· TÚ ERES DIFERENTE ·

El bosque permanecía sumido en un silencio sepulcral. La suave brisa había desaparecido y, con ella, los animalillos y criaturas mágicas que habitaban en aquel pacífico lugar.

Corrían todo lo rápido que podían, sin embargo, los telmarinos les pisaban los talones y sus fuerzas comenzaban a flaquear debido a la fortuita carrera. La mayoría de los soldados centraban su atención en Caspian y Elizabeth, a quienes disparaban infinidad de flechas que ellos lograban sortear a duras penas. Fue entonces cuando una de las saetas se desvió hacia el pobre Buscatrufas, que cayó al suelo entre continuos berridos de dolor mientras se llevaba una pata a la herida. Al reparar en ello, Nikabrik hizo el amago de acudir en su ayuda, pero los príncipes se lo impidieron.

—¡Ya voy yo! —dijo Caspian.

—¡Nikabrik, sigue! —gritó Elizabeth, para después echar a correr hacia el tejón.

El enano negro masculló algo entre dientes y se alejó de sus tres camaradas.

Caspian se arrodilló al lado de Buscatrufas y fijó la mirada en la flecha que tenía clavada en sus cuartos traseros. Acto seguido observó a la princesa narniana y pudo apreciar en sus ojos la inmensa preocupación que sentía por su peludo amigo. ¿Tan fuerte era el vínculo que les unía? Sí, pues fue Buscatrufas quien cuidó de ella cuando nadie más pudo hacerlo. Con la apariencia de una niña de trece años, tuvo que separarse de su padre, el Gran Aslan, quedándose a cargo del tejón.

—Coge esto… es más importante que yo —musitó, entregándole al chico el cuerno de marfil—. ¡Marchaos!

—¡No vamos a dejarte aquí! —repuso la joven.

Caspian, sin querer perder más tiempo del necesario, cogió el dichoso cuerno y lo guardó en su alforja. Luego vio cómo Elizabeth se posicionaba delante de ellos, adquiriendo una posición defensiva; apartó su oscura capa con elegancia y tomó de su espalda un hermoso arco junto con una flecha de punta dorada. La muchacha alzó su arma y tensó la cuerda, haciendo que sus nudillos se tornasen blancos como la nieve recién caída. Esperó al momento oportuno y cuando eligió un blanco móvil, deslizó sus dedos, iniciando así el trayecto de la saeta, que se hundió en el pecho de uno de los soldados. Acto seguido repitió el mismo procedimiento tres veces más.

—¡¿Qué diantres haces ahí parado?!, ¡corre! —gruñó ella al darse cuenta de que el muchacho la miraba boquiabierto.

Este sacudió la cabeza y cogió a Buscatrufas, mientras la rubia le cubría las espaldas. Dirigió sus apresurados pasos hacia Nikabrik y depositó al tejón en tierra firme.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó el enano, viendo cómo el príncipe desenvainaba raudo su espada.

—Tendremos que luchar, no hay otra alternativa —contestó al tiempo que Elizabeth se detenía junto a ellos. Ambos se dedicaron una mirada cómplice.

La chica asintió y volvió a asir otra flecha de su carcaj, dispuesta a seguir exterminando a todos los enemigos que pudiera. No obstante, algo evitó que disparara; la alta hierba empezó a moverse con rapidez en dirección a los telmarinos, que, al verlo, blandieron sus armas sin ser capaces de vislumbrar a quien quiera que los estuviese acechando desde las sombras. Poco a poco los guerreros de Miraz fueron cayendo, uno tras otro, hasta que no quedó ni un alma en pie.

Caspian contempló a la princesa con el desconcierto reflejado en su semblante, justo antes de ser derribado por la misma criatura que había acabado con todos los humanos en menos de un pestañeo. Sin darle tiempo a reaccionar, un pequeño ratón saltó a su torso, apuntándole con una espada bastante afilada.

—¡Elige bien tus últimas palabras, telmarino! —exclamó el roedor.

El muchacho se quedó estupefacto y Elizabeth no pudo evitar reír por lo bajo.

—Eres… un ratón —fue lo único que atinó a decir, ya que estaba demasiado ocupado examinando sus divertidos bigotes y su vertiginosa cola.

—Esperaba algo más original, pero viniendo de un sucio telmarino no me sorprende —escupió el animal, claramente ofendido.

—Reepicheep. —La dulce voz de la joven hizo que el mencionado se voltease a verla.

—¡Oh, mi señora! —De un brinco bajó del pecho del moreno, se aproximó a Elizabeth y besó el dorso de su mano con galantería—. Qué inesperado placer. Veo que seguís tan hermosa como siempre —prosiguió Reep.

—Y tú continúas siendo tan caballeroso como recordaba —respondió la princesa con una radiante sonrisa en los labios.

—Sois encantadora. Me gustaría seguir charlando, pero antes debo acabar con este rufián. —Con un hábil movimiento de muñeca, apuntó nuevamente a Caspian.

—¡No Reepicheep! —interfirió Buscatrufas—. ¡El ha hecho sonar el cuerno!

Los brillantes orbes del roedor se abrieron de par en par al escucharlo. Sin saber muy bien qué decir o cómo actuar, observó de nuevo a Elizabeth.

—Es cierto —corroboró ella.

—Pues entonces que nos lo muestre. Esa es la razón por la que hemos venido. —Todos cruzaron sus miradas con la del dueño de aquella poderosa voz. En cuestión de segundos habían sido rodeados por una manada de centauros.


