CAPÍTULO 4

Varios días después, Jhon y Margaret bajaron del tren, en Londres, y un carruaje los condujo al despacho de Henry Lennox, a quien ella había anunciado su llegada a través de un telegrama. Jhon notaba a Margaret visiblemente nerviosa; ella misma le había contado que el señor Lennox le había pedido en matrimonio justo antes de que su familia se mudase a Milton, y que ella lo había rechazado. "Igual que a mí" —había respondido él—. "No igual que a ti; a él nunca le quise y jamás le querré. A ti ya te quería cuando te rechacé". A pesar de aquellas palabras que, si las hubiese tenido, habrían disipado cualquier duda que él albergase con respecto al amor de su prometida, no podía evitar que la intranquilidad hiciese presa de su mente, pues temía un duro enfrentamiento entre Margaret y su antiguo pretendiente, que empeoraría si él mismo tomaba partido —algo que se sentía incapaz de evitar, si escuchaba alguna subida de tono por parte de Lennox.

Pero era necesario que el señor Lennox se encargase de tramitar el traspaso de fondos desde la cuenta bancaria de Margaret a la de Jhon, para después cerrar dicha cuenta y dejar operativa tan sólo la de él, si querían que la operación concluyera lo más rápidamente posible —algo que la fábrica necesitaba con urgencia, pues Jhon había obtenido varios pequeños contratos con los que reactivar la producción, que no podían posponerse en absoluto—. Para que el banco no pusiese objeciones de ningún tipo que pudieran retrasar aquel traspaso, la intervención de Lennox era crucial ya que, además de un reputado letrado, él había sido el abogado personal de Margaret, con lo que el consentimiento de ella, sin coacción, estaba fuera de toda duda. En el telegrama que ella le había enviado el día anterior, y que él había respondido aceptando el encuentro, le había insinuado qué pretendía hacer, y aunque había sido ciertamente a través de mínimas y vagas palabras, si Lennox no era tonto, y no lo era, habría adivinado de sobra hacia dónde se dirigía la gestión. Si él decidía oponerse a tal traspaso, como Jhon temía que iba a suceder —y Margaret en el fondo también, a pesar de no haber querido preocuparle aún más aceptándolo abiertamente—, el considerable retraso que ello supondría en la consecución del mismo podía dar al traste con todas las esperanzas que Margaret y él habían depositado en el resurgimiento de Marlborough Mills.

—El señor Lennox les atenderá en breves instantes —un criado anunció a ambos cuando anunciaron su llegada al despacho de Henry. Les hizo pasar, indicando que se acomodasen en sendos sillones dispuestos a tal efecto, y desapareció cerrando las puertas tras él.

Lo que ninguno de ambos sabía, ni podía imaginar siquiera, es que Lennox, desde hacía tiempo, había dispuesto una pequeña mirilla, disimulada en la preciosa talla de la puerta de su despacho, que podía abrir y cerrar discretamente a placer desde el otro lado de la puerta, para observar y escuchar las conversaciones que sus clientes mantenían, o su modo de aguardar en el caso de que llegasen solos, a la espera de su presencia. Aquello le ofrecía una información sumamente valiosa a la hora, no tan sólo de aceptar o no un encargo, sino de evaluar hasta qué punto sus propios clientes le estaban contando la verdad. Movido, por un lado, por su propia profesionalidad, y por otro por la profunda aversión que creía sentir hacia Thornton, a quien calificaba de "el hombre más vil del mundo" por intentar aprovecharse de Margaret como estaba seguro de que él lo estaba haciendo, Henry no desaprovechó la oportunidad de poder observarlos mientras les hacía esperar. Pensaba obtener una información sumamente valiosa sobre él, que usar para convencer a Margaret no sólo de que no acometiese una operación tan descabellada como pretendía hacer, sino que abandonase a aquel sinvergüenza, incluso. Así que, una vez su criado se hubo retirado como tenía orden expresa de hacer, él se dedicó a su cometido con total impunidad. Abrió la mirilla, sigiloso, dispuesto a no perderse nada de lo que dentro iba a suceder.

