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Epílogo


No hubo manera alguna de que pudiera esperar más.

No hubo manera de que pudiera detenerse ante aquel reloj que no caminaba más prisa.

Ceder ante los números del calendario hubiera sido una ofensa para sí mismo que no admitiría.

Era sábado. 18:00 pm en punto.

Estaba sentado en la banca de la parada del autobús desde las 11 am.

No podía esperar hasta el próximo viernes.

Sus dedos tamborileaban sobre su rodilla con frenesí. Le temblaban las piernas. La respiración se le aceleró conforme se acercaba la hora predilecta.

Tenía que verlo. Debía hacerlo, o de lo contrario, correría por toda la ciudad gritando un nombre que no conocía.

El motivo para estar ahí… el ansioso objetivo…

Ya lo sabía. Lo hizo desde el principio...

En cuanto despertó y terminó algunos pendientes, inmediatamente se bañó, se arregló y salió de su casa. Tomó el transporte de regreso y bajó ahí, en esa parada en la que había visto tantas veces al chico.

No conocía nada a parte de lo que dejaba ver la apariencia. No sabía su nombre, su verdadera edad, lo que le disgustaba o no. Le eran ajenos los motivos para que cada viernes estuviera en aquel sitio, fumando y escuchando música mientras dejaba los autobuses pasar.

No alcanzaba a imaginar todo lo que ignoraba, todo lo que escapaba a su percepción.

La inmensidad de conocimiento… lo nunca explorado.

Era como toparse con un nuevo mundo.

No podía esperar.

Estaba seguro de lo que quería hacer: deseaba dirigirle la palabra, escuchar el tono de su voz, observar el modo en que movería los labios que usaba para fumar con tanta gracia.

Aceptaba el naciente sentimiento con toda la alegría que representaba, aun si las posibilidades se abrían en ambos sentidos.

Pero… que él tuviera planes no significaba que el chico también.

Era posible que no le interesara… que ni siquiera, en todo aquel tiempo, hubiera notado su existencia.

Podría pasarle lo mismo que al rubio de ayer.

¿Realmente estaba bien con eso? Sólo con proceder…

Sonrió con un poco de desgane.

No era ingenuo, tampoco creía que una voluntad inquebrantable era suficiente para hacer la diferencia. Esperar lo mejor no siempre servía, y nunca dependía de una sola persona definir lo que sucedería.

Pero quería pensar que la suerte estaría de su lado.

Esperaba… esperaba que él le permitiera descubrir todas las maravillas que guardaba. No importaba la forma, sólo quería saber…

¿De verdad? ¿Estaría satisfecho aun si la etiqueta de "desconocidos" no se desvanecía?

No.

¿Pero, siendo realista, qué más podía esperar? Anhelar apropiarse de ese nuevo mundo no significaba que sería cedido con facilidad.

Conquistar…

Lo haría si era necesario.

Y por eso estaba ahí, desde las 11 am con el fin de encontrarlo justo cuando llegara a la banca. Era sábado. Esperó horas enteras ante la vaga esperanza de que apareciera de nuevo…

Una ciega convicción no resolvería las cosas. De hecho, ya se sentía estúpido ahora que pensaba todo el tiempo que pasó.

No podía evitarlo. Si no lo veía, saldría corriendo por la ciudad en su búsqueda…

El sentimiento ya no era desconocido.

Un naciente amor que se desbordaría…

El nuevo mundo… quería verlo y estrecharlo entre las manos, conocerlo en su totalidad, sentirlo hasta la profundidad de su cerebro.

Lo haría.

Su reloj marcó las 18:30 pm.

En ese momento, percibió unas ligeros pero relajados pasos acercarse.

Miró con emocionante discreción mientras sonreía de a poco.

Ahí venía…

El cabello castaño oscuro, la piel apiñonada, el cuerpo de agraciada complexión y la altura propia de un joven en la flor de su vida.

Era extraño verlo sin el uniforme, pero era como descubrir otra faceta igual de interesante: usaba pantalón de mezclilla azul oscuro, playera roja, convers negros y la chaqueta de cuero que le daba un estilo atractivo y propio. Usaba los mismos audífonos blancos; la ausencia de la mochila verde le daba mayor libertad a sus movimientos.

