Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto

Hola, gracias por entrar n.n

Seguimos avanzando en la historia, veremos cómo sale el nuevo intento. Shikamaru la tiene difícil pero no le viene nada mal ponerse a trabajar un poquito XD

Saludo a los anónimos courtheyhime, me alegra que te siga gustando. Coincido, siempre ha sido una pareja con mucha química, pero tienen un temperamento muy singular y habrá costado bastante que lleguen a estar juntos. Veremos cómo me sale el intento jejeje Gracias! bd, me alegra que lo disfrutes, ¡suerte con tus exámenes! Y gracias! Julia, sí, coincido, es la primera pareja con la que uno flashea XD Mucha química, pero también unos temperamentos difíciles, y sabés que lo difícil me gusta jeje Respondiendo a tu review de Abril, es tan gratificante saber que lo has disfrutado que las palabras de agradecimiento se quedan cortas. El amor no son estrellitas de colores o mariposas en el estómago, es un vínculo que se construye con otra persona, ¡con un desconocido! A mí me cuesta mucho, no sé cómo hacerlo, por eso escribo. Al escribir uno trata de entender y de explorar las posibilidades. Qué sé yo... Me emocionan tus reviews, tenés que abrirte una cuenta. El kakahina está en proceso, aunque no sé cuándo lo publicaré. Muchas gracias por leer y comentar esta historia también n.n ana, gracias por tus observaciones. Quién sabe cómo comenzó la relación, así que inventémoslo XD ¡Tal cual!, parece una declaración de guerra, más adelante aparecerá la idea. ¿Sos la misma ana en los dos reviews? Gracias por leer y comentar n.n

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


IV

Será con… ¿margaritas?


Desde cierta perspectiva, le había tocado la parte más decorosa de las innúmeras, esforzadas, cuestionables y atosigantes tareas que un joven pretendiente podría llegar a realizar para cautivar el corazón de su enamorada. De entre regalarle estúpidos muñecos de felpa, llevarla al cine, dar una empalagosa vuelta en bote y caminar juntos por la empedrada senda donde caen parsimoniosamente los idealizados pétalos de cerezo, sin ninguna duda se quedaba con las flores.

Tal vez se viera patético, pollerudo e incluso ridículo -Nara Shikamaru no era hombre de andar con plantas en flor de aquí para allá-, pero procuraba sobrellevar la tarea con la frente en alto y el rostro adusto, por si algún curioso osaba preguntar. Ya bastante tenía con soportar las constantes monerías de la queridísima Ino, a través de lo cual expiaba debidamente el pecado de verse reducido a galán de melodrama.

Si no fuera porque la dama en cuestión valía la pena…

Ese día en particular tuvo que hacer acopio de mucha dignidad, pues no había podido encontrar a Temari en ninguno de los sitios habituales. Ni en la posada, ni en el despacho ni en ninguna de las dependencias del edificio del Hokage, ni por los paseos que solía frecuentar, había dado con su paradero, y los brazos empezaron a entumecérsele por cargar con la maceta de un lado para el otro. Empezó a impacientarse.

Llevaba ya más de una hora buscándola, cuando se puso a examinar en su cerebro por si había pasado por alto alguna posible locación. La tarde se presentaba soleada, templada, el día se sucedía apacible y la brisa soplaba agradablemente, por lo que de seguro la chica se hallaba deambulando por ahí para disfrutar de la naturaleza.

Muchos sitios se le vinieron a la mente, pero intuyó que podía haberse inclinado por cierta colina no muy lejos del asentamiento. Suspiró con resignación y enfiló hacia esos rumbos calculando los porcentajes de yerro y acierto así como otras opciones. Temari ya era lo suficientemente difícil, se lamentó, para tener que deambular además por toda la aldea con el único fin de darle un simple obsequio como el que llevaba entre las manos.

Cuando llegó a la colina oteó en todas direcciones hasta que divisó en lo alto una figura echada sobre la hierba, evidentemente femenina. Estaba cansado de la caminata, pero al constatar de quién se trataba y al sentirse satisfecho por haber acertado en sus conjeturas, Shikamaru recorrió cuesta arriba el último tramo que lo separa de Temari apenas conciente del agotamiento.