Margaret, inquieta, se había puesto en pie y había caminado hasta la ventana que había tras la elegante mesa de despacho para observar el movimiento que albergaba la céntrica calle londinense donde aquel edificio estaba situado. Pasados unos segundos, y para sorpresa de Lennox, Thornton se puso en pie también, caminó hasta ella y la abrazó por la espalda, cariñoso. A partir de entonces tan sólo pudo observar la espalda de él. Se mantuvieron en silencio unos instantes, mas luego Margaret preguntó, tras un suspiro:

—¿Cuándo te diste cuenta de que me querías?

"A ver qué respondes a eso, Thornton, tan inteligente como te crees" —Lennox pensó con placer, anticipando su propia victoria.

—Cuando te vi en el suelo ensangrentada por mi culpa, creí morir, Maggie, creí morir. —La voz de Jhon se hizo escuchar profundamente afectada, aunque serena y sincera—. Tú pensaste que yo te pedí matrimonio porque me sentí responsable de lo que había sucedido, o porque eras para mí un trofeo… Eras para mí una bendición, preciosa, no un trofeo, y lo serás hasta que muera. Cuando me rechazaste, intenté convencerme de que eres una maldición que me perseguirá hasta el mismo día de mi muerte. Te herí una y otra vez diciéndote que había pasado página, que tan sólo miraba hacia delante, que no eras nada para mí...—Dejó escapar una leve risa seca, irónico—. Al mirar hacia delante siempre veía tu imagen ante mis ojos. Estuvieses realmente tú o no frente a mí, mi mente siempre te recreaba pegada a mi ser, sin poder tocarte: saludándome, sonriéndome, despreciándome… lo que fuera, pero siempre tú. Habría dado mi vida por lograr hacerte feliz, la habría dado por merecerte. "Gírate y mírame" musité, destrozado, tras los cristales de la ventana de mi despacho en Marlborough Mills, el día en que tú te marchaste, entonces creí que para siempre. "Gírate y mírame", te rogué en la lejanía, como un cobarde, incapaz de afrontar aquello que sentía. —Negó con la cabeza, apenado, recordando aquellos tristes momentos—. En el fondo sabía que tú me querías, Maggie, mi corazón me lo gritaba día tras día, desde el momento en que me pediste que confiase en ti y en tu integridad, pero yo, arrogante, decidí no hacerlo. Creí que el orgullo era lo único que me quedaba, miserable de mí. —Por un momento calló, parecía estar acongojado—. Viviré por ti, Margaret Hale, moriré por ti; lo que no haré, jamás, es volver a despreciarte, porque si lo hiciera, estaría despreciando todo lo mejor de mí mismo, y en tal caso tan sólo me quedaría morir.

"Es bueno el condenado, casi me lo ha hecho creer" —Lennox pensó con furiosa admiración.

—Yo también fui una cobarde, Jhon. Cuando Frederick marchó de regreso a España, debí ir en tu busca para confesártelo todo, debí rogar tu cariño y tu perdón, debí confiar en ti, tal y como mi corazón siempre hubo confiado… pero no lo hice. En cambio, permití que pensaras que prefería estar en los brazos de otro hombre en vez de en los tuyos, me despedí de ti con una sonrisa resignada, di la espalda a todo aquello que podía habernos hecho felices a ambos, obligándome a pesar que, hiciera lo que hiciera, tú jamás volverías a quererme.

—Eso no fue más que culpa mía, cariño.

—No lo fue. Debería haber luchado por ti, Jhon. Y pensar que hasta he estado apunto de aceptar a Henry para obligarme a mí misma a perder todo atisbo de esperanza para contigo… Él tampoco merece tamaña traición.

Lennox, herido en su orgullo, apunto estuvo de cerrar la mirilla, entrar en el despacho y poner fin a aquella situación que le parecía tan sumamente surrealista. Pero algo en él le obligó a mantenerse inmóvil y a seguir escuchando. Observó una vez más, curioso.

