Saludos!

Este es otro de los OS que me pidieron de desafío en la actividad de DZ. Como reto se me exigió escribir un gore entre Magnamon y Omegamon. Aquí lo dejo~ Ojalá les guste y quieran dejarme sus comentarios.


Traición

El digimon observaba la destrucción que se extendía bajo sus pies con expresión impertérrita. Ya no se escuchaban los gritos ni gemidos de dolor, solo el crepitar de la madera de las casas que ahora ardían consumidas por llamas de oscuridad. Una oscuridad que de alguna inexplicable forma, había oscurecido el corazón del digimon responsable de aquel desastre. Omegamon cerró con fuerza los ojos; por dentro llevaba una herida que tardaría mucho en cerrar, y que en aquel instante estaba por volverse más dolorosa.

—Me sorprende verte aquí—escuchó aquella voz que conocía tan bien, y ahora estaba impregnada de un matiz que la volvía oscura. Extraña. Casi irreconocible.

— ¿En verdad te sorprende?—pregunto el caballero blanco, forzando un tono sarcástico que no sentía.

Abrió los ojos y los clavó en el punto por donde provenía aquella voz. Fue muy fácil verlo acercarse; las llamaradas se reflejaban en su armadura dorada, símbolo de poder, dignidad y protección. Pero sus reflejos ahora destellaban sangre y maldad. Magnamon avanzó por entre la espesura del humo y el fuego, y levantó la cabeza hacia ese que alguna vez había sido su maestro y líder.

—Así es—repitió el joven—. Puede que a tu parecer haya perdido la dignidad, pero aún mantengo mi honestidad. Creí que sería Ulforce Vdramon quien vendría.

—Tu hermano estaba destrozado. También nosotros creímos que sería tu propia sangre quien vendría a acabar con tu exterminio, pero no tenía las agallas para llevar acabo tal tarea. Así que me la han asignado a mí—terminó el caballero, desenvainando su espada.

—Cuida tu lengua, Omegamon—resolló Magnamon apretando los puños—. Puedes decir lo que quieras sobre mí, pero te prohíbo que menciones a mi hermano…

— ¿Te importa?—espetó el otro, en un tono que iba del sarcasmo al dolor—Dejaste de lado tu juramento a Yggdrasill. A la Orden y por sobre todo, a la protección del mundo digital. Llegaste arrastrándote pidiendo ser entrenado y convertirte en guardián, ¡y mira el guardián que resultaste ser! ¡Has manchado para siempre nuestros nombres y tu título! ¡Has maldecido a todos los Magnamon que vendrán después de ti en tus siguientes vidas…!

— ¡Calla!—rugió Magnamon, furioso— ¡Tú jamás podrás entenderlo!

En aquel punto las palabras se terminaron. Magnamon salió despedido del suelo y embistió a Omegamon con gran potencia, haciéndole retroceder. El caballero blanco resistió su primer impacto con su brazo izquierdo para poder tener a su objetivo cerca. En cuanto lo obtuvo, le atacó con una serie de rápidos golpes de espada que Magnamon esquivó o contuvo con sus brazos en alto, con el arma chocando contra el Chrome Digizoid dorado. En cuanto Omegamon hizo un movimiento con su brazo abierto para dar una estocada de peso, Magnamon retrocedió y exclamó:

— ¡Plasma Shoot!

Los misiles salieron disparados, impactando contra el rival y causando una explosión. Magnamon retrocedió mientras el humo se disipaba para admirar su movimiento: Omegamon con graves heridas y grietas por todo su cuerpo, pero imposible de derribar.

—Ese fue un movimiento muy arriesgado—comentó el atacado.

— ¿Creíste que solo con una espada podías aventajar a tu rival en la proximidad?

—También a ti te ha afectado la explosión.

—Soy yo quien trae una de las mejores armaduras dentro de la Orden—respondió Magnamon con cierta sorna.

—Y seré yo quien se encargue de destruirla—resolló el caballero blanco a su vez, lanzándose ambos nuevamente a la batalla.

Se encontraron con rápidos y potentes golpes; Magnamon esquivando y resistiendo los golpes de espada, Omegamon conteniendo los potentes puñetazos y patadas del más joven. Por la mente del segundo líder había un desfile de recuerdos, en los que Magnamon había sido uno de los más leales caballeros del grupo, siempre entregado a su deber y honor. Un día sin más desapareció y regresó convertido en lo que era, causando daños en las ciudades que se encontraban bajo la protección de la Orden y acusando al abuso que hacía Ygdrassill de los Royal Knights y de los digimons, habiéndolos olvidado y castigándolos, dejándolos abandonados en aquel mundo que se caía a pedazos.

"He sido engañado por Dios y por ustedes toda mi vida. Nunca hubo Dios para servir ni pueblo al que proteger; ¡Dios nunca estuvo con nosotros y nuestros pueblos nos odian por nuestra tan aclamada justicia! ¡Nunca lo perdonaré!"

— ¡Maldito!—rugió Omegamon, con aquellas palabras resonando en su cabeza— ¡Te convertimos en quien eres, te entregamos poder y honor, y así es como nos pagas!

El aludido estuvo por responder, pero un repentino golpe directo contra su cara con el Garuru Cannon lo noqueó por breves instantes, fatales para él. Omegamon no contuvo ni su ataque ni su furia impregnada de decepción y dolor.

—Todas las promesas que hiciste a Ygdrassill y a la Orden, tus juramentos, ¡el trabajo que pusimos en ti durante años!—su espada ganaba más velocidad con cada palabra, alcanzando seguidas veces a Magnamon— ¡Todas nuestras esperanzas puestas en ti, caballero del milagro!

— ¡Yo…!—pero fue su última palabra.

Un movimiento de Omegamon le arrancó de cuajo el brazo izquierdo, con Magnamon expresando su dolor en sus ojos desorbitados, y la sangre saliendo a chorros de su extremidad cortada, entintando su brillante armadura. En cuanto intentó retroceder, un segundo golpe le abrió completamente el estómago y le arrancó por completo de este mundo, con un gemido ahogado de dolor y frustración. Omegamon se quedó observándole los largos segundos que tardó en desvanecerse, con la vida del digimon manchándole por completo y la sangre espesa colándose por los resquicios de su armadura, en un río carmesí que titilaba con la luz de la luna y el fuego.

—Nadie traiciona a la Orden ni a Ygdrassill, nadie—resolló con su respiración agitada y los ojos fijos en aquel que ya no existía—. Lo sabías y te lo buscaste…—se irguió un poco con las gotas de sangre cayendo por su rostro, y guardó su arma de un movimiento—pero también sabías que no iba a darte compasión…