La kunoichi notó que alguien se acercaba, giró el rostro y divisó al ninja remontando la cuesta con andar cansino y esforzado, ya que venía con carga. Se sentó mejor y lo esperó abrazada a sus piernas flexionadas tratando de dominar la ansiedad de saber con qué tipo de flor la sorprendería esta vez.

Maldita ansiedad y traicionero corazón que de repente con sólo verlo comenzaba a acelerarse. ¿Desde cuándo le ocurría eso?

-¿No podrías haberte ido más lejos? –ironizó él dejándose caer pesadamente a su lado-. Podría pensar que tus habilidades shinobis de evasión están disminuyendo si no fuera porque en realidad creo que estás tratando de evitarme.

-Eso quisieras –retrucó ella, que lo último que quería era que pensase de ese modo.

-Sólo bromeaba.

-Pues bromea con otra cosa.

-Qué problemático –farfulló Shikamaru, demasiado cansado como para entablar de entrada una de sus tradicionales discusiones.

La joven desvió la vista con encono. Nunca por ningún motivo huiría de nada ni de nadie, era una jounin hecha y derecha, por lo que le disgustaba que Shikamaru pudiese siquiera insinuar algo así, sobre todo en medio de la absurda situación que se les dio por inventar para relacionarse en el presente. Testaruda vaya y pase, pero cobarde nunca.

Que se sintiese importunada, confusa, halagada y hasta un poquitito emocionada por ser objeto de su perseverancia no era motivo para asumir ese tipo de actitud. Ella podía ser orgullosa, pero de ninguna manera tan débil o tan boba como para escapar de su acecho, por más molesto que resultase. Diablos, ¡si hasta le traían flores! ¿Qué clase de mujer eludiría semejante regalo?

-Sólo quería estar tranquila –informó por si el otro se hacía una idea equivocada.

-Lo sé.

-No soy tan insegura.

-También lo sé.

-¿Por qué tendría que huir de ti? Ni siquiera he huido de mis enemigos estando vivos o muertos, de los cuales hemos visto muchos, así que ya nada puede asustarme. –Shikamaru suspiró con fastidio y eso a Temari la indignó más aún-. ¿Tienes algo que decir al respecto?

-Sí: esta conversación me cansó.

-Qué raro –se mofó ella.

-Tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo.

Temari lo miró de arriba abajo, incrédula.

-¿De veras?

-De veras. Toma.

El ninja colocó a un lado de la chica la maceta envuelta en papel. Temari, recordando el detalle, deshizo su actitud defensiva de inmediato y se apresuró a desenvolver el obsequio, olvidando por completo los reparos generados en la plática. Shikamaru, al notarlo, sonrió con disimulo.

-Margaritas –se extasió ella, admirando con expresión de niña las flores en cuestión.

Y se quedó contemplándolas con arrobo, como si nunca hubiera visto antes esos típicos brotes de jardín. Lo que experimentan los amantes de las plantas, a menos que la sensación se conozca, resulta ser un gran misterio para el resto de los mortales, y Shikamaru aprovechó esa distracción para observarla y pensar en ello una vez más.

-¿Por qué te gustan tanto las plantas? –se atrevió a preguntar por fin, porque aunque la conocía desde hacía años siempre le había parecido extraña esa afición. Podía justificarse por ser natal de un país donde el único paisaje era la arena, pero de todas maneras quiso oír la explicación de su propia boca.

-¿Por qué te gustan tanto las nubes? –replicó ella mientras examinaba con embeleso las blancas corolas características.

Esa simple devolución lo reubicó apropiadamente en el camino del discernimiento. Shikamaru sonrió de lado, entendiendo el concepto.

-Touché –concedió-. De todos modos, ¿por qué viniste aquí? –indagó recostándose en la hierba con las manos entrelazadas en la nuca y una pierna cruzada sobre la otra.