Ahora podía verlo, el color de sus ojos: eran de un tono rojo oscuro muy impresionante, como si fuera el resultado de una mezcla entre negro y carmín. No había observado un matiz semejante. Brillosos y grandes, traviesos y cínicos… con verlos pudo saber que aquella apatía que solía transmitir era voluntaria y no natural, lo que delataba un gran manejo en el repertorio sus emociones.

Mostraba lo que quería, no lo que el resto deseaba.

Pero no fue lo único nuevo que vio: a lo ancho del puente de su nariz se notaba una larga cicatriz, e incluso un extremo parecía desviarse hacia su ojo derecho; más aún, en la base de su cuello parecía tener una mucho más grande y grotesca, como si la piel hubiera sido abierta sin patrón y con violencia. ¿Resultado de un accidente, tal vez?

El nuevo mundo… con verlo más de cerca, más deseaba reclamarlo como propio.

Presenció a la perfección cómo se aproximaba. Cada vez más. Más.

Tanto por explorar… lo más hermoso y lo más misterioso…

Se encontró a sí mismo bajando la vista, no obstante.

Sonrió ampliamente con rastros de palpable nerviosismo, pero evitó jugar con sus manos. Intentó relajarse, respirar con profundidad y aparentar una actitud relajada, casual, propia de alguien que ya había alcanzado madurez.

Por supuesto, no se trataba de eso. No tenía que ver con la edad, ni siquiera con la apariencia. Sentirse de aquella forma escapaba a cualquier convencionalismo.

Y el experimentarlo lo alegraba sin límites. No había palabras.

¿Pero podía? No era el tipo de persona que negaba lo que le gustaba, aunque tampoco se lanzaba ciegamente. Conocía las posibilidades. Buenas y malas.

Le dio la impresión de que su propia respiración se detuvo cuando el joven llegó a su lado. No tomó asiento, pero contuvo sus pasos. Estaba frente a él prácticamente, de espaldas y erguido, con las manos dentro de los bolsillos. Alcanzaba a escuchar la música: "Maldito Duende" de Héroes del Silencio.

Parecía que esperaba el autobús.

Para lograr algo concreto tenía que esforzarse, y aun con ello, nada aseguraba el resultado. El inicio podía tener una sola voluntad, pero continuar y cultivarlo, llegar a "algo más" dependía de dos.

El pitido del transporte lo hizo reaccionar. Al levantar el rostro, ya se había hecho la parada y él… él estaba abordando…

Subía, como si jamás hubiera notado su existencia…

¿Iba a conformarse si aquel chico no sólo le negaba el inicio, sino la contemplación de lo más extraordinario?

Se levantó antes de darse cuenta. Dio un par de pasos, sin saber qué estaría dispuesto a hacer.

No.

Pero…

Pero.

El contrario, aun en las escaleras, volteó completamente de repente.

Su mirada rojiza oscura cruzó en un segundo con la suya.

El nuevo mundo…

La sonrisa ladeada que recibió; el brillo burlón y carismático de sus pupilas que lo enfocó sólo a él; la presencia exótica y divertida que lo acogió…

Dios.

— ¿Vas a subir, o no?

La voz que imaginó, pero que no alcanzó a prever… la que no alcanzó a contemplar los efectos que provocó…

Todo lo derrumbó. Todo lo creó.

Abordó con más prisa de la que pensó. Sintió ese dolor en las rodillas por el movimiento repentino y la el aire que en un segundo se le escapó. Todo lo ignoró en tanto la frase resonaba en su mente y la figura ajena ya caminaba por el pasillo del autobús. Pagó inmediatamente el pasaje. Era muy costoso, claro que lo sabía.

Casi entre sus manos. Ahí estaba.

Mientras afuera ya se despedía la luz del atardecer, la iluminación eléctrica se abrió paso. El ajetreo natural del movimiento dejaba un sonido de repiqueteo metálico que se perdía con el ruido del motor. La ausencia se dejaba ver en los asientos vacíos, salvo en uno.

En aquella banca larga que abarcaba el fondo, junto a la ventana…

Lo que podría tocar y conocer… lo que podría acariciar y reclamar…

Caminó. En ese trayecto, aquella mirada rojiza lo miraba sin error, con atención y diversión, como si lo invitara a ir más a prisa. La sonrisa, la respiración coordinada, la postura que le prometía las más inimaginables sorpresas… no podía esperar más. Lo necesitaba. Necesitaba llegar y…

Casi.

