NOTA DE LA AUTORA: ¡Gracias nuevamente por los reviews! He de decir que me encantaría responder a todos sus comentarios, pero algunos son cuentas de visitantes (guest) y no puedo agradecerles de forma "personal" y aclarar dudas que tengan. Espero sepan comprender, así todo, ¡leo todas las cosas lindas que escriben!
Por otro lado, como autora del fic me encanta que me dejen sus dudas con respecto al mismo, ya que la idea es que el lector comprenda bien la historia y no se quede con dudas o con alguna corrección que quieran hacer. Es por eso que quiero agradecerle a dos lectoras por plantearme, primero, la duda de por qué no aparece Sophia en el fic (aún no ha nacido) y segundo, por un error que cometí al nombrar a la mamá de Daryl (Natalie, primero y luego Nicole) ¡Gracias!
4.
Demonios
El pequeño y sutil jarrón de porcelana barata salió despedido por los aires y chocó brutalmente contra la pared. Ed tuvo la suerte de estar lo suficientemente ágil ese día para que el artefacto no fuese a aterrizar directamente en su cabeza.
—¡¿Estás loca?! —exclamó Ed sumido en asombro y una ira que aumentaba.
Su mujer estaba frente a él, con los ojos desorbitados y con la misma actitud sumisa de siempre, aunque aquel día en medio de una de sus discusiones rutinarias, sin decir nada le aventó con furia un jarrón de porcelana que con suerte era el único que tenían en toda la casa.
—¿Que si estoy loca? ¡Sí!, ¡sí lo estoy! ¡Lo estoy desde hace mucho porque sólo así se me pudo haber ocurrido casarme contigo! —Carol gritaba a la vez que se ahogaba en llanto. Tenía una presión en las rodillas, algo que le empujaba hacia el suelo. Seguramente, pensó, sería el malestar físico provocado por estar haciendo algo que nunca se animó. Era miedo.
Ed se quedó petrificado en medio de la sala de estar y empezó a respirar de manera pesada. Esto nunca había sucedido antes. Carol no era de esa manera y no podría haberse convertido en una rebelde de un día para el otro. Dentro de su cabeza sólo había una explicación...
—¡Puta! ¡Maldita y sucia puta! —gruñó entre dientes y se dirigió hacía Carol para tomarla de las muñecas y apretarlas fuertemente. —¡Te estás acostando con otro tipo! ¡Lo sabía!
Carol intentaba soltarse de su marido pero le era imposible, cada vez le presionaba más y comenzaba a dolerle.
—¡No me acuesto con nadie, Ed!
—Calla, sucia. ¡¿A qué se debe toda esta mierda, eh?! ¡Sólo otro tipo puede ponerte así! —Las piernas de Carol empezaban a fallar pero así todo intentaba mantenerse en pie.
—Así... ¿así quieres que criemos a nuestros hijos? —la barbilla de la mujer temblaba mientras hablaba.
—¡¿Qué me quieres decir con eso, eh?! ¡¿Vas a tenerlos con el otro?! —las palabras de Ed hicieron un eco en la mente de Carol y entonces ésta cerró los ojos vencida.
Las palabras de Daryl Dixon empezaban a aparecerse frente a ella. No podía ni siquiera imaginarse tener una familia estando casada como un monstruo como Ed. Había fallado, todo le había salido mal. Sus esperanzas de ser feliz, de tener hijos, de celebrar navidades familiares se habían ido al infierno. Ya no había vuelta atrás.
Sólo le quedaba seguir enfrentándose a Ed por el resto de su vida. Ese era su destino.
Sintió resignación.
No veía al divorcio como una alternativa. Primero porque, Ed jamás se lo daría y segundo porque su familia jamás se lo perdonaría. Aunque le doliera verlo, su marido no era su único enemigo, también lo era ella misma porque seguía viviendo en razón de los pensamientos y decisiones de los de más. Estaba en su esencia y no podía hacer nada más que convivir con sus propios demonios.
