Y llega el capítulo. ¡Muchas pero que muchas gracias a todos los que toman de su tiempo para leer y comentar!
Los dejo tranquilos, y nos leemos abajito...
Contigo
Capítulo IV
Le chorreaban gotitas heladas desde las puntas del cabello de la nuca; veía todo terriblemente borroso, como cuando se ve debajo del agua; parte de aquello se podía deber al hecho de que sí, una gran cantidad de agua le había caído en los ojos, y también proyectado sus lentes hacia algún lugar. Parpadeó varias veces para menguar la incomodidad y con sus manos se llevó el pelo empapado hacia atrás.
La urraca decía algo pero él no la estaba escuchando.
- ¡Y menos mal hace calor! ¿No cree?
- ¿Qué? – le prestó atención. Apenas podía notar que era pelirroja. – Mis lentes, ¿dónde están mis lentes?
- ¡Oh! Discúlpame. Están… - buscó con la mirada, encontrando los anteojos cerca del caucho izquierdo trasero de su auto. - ¡Aquí mismo! – Ginny llegó hasta ellos en un par de pasos y se los acercó. - ¡Menos mal no se rompieron!
Harry no se había percatado de la estática de su cuerpo hasta que ella le devolvió los lentes. Aún se recuperaba del estupor provocado por la sorpresiva bienvenida de la urraca desconocida. Se colocó las gafas y corroboró el color del cabello de la mujer, lo único que su miopía le permitió detallar sin equivocaciones. El pelo le llegaba hasta la cintura y tenía un enorme gorro para el sol puesto el cual le sombreaba los ojos. Bajo estos se mostraba una nariz medio llena de pecas.
- Discúlpame – repitió ella, sonriendo. – Estaba un poco entusiasmada con la música y – se quitó el audífono que aún tenía en la oreja derecha – no me di cuenta cuando llegaste. - apartó con un pie la manguera y la arrebujó a un lado del caminito de entrada. - ¡Es un placer! – habló con entusiasmo, observándolo.
- Un… - Harry se fijó en la bolsa de papel convertida en maché al estar mojada; los pedacitos de vidrio de la botella. El Whiskey desperdiciado se fundió con el agua y apenas se notaba el color del mismo. Olía fuerte, eso sí lo percibía sin problemas. – Imagino que pagarás por la botella, ¿verdad? – sus ojos pararon en el rostro de la mujer. La sonrisa simpática se disipaba.
Él no solía ser un imbécil a las primeras, menos con una mujer. En realidad Harry Potter era muy amable y servicial para con sus amigos y vecinos, al menos en su antiguo barrio y cuando vivió en Londres. Fue extraño que tomara la careta de idiota para ese primer contacto con alguien de su misma calle. Y no era simplemente alguien, se trataba de su vecina de junto.
Quizá el hecho de que cantara como una mujer constipada y a punto de morir le molestaba. Quizá el chorro de agua helada le había llegado al cerebro a través de la nariz; ¿Quién sabría? El chip de patán se le activó.
- ¿Disculpa? Fue un incidente. No era mi intención…
- Tu descuido me dejó sin… - miró los restos de la bolsa – Da igual – se alejó, queriendo irse a casa. Ya sin Whiskey, sin…
- La educación pasó por encima de ti, veo.
- ¿Cómo? – se detuvo a medio camino en la acera. Sólo tres metros lo separaban de la cerca de entrada. No procesaba la razón por la cual estaba molesto, o sí. Daba igual. La mujer se había disculpado, y además, el incidente no fue nada del otro mundo. Un poco de agua a la cara no estaba mal de vez en cuando, menos cuando empezaba a hacer calor.
Volvió a echarse el cabello hacia atrás, a sabiendas de que pronto tendría que cortárselo, y miró a la pelirroja.
- Fue un incidente esto. No estaba esperando a que llegases y golpearte con el chorro de agua, no era…
- Da igual – se secó las palmas de las manos con los jeans.
Ginevra pensó que aquello era para llevar a cabo el típico saludo entablado por la sociedad, el apretón. Volvió a sonreír y se acercó a él, extendiendo el brazo.
- Ginevra Weasley – notó como el hombre observaba sus dedos. ¿Había pensado mal? ¿Pretendía dejarla con la mano extendida, sin el apretón? – un poco de educación, señor. – el sujeto estaba ido. Lo miró parpadear un par de veces y, después de varios segundos, respondió a su saludo.