El cielo había empalidecido un tanto en la medida en que la tarde comenzaba a decaer. La luna asomaba en un rincón apartado, todavía temprana y transparente, y aunque no había ni una sola nube desplazándose, a Shikamaru le bastó con eso para relajarse y distraerse.

-Ya te lo dije, quería estar sola y tranquila, el trabajo de hoy fue agotador –explicó Temari, que acomodó la maceta frente a sí sentada a lo indio-. Casi nunca viene nadie por aquí.

Shikamaru la miró de reojo.

-¿Eso quiere decir que hasta yo puedo resultar molesto?

-Quiero decir que a veces una mujer necesita soledad.

-Creí que las mujeres anhelaban lo contrario.

-Pues no todas, como puedes ver.

-Entiendo –musitó Shikamaru, pensativo, fijando sus ojos en el cielo otra vez-. Me gustaría que eso cambie.

Temari fingió que no le afectaba el comentario.

-¿Acaso no eres tú el que suele holgazanear por allí solo, tomando tiempo para ti mismo y para reflexionar… no sé… en la inmortalidad del cangrejo?

-A veces.

-¿Entonces?

-Supongo que en ocasiones está bien –admitió él-, pero tampoco veo mal que, en determinado momento, alguien quiera acercarse.

La kunoichi guardó silencio simulando más interés aún en la nueva planta. A ese paso, su cuarto de la posada pronto aparecería atestado de macetas y tendría que pensar muy bien qué hacer con ellas. La sola idea de verse obligada a decidir entre abandonarlas o cargarlas consigo de vuelta a Suna le resultaba fastidiosa.

Por otro lado, ¿qué se proponía el tipo con tanta insistencia? Ya le había advertido en varias ocasiones que no cambiaría de opinión por más que le obsequiara un jardín botánico completo, ¿entonces por qué porfiaba en una meta tan problemática para él? ¿Y cuántas especies de flores existían en el universo?

Sin embargo, su corazón parecía guardar otro tipo de sentimientos, porque seguía palpitando de un modo poco favorecedor a su postura. Algunos años atrás se había permitido ilusionarse con él, incluso fantasear con un futuro, pero la cotidianidad les había provisto de deberes y urgencias que tiñeron del color de las responsabilidades shinobis cualquier clase de deseo humano que hubiera concebido. Y ninguno de los dos habría podido desentenderse de ello.

Hete aquí que ahora, gracias a su torpeza pasada, Shikamaru se había quitado el traje de ninja y se había puesto el de pretendiente sin ningún remilgo, sin cuestionamientos, con el afán que ella hubiese deseado ver años atrás. Y tan campante como de costumbre, se acomodó a la idea de que la quería sin siquiera un asomo de conflicto. Vaya suertudo.

A Temari, en cambio, la cabeza la daba más y más vueltas. Intentaba enfocarse, meditar, munirse de herramientas psicológicas para manejar la situación, pero sus esfuerzos no le devolvían la tranquilidad perdida. Ahí estaba Shikamaru ofreciéndose a ella prácticamente en bandeja de plata... Sin embargo, todavía no podía aceptarlo por más tentador que resultase.

Había tomado decisiones al respecto, decisiones que lo excluían de plano como hombre, así como dejaban afuera cualquier otra tentativa de acercamiento amoroso. Su vida transcurría en armonía así como estaba, en paz consigo misma y con el resto del mundo que Naruto había salvado tiempo atrás. ¿Por qué diablos tendría que cambiarlo?

Y el maldito de su corazón que seguía latiendo de esa dolorosa manera, como si luchara por vivir. Sin importar lo que el muy artero intentase hacer notar con sus frenéticas palpitaciones, Temari había determinado que ningún hombre tendría cabida en su vida actual, ninguno, ni siquiera el vago de Shikamaru.

-El que quiera acercarse debería pensárselo dos veces –murmuró.

Shikamaru volvió a desviar la vista hacia su compañera.

-¿Crees que no lo he hecho?

-Creo que estás invirtiendo energías en algo inútil.

-Qué molesta.