Pero no sería aquel día.
Carol elevó como pudo una de sus cobardes piernas y desde lo más profundo de su ser y con el pesar de su alma, dio un rodillazo cruel en los testículos a Ed.
Ed no gritó, no dijo nada, ni siquiera se quejó. Abrió los ojos como platos y su rostró se enrojeció. Soltó a Carol inmediatamente para tomarse los testículos y cayó como plomo al piso derramando lágrimas de dolor.
Carol no abrió los ojos. Al segundo de golpearlo, ya se había arrepentido. Se dio media vuelta y con las muñecas doloridas salió de su casa casi corriendo.
Había estado pensando mucho esas tres noches que pasaron desde la visita de Daryl.
Fueron horas sin dormir y de llanto silencioso en la bañera preguntándose qué debía hacer y hasta dónde tenía razón aquel hombre.
Primero, trató de entender de dónde era que había averiguado la dirección de su casa ya que Ed se había encargado de eliminar la ubicación de la guía telefónica y demás. Sólo podría haber llegado por medio de alguien que ya hubiese estado en la residencia de los Peletier.
Éstos no eran familiares, ni amigos porque los últimos no los tenían. Tampoco los vecinos porque jamás se hubiesen molestado en intervenir en el infierno que vivía Carol siendo una vecina recientemente nueva y huraña. Sólo había dos chances: Nancy, la dependienta del mercado, y los albañiles que habían construído la casa.
La primera opción no era posible porque Carol ya le había preguntado a la mujer sobre un tal Daryl Dixon y ésta negó totalmente saber sobre su existencia. Sólo podían ser entonces los hermanos Tyson.
Ayer por la mañana cuando Ed se había ido a trabajar, Carol tomó su agenda personal que tenía escondida entre sus calzados. Allí guardaba números telefónicos de familiares y servicios, y así fue que contactó con Fred Tyson.
La mujer, siempre precavida y conociendo la inutilidad de su esposo, guardó el número de los albañiles pensando que los necesitaría para mantenimiento en algún momento, incluso después de la situación embarazosa que les había hecho vivir Ed.
Cuando Fred contestó el teléfono y supo que quien lo llamaba era Carol Peletier, tembló. Daryl le había negado tener problemas aquella noche lluviosa que visitó a la mujer, y ahora, ella le llamaba.
—¿Daryl Dixon, dice? ¿Por qué quiere usted saber si trabaja conmigo?
—Necesito hablar con él. Me sería de mucha ayuda si me dijera donde vive.
—¿Hizo algo malo? —Fred se sentía cada vez más incómodo y lo único que quería era cortar el teléfono.
—No, al contrario. Por favor... —la voz piadosa de Carol compadeció al hombre. Éste suspiró derrotado.
—Sí, trabaja para mí. Pero no vive allí en Atlanta, sino que aquí en Locust Grove ¿Piensa ir usted hasta su casa? —Fred recordó que Daryl vivía con Merle. Por un momento lo había olvidado.
—No lo sé. Igualmente, ¿me pasaría su dirección? Ya tengo para anotar —fue entonces que Fred Tyson le dio la dirección de Daryl a Carol.
Fred no sabía que tenía planificado la mujer pero tampoco estaba interesado en saber. Daryl era un Dixon después de todo y meterse en problemas estaba en sus genes. Si ya estaba envuelto en uno, no iba a rescatarle él.
—Locust Grove —pensó Carol mientras detenía un taxi. Aún no podía borrar de su mente la escena de Ed tirado en el suelo. De su bolsillo trasero sacó un trozo de papel con la dirección del hombre que le había llevado a hacer lo que había hecho.
Se detuvo un taxi frente a ella y entró.
—A la estación central, por favor —comunicó Carol al taxista.
Daryl, Merle y su padre bebían cerveza en el porche de la casa Dixon. Era el día libre de Daryl y para desdicha de éste su hermano también estaba en casa.