Se detuvo un momento cuando ya se encontraban frente a frente.

Él bajó los audífonos hasta su cuello, sonriéndole y mirándole más profundamente de lo que nadie logró antes. Era como si supiera todo, aquellas innumerables cosas que pensaba, que deseaba y que tomaría sin vacilación.

Le estaba dejando hacerlo.

Tomó asiento y se acercó. Lo hizo sin importarle aquel gesto de sorpresa que dibujó, o si las manos no encontraron respuesta inmediata. Simplemente se acercó tanto como pudo, le sujetó por el cuello y lo obligó a voltear con amabilidad. Contempló aquellas pupilas en tan sólo un instante, llenándose y estremeciéndose. Sonrió con seducción, satisfecho por sentir el escalofrío entre sus manos.

Lo besó.

Unió su boca a la de él con lentitud, casi con suavidad, pero impregnando en la caricia todo ese deseo que lo estaba enloqueciendo. Se deleitó con la textura, con la calidez, con aquellos movimientos coordinados que buscaban dar y recibir placer en igual medida; lamió los labios que sintió ligeramente húmedos, entreabiertos en espera de que hiciera lo que tanto quería…

No. Lo que ambos querían.

Acariciando su cintura, la espalda que sentía más estrecha bajo su palma, introdujo la lengua en aquella cavidad con sabor a menta y a ligero tabaco, gozando la correspondencia que seguía su paso ansioso y suave, lento y desesperado. Sus lenguas encontrándose, buscándose y lamiéndose con toda esa pasión le arrebataba el aliento, como si fuera un baile tan sensual y atrevido como ningún otro. Les arrancó un suave suspiro que murió entre los labios que no querían separarse.

La respiración, sus cuerpos tratando de evadir el espacio existente entre ellos, el aroma de atractivo tabaco, chocolate, lluvia y tierra húmeda…

No podía más. La decisión y la resolución tomaron forma más que nunca.

Todo lo nuevo, lo precioso, lo placentero y lo valioso… al chico que estrechaba entre los brazos, el que le correspondía como nadie aquel beso, no lo dejaría ir. Lo conquistaría en todas sus formas. Conocería absolutamente todo de él. Lo volvería tan perceptivo de sí mismo hasta que no le quedara voluntad. Hasta que no pudieran vivir sin él tanto como sí mismo.

Ese amor naciente ya era más que eso.

No podía más.

Muy a su pesar, tuvo que terminar el beso cuando no les quedó respiración.

Se separaron apenas unos milímetros, inhalando y exhalando con fuerza. Dejaron las manos quietas en donde encontraron lugar, como si el espacio aún les causara emocionante abrumo. Se miraron en todo momento, observando con alegría que el color verde esmeralda de sus propias pupilas se reflejaba en las del otro.

Sonreían.

— ¿S-Sabes? — dijo aun con la falta de aire — N-No suelo ser así en la primera cita.

— J-Jajaja –rió quedo, pero con felicidad — N-No es la primera.

Era cierto. Desde el encuentro original supieron que el contrario existía.

Siempre lo supieron.

— Puede ser~ — pronunció en un tono cantarín natural — Entonces, ¿qué te parece si te invito un café para celebrarlo?

— ¡De ninguna manera me atrevería a rechazar algo así~! — ¡qué emoción! — Pero sólo si aceptas que yo pague. Es mi deber como el adulto responsable~

— Mejor para mí~ — sonrió de lado — Y en ese caso, deberé agregar una dona a la orden.

— No veo ningún problema en eso~

Lo volvió a mirar a detalle.

En verdad atractivo, tan bien parecido como nunca miró antes. Misterioso y exótico, mostrando lo que quería y no lo que el resto anhelaba.

— Por cierto — le tendió la mano, gustándole su reacción de ligera confusión — Soy Antonio Fernández Carriedo.

Sería el único que conocería todo lo que ocultaba.

— Mucho gusto, Antonio — correspondió el gesto, mirándolo con divertido interés — Yo soy Alejandro Rodríguez.

Definitivamente.