-No soy molesta, soy realista –se defendió ella, que se giró para encararlo-. Todavía no entiendes cuán nerviosa me pone toda esta situación, saber que ahora me miras distinto.

-¿Te pongo nerviosa? Pues eso es un gran logro.

-¡Idiota!

El joven se irguió hasta sentarse, pasando por alto su amonestación e irritación.

-¿Sabes por qué escogí las margaritas?

Cierto, el significado. Temari tuvo que deponer su enojo y se esforzó para parecer indiferente. En esos últimos minutos estuvo a punto de desbarrancar y se prometió que nunca más volvería a alterarse de ese modo, o se expondría. Ya bastante tenía con sus flamantes dilemas existenciales para tener que lidiar también con la lectura que Shikamaru pudiese realizar de sus exabruptos.

Respiró profundamente, se compuso y respondió:

-No tengo idea.

-Porque significan fe.

La palabra revoloteó en el aire durante el silencio posterior. Temari se detuvo a observar las margaritas con cierto asombro, jamás hubiera imaginado ese tipo de significado para una flor más bien asociada a los desvelos amorosos.

-¿Fe? –repreguntó.

-Fe –corroboró Shikamaru.

Cuando él lo investigó, pensó que era una flor muy reveladora como para desestimarla, aunque fuese de las más simples y tradicionales. También significaba inocencia, pero eso no le interesaba tanto como demostrarle a la mujer más testaruda que hubiese conocido que actuaba movido por una resolución firme y determinada.

Por eso, con irreprochable "coherencia", dio un gran bostezo, volvió a recostarse sobre la hierba y se giró hacia un lado como si fuera a dormirse.

-Creo que tiene un bonito significado –musitó, cerrando los ojos. Temari lo miró con indignación al notar su inoportuno desgano y le propinó un fuerte correctivo en el hombro-. Auch –se quejó él, aunque sin moverse un ápice.

-Deja de haraganear y siéntate bien –lo reprendió ella, irritada. El tipo ni se mosqueó-. No puedo creer que alguien que asegura estar en un plan de conquista se eche a dormir de ese modo. ¡Eres un imbécil!

-Estoy cansado –se oyó apagadamente.

-Pues descansa cuando estés en tu casa.

-Está lejos.

-¡Déjate de estupideces y siéntate derecho!

Entonces el ninja, haciendo un esfuerzo sublime, volvió a sentarse y la miró con ojos adormilados.

-¿No era que te ponía nerviosa? ¿No era que no encajaba en tus planes, mamá? –se burló.

Temari se crispó. Cielos, sí que sabía por dónde contratacar. Por más somnoliento que parezca, ese chico nunca bajaba la guardia lo suficiente para ponerlo en su lugar, el muy ladino.

La cosa había virado por fin al terreno donde él quería llevarla siempre. De nuevo se sintió incómoda, nerviosa, confusa, no le gustaba que con dos o tres palabras Shikamaru fuese capaz de trastocarle el equilibrio espiritual tan laboriosamente trabajado a lo largo de los años. Como de costumbre, el tipo utilizaba sus propios planteos en su contra y eso le recordó que se había prometido callar para cuidarse de su lógica. Pero había fallado.

Porque, claro, esa promesa se la hizo demasiado tarde, después de haber intercambiado durante varios días y de haber expuesto con anterioridad los sentimientos de cada uno. En circunstancias normales una relación de pareja simplemente fluía, se construía de a poco con el afán mutuo de conocerse, prosperaba y se convertía en un vínculo. Sin embargo, personas como ellos tenían que frenar, analizar, desafiarse y hablar hasta extraer la raíz cúbica de la situación.

Todo era un desastre. Temari, no obstante, se mantendría firme mientras pudiese y mientras el cerebro fuese más fuerte que las emociones que la persistencia de Shikmaru ya había removido. Y nada mejor para ello que tomar el toro por las astas.

-¿Por qué crees que ese significado es tan importante aquí? –inquirió con el objeto de refutar cada uno de sus consabidos argumentos sobre una posible relación de pareja.