Al escuchar aquella confesión, Thornton se separó de Margaret y se dio la vuelta; un espasmo de dolor sacudió su pecho. Lennox pudo ver perfectamente, cómo su semblante adoptó el color blanco de la cera y se llevó la mano al pecho, desesperado, mientras Margaret seguía mirando a través de la ventana, absorta en sus propios recuerdos. Sentir que realmente había estado apunto de perderla para siempre, que a pesar de que hubiese ido a buscarla a Londres, si lo hubiese querido, al llegar la hubiese hallado comprometida con él, fue más de lo que Jhon había podido soportar. Aún así, volvió a abrazar a Margaret inmediatamente, cariñoso, para que ella no notase aquel repentino malestar; hizo varias respiraciones profundas, aunque discretas, obligando a su cuerpo a serenarse, y poco a poco volvió a adueñarse de él. Lennox quedó clavado de pie, conmocionado por aquello que tan sólo él acababa de presenciar. Aquel dolor, aquel desgarro del alma no se podían fingir, aún menos cuando Jhon había hecho todo lo humanamente posible por que ella no los notara. ¿Qué sentido tenía fingirlo, entonces? Absolutamente ninguno.

—¿Sabes cuándo yo comencé a aceptar que me había enamorado de ti? —ella preguntó con voz emocionada.

—Soy todo oídos. —Jhon besó su cabello con adoración, intentado disimular los restos de su momentáneo quebranto.

—Cuando tú me encubriste en la mentira que mantuve ante la policía, sobre que no era yo quien estaba en la estación aquella noche. Podías haberme destrozado, y lo sabes.

—¿Por qué iba yo a hacer tal cosa? Yo no vi a Frederick agredir a aquel hombre en ningún momento, no tenía motivos para ensuciar tu nombre mezclándolo en un asunto tan turbio cuando, además, quedó probado que el pobre infeliz murió a consecuencia de la mala vida que había estado llevando.

—Podrías haberlo hecho por despecho.

—Realmente me habías tomado por un auténtico monstruo, Margaret Hale —respondió con tristeza—. ¿Es esa la imagen que doy? Mírame a los ojos, Maggie, y respóndeme. —La tomó por ambos hombros con delicadeza e hizo que ella se girara y enfrentase su mirada.

—En mi mente tan sólo tengo una imagen de ti. —Logró que él se inclinase, para hacerle una confesión al oído que Lennox no pudo escuchar y, mientras le hablaba, sus pómulos enrojecieron cual amapolas.

—Disfrutas atormentándome, ¿verdad que sí? —él susurró suavemente, seductor—. A ese juego pueden jugar dos.

Acercó sus labios a su cuello en un movimiento premeditadamente lento, permitiendo que su aliento acariciara su piel íntimamente, para luego recorrerlo con besos suaves, sumamente despacio. Margaret sintió cómo un fuego abrasador recorría su cuerpo por completo y, temblando por la excitación, pues era la primera vez que era besada de aquel modo, no pudo reprimir un gemido de placer.

Lennox decidió que era el momento de dejar de observar y de escuchar. Pensativo, se acarició la barbilla, se sentía el hombre más despreciable del mundo en aquel momento, pero no se arrepentía de haber hecho lo que tenía que hacer, para asegurarse de que Margaret no caía presa de un completo estafador. Cerró la mirilla del mismo modo en que la había abierto.

—Te lo dije: no juegues conmigo, Margaret Hale. —Jhon le dedicó una sonrisa perversa, desmentida por el amor que delataban sus ojos.

Margaret no pudo responder, pues se había quedado sin palabras, aún turbada por la sensación tan fuerte que la había atravesado de pies a cabeza.

—Eres el aire que respiro, futura señora Thornton. No me faltes nunca —le suplicó.

—Tan sólo la muerte nos separará. —le juró, y lo abrazó con todas sus fuerzas, pegada a su cuerpo y a su alma, dando gracias porque hubiese llegado a su vida para quedarse en ella por siempre.

Henry había entreabierto la puerta de su despacho, dispuesto a entrar en él sin más dilación, mas al escuchar aquellas últimas palabras, se vio obligado a retirar una pequeña lágrima que, para su infinita sorpresa, había brotado de uno de sus ojos. En aquel instante, después de presenciar tal derroche de amor entre dos persona que se pertenecían totalmente la una a la otra, sintió que él mismo jamás había sabido realmente lo que era enamorarse, lo que era el verdadero amor. Sentir que las entrañas se destrozan por dentro, como le había sucedido a Thornton al escuchar que realmente había podido perder a Margaret sin remedio, era algo que había hecho añicos, por completo, su anterior concepto del amor. En aquel momento sintió envidia de él, pero no por haberle arrebatado a Margaret, pues se había dado cuenta de que jamás sería capaz de amarla ni una décima parte de lo que él la amaba, sino porque había despertado en su mente y en su cuerpo unas ansias locas de vivir un amor como el que él sentía incluso cuando creyó haberlo perdido. Deseaba poseer un sentimiento tan fuerte como aquel, por el que se pudiera vivir, y también morir. Supo que jamás, ya, podría conformarse con una relación que no le robase el alma, como Margaret se la había robado a Jhon, y él a ella.

