentrional, Rusia se la va a anexar y lo vamos a convertir en el óblast entre Polonia y Lituania…

-Feliks… Ya basta… Si tienes lo que deseas, ya déjame en paz… Ya no puedo pelear, ya no tengo a mi hermano… Déjate de estupideces… Todos, déjennos solos…

-Bien, caballeros…-Intervino el horrible anglocejón-Nos retiramos. Dejen a esos dos despedirse. No quiero que la peste a muerto comience a irritar nuestras narices…

Todos se fueron, dejándonos solos. Al fin. Ya no me podía doler lo que dijeran, para bien o para mal. A un lado de Gilbert estaba su espada. Al parecer, había peleado hasta la muerte. Su sangre se lo pedía, le exigía pelear hasta que sus fuerzas se agotaran. Y así lo hizo. Lo dejé a un lado y me puse a escarbar con las manos la tierra que aun estaba impregnada con su sangre. Necesitaba darle sepultura, una tumba digna de recordar a un fiero guerrero caído.

Sentí que las uñas se me desprendían de los dedos, ya sangraban pero seguí escarbando. No quería que me diera la noche. Entonces, alguien se acercó. Si eran ellos, no sabía que iba a hacerles.

-¡Largo, ya tuvieron demasiado riéndose de nosotros, déjennos tranquilos!

-¿Alemania?

Paré de pronto. Esa no era la voz de esos bastardos desconsiderados, era la voz de mi…

-¿Frau?

-Ludwig, lo lamento mucho… De verdad, lo siento… Vine en cuanto pude, pero, ya era tarde… Lo siento…

Al voltear a verla, noté que traía un par de palas, y una cruz de hierro, tan negra como sus cabellos. No vi odio o desprecio en sus ojos, es más, parecían complacidos en ayudarme a sepultar a mi hermano.

-Pero hombre, como eres brusco… Mira nomas como te has dejado las manos… Casi se te caen las uñas…

-México… ¿Por qué me estas ayudando? Si yo te he lastimado, además… ¿Qué no se supone que tú y Estados Unidos son…?

-¿Qué carajos? No me vayas a hacer enojar delante de tu hermano, Ludwig… No tengo nada que ver con ese imbécil. Si, lo admito, le seguí en la guerra, pero solo hasta cierto punto. Yo no lo quiero, no somos ni amigos… No sé qué te haya dicho, pero no somos nada.

-Lamento notarme celoso, pero es que me parece tan raro que vengas a ayudarme, luego de lo que te hice… De verdad que no tengo perdón…

Me arrodillé ante ella, abrazándola por la cintura, respirando el suave olor de chocolate y vainilla que su piel despedía. Mi frau México, a pesar de todo, ahora se encontraba dispuesta a darme su auxilio a pesar de no merecerlo…

-Anda, ya no seas un agachón, vamos a despedir a Gilbert. Lamento tanto el no poder haber evitado que esto pasara…

-Nadie lo pudo evitar más que yo… De haberme detenido a tiempo, el estaría aquí…

-Ya no digas esas cosas. Mejor empecemos, que nos falta por acabar.

-Amy… ¿Aun me guardas rencor?

-No me da gusto lo que me hiciste, pero debo admitir un par de cosas. Uno, ya ha pasado el tiempo, y no soy rencorosa, y dos, si me excitó hacerlo de esa manera. La frase que me dejaste en la espalda casi se ha borrado, pero… Quiero que la hagas verdad, Ludwig…

-¿Por qué? No comprendo, dijiste que era un maldito, que no podías estar cerca de mí…

-Sí, lo dije en su momento, pero… Ludwig, te amo, y el verdadero amor perdona… Yo te perdono…

Volví a soltar el llanto, esta vez porque a pesar de todo, pude ver que al final de todas mis desgracias, tenía la posibilidad de volver a ser feliz. Sepultamos a Gilbert, junto a su pollo, y colocamos la pesada cruz que México traía consigo. Nos quedamos un momento, necesitaba terminar de asimilar que Gilbert ya no estaba, que lo dejaba en ese sitio para siempre.

-Espero que me perdones, hermano… No pude ayudarte más…

-Ah, Alemania… Seguro que nunca te tuvo resentimiento. Lo eras todo para él… Ahora vámonos… Debes levantar tu casa y ver por tu gente. Siempre va a ver alguien que te necesite.

-¿Deja vu? Eso mismo me lo dijo cierto francés engreído…

-¿De verdad? Tal vez si razona un poco, ese loco de Francia.

Y tomados de la mano, nos fuimos de ese paraje tan desolador, dejando no solo a mi hermano atrás, sino aquellas rencillas que se convirtieron en un odio que desencadenó la serie de guerras que nos afectaron a todos. Mi frau estaba conmigo a pesar de todo, como yo pensaba en ella. Ahora solo deseaba poder descansar… Oficialmente, éste alemán podía vivir tranquilo…

**Fin**

Pues me alegro de haber terminado. Espero sus comentarios y que lo hayan disfrutado. Me pone un poco triste el deceso de Prusia, pero bueno, ahí los dejo, y hasta la otra.

Notas: Hetalia le pertenece a Hidekaz-san.