-¿Qué estás haciendo, Rabi?-Preguntó Allen, a penas abriéndose paso su razón a través de una densa nube en su joven mente, alterada por el alcohol.

Rabi sonrió y le dio una palmada en el cuello al caballo gris, que cabeceó, provocando que el muchacho pelirrojo se tambaleara y escogiera sujetarse de la cintura de Allen para no caer de rodillas.

-No te preocupes, camarada...-Unas mujeres que pasaban, tomadas del brazo, dijeron algo en voz baja, claramente sorprendidas por el espectáculo de ese par. Tras una breve serie de hipidos, Rabi se puso lo suficientemente firme como para gritarles:-¡¿Y qué si estoy ebrio¡Soy un hombre de Dios! Justo ahora, estoy ocupado , haciendo Su trabajo¿Me han oído bien?-Les señaló con el dedo y lanzó una carcajada, antes de atraer a Allen hacia sí, para hablarle en susurros, entre divertido y exaltado. -Escúchame bien. Sólo escúchame bien. Mira: yo soy un tipo muy culto...Lo he leído muchísimas veces.-Allen trató de agudizar en su mente algún recuerdo reciente que le aclarara esas palabras. Sin éxito, soltó una tos corta por el fuerte agarre al cuello que su amigo prolongaba más de lo necesario.-Y ahora que tenemos el caballo, el cuento está hecho.

-¿El cuento?-Repitió a manera de pregunta.

-Sí, hombre. -Rabi lo zarandeó. -¡El cuento!

-Ah, sí...Ese cuento.-Le aceptó Allen, no muy convencido, pero haciéndose una vaga idea de algo que le parecía fantástico hasta hace una laguna mental.

-¡Por supuesto!-Rabi señaló hacia la boca de lobo que era el camino de tierra por el que habían llegado esa misma tarde.-¡Ahora, a buscar a la princesa Lee, Sir Walker!-Exclamó, para luego darle un golpe en las ancas al equino.

Cabe agregar que a penas quince minutos antes, Rinalí Lee se había bajado del carromato gitano y desde entonces que deambulaba por la ciudad, tratando de rememorar su lengua natal para pedir indicaciones sobre la posada en la que debían de hospedarse sus camaradas. Tras descartar dos en las cuales no habían llegado personas con túnicas oscuras, se dirigió hacia la tercera y última, demasiado tarde para detener la peripecia de sus amigos.