Merle ante la excusa de "el viejo no vivirá mucho", le había propuesto beber unas cervezas con su padre en el porche y no pudo negarse. De todas maneras, se había sentado lo más lejos posible de ellos, en la escalerilla de la entrada.
—¡Qué cálida reunión familiar! —rompió el infinito silencio Merle a la vez que se acomodaba en la silla junto a Charles. Al ver que ambos le ignoraron, continuó: —Me voy esta noche.
—Ya era hora —dijo Daryl aún dándole la espalda a su padre y hermano mientras daba un trago de cerveza.
—Me vas a echar de menos, perra. Y tú también viejito. —dijo dirigiéndose a Charles a la vez que le tocaba un hombro. Daryl suspiró. Se venía la acotación patética de Merle: —¿Quién te va a cambiar los pañales sino soy yo?
—¡Maricón! —exclamó Charles mientras Merle reía —¡Yo te cambiaba los pañales a tí...! Y a tu hermano, que todavía lo sigo haciendo —los dos hombres estallaron en una carcajada mientras Daryl suspiraba cansado.
Ya había pasado el mediodía pero se le estaba haciendo infinito ¿Día libre? ¿Hacía cuánto Fred no le daba uno y justo ayer, le comunico que hoy no fuese? Era extraño, incluso Fred había estado extraño ayer. Le preguntó muchas veces lo que había pasado en la casa Peletier y era algo que Daryl ya le había contado: nada. No pasó nada.
Un par de palabras y nada más.
De repente, Merle y Charles que aún reían, callaron abruptamente. Daryl elevó los ojos, dirigió su mirada hacia la acera y divisó una mujer pelirroja de cabello rizado. Espera... ¡¿Carol?!
Daryl se paró inmediatamente y fue hacia Carol mientras su padre y hermano lo observaban atónitos. Hacía años que una mujer no llegaba a la casa Dixon, al menos no en el día.
—¿Qué haces aquí? —preguntó un molesto Daryl mientras trataba de evitar que los otros dos oyesen.
—Lo hice —dijo Carol y sonrió con los ojos brillosos. Daryl no entendía.
—¿Qué hiciste?
—Lo hice, Daryl. Aún me duele pero, pude enfrentarme a Ed —empezó a llorar mientras sonreía y a Daryl todo aquello le pareció raro. Carol no tenía mucha pinta de ser normal y ahora estaba en su casa, no sabía cómo, llorando y sonriendo a la vez.
—¡¿Lo mataste?! —exclamó y entonces Charles comenzó a toser y Merle se puso de pie para dirigierse a ellos rápidamente. Carol miró sorprendida a Daryl ante tal pregunta.
—Vaya... —Merle se acercó a Carol —¡Pero miren quien vino de visitas! ¡El culo más lindo de Georgia! —la mujer retrocedió incómoda.
—Merle, no seas idiota —dijo Daryl empezando a maquinar una explicación en su cabeza para cuando su padre y hermano preguntasen qué hacía una mujer allí.
—Daryl, yo no maté a nadie —se explicó Carol, tarde pero al fin.
—¡Uy, uy, uy! ¿Se conocen? —preguntó el mayor de los Dixon mientras lanzaba miradas a ambos —Hermanito, yo la vi primero.
Daryl clavó sus ojos en Merle y éste supo que debía callarse aunque se mantuvo allí sin moverse, oyendo todo.
—¿Entonces, qué mierda pasó? —Daryl comenzaba a tornarse violento a la vez que nervioso.
—Lo golpeé... —se hizo un silencio. Carol comenzó a dudar si decir o no lo que quería, ya que el hermano de Daryl estaba ahí presente —... en los testículos.
Merle comenzó a reír mientras aplaudía como una foca retrasada. Carol miró a Daryl esperando algún tipo de apoyo.