- Harry Potter – apenas presionó su mano.
- Hace una semana y media que me mudé acá – señaló la casita, su hogar, junto a la de él. Una ráfaga de aire hizo presencia y casi le hace perder el sombrero.
Las campanillas colocadas en su pórtico sonaron amenamente.
- A ti – hizo un movimiento de cabeza hacia su persona – te vi llegar hace dos días. ¿Vienes de muy lejos?
Harry no tenía ánimos de hablar, de hacer sonrisas amables y menos de relatar la historia que explicaban las razones que lo habían llevado de regreso hasta Lovell.
Pero tranquilo, solo contesta si vienes de muy lejos. No te está preguntando tu biografía.
- Ni tanto. Vivía en el este de Maine – y ahora vete a casa. – Si me disculpas…
Ginevra no era estúpida y sabía interpretar ciertos guiños en los rostros de las personas que más o menos delataban sus deseos. A su vecino le apremiaba irse a casa; y aquello podía deberse a varias razones: estaba cansado, necesitaba secarse, no le agradaba su persona (aunque eso era lo que menos pensaba, ella solía caerle bien a la gente. Al menos eso creía y además, ¡ni se conocían!), podía urgirle ir al baño… etcétera, etcétera, etcétera…
No se exprimiría la mente por saber la razón, no era de su incumbencia.
- Nos veremos después, supongo – le despidió con un gesto de su mano y giró hacia su jardín, sacándose a su vez el sombrero. Se estaba sacudiendo un poco sus babuchas llenas de lodo cuando un brillito en el piso llamó su atención. Entre lo que quedaba de la bolsa de papel y los pedacitos de vidrio, notó unas llaves. Supuso que eran de su vecino.
Apenas las recogió volteó hacía donde minutos atrás Harry Potter había estado paradote y medio abstraído.
- ¡Ya qué! – se las devolvería luego.
Aún estaría afuera un rato largo, mudando algunas plantitas y capullos a unos pequeños porrones que decidió llevar esa misma tarde a la tienda. El local aún requería de ciertos trabajos y reparaciones. No le hubiese caído nada mal un ayudante que acarrease con las cosas que a ella le costaba hacer. Las bolsas de tierra eran pesadísimas y ni hablar de los maceteros gigantes hechos de barro y algunos de piedra y cemento.
Guardó las llaves en el bolsillo delantero de sus short y volvió a tomar la manguera, no sin antes colocarse sus audífonos, Mamma Mia había finalizado y ahora, de la misma carpeta de Abba, sonaba Dancing Queen.
- YOU CAN DANCE, YOU CAN JIVE,HAVING THE TIME OF YOUR LIFE,SEE THAT GIRL, WATCH THAT SCENE,DIG IN THE DANCING QUEEN… - tomó su manguera después de limpiar los vidrios de la botella de Whiskey y apuntó el chorro de agua para sacarse el aroma del licor de la nariz. - OOOOOOH UUUUUUHH, DANCING QUEEN…
O O O O
Aún se preguntaba por qué mierda estaba tan molesto. Su humor iba bien esa mañana y de pronto, aquel chorro…
¡No fue el baño! No, lo que le molestó fue…
- OOOOOOH UUUUUUHH…
- ¡Por todos los cielos! – cerró la ventana de la sala que mantenía abierta desde que llegó. Aquello no fue suficiente para aplacar del todo los griterías de su vecina, pero al menos se escuchaban en un tono más bajo. - ¡Debí decirle algo! – pero el impertinente estado de pesadez que se apoderó de él cuando…
Prometiste no volver a hacerlo…
Giró la cabeza de un lado a otro, a sabiendas de que nadie estaba ahí. Se arrojó en su sillón individual y, apoyando los codos en sus rodillas, se tapó la cara con las manos. Aún tenía el pelo mojado y algunas gotitas continuaban cayendo.
- Lo lamento – se echó hacia atrás y respiró hondamente. – Ya, lo lamento – el hilo de sus pensamientos cambió drásticamente de rumbo. – Lo que pasó fue lo mejor, ¿verdad, cariño? – volvió a apartarse los mechones de pelo que se le pegaban en la frente, dejando su vista puesta en el techo.