Cuando finalmente se hizo notar en el despacho, Jhon seguía abrazando a Margaret, ambos en silencio, observando las transitadas calles de Londres a través de la ventana, tal y como habían hecho en un principio.

—¿Para cuándo la boda? Estaré invitado, supongo. —Sonrió a Margaret de un modo tranquilizador, mientras ofrecía la mano a Jhon en señal de sincera felicitación. Este la estrechó con firmeza, ocultando la sorpresa que su actitud tan amistosa le había producido.

—Tú siempre serás bien venido en nuestra casa —Margaret respondió, mirándolo con alivio. Y Jhon asintió tranquilamente en señal de apoyo a su prometida.

—Me alegra saberlo. ¿Qué puedo hacer por vosotros?

Por un momento, Margaret dudó, pues aún temía un enfrentamiento, y miró a Jhon buscando su apoyo. Este la tomó de la mano y asintió.

—Si bien te conozco, intentarás disuadirme de aquello que voy a pedirte, pero quiero que sepas que nuestra decisión no tiene vuelta atrás — Margaret afirmó con voz firme, enfrentando su mirada del mismo modo.

—Sé lo que vas a pedirme. Y te diré que quizá tú bien me conozcas, pero yo no os conocía bien a ninguno de ambos, en absoluto. Hasta hoy.

Margaret y Jhon se miraron el uno al otro, sorprendidos por aquellas palabras. Y él intuyó, no supo cómo pero estaba seguro de ello, que Lennox había presenciado su momento de dolor. Le dedicó una mirada amenazadora, que el otro decidió ignorar.

—Ninguno de ambos hacéis las cosas a medias, y muchísimo menos tratándose de vuestra relación, ¿me equivoco?

—No se equivoca, Lennox —Jhon afirmó. Había un filo cortante en su voz.

—Henry, por favor. Bien… lo prepararé todo para que el Sr. Thornton pueda disponer del dinero en dos días a lo sumo. Y redactaré un testamento para que, durante toda vuestra vida, cualquier bien que poseáis o adquiráis ambos juntos o por separado, a la muerte de uno pase a la entera propiedad del otro, y viceversa. Y a la muerte del último de los dos que quede con vida, sea propiedad de vuestros hijos. Ahora bien, cualquier transmisión, enajenación o venta de vuestras propiedades, requerirá del beneplácito de ambos. ¿Se ajusta a lo que queréis?

—Se ajusta a la perfección —Jhon afirmó, admirado, y a pesar de ello observándolo con desconfianza.

—¿Qué vais a hacer con tus tierras, Margaret? ¿Pensáis venderlas o vais a conservarlas? —Henry preguntó tranquilamente.

—¡Las tierras! ¡Las había olvidado por completo! ¿Necesitas el dinero, Jhon?

—En absoluto —él negó rápidamente, rotundo—. Las quince mil libras serán más que suficientes para reactivar la producción de la fábrica. Tengo previsto que esta pueda autofinanciarse en dos meses a lo sumo a través de los beneficios que ella misma proporcione.

—Las incluyo en el documento, entonces. ¿Algún bien que quiera incluir usted, Sr. Thornton?

—Tú llámame Jhon, entonces. Mañana te haré llegar un informe detallado de todas mis posesiones junto a la última tasación que se hizo de ellas, para que las incluyas en ese documento también. No he podido disponer de ellas para intentar salvar Marlborough Mills, aunque me he devanado los sesos tratando de hallar el modo de hacerlo, porque todas ellas están arrendadas con contratos de larga duración. Me hubiese resultado totalmente imposible abonar los prejuicios ocasionados por la extinción unilateral de dichos contratos.

Henry asintió, conforme.