Shikamaru pasó de mirarla adormecido a mirarla con seriedad. La conocía y sabía que ahora querría ser ella quien tomase sus tácticas para volverlas en su contra.

-Porque somos ninjas –respondió.

La joven se quedó algo turulata, era la respuesta que menos esperaba oír. ¿Por qué condenada razón siempre lograba anticiparse a los movimientos de las demás personas? Era terriblemente injusto, ¡así no se podía pelear con tranquilidad!

Después se repuso lo suficiente para entender que el otro se proponía desestabilizarla, que habían recomenzado la puja para determinar cuál de los dos se impondría. No se trataba de tener razón, tampoco se trataba de una mera competencia intelectual o de los juegos verbales que solían compartir para ver quién resultaba ser más inteligente, sino que se trataba de convencer, de disuadir, de vulnerar.

A Temari todavía le costaba un poco adaptarse al cambio, sobre todo porque el objetivo era ella y debía obrar más bien a la defensiva, lo cual la desgastaba, pero procuró hacerse fuerte con el correr de los días. Ni en un millón de años Shikamaru la convencería de permanecer junto a él con esos obsequios floridos.

-Porque somos ninjas –repitió como si estuviera meditando en la idea-. Supongo que intentas decir que la fe puede tomarse como un sinónimo de confianza, de ánimo y de convicción.

-Y de perseverancia –señaló Shikamaru.

-Y de perseverancia –concedió por esta vez Temari-. Nada de lo que hacemos tendría sentido sin fe ni convicción, ni siquiera la más insignificante de las misiones que nos han encomendado.

-Todas las personas actuamos con algo de fe. Si no tuviéramos nuestras creencias depositadas en alguna expectativa, no haríamos nada.

-Y nuestra fe de shinobis se asienta en creer que podremos proteger, o que podremos vencer, o que lo que hacemos generará un cambio, una mejoría en el mundo.

-Así como significa que podemos resistir.

Ambos guardaron silencio, mirándose entre sí con sumo desconcierto. ¿Cómo fue que llegaron a esa inconveniente demostración de afinidad cuando lo que se habían propuesto en realidad era socavar al contrario?

De algún modo habían tocado una fibra, habían desembocado en un lugar al que no se habían propuesto llegar, un lugar diferente a la meta planeada en un inicio pero al que de todas formas habían arribado juntos. Tal vez Shikamaru había pretendido dar un rodeo, tal vez Temari había querido contradecirlo o atraparlo en una oscilación, pero lo cierto era que habían terminado por coincidir al hablar de sí mismos.

Porque, más allá de las diferencias, concordaban en tantos aspectos que ni siquiera tenían que pensar en ello, y por eso se sentían tan cómodos y en confianza aun cuando no tenían nada para decirse. Y lo que los unía arraigaba de un modo tan profundo que podían hablar libremente, casi como si lo hicieran en su fuero interno. Coincidieron sin proponérselo simplemente porque así les acontecía estando juntos.

Más allá de cualquier análisis, el fenómeno surgió y seguía manifestándose con tanta naturalidad que poco debería de asombrarles. Tampoco necesitaron un rótulo para nominarlo. Amistad, solían llamarlo, lealtad, camaradería, el nombre era lo de menos.

Sin embargo, en un punto el lazo comenzó a estrecharse. ¿Cuándo? ¿En qué momento? ¿Bajo qué clase de circunstancias? Eso nunca podrían saberlo. Pero había ocurrido y lo trastocó todo, ya nada permanecería debidamente ordenado y decidido en el interior de cada uno de ellos. Ahora podían llamarlo de otra manera, o de ninguna, o simplemente dejarlo crecer hasta que madure y se transforme en el motivo, en la razón para continuar unidos.

La única diferencia en el sacudón que ambos experimentaron fue que Shikamaru supo aceptarlo con la sencillez con la que aceptaba el cielo o respirar, porque de todos modos no perdería de vista jamás a Temari, sino que la podría conservar a su lado y apoyarse en ella. Temari, en cambio, todavía no podía asimilar que hubiese sucedido, ni quererlo ni aceptarlo. A diferencia del chico, ella nunca había pretendido apoyarse en alguien más que en sí misma.