Pensó, aún escuchando los chillidos de la urraca, que debía volver a presentarse. La mujer fue agradable a las primeras, disculpándose enseguida por la bienvenida helada que le concedió. ¿Cómo era su nombre? De bebida alcohólica…
- ¡Qué cosas! – y rió, levantándose del sillón.
Ginevra Wess… algo. El apellido sí no le sonaba.
- OOOOOOH UUUUUUHH…
- ¡Tiene una voz de perro! - se quitó la camisa mojada y subió a su habitación para cambiarse. ¿Volvería a salir? El confinamiento terminaría volviéndolo un poco loco, más cuando aquellos ladridos de junto perforaban tan ávidamente a sus pobres oídos.
En un par de horas las tiendas estarían abiertas, podría disponerse a buscar algún trabajito, lo que fuese. Él se consideraba una de esas personas que respetaban todo tipo de quehacer. Cada trabajo tiene lo suyo y Harry lo sabía perfectamente. No podría pedir a las primeras algún cargo de alto rango, aún si diese a conocer su buen trabajo como administrador y dirigente de su propia tienda. Sería como un universitario recién graduado, atrapando cualquier cosa que se le arrojase, siempre y cuando le diesen algo de dinero por ello.
Se pasó el resto de la mañana picando las botanas y golosinas de su despensa, volviendo a postergar la tarea de terminar de desempacar el resto de sus pertenencias. Agradecía haber tomado la decisión de comprar el paquete de quince chocolates Milky way, eran sus favoritos. Con gusto a nostalgia, recordó cómo su esposa le gritaba al darse cuenta de la cantidad de barras que se había comido durante el día.
- Un problema, Harry, tienes un problema.
Él le prometía que cuidaría más su alimentación y ella adivinaba de forma inmediata que aquello era la mentira más grande del universo.
El envoltorio del chocolate número trece cayó en la papelera. Iba a dejarlo hasta ahí pero, con una media sonrisa ladeada, carente de brillo, tomó uno más.
- El trece es un número de mala suerte, cariño. Uno más y termino – no recibió ningún golpe en la colleja, ni alguna reprimenda por aquello. Su sonrisa se desvaneció y, mordiendo el chocolate, tentó con una mano los bolsillos de su pantalón. No encontraba las llaves de su sedan. - ¡Maravilloso! – hurgó en las gavetas de su cocina, buscó en la mesilla de su sala y en el comedor. - ¿Dónde carajos…? – de pronto recordó haberlas arrojado a la ya inexistente bolsa de papel con la botella.
Salió de la casa sin molestarse en pasarle seguro a la puerta, recordaba que Lovell era muy seguro, uno de los pueblos más tranquilos de Maine, con gente decente. Lo pensaba con alivio y esperanza, deseando ver las llaves de su auto aún tiradas en la acera. Al menos su sedan estaba ahí. Si no encontraba las llaves…
- We will… we will… ROCK YOU… - su vecina había vuelto a la carpeta de Queen. La miró pelear con unas enormes bolsas de tierra. Trataba, con toda su energía, de meterlas en el diminuto asiento del copiloto de su Volkswagen. Empujaba con todo lo que tenía y aún así la bolsa no se movía hacia el interior del carro. - ROCK YOU… - gritaba como si aquello le fuese a dar la fuerza suficiente para culminar con su tarea. La bolsa de tierra, la cual llegó a levantarla un poco sin Harry tener idea de cómo, cayó al suelo y le aplastó los pies. – YOU… ¡Y una… SU MADRE!
- Ya la ayudo, ya la ayudo – caminó hacia ella, entrando en su estacionamiento. La mujer parecía haber ignorado su ofrecimiento, así lo pensó, mas luego notó que aún tenía los audífonos puestos. - ¡Yo le ayudo! – exclamó, colocándose en frente e inclinándose para tratar de levantar la bolsa de tierra condenadamente pesada. Le costó un poco.
Ginevra agradeció, levemente sorprendida, la ayuda del hombre. Se quitó los audífonos y miró como el señor Potter realizaba grandes esfuerzos por mantener la bolsa prensada entre sus brazos y antebrazos. Los músculos se le tensaron bajo la camiseta, evidenciando las energías que empleaba para llevar a cabo aquella hazaña… aquellas bolsas eran una tortura al momento de transportarlas.