—Perfecto, entonces. En cuanto tenga redactado el borrador final, os avisaré para que le deis el visto bueno o me pidáis los cambios oportunos. ¿Puedo pediros algo? —sorprendió a ambos con aquella pregunta.

—Puedes intentarlo —Jhon respondió, a la defensiva.

—Yo siempre he sido el abogado de Margaret. ¿Puedo ser ahora el abogado de la familia?

—¿Por qué? —Jhon preguntó a su vez, sin tapujos.

—Porque tengo a Margaret en gran aprecio, no en vano la conozco prácticamente desde que nació. Además, es prima de la esposa de mi hermano. Somos casi familia.

—No esperaba tener que dar respuesta a una pregunta de esta índole, realmente. Da la casualidad de que el abogado de mi madre, que luego pasó a ser el mío, tiene intención de retirarse debido a su avanzada edad. No nos iría mal que un abogado de confianza le reemplazase… Pero tú no vienes nunca a Milton, Henry. No puedo andar yendo y viniendo a Londres cada vez que precise de tus servicios.

—No te preocupes, yo me desplazaré a Milton cada vez que me necesites. Me comprometo a ello firmemente. Así tendré la excusa perfecta para poder visitaros de vez en cuando. De otro modo, siempre antepondría mi trabajo a las visitas familiares, pasarían los años y finalmente perderíamos el contacto.

—¿Seguro que tú ya no pretendes a Margaret? —Jhon le preguntó, mirándole suspicaz. A lo que Henry rió.

—No te preocupes, no intentaré interponerme entre vosotros dos nunca más. ¿De qué serviría? —respondió con sinceridad—. Debido a mi profesión, estoy en contacto constante con la hipocresía y con la mentira, la apariencia y la mala fe. No estoy dispuesto a perder los pocos soplos de aire fresco que existen en mi vida, y vosotros dos sois uno de ellos.

—Sin segundas intenciones, ¿cierto?

—Me gusta tu prometido, Margaret, no se anda con paños calientes —se dirigió a ella, sonriente.

—Es sólo que no quisiera tener que enfrentarme a Margaret por haber tenido que matarte.

—¡Jhon! —ella lo reprendió, mirándolo escandalizada.

—Maggie, por favor, no era más que una broma.

—Lo sé perfectamente, pero Henry, no.

—No te preocupes, Margaret, lo suponía. Ahora muy en serio: Hazla feliz, Jhon.

—Por mi vida, que lo haré. Acabas de ser nombrado oficialmente abogado de la familia Thornton —anunció.

—Bien por mí. ¿Habéis ido ya a visitar a tu tía Shaw, Margaret? Creo que le va a dar un soponcio en cuanto os vea. Y Dixon no hace más que llorar por los rincones, creyendo que te has olvidado de ella.

—Mi pobre Dixon. Jhon…

—Había contado con llevarla a casa con nosotros, Maggie, si ella quiere, claro está —no la dejó terminar, pues no hacía falta que le pidiese por ella—. Será tu dama de compañía y la de mi madre. Pero ya tenemos cocineros, y doncellas, y criados suficientes. Así que deberá conformarse con serviros de acompañante.

—Se va a encontrar fuera de lugar, entonces.

—Con ese fabuloso trasero que tiene, siempre está fuera de todos los lugares; los rebosa, querida.

—¡Jhon!

—¿Qué? Ella me odia desde el mismo día en que me conoció.

—Eso no es cierto —protestó—. Tenía reservas contigo, eso es verdad. En alguna ocasión me ha comentado que tú me mirabas de un modo…que traspasa el alma, dijo ella, como si...

—Te quisiera desde el mismo momento en que te vi por primera vez. Puedes decirlo, porque es completamente cierto. Lo siento, lo que he afirmado sobre ella ha sido una maldad —se disculpó verdaderamente arrepentido—. No sé qué me ha llevado a mostrar una conducta tan irrespetuosa. Creo que tiene algo que ver con que en toda mi vida no me haya sentido tan feliz como lo estoy últimamente, ni tan relajado —concluyó con una sonrisa.

—Vaya, vaya, el siempre serio, estirado y responsable señor Thornton sabe bromear —Henry afirmó alegremente.