Así que allí estaban los dos contemplándose, taciturnos, midiendo la calidad de la derrota. En lugar de imponerse sobre el otro o de disuadirlo, sólo confirmaron el tipo de convicciones que compartían desde siempre más allá de sus entredichos actuales.

Temari desvió la vista y suspiró con resignación.

-Cuando hablamos en armonía terminamos lanzándonos el uno sobre el otro como el cazador tras su presa –señaló-. En cambio, cuando hablamos con el puñal entre los dientes terminamos concordando como un par de idiotas. ¿Qué piensas de eso, cerebrito?

Shikamaru compuso un gesto de indiferencia.

-Supongo que en ocasiones el verdadero rival resulta ser uno mismo –concluyó con filosofía-. La próxima vez lo haremos mejor.

-No quiero que haya próxima vez.

-Pues lo lamento mucho, porque la habrá.

-Shikamaru…

-He depositado mi fe en ti, Temari –le dijo él con firmeza. La kunoichi lo miró con asombro y el ninja volvió a aparentar desinterés-. Estoy convencido de lo que somos, te guste o no. He visto lo que tenemos, lo que hemos forjado y lo que todavía podemos construir, así que no pienso cambiar de opinión.

A Temari, la ansiedad que le generaron esas palabras se le concentró en el estómago y la dejó muda del estupor. Demonios, al final resultó que él sí logró exponer lo que seguramente quería decir desde un principio, hallando el recoveco por el cual podría colarse para salirle con el motivo de su regalo. Maldita sea, maldita sea, maldita sea, ¡se había descuidado!

Ya era demasiado tarde para prepararse mentalmente para recibir la estocada, ahora no tenía más remedio que resistir el golpe tratando de que hiciera el menor daño posible. Pero semejantes palabras, incluso dichas en su estilo indolente, ya habían calado hondo, ya circulaban en su interior y tomaban posesión de sus emociones.

Shikamaru era de todo menos un joven distraído. No tuvo que dar vueltas ni cambiar de tema para exteriorizar sus intenciones sino que lo hizo sin ninguna clase de escrúpulo ni dobleces, con la habilidad propia del que sabe lo que quiere y no se deja desalentar. Porque ante todo era sincero, quería ser sincero, o de otro modo nunca podría alcanzar el corazón de Temari.

-No me convencerás con eso –farfulló ella, molesta con él y consigo misma por la gran ola de ternura que experimentaba en ese momento.

-No esperaba que fuera suficiente –suspiró Shikamaru-, eres demasiado problemática.

-¡Pues tampoco me convencerás con más flores!

-Ya te dije que eso está por verse.

-Eres un engreído –le lanzó ella.

-Mira quién lo dice.

Shikamaru consideró que por ese día había cumplido con su cometido y se puso de pie. Con las manos en los bolsillos volvió a fijarse en el cielo, más oscuro que antes, y durante unos instantes siguió el vuelo de un ave que pronto se perdió en el horizonte.

-¿Quieres que te acompañe a la posada, o prefieres quedarte sola un rato más?

-Prefiero quedarme sola –dijo ella sin mirarlo.

-Como quieras –aceptó él, aunque un poco le dolió.

Se marchó dejándola sumida en sus propias cavilaciones. Porque en definitiva él no pretendía imponerse sobre ella, sino que lo que más deseaba era, precisamente, que ella lo desease del mismo modo que él, que aspirase a averiguar hasta dónde podían llegar y cuánto podían construir. Ya había decidido depositar su fe en ella y confiaba en que ella, algún día, también lo decidiría así.

Desandando el camino con parsimonia, pensó en la ironía cruel que implicaba la facilidad del descenso en contraste con la dificultad de la ascensión. Ojalá los anhelos de las personas yacieran en lo profundo de un valle en lugar de brillar tan seductoramente desde la cima de una empinada y problemática colina.