- ¿Cómo…? – Harry dejó libres los pies blancos con uñas pintadas de color rojo. Le costó ponerse derecho aún con la bolsa cargada. - ¿Cómo pudo levantarla siquiera? Esto está… ¡Dios! ¿Dónde la quiere? Voy a… - sus brazos temblaron.
- Déjela en el piso, ahí mismo – Ginny señaló el suelo ahí, frente al pórtico. Harry dio dos pacitos, a duras penas, y dejó caer la gran carga de tierra. – Logré arrastrarla hasta acá y con un empujón la puse en pie hasta apoyarla aquí – señaló la parte lateral del asiento de su carro – pero cuando quise meterla… ¡quizá hasta me saldrá una hernia!
- ¿A dónde las quiere llevar? Necesitará ayuda para… - Harry miró su humilde transporte. - ¡Ahí ni siquiera cabrán las dos!
- Ya me las arreglaré – se miraron, era la primera vez que Harry le prestaba verdadera atención. Aún vestía los short cortos llenos de tierra y la camiseta de tirantes, sin el sombrero. Aquella sombra sobre sus ojos que vio a las primeras no le permitió darse cuenta del color castaño de estos. A él le había dado la impresión de una mujer más joven, no obstante, al verla mejor, pudo notar algunas ineludibles marcas de líneas de expresión y las inevitables patitas de gallo que adornaban el contorno de sus ojos, las cuales se acentuaron al sonreírle. Tendría su misma edad, quizá un par menos.
Las pecas, sí que las había notado.
- Le doy una vez más las disculpas por…
- No se preocupe, yo lamento… no fui muy amable. Estaba… - hizo un movimiento con la mano. – Da igual – fue cordial y también le sonrió – señora…
- ¡Por favor! Señora cuando estuve casada – ella rodó los ojos conforme decía aquello. – Llámame Ginny.
El hombre sonrió al escuchar el diminutivo, le agradaba más aquel nombrecillo.
- Y tú llámame Harry - se alzó de hombros como quien dice algo muy aburrido. Tras los cristales de sus anteojos sus ojos se abrieron de par en par. - ¿Has visto un par de llaves en la acera? Estaban en la bolsa cuando…
- ¡Aquí están! – lanzó sin dejarle terminar. De los bolsillos de sus shorts sucios sacó los llaveros con el par de llaves. La del sedan junto con la llave de la puerta pequeña del garaje. Harry no recordaba si en alguna ocasión tuvieron el control para el portón grande.
- Gracias – tomó los llaveritos, una representación en cobre de la bandera de Inglaterra y otro de un pequeño felpudito que su mujer había comprado siendo un oso Pooh. El constante manoseo de aquella cosita lo había moldeado y ahora parecía más una bola de pelusa amarilla que algún animal tierno del bosque.
- No hay de qué, a la final fue mi culpa que las perdieras – se sacó el MP3 de los tirantes de su blusa. – Gracias por ayudarme con esto – señaló las terribles bolsas de tierra. Literalmente, podría partírsele el culo si volvía a intentar embutirlas en su auto. – No sé si…
- Podría intentar… - Harry miró las bolsas – si volvemos a empujarla hasta aquí, puedo levantarla solo un poco y meterla en el asiento.
- ¿No es molestia? – él ya se había guardado las llaves en el bolsillo trasero de sus jeans, dejando que el osito-bola amarilla-Pooh colgase hacia afuera, y caminaba hacia la bolsa que le había aplastado los pies. El hombre no era tan alto, apenas le sacaba a ella unos centímetros más, pero era medianamente acuerpado.
Ginny se preguntó si sería como uno de esos adultos que se la daban de adolescentes, a los cuales les gustaba el rock metalero y joder en bares para veinteañeros. Lo pensó al verle el cabello, muy largo y medio descuidado. No obstante, Harry no le daba esa impresión, aunque podría verle la oreja y saber si tenía o no un arillo de plata perforado.
Nah, quizá solo se había descuidado con la tijera. El pelo azabache, con combines grises, se le pegaba a la frente y le fastidiaba la visión.