—Me temo que sí, pero ya no recordaba cómo hacerlo, hasta que Margaret ha llegado a mi vida para quedarse en ella.

—Eso ha quedado completamente claro. ¿Nos vemos esta tarde en casa de mi hermano, entonces?

—Sí, Henry. Teníamos previsto pasar por allí tras el encuentro que íbamos a mantener contigo.

—Queríais saber si yo iba a echar más leña al fuego, ¿no es así?

—La tía Shaw se va a poner como una furia…

—Ponle delante a Jhon nada más verla; cuando él no saca esa vena graciosa que tiene —dedicó una mirada ácida a Thornton, quien le sonrió con una mueca de advertencia—, y no suele ser a menudo, su mera presencia impone respeto. Seguro que, aunque sea sólo por esa causa, la dejarás sin palabras durante el tiempo necesario para que ambos podáis haceros escuchar. El resto está todo hecho. Dile que, si de algo sirve, ambos tenéis mis completas bendiciones, tanto personales como profesionales.

—Gracias, Henry, de todo corazón —Margaret lo abrazó con cariño y él sonrió.

Jhon le ofreció la mano, que él estrechó con firmeza, resuelto.

—Debemos ir a hablar con tu tía cuanto antes, pues el último tren hacia Milton parte a las cinco —Jhon dijo a Margaret, reflexivo, una vez se hubieron marchado del despacho de Henry—. Y todavía tengo que mantener el encuentro con mi viejo amigo, Víctor Attenborough, de quien te he hablado.

—No pretenderás que hagamos una visita relámpago a mi tía, eso es toda una descortesía —objetó molesta.

—¿Y dónde pretendes dormir esta noche? Como le digamos a tu tía que nos marchamos a un hotel, intentará extraerme el corazón con una cuchara de té, Maggie. Y cuando regresemos a Milton, mi madre destrozará lo poco que quede de él, si es que queda algo, te lo aseguro. De esa sí que no salgo vivo.

Ella rió alegremente por tamaña ocurrencia.

—Ahora es a mí a quien toca decir que todo irá bien, cariño. Seguramente, mi prima nos ofrecerá pasar la noche en su enorme casa, donde tienen numerosas habitaciones de invitados. Tú dormirás en la tuya, yo en la mía, y asunto resuelto.

—Y me envenenarán mientras duermo. Ya…

—¡Ya basta de intentar hacerme reír, señor Thornton! —protestó entre risas.

—Adoro hacerte reír. ¿Te encuentras mejor? —Tomó su barbilla con cuidado en un gesto cariñoso y la observó, preocupado.

—Sí, te lo aseguro. Ver cómo Henry ha tomado partido por nuestro amor de un modo tan rotundo, me ha llenado el corazón de alegría y de esperanza con respecto a mí tía.

—Mereces todo lo bueno que pueda sucederte en este mundo —él afirmó con voz suave, perdido en sus bellos ojos.

—Ya tengo lo único que realmente me importa.

—¿Qué he hecho para merecerte, Maggie?

—Ser Jhon Thornton; ni más, ni menos.

Se besaron sin importarles quién pudiese escandalizarse por ello. Jhon hizo que ella lo tomase del brazo y caminaron, tranquilamente, en busca de un carruaje que les llevase a su próximo destino.


COMENTARIOS DE LA AUTORA.

Hola a todos de nuevo. Sí, ya sé que tan sólo han pasado dos días desde que actualicé el fic con el capítulo

anterior. Tenía previsto escribir el próximo capítulo tranquilamente y publicarlo a finales de semana como

muy pronto. ¡Pero es que la mano se iba sola! Ayer comencé a escribir la escena en el despacho de Henry

Lennox, seguí, y seguí... y al final he tenido que cortar el capítulo en este punto porque, si no, se iba a hacer

demasiado largo.

La verdad es que he adorado a Jhon en este capítulo, y también a Henry, para qué negarlo (para quien tengo

planeado algo muy especial en próximos capítulos). Tengo la esperanza de que a vosotros os guste tanto

como a mí.

Aprovecho para hacer mención especial de marylovesbatb, quien, como siempre, me ha acompañado en el

capítulo anterior con un maravilloso review.

A todos los que leéis el fic, gracias por estar ahí.

Hasta pronto, espero.

Rose.