—¿Y? —preguntó el menor de los Dixon. La mujer comenzó a sentirse confundida —¿Viniste hasta mí casa, para decirme eso? Te estás confundiendo mujer. —concluyó alejándose y regresando al porche con su padre, el cual miraba insolentemente a Carol.
—¿Golpeaste al idiota de tu marido en las bolas? ¡Mujer, eres una leona! —Merle pasó uno de sus brazos alrededor de Carol y le acarició la barbilla. Carol hizo un gesto de asco.
—¿Será así en la cama? —preguntó Charles y comenzó a reír. Daryl giró la cabeza hacia su padre y le miró con furia. Aunque éste le ignoró, Daryl no pudo evitar sentirse un poco culpable de haber hecho llegar a Carol a ese nido de buitres sexópatas.
—Mmmm... Me encantaría averiguarlo —Merle seguía acariciando a Carol, pero ésta le empujo y comenzó a marcharse con el rostro desfigurado en vergüenza. Dary le siguió.
Cuando iba ya casi por la esquina, la mujer sintió que alguien le tomaba del brazo y le obligaba a darse la vuelta.
—Son unos cretinos. —fue lo único que pudo decir Daryl.
—Claro, ellos, tú no, ¿cierto? —los ojos celestes de Carol estaban inyectados en rabia y lágrimas. En unas horas había vivido demasiadas emociones y ya no soportaba más. —No te conozco, lo único que sé es... tu nombre y ya me alcanzó para saber la clase de gente que eres. Creí que, al haberte preocupado por mí, eras distinto.
—¡Yo no me preocupé por tí, estúpida! —se defendió Daryl.
—Oh, cierto. Lo olvidé. Te preocupaste por mis hijos, los que no tengo ¡ni nunca tendré! —Carol comenzó a llorar por enésima vez, pero esta vez de impotencia.
—¿Es culpa mía que hayas pensado que era tu amigo de toda la vida? ¡Allá tú, maldita loca! ¡Nunca más en mi vida vuelvo a hacer lo que llaman una puta buena acción!
—Claro. Seguramente haya sido la única que hiciste en toda tu jodida existencia. Viendo con la gente que convives y que supuestamente son tu familia. No me hace falta saber mucho más —Daryl penetró con los ojos la débil alma de Carol ante tal afirmación, y ella sólo pudo bajar la cabeza.
Nuevamente, la misma desgraciada, le recordaba su procedencia. De nuevo, su "familia" le tragaba completamente y lo transformaba en una bestia.
—Al menos tengo una familia. Perra —se mintió a sí mismo mientras no dejaba de mirar a Carol. La mujer fingió no oírle.
—Daryl, no tengo a dónde ir. No voy a volver a mí casa. Si vuelvo Ed me matará, y no quieres eso, ¿verdad? —imploró la mujer.
—Me da igual.
—No, no te da igual. Internamente no eres igual que tu hermano y el otro hombre. Lo sé, y siento habértelo recordado. De ser igual a ellos, nunca te hubieses molestado en... hacerme sentir que valgo algo, yo o los hijos que pensaba tener.
—Hablas mucho —Daryl comenzó a marcharse.
—¿Puedo quedarme en tu casa? —preguntó y el hombre volvió a mirarle pero esta vez sorprendido.
—¿Qué?
—Sólo por hoy. No puedo volver a Atlanta y eres el único conocido que tengo.
—Haz lo que quieras —concluyó Daryl encogiéndose de hombros y apartándose. Carol le agradeció internamente.
Nada había salido como lo había planeado. Pensó que Daryl actuaría distinto pero se confundió. Él era un hombre que se veía obligado a ser él mismo lejos de las fauces de los demonios de su hogar, como le pasaba a ella.
Se había comportado como un cretino dejando que los otros dos hombres se burlasen y también le insultó, pero había sido el único ser humano sobre la tierra que en los treinta y tres años de Carol, se había molestado en seguirla cuando se marchó sollozando.