- Sí puedo… - le escuchó decirse. Lo miró inclinado sobre la alforja de tierra con sus brazos preparados para el esfuerzo. – Sí puedo – empujó, la bolsa medio se movió y ahí aprovechó de ponerle las manos al lado que daba al suelo para terminar de levantarla y volverla a lanzar en dirección a la puerta del carro. – Si… - Ginny pensó que continuaría con sus propias palabras alentosas de autoayuda cuando la miró por encima de sus lentes. – Si me ayudas en esta parte creo que…
- ¡Oh! Sí, sí. Lo siento – se colocó junto a él.
- Déjame el mayor esfuerzo a mí, solo mantén las manos aquí para que la bolsa no caiga de lado y pueda meterla en el asiento.
Fue todo un poco lioso, mas a los dos minutos Ginny ya aseguraba la enorme bolsa con el cinturón, pendiente de que al manejar, la misma no se disparase hacia el parabrisas ante algún frenazo. Aunque era tan malditamente pesada que la desgraciada no debía siquiera moverse un palmo.
- ¡Muchas gracias! – le palmeó el brazo. – Te debo una – cerró la puerta de su Volkswagen. – Me tocará lanzarme un doble viaje, pero quiero terminar de llevar esto lo más pronto posible.
Harry no supo si aquello último se lo decía a él o hablaba con ella misma.
- Ahora… - Ginny fue por unos porrones con plantas un poquito altas y muy verdes que estaban dispuestos a un lado de la puerta de su casa. Uno de los arbustos era un pino pequeño, reconoció las hojas. La otra era más pequeña. - ¿Podrías…? – le señaló el pino, Harry fue inmediatamente por él. Ella cargaba el porrón pequeño. – Esto irá… - rodeó el auto y abrió la puerta del lado del volante, el hombre la siguió de cerca – aquí… - llevó el asiento hacia adelante y colocó su macetero en la parte trasera, volteó hacia él – junto con esto – le quitó el porrón de las manos y lo dejó junto con el otro. - ¡Y listo! – cerró la puerta y volteó a mirarlo, sonriente.
- ¿Necesitas ayuda en alguna otra cosa?
- Quizá te moleste cuando regrese por la otra carga de tierra – señaló el saco que aún quedaba desparramado a un lado del jardín.
- Puedo llevarla en el sedan. Solo debo seguirte en el camino – los ojos castaños lo miraron con atención. Se hacía notar la gratitud en la expresión de la mujer, como si le hubiese resuelto algún gran problema.
Y es que a Ginny de verdad le aliviaba aquel ofrecimiento. No quería andar del timbo al tambo cuando tenía varias cosas por hacer en la tienda. Si su vecino le ofrecía aquella conveniente ayuda, muchísimo mejor.
- ¿No es molestia? No quiero abusar si no…
- Pensaba ir al pueblo de todas formas.
Ginevra sonrió ante su buena suerte y le ayudó a luchar con la estúpida bolsa de tierra hasta el sedan plateado.
Harry se preguntó si ella pensaba salir con aquellas fachas; los shorts cortos llenos de tierra, lodo y hasta de raíces y algunas hojas y sandalias planitas en lugar de zapatos.
- De verdad que muchas, pero que muchas gracias – se sacudió las manos. – No queda muy lejos – indicó hablando del lugar de destino. – Si necesitas ayuda para algo… ¡Claro! – emitió en un casi gritito – tu jardín – lo dijo de tal forma que le dio la impresión de que ella daba por sentado que él tenía idea de lo que estaba hablando. – Ahora en marcha – se volvió a su automóvil. Debían manejar con cuidado ya que varios niños ya habían salido a las calles y pululaban alegres de un lado a otro con pelotas y otros juegos.
Ginny se colocó los audífonos y volvió con todo a sus bramidos sin ritmo conforme conducía. Menos mal iban en autos separados, una ventaja para ambos; a ella nadie le diría (por lo momentos) que cantaba como animal agonizante, y él encontraría trabajo sin empezar a buscarlo siquiera.
¿Qué les pareció?
¡Felicidades a Argentina y a su gente por llegar a las finales del mundial! Yo tengo fe, y espero que en algún momento Venezuela pueda competir en aquellos juegos de tal magnitud. (Aunque primero debe sacudirse toda la mierda que tiene encima)
¡Nos leemos en el próximo capítulo, corazones!