Fugaces destellos de luz incidían en el agua cristalina del lago. No muy lejos de la orilla, dos telmarinos remaban a bordo de una pequeña barca. Su cometido: librarse del enano atado y amordazado que iba con ellos. Trumpkin, el amigo de Nikabrik y Buscatrufas.

—No para de mirarme —se quejó uno de los hombres.

—Pues no le mires tú a él —respondió el otro.

El aludido hizo todo lo posible por seguir el consejo de su compañero, sin embargo, la perforadora mirada del narniano le incomodaba cada vez más.

—Hasta aquí es suficiente.

Los dos cogieron al hombrecillo y comenzaron a balancearle de un lado a otro, listos para arrojarlo a las profundidades del lago, pero antes de que pudieran si quiera intentarlo, una flecha de punta roja se clavó en la madera del bote, haciendo que buscasen con la mirada a su dueño. Enseguida vislumbraron en la orilla a la arquera, Susan Pevensie, que cogió otra saeta de su carcaj. Instantes después aparecieron sus hermanos.

—¡Soltadle! —ordenó la joven.

Al comprobar que tan solo se trataban de unos simples mocosos, los soldados rieron a carcajadas y tiraron a Trumpkin al agua.

La Benévola disparó, matando a uno de los hombres, y antes de que pudiera hacer lo mismo con el otro, este huyó. Entretanto, Peter y Edmund se zambulleron al agua; el mayor de los hermanos fue a rescatar a Trumpkin y el menor condujo la barca hasta la orilla. Una vez en tierra firme, la pequeña Lucy cortó las ataduras que inmovilizaban al narniano y le ayudó a ponerse en pie.

—"Soltadle". ¿No tenías nada mejor que decir, jovencita? —comentó el enano, arrojando la venda al suelo.

Los cuatro le dedicaron una mirada furibunda, puesto que no habían olvidado que su raza ayudó a la Bruja Blanca.

—Un simple gracias sería suficiente —contradijo Susan, irguiendo el mentón con altivez.

—¡No hacía falta que ayudaras a esos hombres a matarme! —bramó el enano, malhumorado.

—Deberíamos haberles dejado —terció Peter con una ceja arqueada.

Trumpkin bufó de mala gana ante esa última alegación.

—¿Por qué querían asesinarte esos hombres? —quiso saber Lucy.

El hombrecillo profirió un lánguido suspiro.

—Son telmarinos, es lo único que saben hacer —contestó mientras se sacudía la arena del pantalón.

—Telmarinos… ¿en Narnia? —La voz de Edmund sonó incrédula.

—Las cosas han cambiado bastante en los últimos siglos —puntualizó el enano, para luego contemplar con mayor detenimiento a los cuatro hermanos—. Decidme que no me estáis tomando el pelo… ¿De verdad sois vosotros, los Reyes y Reinas del Pasado? —Aquello pareció más bien una súplica, por lo que Peter dio un paso al frente y le tendió una mano para que se la estrechara.

—Sumo Monarca Peter, el Magnífico —se presentó bajo la atenta mirada de Trumpkin, que no correspondió el gesto.

—Podrías haberte ahorrado eso último —adujo Susan en tono divertido.

Todos rieron al unísono, provocando que Peter retrocediera avergonzado.

—Te sorprendería —retó al enano, mientras desenvainaba a su amada Rhindon.

—No os lo aconsejo, jovencito.

—A mí no, a él. —El rubio señaló a Edmund con un leve asentimiento de cabeza y luego le entregó su espada a Trumpkin, dando por iniciado el combate.


El atardecer engullía el cielo con un manto de colores cálidos. En el corazón del Bosque Tembloroso, los centauros habían guiado a Caspian, Elizabeth y compañía hasta un claro, donde un gran grupo de narnianos aguardaban impacientes al inicio de la asamblea.

—Todo esto es inútil. Nunca querrán que yo les guíe —pronunció Caspian, quien observaba a la multitud desde lo lejos.

—Al principio querrán matarte —soltó Elizabeth.

—Gracias, eso me anima aún más —ironizó el chico.

—Pero debes convencerles de que tú eres diferente a los demás —continuó diciendo, ignorando por completo su comentario.

Caspian se masajeó el puente de la nariz en un gesto cansado. Aquello era una locura, ¿cómo iba él a guiar a los narnianos, aquellos seres a los que su propio pueblo masacró sin piedad hace más de un milenio?

—Tal vez os estéis equivocando conmigo, solo soy un telmarino más… —musitó con desánimo.

La rubia negó un par de veces con la cabeza.

—¿Acaso piensas que te habría salvado dos veces de ser así? —El príncipe contempló detenidamente sus bonitas facciones. No lo entendía, ¿cómo podía confiar tanto en él sin apenas conocerle?— Tienes que convencerles de que todavía queda esperanza, pero para que eso ocurra deberás confiar primero en ti mismo.

Caspian tomó una gran bocanada de aire y se aventuró a formular la siguiente pregunta:

—¿Y tú por qué confías en mí?

Elizabeth sonrió con timidez.

—Porque sé que liberarás a mi gente y devolverás la paz a Narnia —argumentó al tiempo que retornaba a una expresión neutral.

Al telmarino no le dejaba de sorprender la enorme seguridad con la que hablaba cada vez que se refería a él. Era algo que jamás comprendería.

—Demasiadas cosas dependen de mí, entonces. —Se llevó una mano a la nuca.

—Es cierto, pero tranquilo. Me aseguraré personalmente de que culpas con todas y cada una de ellas —sentenció la muchacha, divertida.

Caspian rió ante lo dicho y después ambos se dirigieron hacia la asamblea.